Dime lo que sueñas y te diré quién eres

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“El estado del dormir posibilita la formación del sueño por cuanto rebaja la censura endopsíquica”.

(S. Freud)

 

“Dime lo que sueñas y te diré quién eres”. ¿Qué nos puede aportar la interpretación de los sueños al conocimiento propio? “Conócete a ti mismo” decía Sócrates. Sigmund Freud postula en su libro La interpretación de los sueños que tanto un síntoma como un sueño nos dicen mucho de nuestra condición humana. En el prefacio del libro “Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción” podemos leer: “Sólo mediante las formaciones del inconsciente (sueño, acto fallido, síntoma) sabemos quiénes somos. Si no atendemos a lo que estas revelaciones nos anuncian, estamos destinados a vivir como ignorantes de nuestra verdadera naturaleza (condición humana). Es por eso que la vía regia al inconsciente se convierte también en la vía regia al conocimiento de nosotros mismos. El sueño, lo mismo que la locura, nos desenmascara, nos arranca la careta de la “normalidad” y nos muestra tal como somos.” 1

El ser humano es un perverso, sólo que a través de la cultura se ha convertido en sujeto, en persona capaz de sublimar, reprimir, desplazar su perversión; sin embargo, la condición humana se manifiesta constantemente durante el sueño. Lo que el neurótico sueña el perverso lo lleva a cabo. Quizá será por eso el odio que el neurótico tiene al perverso, porque el neurótico no se permite el goce al cual el perverso tiene acceso. El neurótico sólo tiene acceso al goce a través de la fantasía.

El epígrafe que utilizo para el presente texto, el aforismo freudiano: “El estado del dormir posibilita la formación del sueño por cuanto rebaja la censura endopsíquica”,2 ciertamente nos plantea que el ser humano necesita de una autocensura para poder acceder a la cultura, pero que es durante el sueño en donde se muestra tal cual, sin filtro. Será en el dispositivo psicoanalítico donde se desentrañan los deseos inconscientes reprimidos que se esconden detrás de la “figurabilidad” que se nos presenta como sueño manifiesto.

El psicoanalista Carlos Gaos escribe en el prólogo al libro Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción: “Freud propuso una nueva fórmula que inscribía el relato de esa experiencia insensata en las coordenadas de un historial ominoso, irreconocible para el propio narrador”.3 Precisamente eso fue lo que le llamó la atención a Freud, que dentro de cada uno de los seres humanos habita algo que aterra, pero que a la vez encanta.

Continuando con lo que escribe Carlos Gaos: “había una historia que hablaba por él, a través de él e incluso en su contra”. Es así como resulta el encuentro con el propio inconsciente, muchas de las veces no se está de acuerdo con el deseo que a uno le habita, pero ¿qué se le va a poder hacer a eso? ¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita?4 pregunta Lacan, para después rematar: “La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo.”,5 es decir, saber y reconocer la propia condición humana, de qué se está hecho y tratar, en la medida de lo posible vivir de acuerdo al propio deseo tomando en cuenta la ética y la responsabilidad. ¿Qué hago con esto que tanto me aterra? Quizá aterra porque encanta.

Por lo tanto, la interpretación de los sueños, siguiendo con el discurso de Carlos Gaos: “Se trata de descender a los infiernos, de desentrañar la maligna podredumbre humana tras sus disfraces de insensatez o inocencia”.6 Nadie se salva de eso.

Por último, recurro una vez más al prologo escrito por el psicoanalista Carlos Gaos (Miembro fundador del Taller de Investigaciones Psicoanalíticas A.C.): “La interpretación de los sueños tiene la característica de que deja al humano en el desamparo ante las demoníacas fuerzas que lo habitan”,7 es decir, el inconsciente traza nuestro destino, como la tragedia de Edipo, así esa historia que se nos presenta como una “historia alterna” a la propia que vamos viviendo. Poner atención a los propios sueños y su interpretación desde el psicoanálisis, puede dar luz para poder comprender el propio malestar que aqueja.

¿Por qué la importancia de interpretar el sueño? Porque precisamente es allí donde nos topamos con nuestro verdadero deseo, que está íntimamente ligado a nuestra infancia.

Conforme el sujeto vaya adentrándose al análisis de su inconsciente, en esa medida podrá tener acceso a esa parte de sí mismo que no ha explorado, quitará poco a poco la censura y por consiguiente vivir en la apertura de dejar de engañarse a sí mismo.

