La educación en el hogar: un acercamiento desde la posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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 “Papás, maestros, seamos duros, seamos estrictos, seamos disciplinados con nuestros hijos, ahí empieza todo, ahí está la semilla que necesitamos”.
 Melchor Sánchez De la Fuente, Alcalde de Monclova, Coahuila, (en nota del periódico Zócalo).
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Educar es una tarea imposible, ya nos lo advertía Sigmund Freud. Y más ahora; educar en tiempos de la posmodernidad se ha convertido en una misión imposible, en un deporte extremo, en una lucha eterna, sin límite de tiempo, pactada a infinitas caídas. Eso es lo malo, se ha visto la Educación en el hogar como una lucha entre padres contra hijos. ¿En qué momento las criaturas todas bellas, todas lindas se convirtieron en el hazme reír de los padres inexpertos, hedonistas, superfluos, banales y demás? Educar en el hogar es un caos, muchos padres desisten y le encargan a la nana esa tarea, educar a los pequeños, o ya de perdido que la televisión sirva para algo y los ponen frente a la tele para poder hacer la vida más llevadera.

La autoridad en el hogar se ha visto demasiada relajada, antes con una sola mirada hacíamos caso a nuestros padres, ahora, hasta el Alcalde de Monclova llama a la ciudadanía a ser “mas estrictos con sus hijos” que un buen ciudadano se forja en casa.

Recientemente en Monclova un padre de familia torturó a su hija quemándole una rodilla con un cigarro. ¿Hasta dónde está permitida la disciplina, el castigo, las reglas? ¿Quién impone el parámetro de lo permitido? Recuerdo que en los años ochentas los psicólogos afirmaban que no se les debería pegar a los niños porque si no les causaban traumas. Es cierto que nuestros padres crecieron bajo una rigurosa y muy estricta disciplina en el hogar, eran comunes los golpes con una vara o con un cinto, lo mismo sucedía en la Escuela, los profesores contaban con el aval de los padres de familia para utilizar cáscaras de nuez e hincar a los chamacos que fueran causantes de algún disturbio, ponerles orejas de burro o golpes en las palmas de las manos. Ahora es diferente, los alumnos se escudan en los “derechos del infante” y los padres se niegan a ejercer su autoridad para no recordar los traumas de su infancia.

¿Cómo educar a los niños-hijos de la posmodernidad? Las nalgadas son válidas, claro, dentro del límite de tolerancia, estamos hablando de pequeños que aún no logran percibir la gravedad de sus actos, como haberle pegado a su hermano menor, por ejemplo; pero no es recomendable andar dándole nalgadas a los peques, es un recurso que se debe utilizar en contadas excepciones, cuando la conducta del infante ha sobrepasado los límites de lo tolerable. Las nalgadas se utilizan en un periodo de la infancia que ronda entre los dos o tres años hasta los cuatro o quizá cinco años, ya después el infante crece y sabe la diferencia entre el bien y el mal, para esto hay que hacer uso de la disciplina sustentada en consecuencias, es decir, educar al infante en base a las consecuencias de sus actos: “si haces esto, la consecuencia de tu acto es que no podrás ver la televisión” o “si haces esto otro la consecuencia de tu conducta es que podrás salir a jugar con tus compañeritos” y así el hijo podrá discernir las conductas en base a su consecuencia, sabrá diferenciar lo que le causa placer de lo que le causa aversión.

Educar en el hogar se ha convertido en una tarea apoteósica, las mujeres son las heroínas de la posmodernidad, el relajamiento en la educación en el hogar lo estamos viendo reflejado en la sociedad. El niño que no supo distinguir entre conductas socialmente aceptadas de las conductas que no lo son, tiene un futuro incierto, un futuro sin una estructura psíquica que le diga qué está bien y qué está mal. De hecho deberíamos reformular el DSM-V, eliminar todas esas psicopatologías y catalogar a los seres humanos simplemente en dos vertientes: los que hacen daño al prójimo y los que no. Los que hacen daño al prójimo son más parecidos a unas bestias, precisamente de eso se trata la educación, de civilizar a la bestia, entonces ante la pregunta ¿por qué hizo eso el adulto que torturó a la niña con un cigarro? fue precisamente por eso, por que ese señor no estuvo bien socializado, se quedó en una etapa infra-humana, es una bestia y como tal debemos de esperar esas conductas. Todos en un momento fuimos bestias pero la educación se encargó de socializarnos, hubo quien se quedó en el camino y por eso actúa como tal, como bestia; hubo otros en los que si funcionó esa educación e intentamos razonar sobre nuestros actos. Menuda tarea la que tienen los padres que recién se estrenan como figuras de autoridad en plena era de la posmodernidad. Los compadezco señores. Los compadezco.

