Bolitas de papel

imagen de institutodeltalento.com

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“Los fenómenos histéricos tienen preferentemente el carácter de lo excesivo” (S. Freud)

 

Me comenta una maestra de educación especial un recuerdo dentro de su trabajo cuando tenía como paciente a un niño que presentaba cierta fenomenología propia del diagnóstico del autismo. Le llamó la atención una actividad que el niño llevaba a cabo; recuerda que el alumno siempre cargaba un papel de baño, del cual toma cuadritos, los hace bolitas y los pone entre los huecos de los ladrillos de la pared. Uno por uno, lentamente, acomodando, dando estructura a algo. Esa es su actividad, en eso se le va el tiempo, (en eso se le va la vida), se apasiona, se desvive, se inquieta. Termina el día y al siguiente comienza otra vez.

Hay otro niño que presenta rasgos similares, dedica gran tiempo de la jornada escolar (una escuela especial) en hacer monitos con plastilina, en eso se le va el tiempo, lo hace con esmero, lo hace con pasión; como si el sentido de su vida se jugara allí.

Los ejemplos que tomo acá no los traigo para analizar el espectro autista, simplemente me llama la atención esas conductas del ser humano catalogadas como “diferentes” por no ser tan comunes. Situaciones que suceden también en la vida del adulto que día a día se enfrenta con problemas de la vida cotidiana.

Lo que me llama la atención son esos rasgos que Freud en sus primeros escritos describió como “lo excesivo”, en donde narra detalladamente la fenomenología conductual de sus pacientes bajo el padecimiento de la histeria. Menciona Freud que las conductas que presentaban sus pacientes eran muy similares a las conductas que presentaba cualquier otro ser humano, simplemente que la diferencia radicaba en ese componente: en lo excesivo, en la exageración.

Las conductas de un niño que presenta el espectro autista muchas de las veces se convierten en actos rituales, en manierismos, quizá también se presentan en los seres humanos que no están catalogados bajo ningún diagnóstico. Cuántas veces nos encontramos ensimismados en nuestros propios asuntos, en nuestras ideas, en nuestros traumas, complejos, similar al acto de ese niño que intenta “poner bolitas de papel en los huecos”.

Muchas de las veces nos encontramos en la misma situación solamente que lo hacemos de manera simbólica; esa es la diferencia. Nos encontramos que estamos llenando con bolitas de papel los huecos de la pared en actos repetitivos, en compulsiones, en cometer los mismos errores, en ese solipsismo sin la posibilidad de voltear a ver hacia otras partes, hacia otros lugares, sin querer darnos cuenta de que existen otras maneras de ver la vida, otra perspectiva de eso que tanto angustia. Se nos va la vida en ello, en llenar con bolitas de papel cada intersticio de nuestra existencia.

Todos carecemos de algo, todos hemos experimentado la frustración. Algo nos falta, algo falla, sólo cuando nos damos el tiempo de escucharnos y ser sinceros con nosotros mismos, estaremos dando el primer paso hacia ese camino en donde no sea necesaria esa compulsión a la repetición.

Todo ser humano presenta en mayor o menor medida conductas que parecen ser racionales, pero que llevadas a la exageración serían diagnosticadas como “fuera de la norma”.

Tenemos entonces que la psicopatología (la enfermedad del alma, el conflicto intrapsíquico, los fantasmas no elaborados) es una cuestión que tiene mucho que ver con la exageración y el exceso. El neurótico sufre por los pensamientos que lo acechan cuando el perverso se da permiso de eso que el neurótico calla, que el neurótico reprime.

“De músico, poeta y loco todos tenemos un poco” dice sabiamente el refrán. Todos tenemos una locura pendiente, una locura latente, a algunos nos funcionan los mecanismos de defensa y nos mantenemos en la cordura, otros quizá no y la vida se les desborda. Claro, hay que matizar, no es lo mismo una estructura neurótica, que una estructura psicótica o una estructura perversa. El que es neurótico será neurótico toda su vida así como el psicótico o el perverso. A lo que hago referencia acá es a la manifestación sintomática del neurótico, todos tenemos miedos pero el fóbico lo lleva a la exageración, al exceso. Todos tenemos pensamientos eróticos pero el perverso los lleva a la exageración, a la compulsión. Todos tenemos fantasías, sueños, imaginación, pero el psicótico lo vive, es su creación. Todos tenemos pensamientos rumiantes pero el obsesivo compulsivo está atrapado en sus pensamientos. Alguna vez en nuestra vida hemos experimentado que alguien no nos quiere, no nos acepta, pero el paranoico vive su existencia con la certeza de que los otros están conformando coaliciones en su contra.

