El goce no tiene memoria

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

El goce: un exceso intolerable de placer,

una manifestación del cuerpo

más próxima a la tensión extrema, al dolor y al sufrimiento.

(N. Braunstein 2006 en “El goce, un concepto lacaniano”, p. 14)

 

Existe un experimento con ratones en donde el animalito al tocar una palanca obtenía placer. Eso provocó que el animalito se olvidara de otras cosas hasta morir a cambio de un monto desmesurado de placer.

Para cuestiones prácticas vamos a definir eso como “goce”, en donde el animal  procuraba el placer a costa de su deterioro que a la postre lo llevó a la muerte. Lo mismo sucede con el ser humano y su atracción hacia los vicios, llámese el alcohol, el tabaco, el exceso en la comida, el sexo desmedido, situaciones en donde el ser humano lleva al extremo la experiencia y trasciende el límite del placer, lo que lo lleva a “más allá del principio del placer” es decir, al exceso, al goce mortífero.

El goce no tiene memoria. ¿Qué significa eso? significa que muchas de las veces el ser humano está consciente del mal que se está auto produciendo al caer en conductas de riesgo, en donde lleva más allá el placer que proporciona una cerveza, la comida, el sexo, pero no se conforma con eso y quiere más, insiste, hasta caer en el hartazgo, la borrachera, la adicción a la droga, el robo para obtener sustancias, la promiscuidad sin protección que lo conduce a la enfermedad.

El goce no tiene memoria, es decir, cuántas veces no hemos escuchado al alcohólico arrepentido decir que “ya no más”, que dejará el vicio por los que más ama, o el adicto a los estupefacientes también arrepentirse y optar por enclaustrarse para sanar, o al que se da atracones decir que “es la última vez”. El goce no tiene memoria. Pronto se olvida el ridículo que se hace, se olvidan las promesas, y el sujeto vuelve a las andadas. El goce no recuerda el padecimiento sufrido y opta por ese camino del exceso, quiere más, nada le llena. Objetivo final: la autodestrucción, la aniquilación, la saciedad final, el hartazgo existencial.

¿Por qué se cometen los mismos errores? ¿por qué estamos empecinados en reiterar el mismo daño? ¿Al servicio de qué está ese intento de autodestrucción? Una obediencia ciega. El goce no recuerda. No sabe de límites. Por ejemplo, la campaña de salud en donde ponen imágenes horribles en las cajetillas de cigarro como un intento de disuadir al adicto y que sepa las consecuencias de sus actos. Al contrario, todos sabemos que “fumar mata”. ¿Qué tanto esas imágenes son un incentivo para esa pulsión de muerte que vive e insiste en cada uno de nosotros?

La experiencia analítica precisamente intenta hacer un rastreo y dar cuenta de esa pulsión de muerte que nos habita. Reconocer nuestra condición humana, saber de qué estamos hechos y, lo más importante, qué estamos dispuestos a hacer con esa verdad que se descubre.

El goce no tiene memoria. Por más que el ser humano “sepa” el mal que se está haciendo a sí mismo y a los que le rodean, no va a parar, no va a ceder hasta que haga un intento por reconciliarse con ese “monstruo” que le habita y que no va a dejar de insistir hasta ser escuchado.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

Anuncios

La Felicidad en tiempos de la Posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

.

.

“El secreto de la felicidad no esta en hacer siempre lo que se quiere
sino en querer siempre lo que se hace.”
Leon Tolstoi

.

A lo largo de la historia de la Humanidad, el homo sapiens se ha cuestionado por el sentido de su existencia. Desde que el hombre se precia de serlo, desde que el cerebro hizo un acto de introspección se ha preguntado por su lugar en el Cosmos. Unos dijeron que la esencia de la existencia sería “conocerse a sí mismo”, otros afirmarían categóricamente que la vida adquiere sentido cuando somos capaces de amar al prójimo; otros aseveran desde su propio inconsciente colectivo que venimos a este mundo a adorar a alguna divinidad; muchas voces optan por el hedonismo, otros por el eudemonismo, otros por el sinsentido. En fin, tantas y tantas respuestas a la incógnita del Ser-en-el-mundo.

