El síntoma y el deseo  

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Pero estos elementos (los de la infancia) se han ordenado en una nueva trama

y se han transferido a otras personas”

S. Freud

¿Cómo podemos leer el síntoma del paciente? ¿Cómo leer el propio padecimiento que atraviesa la subjetividad y crea el malestar por el cual nos quejamos? Sigmund Freud en su libro la Interpretación de los sueños, escribe lo siguiente: “pero estos elementos (los de la infancia) se han ordenado en una nueva trama y se han transferido a otras personas”,1 haciendo referencia a que las vivencias de la infancia se vuelven a presentar en la vida adulta en tramas similares en donde lo único que cambia son los personajes.

¿Cuál es la relevancia de esto? Es importante saber que el malestar que nos aqueja (depresión, fobia, obsesión, estrés, angustia, relaciones interpersonales fallidas, etc.,) tiene su modelo precisamente en los vínculos afectivos de la más tierna infancia, es por eso que la “compulsión a la repetición” tiene su lugar, en donde lo que hacemos es repetir una escena, una vivencia que se ha quedado fijada en nuestro inconsciente y desde allí intenta manifestarse.

Sigmund Freud en el mismo libro ya citado líneas arriba, escribe: “El psicoanálisis demuestra que también los sueños de displacer son cumplimientos de deseo”.2 Toda conducta se lleva a cabo porque está al servicio de un deseo, es una máxima dentro del psicoanálisis; por lo tanto, habrá que analizar eso de lo que tanto nos quejamos al servicio de qué está, es decir, qué deseo se está cumpliendo en eso de lo que tanto nos quejamos. ¿Cuál es el deseo oculto detrás de esas conductas que llamamos autodestructivas? ¿Al servicio de qué deseo inconsciente es que llevamos a cabo acontecimientos que van en contra de la pulsión de vida?

La experiencia analítica da cuenta de ello; el proceso analítico visto como esa elaboración en tres momentos: quejarse del otro, quejarse de uno mismo y saber qué hacer con eso que se revela para poder dar paso a otro momento: poder bien-decir.

En eso consiste la resiliencia como la concibe el psicoanalista Boris Cyrulnik; no todo está perdido, es cierto que en la infancia se estructura la personalidad (“Lo que llamamos nuestro carácter se basa en las huellas mnémicas de nuestras impresiones; y por cierto las que nos produjeron un efecto más fuerte, las de nuestra primera juventud, son las que casi nunca devienen conscientes”.)2 pero precisamente el psicoanálisis apuesta a que el sujeto puede hacer consciente todos esos elementos inconscientes y hacer algo con ello, quizá comenzar a construir una existencia de acuerdo al propio deseo y no tanto de acuerdo al mandato del Otro.

El síntoma como el resultado de una relación de compromiso entre el deseo y el deber.

Al síntoma se le puede abordar como si fuera un sueño, es decir, el paciente acude a psicoanálisis o cualquier otra denominación psi en busca de alivio, de lo que debe enterarse es de que ese síntoma obedece al inconsciente. Muchas de las veces el paciente se sorprende diciendo: “es que no sé por qué me sucede esto” o “no sé por qué no puedo dejar de hacer esto”, precisamente hasta ese lugar debemos de acudir para encontrar el origen del malestar. El síntoma como un sueño que requiere de interpretación. El psicoanálisis intenta revelar el deseo oculto detrás del síntoma.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

La herencia maldita

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Quizá los niños alcanzarán lo que al padre le fue denegado”

(S. Freud en “La interpretación de los sueños” AE, V, p. 453)

El hijo hereda lo que el padre reprime. Desde el psicoanálisis sabemos que los hijos son el síntoma de los padres. Cuántas veces no hemos escuchado que los padres depositan en sus hijos los sueños frustrados jamás alcanzados, la gloria que les quedó vedada. Hacen que sus hijos practiquen deportes que al niño no le interesan, o le exigen la perfección en resultados académicos como un desplazamiento de ese resabio de angustia que ha quedado a través del cúmulo de frustraciones que viene acarreando a lo largo de su existencia.