Por lo tanto, todos de una manera u otra, intentamos poner “bolitas de papel en los huecos de la pared de ladrillos”, a unos eso les da la certeza de algo, a otros les causa angustia, pero todos, en mayor o en menos medida, seguimos repitiendo simbólicamente lo que ha quedado escrito ya desde los primeros años de nuestra infancia.

Dime cómo te amaron tus padres y te diré cómo amarás a tu pareja. Infancia es destino, allí se estructura todo, allí se juega el destino del ser humano, de las experiencias. De las vivencias de la infancia dependerá en gran medida la vida que se llevará de adulto; los rituales, manierismos, obsesiones, angustias, todo tiene que ver con algo que ha quedado “fijado” o estancado en la más tierna infancia.

Nuestros actos como un eterno repetir de alguna escena que intentamos mantener vigente a perpetuidad.

¿Esto puede ser de otra manera? ¿Se puede revertir el “destino”?

La propuesta dentro del psicoanálisis es que sí es posible revertir significativamente el determinismo psíquico. Cuando el ser humano se escucha a sí mismo, cuando deja de mentirse, cuando se “dis-culpa” a sí mismo, es decir, cuando se quita esa culpa que no le corresponde. En otras palabras (ya que todo en lo simbólico implica decir algo con otra cosa) cuando el ser humano se da cuenta de que eso que constantemente está repitiendo, esa piedra con la que se tropieza, eso de lo que tanto se queja, resulta ser una reproducción simbólica de algo que quedó anudado en su infancia.

Decirlo, hacer consciencia de eso, y sobre todas las cosas, comenzar a re-significar, a elaborar eso que no permite que su vida ande. Resignificar las cosas es un buen inicio para comenzar a construir la vida que se desea vivir. Sabemos que la vida es un instante ¿la vida que estás viviendo es la vida que habías planeado, que habías imaginado? Si no es así, entonces es el momento idóneo para comenzar a hablar contigo mismo, ser sincero, ser sincera. Un acto de honestidad y sinceridad implica necesariamente un acto de amor.

El psicoanálisis como el dispositivo idóneo para dejar de poner esas “bolitas de papel” en la pared.

Psicología del divorcio

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“Uno debería estar siempre enamorado,
por eso jamás deberíamos casarnos”.
Oscar Wilde 

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(El presenta artículo es de valioso interés para las personas que dentro de poco quieran casarse, o para los recién casados, o para los matrimonios que han perdido la brújula o para los solteros que no saben si casarse o no casarse).

¿Por qué se divorcian los que se divorcian? O tendríamos que sugerir más bien la siguiente pregunta: ¿por qué se sigue casando la gente?  a pesar de lo que vemos en los matrimonios tanto de famosos como de gente mortal, no aprendemos la lección, queremos experimentar de todo aunque eso nos haga daño, qué diría Albert Bandura y su hipótesis sobre el Aprendizaje Vicario (aprendizaje por imitación) y hablo del matrimonio tanto civil como religioso, algo pasa en ese contrato, todos sabemos de muchos casos en donde la pareja vivía en unión libre por muchos años y eran una pareja feliz, pero deciden casarse y ¡oh sorpresa! después de la luna de miel saben que algo no anda funcionando y piensan en la opción del divorcio. Esto nos lleva a la pregunta inicial: ¿por qué se divorcia los que se divorcian?

Una respuesta a bote-pronto la encuentro en la sabiduría humorística de Groucho Marx: “El Matrimonio es la principal causa de Divorcio”.

Existen razones de peso por las cuales una pareja decide terminar el compromiso matrimonial: el dinero, la infidelidad, la  “incompatibilidad de caracteres” o “la quiero mucho pero no puedo vivir con ella”.