1 España, Pablo y Alquicira, Mario. Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción, ed. CPM, 2001, p. 18

2 Freud, S. La interpretación de los sueños, 1900, AE, tomo V, p. 520

3 Carlos Gaos en prólogo al libro Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción, CPM, 2001, p. 13.

4 Lacan, J. El Seminario VII, p. 373

5 Lacan, J. El Seminario VII, p. 382

6 Gaos, Carlos, ídem, p. 13

7 Gaos, Carlos, ídem, p. 14

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

Neurosis, psicosis y perversión; tres rostros de la condición humana

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de artistasdelatierra.com

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Genio y figura hasta la sepultura. Hijo de tigre, pintito. El que nace para maceta no sale del corredor. Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza. ¿Qué tienen en común estos refranes? Tienen un común denominador: la personalidad del ser humano siempre estará presente a lo largo de su existencia. No en balde nuestros ancestros recopilaron siglos de sabiduría en pequeñas oraciones postuladas como aforismos para designar las experiencias que da el paso por esta tierra.

El ser humano está constituido bajo una “estructura de personalidad” que se entiende como aquello que nos constituye, que nos hace “ser” en relación a nosotros mismos y al mundo, una manera de ser y estar en el mundo. Desde la lectura del psicoanálisis existen tres estructuras básicas: neurosis, psicosis y en medio de ellas la perversión.

¿Cómo se estructura el sujeto? ¿en base a qué experiencias el sujeto se estructurará? ¿de qué depende que un sujeto sea perverso, psicótico o neurótico?

La personalidad del ser humano se estructura en base a las primeras experiencias vividas en la más tierna infancia; experiencias de amor pero también experiencias de muerte. Experiencias de amor como el apego, el cariño, afecto, y la posterior separación-individuación.  Experiencias de muerte manifestadas a través del rechazo, el descuido, la falta de reconocimiento, la destrucción, aniquilación, el niño como prolongación de su madre, etc. Y todo esto en conjunto es lo que va a estructurar al ser humano, esas primeras vivencias quedarán troqueladas en lo más recóndito de su inconsciente y desde allí fraguará su existencia.

Las experiencias en la primera infancia y cómo se hayan éstas percibido van a quedar de alguna manera “fijadas” en la psique del infante, sobre todo las experiencias vividas como excesos: exceso de frustración y exceso de satisfacción. Amor y abandono. La falla que se instaura tendrá mucho que ver en esa estructura psíquica que se forma.

Todo se juega en el primer año de vida. ¿Cómo es que una persona tiene un “quiebre psicótico” y anda por la vida ensimismado en su propia realidad, en un solipsismo a perpetuidad? La persona que está estructurada bajo el designio de la psicosis (esquizofrenia, paranoia y bipolaridad) lo es por lo que vivió en ese primer año de vida, cuando su “Yo” se estaba formando, no hubo algún referente, hubo en cambio una madre psicotóxica, ajena a su función de madre, enajenada con otros menesteres, abandonando al infante a su propia suerte; no hubo una madre que catectizara al infante (llenarlo de amor) y por lo tanto el “Yo” no logró estructurarse. Un Yo débil que a la postre, ante algún evento traumático regresará al allá y el entonces y al no haber la estructura básica necesaria tendrá el quiebre psicótico. De adulto tenderá a la psicosis ante un medio adverso y una estructura que ya trae desde la infancia.

En el neurótico opera otra cosa, el neurótico (fóbico o histérico u obsesivo) libró ese primer año; su “yo” logró estructurarse a través de introyecciones, pasa a un segundo momento, a una segunda estructura, la estructura neurótica en donde su yo estará en constante conflicto con la realidad, con las demandas del Ello y con las exigencias del Superyó. Como se dice coloquialmente en las aulas de la Facultad de Psicología: “Todos somos neuróticos gracias a Freud”.

La característica principal del neurótico es ese constante conflicto con la realidad; realidad que le frustra, realidad con la que siempre está en constante conflicto. El neurótico por un lado está bajo las demandas del principio del placer pero por otro lado está también bajo el yugo de las demandas del principio del deber. En cambio en la estructura psicótica sucede otra cosa, la persona que se ha estructurado bajo la denominación de la “psicosis” tiende a  evadir la realidad, no le gusta; por lo tanto “crea” una realidad alterna: “No soy yo el malo, son ellos los que me persiguen”; su síntoma como un intento de re-equilibrio.