Dentro de la clínica psicoanalítica, en el consultorio y sobre todo en el diván, uno da cuenta, cuando el paciente (analizante) comienza a asociar libremente y dice todo cuanto se le ocurra, va atando cabos del síntoma que padece y da cuenta de que ese síntoma no le pertenece, que más bien es una “herencia maldita” de un conflicto no resuelto por su padre/madre, un síntoma con el cual luchó toda su vida, en donde no lo asimiló y no lo hizo parte de su vida, siempre negándolo, siempre rechazándolo y, como dice la sabiduría popular: “lo que no has de ver, en la casa lo has de tener”, es decir, cuántas veces no vemos casos en donde el padre autoritario, que tiende a la perfección, que vive bajo la bandera de la obediencia y proclama un mundo ordenado, su hijo resulta ser anarquista, contestatario, que no respeta límites y reglas. O está el caso del padre/madre que son creyentes y su hijo ateo, no quiero decir que esto último sea un síntoma, más bien es para ejemplificar por dónde van los caminos del inconsciente.

Por lo tanto, conflictos no resueltos por parte del papá y la mamá tendrán un cultivo propicio en el inconsciente del hijo. Podríamos parafrasear el conocido refrán: “dime lo que no aceptas y tu hijo lo heredará”. Lo que se reprime en los adultos, los niños lo actuarán, y, en el peor de los escenarios, el “hijo devorado” por el padre/madre surgirá a través de una estructura psicótica.

La perversión del padre/madre que nunca se habló, que nunca se confrontó, que no se analizó, que se mantuvo reprimida, que no fue “exorcizada”, se convierte en el fantasma que ha de perseguir la existencia de los hijos. Es por eso que en la clínica psicoanalítica el hijo muy probablemente no esté padeciendo un síntoma original, sino, siguiendo el discurso analítico, los hijos son el síntoma de los padres, tanto de los conflictos internos propios de cada individuo como los conflictos propios surgidos a partir de las desavenencias que implica el convivir con el otro gran parte de la vida.

Uno podría pensar con esto que entonces todo está perdido, todo está determinado, pero nada más alejado que eso, el psicoanálisis da cuenta de ello: “Un análisis es un tratamiento que actúa sobre síntomas en la medida en que estos se manifiestan en el sujeto por medio de inhibiciones del deseo; es un tratamiento que modifica estructuras en particular esas que se denominan neurosis” nos recuerda el psicoanalista Luciano Lutereau citando a J. Lacan.

El paciente deberá recorrer ese laberinto llamado síntoma en donde tendrá que saber qué le corresponde a él (qué tanto es responsable de eso de lo que tanto se queja) y qué tanto de ese síntoma es heredado. Muchas de las veces el síntoma heredado incomoda, no deja andar, un buen comienzo de análisis es cuando se detecta el origen de dicho síntoma (heredado) y se comienzan a replantear las cosas, sobre todo a re-significar, historizar y saber qué se puede hacer con ese material que poco a poco va saliendo a la luz a través del propio discurso y recorrido de la historia de vida, como bien afirma el psicoanalista Eduardo García Dupont: “el acto analítico apunta al despertar para que el sujeto sepa hacer con su angustia y produzca sus actos singulares”.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

El síntoma es un chiste

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“El sueño se vuelve chistoso

porque tiene bloqueado el camino más directo e inmediato

para la expresión de sus pensamientos:

se ve forzado a ser chistoso”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE IV, p. 304)

El síntoma hace del ser humano una caricatura. El síntoma por definición es un mal chiste; es contar una cosa con otra cosa. El síntoma es un intento de hablar de algo, pero como no se puede hablar de eso (un trauma, un deseo, un enojo, un conflicto, etc.,) el inconsciente hace de las suyas y fragua todo un plan para escabullirse hacia la consciencia. El síntoma (depresión, exceso en alcohol y tabaco, anorexia, bulimia, fobias, estrés, angustia, etc.,) es un “acto fallido” y por lo tanto un acto logrado en el sentido en que el inconsciente encuentra esa manifestación como válvula de escape.

El síntoma aparece en la vida del ser humano arrojándolo al absurdo. El síntoma es un mal chiste en donde uno siempre es el protagonista. El inconsciente es un hacker, es un trolleador, un niño sin malicia que goza haciendo travesuras con el fin de ser tomado en cuenta.

La cura psicoanalítica opera allí donde la medicina fracasa. El paciente ha recorrido ya varios consultorios de médicos y ninguno encuentra el origen orgánico del malestar del paciente. “Ha de ser psicológico” le dicen y le recetan una visita al psicoanalista.