En la sociedad contemporánea ¿en qué consiste ese sentido? Los psicólogos, filósofos, poetas, teólogos y músicos de rock and roll y uno que otro candidato de cualquier República de cualquier partido, han dicho que el hombre viene a este mundo a ser feliz.

Para dar respuesta a semejante incógnita, debemos de recordar la era en la que estamos inmersos; hemos dejado atrás varias eras de la humanidad que se han caracterizado por sus propios síntomas, como por ejemplo la Era de los orígenes de la civilización en donde el sentido de la vida era simplemente trabajar y adorar a los diversos dioses, posteriormente, con el paso de los años, el ser humano se dedicó a filosofar, después pasamos por un período oscuro denominado “Edad Media” en donde el sentido de la vida era precisamente conservar lo más preciado de lo humano: el contacto de Dios con su máxima creación: El Hombre. Llega un momento en la Historia de la humanidad en que el ser humano pone en duda los múltiples dogmas que rigen su existencia y es cuando entramos al período de la Ilustración, posteriormente a la modernidad y el imperio de la Razón y así llegar a lo que hoy conocemos como la Posmodernidad en la que estamos inmersos.

En la actualidad, y después de haber reflexionado durante siglos y siglos, el ser humano ha llegado a la conclusión de que la felicidad se encuentra sencillamente en estar en una posición corporal que denominaremos “estar-semi-acostado”; esa posición puede ser en un sofá, en una mecedora (excesivamente cómoda), o en la misma cama, pero sobre todo, y he aquí la receta de la felicidad posmoderna, se debe estar semi-acostado con una laptop en las piernas, de preferencia después de un buen baño reparador y si se puede también después de haber cumplido con los deberes del día.

Bueno, eso en el mejor de los casos en donde se pudiera encontrar algo de “sublimación” porque la verdad, la felicidad estaría ciertamente en estar semi-acostado y en las piernas no precisamente una lap-top, en las piernas mejor una mujer, una mujer amada o simplemente una mujer. O en su defecto estar acostado y en las piernas nada, pero en la mano el control remoto. Esas son las tres variantes de la felicidad del hombre posmoderno. Las tres tienen un común denominador: el ser humano ha evolucionado a tal grado que ha dejado atrás esa representación “vertical” que conquistó en un tiempo de su evolución filogenética, pero lo de hoy y lo de el futuro no muy lejano es estar acostado, dejar descansar la columna “vertebral” y optar por la posición horizontal. Bendita posmodernidad.

@CarlosLector

La Muerte en tiempos de la Posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Tal parece que la Ley Humana ya no funciona… la única ley es la muerte.

.

La Ley existe para regular las interacciones humanas, porque bien sabemos que el ser humano es salvaje por naturaleza, es una bestia a la que hay que domar, civilizar, inculturizar. El hombre nace siendo un incivilizado, nace solo satisfaciendo sus necesidades fisiológicas, nace siendo puro “Ello”. Se rige bajo el principio del Placer, es un hedonista consumado. Pero para que exista la Cultura, la Civilización, sus padres se encargan de domarlo, de apaciguarlo, de hacerlo “humano”.

El ser humano firma un contrato para poder desenvolverse en sociedad, para poder respetar a su prójimo, al otro, al contrario; en muchos, en lo más recóndito de su inconsciente existe el deseo de matar a sus enemigos, pero eso no está permitido, eso va contra la ley, contra la Constitución, contra la propia Civilización y contra lo estipulado en los Mandamientos de la Ley de Dios.

Pero tal parece que esa ley que nos ha convertido en “animales racionales” ya no funciona, ya no tiene vigencia, lo único que funciona es la ley de la selva, matar, destruir, sobrevivir.

Vivimos en una Civilización sin Ley, sin tomar en cuenta la corrupción, el quebranto y la violación de las mismas. Una “Cultura de la Muerte”. Sigmund Freud hace más de cien años había dicho que preferimos reprimir nuestra pulsión de muerte (Tánatos) en aras de una Civilización, esa Civilización que hoy estamos siendo testigos de su resquebrajamiento.