@CarlosLector

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La familia: presente, pasado y futuro

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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“En México hay 25% de hogares uniparentales por múltiples razones”.
Katia D´ Artigues

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Hablar de familia hace cincuenta o sesenta años era hablar de una familia numerosa. Dentro de un mismo hogar cohabitaban, créalo o no, exageradamente muchos entes. Recuerdo haber escuchado a algunos familiares que insisten en que las familias de antaño (época de Porfirio Díaz) eran constituidas por diez, doce o catorce miembros, algo común en aquellos ayeres.

La idea de “familia” ha sufrido una terrible metamorfosis, la familia del siglo XX no tiene nada que ver con lo que hoy conocemos bajo el rubro de “familia”. Mi abuela materna creo que tuvo como diez hijos. Tener pocos hijos era socialmente mal visto, era un estigma, un oprobio contra las buenas costumbres. Las familias eran profusas, nutridas, pródigas, copiosas y exuberantes.  Las señoras se dedicaban a cuidar a la prole (en el correcto sentido de la palabra, sin ofender). Era común en aquellos tiempos ver que el padre de familia salía a trabajar, el hombre era el único capaz de ir a cazar al animal o ir a la oficina, ir a la mina u otros menesteres del allá y el entonces a ganarse el pan con el sudor de su frente. El macho de antaño tenía sus quereres con sus amantes, en cambio la señora no podía hacer nada, era incapaz de reprocharle sus defectos, tenía miedo de quedar en la orfandad, le habían educado para servir a su hombre. La mujer tenía que aguantar las fechorías de su esposo ya que el curita del pueblo le había dicho que el matrimonio era “hasta que la muerte los separe” y “es la cruz que te tocó cargar”, además en aquel tiempo sería señalada por ser madre soltera o mujer separada. Imposible pensar que pudiera llegar a ser una “Mujer desesperada”.

Con el paso del tiempo y con el devenir de cualquier Sociedad y Civilización que se precie de serlo, los miembros que integran la especie “homo sapiens” han venido evolucionando y con ello también los usos y costumbres de las personas que integramos dicho conglomerado. Ahora las mujeres optan por tener máximo tres hijos, cuatro es una multitud, dos sería la perfección, niño y niña de preferencia, la parejita, o en su defecto solo tener un hijo y entregarle todo el amor de que son capaces.

La pareja posmoderna ha cambiado eso de tener exageradamente hijos y optan por unos cuantos, argumentan que es para darles calidad, y por eso desde que nacen, a los tres meses de nacidos, van y los entregan a la guardería, porque saben que es allí en donde se les educará para ser ciudadanos de bien. Los adultos trabajan y trabajan todo el santo día para que no les falte nada a sus hijos; “ese es el verdadero amors” dicen para sus adentros.  A las seis de la tarde los recogen; si aún son bebés al llegar al hogar los duermen, o si son más grandecitos pues los meten a clases de cualquier cosa, papiroflexia, defensa personal, esgrima, ballet, clases de cocina, taquimecanografía, reparación de bicicletas… etc. Cualquier deporte es bueno, con tal de que se forme íntegramente, y claro, mientras el chamaco que tanto aman está en esas clases de matemáticas avanzadas, rugby o lo que sea, la señora aprovecha para estar con sus amigas y discutir la agenda de la vida cotidiana, echar el chal o actualizarse en los chismes de la farándula o cuando menos saber los pormenores de la vida ajena.

Llega la noche y el hombre llega a su hogar cansado, fastidiado de su trabajo que no eligió, prende el televisor en un intento de escape, sus ojos están atentos a lo que pasa en la pantalla pero su mente fantasea una vida paralela que siempre soñó.

Esta es la familia que tenemos. La familia posmoderna está engendrando los hijos que en un futuro dirigirán la Sociedad en la que sobrevivimos.