El ser humano es un conjunto de variables culturales, sociales, educativas, familiares, individuales, singulares, bioquímicas, psicológicas, espirituales, cognitivas, etc. Para poder comprender el sufrimiento de la persona es necesario interrogar cada aspecto de su vida, de su historia de vida, de lo que él está consciente, de lo que sabe, pero también y más importante es el abordaje que se lleva a cabo en lo latente, en lo que no está en el discurso manifiesto, en el motivo oculto desde donde empuja e insiste su inconsciente.

Muchas de las veces el malestar que aqueja al ser humano sólo se entiende como una re-edición de un malestar anterior. Es decir, la queja que cuenta la esposa contra su marido no es más que una queja de años atrás, muchos años atrás, desde la infancia, sólo que ahora transfiere en su marido el malestar del allá y el entonces que nunca pudo expresar al destinatario correcto. Es por eso que el síntoma aparece como un mal chiste, un humor muy absurdo en donde el ser humano sufre por algo de lo que no da cuenta pero a la vez en eso encuentra regocijo. ¿Por qué? precisamente porque ese síntoma le conecta con su más tierna infancia, es la única manera en la que puede hacer conexión con su pasado, un pasado perdido, ominoso al cual no puede acceder a través de la simbolización y se conforma con actuarlo constantemente.

El malestar en el ser humano proviene de asumir el discurso del Otro, de apropiarse algo que no le pertenece. El cuerpo es una metáfora del conflicto psicológico que habita a la persona. El síntoma es un chiste que se impregna en el cuerpo del ser humano como un tatuaje que cumple la función de no recordar algún suceso traumático de la más tierna infancia, que se presenta una y otra y otra vez, obedeciendo a esa compulsión a la repetición que mantiene maniatado al ser humano sin poder andar ese laberinto llamado deseo.

La propuesta del psicoanálisis es un acompañamiento a través de la experiencia analítica en donde se intenta que el ser humano encuentre oros caminos de expresión menos tortuosos. Que “mi ser hable” para dejar atrás una vida “miserable”.

Contacto: psiclogocarlosmoreno@gmail.com

 

 

 

El malestar en el ser humano

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Los padres desempeñan el papel principal en la vida anímica infantil

de todos los que después serán neuróticos”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE, Tomo IV, p. 269)

Mucho del malestar en el ser humano tiene que ver con el conflicto que se da a nivel intrapsíquico y a su vez con el conflicto que existe en la vida cotidiana con la realidad. Cuando se menciona “conflicto intrapsíquico” se hace referencia a las instancias psíquicas que habitan nuestro ser, a saber, el Ello, el Yo y el Superyó; en otras palabras, el conflicto que atraviesa al ser humano radica entre lo que desea hacer y el deber ser, además, añadiendo el conflicto propio con la realidad en la que se desenvuelve.

El ser humano propiamente es un “esquizofrénico” partiendo de la definición etimológica (cerebro dividido) y no tanto desde la definición psicopatológica. El ser humano es un sujeto artificial que se encuentra dividido entre lo que desea y lo que debe hacer. En cambio el animal solo sigue su instinto, no hay división, no hay conflicto de intereses, por el contrario, en el ser humano habita ese conflicto instaurado por la cultura en donde el deseo sufre una represión pero sale a la consciencia a través de una negociación; llega, por decirlo así, a un acuerdo y es lo que conocemos como “manifestaciones del inconsciente”, a saber: el sueño, el lapsus, el olvido, acto fallido, el chiste y sobre todas las cosas, el síntoma, eso de lo cual el ser humano se queja pero que desde el inconsciente alimenta con tanto ahínco.

Quizá mucha de la neurosis contemporánea se vería disminuida si tan solo diéramos cuenta de ese conflicto que nos habita. Saber reconocer las instancias en pugna y comenzar a reconciliarse con los fantasmas que aterran.

Cuando un paciente acude al consultorio psicoterapéutico va dando cuenta de ese otro discurso que lo habita y poco a poco se va deshaciendo de lo que no le toca y asumiendo lo que le corresponde.

Mucho del proceso psicoterapéutico tiene que ver con ese esclarecimiento del discurso interno que desde allí sigue imponiendo las directrices a seguir, como un trazo planeado, un destino manifiesto, pero ese destino incomoda, ese destino se ha convertido en síntoma, un síntoma que el ser humano padece y que no da cuenta de ello porque es inconsciente, como cuando Edipo Rey supo su destino, la revelación fue tan insoportable que tuvo que arrancarse los ojos. Así el psicoanálisis, el paciente se encuentra con ese discurso que lo ha mantenido maniatado, imposibilitado, paralizado, y cuando da cuenta de eso, arranca los ojos con los que veía su historia de vida y comienza a ver la realidad con otros ojos. A diferencia de Edipo, el paciente (analizante) no queda ciego, al contrario, comienza a afrontar su vida desde su propio deseo y no desde el deseo del Otro.