El hombre tiene en su corazón el potencial para hacer el bien pero también para hacer el mal. Para amar pero también para odiar. Para construir pero también para destruir. Eros y Tánatos perviven en el corazón, en la mente, en la esencia de la naturaleza humana. Hasta hace poco ese equilibrio sí había funcionado, vivíamos en una “Cultura del Respeto” vivíamos bajo el precepto de los valores “Universales” como la Honestidad, el Amor, la Solidaridad, la Tolerancia, etc. pero día a día, momento a momento la humanidad poco a poco, lentamente está mostrando su verdadero rostro, ya se cansó de jugar al hipócrita, al filántropo, al altruista, lentamente está resurgiendo la bestia, lentamente están saliendo las cucarachas enquistadas a lo largo de la evolución filogenética, para donde volteemos podremos encontrar claros ejemplos de dicha debacle, como menciona Fabrizio Mejía Madrid:el ciudadano ha dejado de ser un simple mortal y se ha convertido en un enemigo en potencia”.

La Muerte como cultura, ya lo había vaticinado el Papa Juan Pablo II: “Vivimos una cultura de la Muerte”. ¿Qué diría Freud si viviera hoy en día? De seguro cambiaría en algo su hipótesis de la represión de las pulsiones, se reprimía el Eros y con ello el Tánatos, pero ahora la realidad es otra. Se creyó librar al Eros (sexualidad desenfrenada, libertinaje, placer por el placer…) y con ello se dejó libre el Tánatos (muerte, destrucción, odio, envidias…). Habrá que volver a reprimir al Eros, para que con ello volvamos a reprimir al Tánatos, seríamos más infelices, pero viviríamos más seguros.

@CarlosLector

¿Hay lugar para Cristo en la Posmodernidad?

Autor: Carlos Moreno

imagen tomada de m.aciprensa.com

imagen tomada de m.aciprensa.com

¿De qué se trata la existencia? ¿De qué se trata la instancia del hombre en la tierra? ¿De qué se trata su paso efímero en esta parte del Cosmos? ¿La vida tiene sentido, o lo adquiere o uno se lo inventa o simplemente somos un error filogenético? ¿Tenía razón Milán Kundera cuando inventó ese título de “La insoportable levedad del ser”?

Me dicen que todo se reduce a la percepción, que todo depende con el cristal con que se mira, que es cuestión de actitud, que la realidad no te afecta sino la manera en que percibes. Otros más alegóricos afirman científicamente que “cada quien habla como le fue en la feria” o en el baile, dependiendo de la afición del hablante.

Tal parece que para unos el sentido de su existencia es vivir briagos, “el que vino al mundo y no tomó vino entonces a qué chingados vino” dice un axioma de nuestra cultura mexicana. Y no solo es ponerse borracho, además es aderezarlo con la música ad hoc: “ando bien pedo, bien loco”. Esa sería una respuesta existencial a la interrogante sobre el sentido de nuestra estadía terrenal.

Otros que van de la mano de dicho grupo de libadores son los llamados “hedonistas posmodernos”. Sabemos que el sujeto hedonista existe desde que el hombre hizo del pensamiento una forma de vida, como los pre-socráticos, acordémonos de la eterna lucha entre los “hedonistas” y los “eudemonistas”; los primeros decían que el sentido de la existencia era el placer corporal, el aquí y el ahora, lo efímero, lo espontáneo, lo momentáneo. En cambio los “eudemonistas” opinaban que el sentido de la existencia se obtenía cuando el sujeto buscaba la felicidad en compañía de sus seres queridos; es decir el hedonista buscaba una “felicidad” egoísta y el eudemonista buscaba una felicidad comunitaria. Hoy ya no existen o más bien no hay lugar para los eudemonistas, están desterrados, lejos de los planes actuales, lo de hoy es ser hedonista, vivir bajo el principio del placer, “lo hago porque me da placer, si exige de mí algo de sacrificio ni me lo menciones”, parece ser el eslogan de los hedonistas posmodernos. El hedonista posmoderno busca el placer en la televisión, en el sexo desenfrenado, en internet, chateando, comiendo, etc. entre menos esfuerzo exija la cuestión es mejor. Tal parece que de humanos poco nos queda. Los placeres que están en boga están íntimamente relacionados con las necesidades fisiológicas: dormir, comer, hacer pipí y popó y fornicar.