Abordemos la cuestión del divorcio desde una perspectiva poco estudiada, una idea que me parece muy interesante proviene directamente de la Metafísica, esta hipótesis nos indica que “El demonio habita en una parte del techo del Hogar”, me explico: un hombre y una mujer, se conocen, inician el flirteo, el coqueteo, él se le declara, son novios; allí los vemos, la pareja ideal, acurrucados, él siendo todo para ella y ella siendo todo para él, comprenden muy bien a Einstein y Lacan sobre sus postulados a cerca del tiempo y su esencia relativa. Los amorosos callan, como dijera Jaime Sabines.

Pero… ¿qué es lo que pasa? él le propone matrimonio, ella acepta y allí es cuando surge el origen del Malestar en la Cultura, llegan a la Iglesia o al Registro Civil, cada quien dice su reparto, cumplen con el rito amatorio, se van de Luna de Miel, pero cuando regresan… llegan a casa y ¡oh desdicha! comienzan los roces, los disgustos, las desilusiones, el sujeto idealizado se ha convertido en un ser de carne y hueso, con sus defectos, con sus manías, sus vicios y demás; y se preguntan ¿pero por qué, si todo iba bien? ¿en qué fallamos? es pues aquí en donde entra la hipótesis metafísica de la que les hablo, el Diablo habita en el techo de la casa, “los problemas comenzaron cuando comenzamos a vivir bajo el mismo  techo”…

Y es que los nuevos matrimonios no se han enterado de ciertas cosas:

Los nuevos matrimonios fueron educados bajo la premisa de los psicólogos que mal-aconsejaban: “Los problemas se solucionan con comunicación” ¡oh error garrafal! De hecho la comunicación es la que ha dado al traste con gran parte de los matrimonios de nuestra época, para ejemplificar, trascribo unas líneas del célebre psicoterapeuta Paul Watzlawick, erudito en el tema de la Comunicación Humana:

«¿Ha llegado?» El marido, a pesar de no tener la menor idea de qué se trataba, contestó: «Sí.» Ella siguió inquiriendo: «¿Y dónde lo has metido?» Él respondió: «Con los otros.» Por primera vez en su vida matrimonial pudo trabajar horas enteras sin ser molestado.

Sabemos que las dificultades en la relación de pareja son por la comunicación, y aquí está la estadística que nunca falla: “el 90% de las discusiones se origina no por lo que se dice si no por el cómo se dice”. Alfred Adler decía que el ser humano pasa la mayor parte de su vida intentando convencer al otro de que él y nadie más qué él tiene la razón.

Un dato muy importante para que el matrimonio funcione es el concepto de “obediencia” y su contrario la “desobediencia”. La cosa en sí es muy clara: si un miembro de la familia sugiere hacer o no hacer algo, el miembro complementario tiene, debe o hará el intento por seguir las instrucciones, como por ejemplo: tener el celular siempre prendido, no chatear, no salirse con sus amigos o amigas, dejar la ropa sucia en la lavandería, tirar la basura, cosas tan insignificantes que si se procurara obedecer la petición del cónyuge, del ser amado, el matrimonio tendría otros derroteros, pero ¿qué es lo que vemos? pareciera que se vive una eterna competencia; no hacen equipo, andan malhumorados, casi ni se hablan. No ha quedado gran cosa de aquel amor que se profesaban, lo que antes los unía ahora se ha esfumado, y llegan al extremo de transformar el amor en odio, “durmiendo con el enemigo”, todo por no saber negociar o simplemente llamémoslo por no obedecer. Recordemos que la desgracia humana comenzó con eso, con la desobediencia de un Adán y una Eva.

Una manera de sobrevivir al matrimonio y a la familia posmoderna es verlo como lo que es: un “Deporte extremo” con todo lo que conlleva, no puedes distraerte ni un instante porque ya los hijos se están golpeando, o por un error al pronunciar un adjetivo y tu mujer cree que estás insinuando algo, o te pones guapa y ya tu marido cree que andas coqueteando con otro, es por eso que vivir en una familia posmoderna se ha convertido en un deporte extremo, no hay tregua, no hay descanso; desde las seis de la mañana hasta las once, doce o una de la madrugada del otro día; pero no hay que perder de vista la parte buena del deporte extremo: hace que te sientas vivo, lo disfrutas y al día siguiente quieres más. Así es la familia, al final del día los ves allí dormidos, todos unos angelitos, soñando en ser ellos spider-man, o ellas Blanca Nieves.