¿Cómo se relaciona el neurótico, el psicótico y el perverso con el “Otro”? ¿cuál es su posición existencial como ser-en-el-mundo? Tomemos de ejemplo el constructo “demonio”. Para el neurótico los “demonios” con los que tiene que luchar son sus padres, su jefe, los compañeros de trabajo, la falta de dinero, la insatisfacción sexual, la obsesión; es decir, son demonios “simbolizados”, demonios que tienen que ver precisamente con eso que ocurrió en su infancia y retornan a su existencia representados en personas de carne y hueso en los que deposita las frustraciones que vivió en el allá y el entonces.  Siguiendo con la misma alegoría, los demonios para el psicótico son demonios reales, demonios que lo persiguen. Demonios que existen y que atraviesan paredes, que se le aparece en su cuarto, nadie más lo ve, demonios que se esconden en sus botas, demonios que le susurran cosas al oído.

Tenemos pues que el constructo denominado “demonio” es experimentado para el neurótico a través del simbolismo, en cambio el demonio para el psicótico existe realmente. Sólo nos queda la estructura perversa: en el perverso el “demonio” es él mismo. El perverso como el demonio encarnado.  El perverso es un “niño grandote” que no le pusieron reglas, normas, límites, no hubo un padre que lo castrara; ausencia de la figura paterna que le pusiera límites, que le castrara su deseo, el perverso goza por ese medio. Su goce es un goce infantil, goza como lo hiciera un infante sádico, mortificando la existencia del otro, saciando sus pulsiones perversas importándole solo él.

¿Cómo se relaciona cada persona dependiendo de su estructura con los fenómenos oníricos (el sueño)? El neurótico tiene una pesadilla y al despertar sabe que solo fue un mal sueño, o un sueño erótico que solo queda en eso, en sueño. El perverso lleva a cabo lo que el neurótico sueña.  El psicótico vive en un sueño eterno en donde ángeles y demonios existen en su vida real.

O también podremos comprender la relación que tiene cada estructura de personalidad con el “Otro”, por ejemplo: se dice que el neurótico tropieza siempre con la misma piedra, de hecho el neurótico no solo tropieza con la misma piedra, él mismo la pone para tropezar con ella (compulsión a la repetición). La relación del perverso con la piedra sería una relación de fetiche; tomaría a la piedra no para tropezar con ella sino para fetichizarla, sodomizarla, erotizarla, o buscar hasta por debajo de las piedras para ver con qué más gozar. El psicótico se pondría a platicar con la piedra.

Infancia es destino y allí se jugará gran parte de lo que el ser humano será en su vida adulta. Será desde allí como tomará decisiones, cómo se enfrentará a las situaciones cotidianas de la vida. Todo esto ha quedado troquelado en el inconsciente del ser humano y desde allí estará demandando ser reconocido. Intentará salir a la luz y por lo regular lo logra, pero ese “salir a la luz” lo hace a través de una máscara que denominamos síntoma y es precisamente ese síntoma lo que no permite al ser humano andar por la vida ligero de equipaje. El síntoma (depresión, ansiedad, estrés, trastorno alimenticio, obsesiones, relaciones amorosas no sanas etc.) como manifestación de eso que incomoda, de eso de lo que se quiere hablar pero que la sociedad insiste en que se debe callar. El síntoma existe por algo, no se trata de simplemente modificarlo o callarlo, al contrario, hay que escucharlo, interpretarlo, traducirlo. El síntoma está allí por algo y el consultorio es el lugar idóneo para escuchar lo que tiene que decir a través de la propia palabra del paciente, del que sufre ese malestar que por lo regular se esconde detrás de un “No sé lo que me pasa”.

La psicoterapia como ese lugar idóneo en donde se puede escuchar el discurso del paciente y saber eso que está allí pero que por ser precisamente inconsciente no se sabe. Hablar ese sueño “perverso” que aterra, platicar de esos demonios simbolizados, comprender esa compulsión a la repetición que impulsa a poner la piedra para tropezar con ella. Descubrir la propia verdad, la propia constitución, la propia estructura de personalidad, aceptar de lo que estamos hechos y comenzar a construir la vida que se desea vivir.

*Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Monclova, Coah. Mx