Por lo tanto, el malestar en el ser humano tiene mucho que ver con ese discurso introyectado, con ese deseo de los padres, con las palabras que perviven en el inconscientes y desde allí empujan, calan, orillan, insisten.

Saber hacer un corte es necesario, ese cambio de piel que implica comenzar a vivir la existencia que se desea.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

 

El síntoma y la compulsión a la repetición

imagen de salinero2013.wordpress.com

imagen de salinero2013.wordpress.com

.

“El enfermo padece por sus reminiscencias”
S. Freud

 

El síntoma hace presencia cual Bolero de Ravel. La característica principal del síntoma es que es reiterativo. El síntoma repite algo, el síntoma grita y exige una escucha. Exige una interpretación.

El síntoma necesariamente posee un destinatario. Muchas de las veces ese síntoma va dirigido hacia los padres, es por eso que el síntoma disminuye cuando se logra la “neurosis de transferencia” ya que el síntoma ahora va dirigido hacia el psicoanalista.

“Aquí está, tómalo, es tuyo, interprétalo, ayúdame a analizarlo, yo no le entiendo, sé que me quiere decir algo pero no lo sé, no le entiendo”.

Es así que el analista se convierte en un intérprete, en un exégeta que hace oficio de la hermenéutica, en alguien que sabe el otro lenguaje, el lenguaje del síntoma. La fenomenología del síntoma y el lenguaje.

El discurso latente, lo que no se ve, lo que está oculto, vedado, lo que no se puede ver a simple vista, lo que se mantiene oculto ante los ojos de lo racional. Es por eso que aparece evadiendo el discurso metódico, aparece a través del chiste, de la ocurrencia, del olvido, de la asociación libre (que no tiene nada de coherencia), del acto fallido, del sueño, del lapsus; cuando la lengua sufre un traspié, cuando el lenguaje se “equivoca” y dice una palabra por otra (que conveniente).

El síntoma como esa compulsión a la repetición. Se repite algo, una escena, una carencia a nivel simbólico. Por eso existe el síntoma, como la posibilidad de decir “eso” a través del cuerpo, a través de la compulsión a la repetición por que no alcanza nuestra estructura para poder simbolizar, porque no alcanza nuestra estructura psíquica para poder traducir eso que duele, traducirlo en palabras. Es imposible ya que es tan doloroso que si accede a lo simbólico, que si accede a la consciencia sería terrorífico.

Esa maldita compulsión a la repetición que nos mantiene atados a eso que tanto nos fastidia la existencia. Nos mantiene atados a una relación de pareja enfermiza, a un trabajo no creativo, a una adicción, a una depresión. Algo que no se puede soltar porque precisamente no se quiere soltar. ¿Por qué? Porque eso mantiene la angustia a raya. Es mejor seguir maldiciendo la insoportable realidad en la que se vive a tomar las mejores decisiones y vivir bajo sus consecuencias, es mejor seguir viviendo bajo el mito del ser-víctima.

Quizá el psicoanálisis tiene esa presentación, lo que nos interesa saber, lo que se desea analizar es lo “persistente de la conducta”, saber al servicio de qué está, qué ganancia secundaria está obteniendo al continuar con ese síntoma, con ese estilo de vida; qué cosa de su más tierna infancia está repitiendo; qué es lo que no está soltando, qué está repitiendo a perpetuidad, qué está prolongando agónicamente. “Aquí está y no me deshago de él”.

El retorno de lo reprimido. Lo que se reprimió en un momento dado (un discurso, una palabra hiriente, un recuerdo, una experiencia, un amor fallido, una esperanza, una ilusión, algo que haya acontecido en la infancia) tiende a retornar. El retorno de lo reprimido.

 Lo que siempre se reprime tiende a retornar, a regresar, y ahora con más fuerza, lo que se reprimió en el allá y el entonces se ha guardado, y eso guardado ha quedado enfurecido por no poder salir a la luz.

Esperemos pues y atengámonos a las consecuencias de la salida a la luz de eso que se ha reprimido. Una experiencia en la infancia, un acto de reprobación, un robo, una experiencia sexual. Todo eso tiende a salir, y sale con mayor ímpetu, con mayor fuerza que con la que se presentó. El retorno de lo reprimido.