@CarlosLector

La Felicidad en tiempos de la Posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

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“El secreto de la felicidad no esta en hacer siempre lo que se quiere
sino en querer siempre lo que se hace.”
Leon Tolstoi

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A lo largo de la historia de la Humanidad, el homo sapiens se ha cuestionado por el sentido de su existencia. Desde que el hombre se precia de serlo, desde que el cerebro hizo un acto de introspección se ha preguntado por su lugar en el Cosmos. Unos dijeron que la esencia de la existencia sería “conocerse a sí mismo”, otros afirmarían categóricamente que la vida adquiere sentido cuando somos capaces de amar al prójimo; otros aseveran desde su propio inconsciente colectivo que venimos a este mundo a adorar a alguna divinidad; muchas voces optan por el hedonismo, otros por el eudemonismo, otros por el sinsentido. En fin, tantas y tantas respuestas a la incógnita del Ser-en-el-mundo.

En la sociedad contemporánea ¿en qué consiste ese sentido? Los psicólogos, filósofos, poetas, teólogos y músicos de rock and roll y uno que otro candidato de cualquier República de cualquier partido, han dicho que el hombre viene a este mundo a ser feliz.

Para dar respuesta a semejante incógnita, debemos de recordar la era en la que estamos inmersos; hemos dejado atrás varias eras de la humanidad que se han caracterizado por sus propios síntomas, como por ejemplo la Era de los orígenes de la civilización en donde el sentido de la vida era simplemente trabajar y adorar a los diversos dioses, posteriormente, con el paso de los años, el ser humano se dedicó a filosofar, después pasamos por un período oscuro denominado “Edad Media” en donde el sentido de la vida era precisamente conservar lo más preciado de lo humano: el contacto de Dios con su máxima creación: El Hombre. Llega un momento en la Historia de la humanidad en que el ser humano pone en duda los múltiples dogmas que rigen su existencia y es cuando entramos al período de la Ilustración, posteriormente a la modernidad y el imperio de la Razón y así llegar a lo que hoy conocemos como la Posmodernidad en la que estamos inmersos.

En la actualidad, y después de haber reflexionado durante siglos y siglos, el ser humano ha llegado a la conclusión de que la felicidad se encuentra sencillamente en estar en una posición corporal que denominaremos “estar-semi-acostado”; esa posición puede ser en un sofá, en una mecedora (excesivamente cómoda), o en la misma cama, pero sobre todo, y he aquí la receta de la felicidad posmoderna, se debe estar semi-acostado con una laptop en las piernas, de preferencia después de un buen baño reparador y si se puede también después de haber cumplido con los deberes del día.

Bueno, eso en el mejor de los casos en donde se pudiera encontrar algo de “sublimación” porque la verdad, la felicidad estaría ciertamente en estar semi-acostado y en las piernas no precisamente una lap-top, en las piernas mejor una mujer, una mujer amada o simplemente una mujer. O en su defecto estar acostado y en las piernas nada, pero en la mano el control remoto. Esas son las tres variantes de la felicidad del hombre posmoderno. Las tres tienen un común denominador: el ser humano ha evolucionado a tal grado que ha dejado atrás esa representación “vertical” que conquistó en un tiempo de su evolución filogenética, pero lo de hoy y lo de el futuro no muy lejano es estar acostado, dejar descansar la columna “vertebral” y optar por la posición horizontal. Bendita posmodernidad.

@CarlosLector

La Muerte en tiempos de la Posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Tal parece que la Ley Humana ya no funciona… la única ley es la muerte.

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La Ley existe para regular las interacciones humanas, porque bien sabemos que el ser humano es salvaje por naturaleza, es una bestia a la que hay que domar, civilizar, inculturizar. El hombre nace siendo un incivilizado, nace solo satisfaciendo sus necesidades fisiológicas, nace siendo puro “Ello”. Se rige bajo el principio del Placer, es un hedonista consumado. Pero para que exista la Cultura, la Civilización, sus padres se encargan de domarlo, de apaciguarlo, de hacerlo “humano”.

El ser humano firma un contrato para poder desenvolverse en sociedad, para poder respetar a su prójimo, al otro, al contrario; en muchos, en lo más recóndito de su inconsciente existe el deseo de matar a sus enemigos, pero eso no está permitido, eso va contra la ley, contra la Constitución, contra la propia Civilización y contra lo estipulado en los Mandamientos de la Ley de Dios.

Pero tal parece que esa ley que nos ha convertido en “animales racionales” ya no funciona, ya no tiene vigencia, lo único que funciona es la ley de la selva, matar, destruir, sobrevivir.

