Creer

Escribe Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

 

“El carácter neurótico es el reflejo, en la conducta individual,

del aislamiento del grupo familiar”

(J. Lacan en Escritos 1, p. 137)

Lo que cura, lo que salva, lo que da sentido a la vida del ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en una ideología, un proyecto de vida, una propuesta, una ética, en su propio análisis en busca de su verdad. Puede creer el ser humano en la ciencia, en la familia. Quizá la única condición es creer firmemente en eso que va a dar sentido a la vida. La sublimación como ese camino hacia el lugar que ocupa el ser humano en una cultura determinada. Esa creencia tiene que estar en plena comunión con lo “socialmente aceptado” es decir, para que el ser humano pueda acceder a la paz interior tan anhelada, el conflicto intrapsíquico tendría que encontrar cierta relación de compromiso que deje en equivalencia a las partes, ya que no podemos andar por la vida haciendo caso solamente a las pulsiones bestiales que nos habitan o su contrario, no podemos andar por la vida viviendo en la inhibición que tortura y lacera.

El ser humano se encuentra sujeto a una cultura determinada que le hace ver la delgada línea entre el bien y el mal. A eso comúnmente le hemos llamado “la voz de la conciencia” que es la trasmisión de la cultura de generación en generación para perpetuar la civilización. Cuando dicha línea se ve difuminada, el ser humano comienza a experimentar sentimientos de culpa que pueden ser excesivos a tal grado de padecer una depresión, angustia o, en casos más severos, andar por la vida “sin dios y sin diablo” trasgrediendo los límites establecidos por la ley.

El ser humano encuentra su “salvación” (recurriendo al constructo utilizado por la religión judeocristiana que aquí tomaré como metáfora) precisamente en la búsqueda y encuentro de eso que da sentido a su vida, cuando es capaz de sublimar y encontrar su lugar en el mundo; su ser en el mundo. ¿De qué se salva? Se salva precisamente de vivir una existencia en la mediocridad, cuando el ser humano abraza su deseo, se salva de andar viviendo la vida del Otro, comienza a construir su propia historia de vida (y no una “historia debida”). La creencia en algo o en alguien nos puede salvar de una vida mediocre. El que “medio-cree”, cree a medias y se le va la vida en ello, no apuesta por su deseo. La diferencia radica en la entrega a ese proyecto de vida, a la propia escucha en el camino del encuentro con el propio deseo.

Saber discernir el propio deseo del deseo del Otro implica toda una trayectoria de vida. Es necesario que el ser humano se estructure bajo la mirada del Otro (entiéndase “Otro” como el padre/madre que estuvieron allí en la primera infancia del sujeto) pero con el paso del tiempo el sujeto es convocado a cambiar de piel, a ir tras su propio deseo, ya que si no “vive de acuerdo con el deseo que le habita” (Lacan) puede caer en los estragos del silencio (Alejandro Salamonovitz) y con ello en una profunda depresión.

El camino hacia el encuentro del propio deseo es un camino sinuoso, lleno de contrastes, de soledad, de silencios prolongados, de angustia, de terror; pero en ese caminar, el ser humano va naciendo a otra cosa, va dando cuenta de su propio deseo y lo más importante, saber qué hacer con eso (ética).

El proceso de salvación (entendida como ese tránsito de una vida vacía hacia una vida plena) implica pues una creencia, llámese religión, educación, vocación o psicoanálisis. Es ese encuentro con la propia verdad. La salvación no es un proceso de la noche a la mañana. La “metanoia” (conversión) hacia una vida con sentido, hacia ese “hombre nuevo” que existe en la idea judeocristiana, pero también en el marxismo y en el psicoanálisis. “Devenir la descendencia de los propios acontecimientos, y entonces renacer, nacer otra vez más, y romper con nuestro primer nacimiento carnal” (Deleuze). El paso de un sujeto alienado a un sujeto conducido por su propio deseo.

La salvación está a la vuelta de la esquina. La familia salva.

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La decadencia de la simulación humana

La humanidad indefectiblemente está podrida, huele mal. ¿Por qué? ¿Cuál es el origen de este cáncer social en el que estamos sumergidos? ¿Cuál es la Fuente Q? ¿De dónde proviene? ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? y nos atreveríamos a mencionar la irreverente pregunta teleológica anticientífica: ¿para qué?

Comencemos con lo particular, con el núcleo familiar, principio y fundamento de toda psicopatología Universal. Sabemos que el constructo “Familia” ha ido sufriendo una metamorfosis a lo largo de la Historia, la idea ha ido permutando, por lo  tanto observemos a la familia de los últimos cien años:

¿Qué se puede esperar de un hijo que no ha vivido con su padre? Odio, Carencia, Rencor. Ese hijo crece y  se casa,  tiene hijos. ¿Cómo va a educar con esa carencia existencial a sus hijos? Con sus hijos repite el patrón, “educa” a sus hijos con esa carencia, los educa sin amor. Esos hijos crecen y tienen sus propios hijos, ¿cómo los educarán? Con la carencia que viene acumulando de su abuelo y de su padre. ¿Y esos hijos cómo educarán a sus hijos? Con las carencias afectivas acumuladas en la cadena filogenética y ontogenética. ¿Qué nos queda?

La civilización que ahora tenemos, la civilización posmoderna heredera de la cultura de las carencias afectivas de los abuelos, los padres, ellos y sus hijos.

Por eso vemos levantones, secuestros, vejaciones, humillaciones, narcotráfico, adicciones, prostitución, mala vida, muertes, asesinatos, homicidios, suicidios. Y todo por la falta de Amor que se viene instaurando, troquelando en lo más recóndito de nuestra esencia, es lo que últimamente nos está constituyendo, lo quiditativo del Hombre en este proceso de dialéctica espiral evolutiva que nos lleva lentamente y lamentablemente al nihilismo, a la auto-aniquilación, a la entropía como Humanidad, como Civilización, como entes que un día razonaban y amaban, eso quedará en los textos de historia.

La Realidad permuta. La realidad nos avasalla. Estamos metidos en esto, es imposible salir, solo la “Era del Acuario” u otra jalada de esas podrá salvarnos, mientras seguimos sobreviviendo en esta selva de asfalto, en donde querer existir está vedado, en donde el constructo de felicidad ha quedado reservado solo para unos cuantos. ¿Qué nos queda? ¿Hacer propuestas? ¿Intentar otra sociedad con otros paradigmas, con otras maneras de vivir?

La decadencia es la manera original de existir, se vive una simulación, se vive simulando que se es feliz, los niños juegan sin preocuparse por el mañana, los adolescentes corren uno detrás de otro literalmente jugando en su presente, no les da para más su percepción de la realidad. Los jóvenes compiten por ser el líder, el rey del antro, el más follador, el que más ha estado en diversas preparatorias o universidades. El adulto sigue obcecado en descuidar a su familia para relucir en medio de la sociedad. El docente hace como que trasmite el conocimiento o  hace como que trabaja  en el proceso enseñanza-aprendizaje. El político sigue empecinado en el Poder. ¿Qué nos queda?…