Ante tal panorama: ¿existe un lugar para Cristo? Tal parece que la existencia actual se vive tan aprisa que no volteamos o más bien no queremos voltear a ver la propuesta del Nazareno. Muchos afirman que el Sentido de la Vida es encontrarse con la Divinidad, tener ese encuentro con Dios aquí en la Tierra, pero dicho discurso no va de la mano o más bien es antagónico con los preceptos de la moral en turno. Pocos años tenemos como sujetos civilizados, y también en pocos años las reglas de la vida se han trastocado; si seguimos así, que no nos extrañe que formemos parte de la última Generación de mortales que habitaron un día este planeta pequeñito llamado Tierra.

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa (Monclova, Coahuila. Mx.)

El efecto del ataque de tiburón

Mucho se ha hablado sobre el hombre salvaje y su lugar privilegiado en la conquista de la felicidad, estadísticas nos confirman lo que sospechábamos: el que más sabe, el que más conoce es el que más se va arruinando su propia existencia; “Parece que a los sabios les está llegando el momento de la angustia” dijo Jaques Lacan, o dicen que dijo Borges: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer… no he sido feliz”, o cuando Vicente Fox fue a un pueblito y le preguntó a una señora que qué opinaba de su mandato y la señora le respondió “no pues no se leer”, a lo que nuestro querido ex – presidente, (el arquetipo del hombre bragado) le contestó: “pues que bien, está mejor, así va a ser más feliz”.

El conocimiento nos da la infelicidad. ¿Qué pasa con el individuo que por un chequeo de rutina le diagnostican un padecimiento? cuando no sabía que lo padecía su existencia era de lo más normal, pero un día se le ocurrió realizarse un chequeo médico de rutina, le diagnosticaron cáncer y al momento de saberlo, de conocerlo, se deprimió.

O ¿qué pasa en los matrimonios enraizados en el posmodernismo?, sabemos que antiguamente la mujer permitía al hombre departir con sus amigos hasta altas horas del día siguiente y ella ni se enteraba de lo que hacía o simplemente fingía amnesia y la vida seguía su derrotero, pero qué vemos ahora, la mujer ha apostado por un rol más activo dentro del matrimonio, le da permiso de salir a su marido pero no se queda contenta con eso, hurga en su celular, en su cartera, le hace llamadas, entra a su facebook, hasta que se entera de que su pareja le está siendo infiel. Sabemos que eso de la infidelidad no es nuevo, a lo largo de los tiempos ha existido, tal vez con otras epifanías, pero la diferencia es que ahora la mujer sabe, la mujer conoce y por eso la ruptura en le matrimonio. Una vez más, el conocer nos fastidia la vida.

¿Qué fenómeno sustenta lo que aquí asevero? Leyendo el libro “Freakonomics” escrito al alimón por Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, me entero de un fenómeno que los medios de comunicación se han encargado de compartir a la sociedad, este fenómeno casi siempre escatológico  lo podemos aplicar a cualquier acontecimiento que si lo vemos desde el punto de vista que aquí comento tendrá su razón y su justificación, me estoy refiriendo a lo que en los pasillos de cualquier medio o escuela de comunicación se conoce como el “efecto del ataque de tiburón”.

¿En qué consiste el efecto del ataque del tiburón? El libro lo define afirmando lo siguiente: “Los ataques de tiburones permanecen más o menos constantes, pero el temor a éstos aumenta drásticamente cuando los medios de comunicación deciden informar acerca de ellos”.

Así que antes de querer saber algo o conocer “algo” acerca de “algo” es mejor pensarlo dos veces, no nos vaya ese conocimiento a amargar la existencia, mejor sigamos distrayendo nuestras conciencias y rindamos tributo al dios Baco, con un aquelarre, una guarapeta o ya de perdis conectarnos al televisor y ver programas que lo anestesian a uno, salirnos de la realidad aunque sea por un momento, ya que la realidad, según la conocemos, no está como para adentrarnos en ella, eso dejémoselo a los políticos, con sus caras de seriedad, o a los intelectuales con sus diatribas, eufemismos, exégesis y hermenéuticas,  yo mejor me voy a ver el programa de “Muévete”, a ver si con tanto confeti me distraigo de esa “epistemología como antítesis del eudemonismo”, o lo que es lo mismo, el conocimiento te fastidia la existencia.