Vivimos en una Civilización sin Ley, sin tomar en cuenta la corrupción, el quebranto y la violación de las mismas. Una “Cultura de la Muerte”. Sigmund Freud hace más de cien años había dicho que preferimos reprimir nuestra pulsión de muerte (Tánatos) en aras de una Civilización, esa Civilización que hoy estamos siendo testigos de su resquebrajamiento.

El hombre tiene en su corazón el potencial para hacer el bien pero también para hacer el mal. Para amar pero también para odiar. Para construir pero también para destruir. Eros y Tánatos perviven en el corazón, en la mente, en la esencia de la naturaleza humana. Hasta hace poco ese equilibrio sí había funcionado, vivíamos en una “Cultura del Respeto” vivíamos bajo el precepto de los valores “Universales” como la Honestidad, el Amor, la Solidaridad, la Tolerancia, etc. pero día a día, momento a momento la humanidad poco a poco, lentamente está mostrando su verdadero rostro, ya se cansó de jugar al hipócrita, al filántropo, al altruista, lentamente está resurgiendo la bestia, lentamente están saliendo las cucarachas enquistadas a lo largo de la evolución filogenética, para donde volteemos podremos encontrar claros ejemplos de dicha debacle, como menciona Fabrizio Mejía Madrid:el ciudadano ha dejado de ser un simple mortal y se ha convertido en un enemigo en potencia”.

La Muerte como cultura, ya lo había vaticinado el Papa Juan Pablo II: “Vivimos una cultura de la Muerte”. ¿Qué diría Freud si viviera hoy en día? De seguro cambiaría en algo su hipótesis de la represión de las pulsiones, se reprimía el Eros y con ello el Tánatos, pero ahora la realidad es otra. Se creyó librar al Eros (sexualidad desenfrenada, libertinaje, placer por el placer…) y con ello se dejó libre el Tánatos (muerte, destrucción, odio, envidias…). Habrá que volver a reprimir al Eros, para que con ello volvamos a reprimir al Tánatos, seríamos más infelices, pero viviríamos más seguros.

@CarlosLector

Ser Profesor en tiempos del posmodernismo

 

“A las plantas las endereza el cultivo, a los hombres la educación”
J.J. Rousseau

 

¿Qué pasa hoy en día con el magisterio? ¿Qué pasa hoy en día por la mente de los profesores? ¿Cómo es un día “normal” en la vida de un docente?

Antiguamente ser profesor implicaba más que elegir una profesión, era considerada una “vocación”, un llamado para educar a los hijos de la Nación.

Ser profesor tenía una connotación sublime, estoica, arquetípica de los valores de la Ilustración. Ser profesor demandaba coherencia. Ser profesor exigía una lucha sin tregua contra la estulticia. Ser profesor no era un oficio, ahora así se ve, antes se elegía esa carrera por motivos altruistas, nobles, filantrópicos, ahora vemos con desgano que escogen ser docente por los privilegios de los que nos beneficiamos.

¿Quién no recuerda la película de Cantinflas? “El Profe” (1971) en donde Mario Moreno hacía una apología de la esencia del profesor, en donde el educador, junto con el cura y el médico eran los símbolos de la comunidad.

Las cosas han cambiado y con ello el ser del profesor también, lo quiditativo permanece, pero más bien parece que nos hemos distraído por las cuestiones “accidentales”, por las cuestiones baladí, por cuestiones pasajeras. No hemos cumplido con el adagio, con la misión, con la encomienda encarnizada que hemos decidido asumir al entrar a las huestes del profesorado.

Se habla mucho en cursos y talleres, en diplomados y congresos sobre los planes y programas de estudio, sobre las competencias básicas del docente, sobre la constante profesionalización y actualización, sobre la incursión del profesor en Carrera Magisterial, todo esto está bien, pero más bien parecen justificaciones para no entrarle al toro por los cuerno, para dejar de soslayo el imperativo categórico de nuestra elección: nos hemos olvidado del amor a la vocación.

Ser profesor implica pasión por el ser humano, ser profesor implica servicio, somos unos servidores públicos, estamos en constante contacto con ellos, con nuestros alumnos y con los papás de ellos. Elegimos nuestra profesión sabiendo de antemano que no íbamos a lucrar, no nos haríamos millonarios, bueno, salvo sabidas excepciones que no es grato en estas líneas enunciar.

La otra cara de la moneda está presente, es cierto que para que el profesor consiga los que se espera de él es necesario ponderar unos incentivos un poco más vistosos, como dije líneas arriba, no se intenta lucrar o ser millonario pero sí poder vivir una existencia digna, y con el sueldo base del profesorado no se puede estructurar una vida simplemente llevadera. Como lo dijo el Dalai Lama en su reciente visita a México, es necesario que al profesor se le reconozca su lugar, su papel en la construcción de la sociedad, y qué mejor que motivándolo por medio de incentivos, claro, sería también una exigencia que a mayor incentivo mayores obligaciones, y que el docente que no esté dando los resultados esperados pues con su permiso pero la Nación requiere de docentes cualificados.

Uno no puede dar lo que no tiene, será quizá tal vez por eso que no podemos hacer nuestra praxis con amor. Nos faltó amor, nos falta amor y nos seguirá faltando. La carencia como modus vivendi, la carencia como vacío existencial. La carencia como epifenómeno actualizado y concretizado de aquella rola de Panteón Rococó.

Un poquito de amor piden los alumnos, sus ojos los delatan, desean sentirse importantes, como cualquier mortal. Desean ser tomados en cuenta, como seres individuales, con potencialidades, con creatividad, con iniciativa, motivarlos, hacerles ver las cosas que hacen bien y no nada más ser vistos como un medio para llegar a un fin; como un medio que se transforma en un 50% redituable en el bolsillo del profesor. ¡Mírame, aquí estoy, frente a ti, soy persona, siento, pienso, me expreso, soy un ser humano, existo. ¿Me puedes dar un poco, aunque sea un poquito de tu atención?”

No está peleado el trato al ser humano con el poder incentivar la profesión del docente, urge un cambio en la educación en México, podemos comenzar con algo, yo no sé con qué, pero iniciemos ya con algo.

@CarlosDasein

¿Hay lugar para Cristo en la Posmodernidad?

Autor: Carlos Moreno

imagen tomada de m.aciprensa.com

imagen tomada de m.aciprensa.com

¿De qué se trata la existencia? ¿De qué se trata la instancia del hombre en la tierra? ¿De qué se trata su paso efímero en esta parte del Cosmos? ¿La vida tiene sentido, o lo adquiere o uno se lo inventa o simplemente somos un error filogenético? ¿Tenía razón Milán Kundera cuando inventó ese título de “La insoportable levedad del ser”?

Me dicen que todo se reduce a la percepción, que todo depende con el cristal con que se mira, que es cuestión de actitud, que la realidad no te afecta sino la manera en que percibes. Otros más alegóricos afirman científicamente que “cada quien habla como le fue en la feria” o en el baile, dependiendo de la afición del hablante.

Tal parece que para unos el sentido de su existencia es vivir briagos, “el que vino al mundo y no tomó vino entonces a qué chingados vino” dice un axioma de nuestra cultura mexicana. Y no solo es ponerse borracho, además es aderezarlo con la música ad hoc: “ando bien pedo, bien loco”. Esa sería una respuesta existencial a la interrogante sobre el sentido de nuestra estadía terrenal.

Otros que van de la mano de dicho grupo de libadores son los llamados “hedonistas posmodernos”. Sabemos que el sujeto hedonista existe desde que el hombre hizo del pensamiento una forma de vida, como los pre-socráticos, acordémonos de la eterna lucha entre los “hedonistas” y los “eudemonistas”; los primeros decían que el sentido de la existencia era el placer corporal, el aquí y el ahora, lo efímero, lo espontáneo, lo momentáneo. En cambio los “eudemonistas” opinaban que el sentido de la existencia se obtenía cuando el sujeto buscaba la felicidad en compañía de sus seres queridos; es decir el hedonista buscaba una “felicidad” egoísta y el eudemonista buscaba una felicidad comunitaria. Hoy ya no existen o más bien no hay lugar para los eudemonistas, están desterrados, lejos de los planes actuales, lo de hoy es ser hedonista, vivir bajo el principio del placer, “lo hago porque me da placer, si exige de mí algo de sacrificio ni me lo menciones”, parece ser el eslogan de los hedonistas posmodernos. El hedonista posmoderno busca el placer en la televisión, en el sexo desenfrenado, en internet, chateando, comiendo, etc. entre menos esfuerzo exija la cuestión es mejor. Tal parece que de humanos poco nos queda. Los placeres que están en boga están íntimamente relacionados con las necesidades fisiológicas: dormir, comer, hacer pipí y popó y fornicar.

Ante tal panorama: ¿existe un lugar para Cristo? Tal parece que la existencia actual se vive tan aprisa que no volteamos o más bien no queremos voltear a ver la propuesta del Nazareno. Muchos afirman que el Sentido de la Vida es encontrarse con la Divinidad, tener ese encuentro con Dios aquí en la Tierra, pero dicho discurso no va de la mano o más bien es antagónico con los preceptos de la moral en turno. Pocos años tenemos como sujetos civilizados, y también en pocos años las reglas de la vida se han trastocado; si seguimos así, que no nos extrañe que formemos parte de la última Generación de mortales que habitaron un día este planeta pequeñito llamado Tierra.

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa (Monclova, Coahuila. Mx.)

El Monstruo de la sotana

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“Cuando se drogaba
era como un buey ungido”.
Alejandro Espinosa
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El único pecado del Cura Marcial Maciel fue haber sido pederasta, quitándole ese aberrante defecto su vida fue íntegra, coherente, hasta cierto punto envidiable, todo un icono de los valores de la posmodernidad.

Alejandro Espinosa, ex integrante de la secta denominada “Legionarios de Cristo” fundada precisamente por el “Diablo de Cotija” (Marcial Maciel), escribió un libro, lo llamó “El Legionario” en donde describe el cúmulo de virtudes que poseía el Sr. Marcial Maciel.

Maciel de joven fue expulsado de un seminario en donde estudiaba para ser Sacerdote Diocesano, al parecer ya mostraba sus dotes pedófilos, su mente privilegiada no descansó, se apoyó en un tío muy influyente que lo ayudó y a los 25 años fundó la Secta que hoy conocemos como “Legionarios de Cristo”, un mal más que exporta este País tan vilipendiado al que pertenecemos, a esta raza cósmica-cómica-mexicana.

¿Cuáles son esos valores que tanto se admiran en Marcial Maciel? Dice el autor del libro que “Él no tenía ni religión ni fe, no creía en el dogma católico, no creía en Dios, no tenía límites en sus vicios”.

Lo fascinante del espectáculo grotesco perpetrado por el Sr. Maciel es el juego draconiano con el cual mentía a sus seguidores; adolescentes, jóvenes, empresarios pero sobre todo mujeres de buena fe, se reía en lo más recóndito de su alcoba.

Insisto en que su error fue haber quebrantado el máximo tabú de la sociedad, el meterse con pre-púberes, eso fue su maldición, porque si no fuera por eso, ahorita mismo estaría en el altar de los hedonistas posmodernos, sería el Homero Simpson encarnado, y para muestra una referencia más del autor del libro “El Legionario”: “Maciel tenía la facilidad para conseguir dinero sin trabajar, porque la pasión de su vida fue el pedir dinero, solo después del sexo y el poder”.

Dinero, Sexo y Poder, tres conceptos muy valorados por nuestra sociedad actual. Dinero, Sexo y Poder. Recientemente el Papa en turno repudió los valores actuales de la posmodernidad y mencionó precisamente estas tres palabras (Dinero, Sexo y Poder) como los tres factores más comunes que alejan de Dios.

Así que por lo que satanicemos a Maciel sea por su único pecado, el ser pederasta, ya que lo otro (Dinero, Sexo, Poder) son los tres deseos más encumbrados de cualquier mortal, ¿qué no a diario vemos gente que compra su cachito de la lotería con el deseo mismo de Maciel “conseguir dinero sin trabajar”. ¿Qué no a diario vemos en las noches, en los antros, en las discotecas, en el periódico u hoy mismo a Sergio Sarmiento escribir diatribas contra la monogamia? ¿Qué no vemos a los políticos decir mentira tras mentira, no una vez, ni dos ni tres sino infinidad de veces tratando de persuadir al elector, tratando de cubrir sus yerros, tratando construir una realidad meramente psicótica?

Criticar al Sr. Maciel por su vida es criticar nuestra propia vida y nuestros propios deseos inconscientes, vemos la viga en el ojo ajeno, lo que no aceptamos en nuestro corazón lo criticamos en la conducta de los demás.

Que haya sido pederasta es repudiable, lo demás no.

@CarlosMorenoMx