La educación en la infancia

“La gente no se da muy bien cuenta de lo que pretende hacer cuando educa.” J. Lacan

 

            ¿Cómo educar a nuestros hijos? ¿Cuál será la mejor manera? ¿Cómo hacer o qué hacer para evitar esos traumas lastimosos y esos complejos que en la edad adulta surgen pero que tienen el germen en la más tierna infancia? Cuentan que al terminar una de sus conferencias Sigmund Freud, se le acerca una madre de familia muy angustiada y le hace estas preguntas o alguna que otra parecida: “¿qué tengo que hacer para educar bien a mis hijos?” palabras más, palabras menos, a lo que Freud contestó: “haga lo que haga, va a estar mal”.

¿Es una proeza perdida de antemano? ¿Tendríamos que desobligarnos de nuestra responsabilidad como padre y madre dentro de la familia? No, la idea central de la respuesta de Freud no va encaminada hacia la desesperanza, al contrario, la respuesta de Freud va dirigida a amainar la angustia de la madre, angustia que precisamente se despierta al momento de re-encontrarnos con nuestra propia infancia a través de nuestros hijos.

Muchas de las veces cuando no se ha resuelto alguna situación que se trae arrastrando desde la más tierna infancia, llega el momento de convertirnos en padre o madre de familia y es cuando esa infancia que se ha reprimido comienza a causar estragos; nuestros propios hijos nos despiertan aquellos demonios, fantasmas, complejos, frustraciones, traumas que creíamos ya habían quedado atrás pero no, aún siguen existiendo y desde allí es que operan y guían nuestro proceder.

Sigmund Freud dejó escrito en su texto “El porvenir de una ilusión” lo siguiente: “Acerca de los niños, sabemos que no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis, ora más nítida, ora menos”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que el ser humano para poder acceder a la cultura y a la civilización, es necesario haber pasado por un proceso de socialización en donde se deja de ser una criatura que se rige por las necesidades y se aprende a postergar los deseos.

Es necesario que en el núcleo familiar se lleve a cabo el proceso de “castración simbólica” entendiendo la castración simbólica como ese proceso necesario en donde el ser humano comienza a tener el encuentro con el otro, aprende a postergar, aprende la tolerancia a la frustración.

¿Qué pasa si no ocurre esto que hemos denominado la “castración simbólica”? es cuando el infante no ha aprendido el respeto de las reglas de convivencia, cuando agrede a sus compañeros, cuando los berrinches son pronunciados, cuando trasgrede los límites establecidos y hace daño a personas, animales o cosas. Por lo tanto, postulará Freud, es necesario un monto de represión para poder convivir en sociedad.

¿Qué pasa con ese proceso de educación por el cual todos pasamos? Freud más adelante en el mismo texto señala: “La mayoría de estas neurosis de la infancia se superan espontáneamente en el curso del crecimiento; en particular, las neurosis obsesivas de la niñez tienen ese destino. En cuanto a las restantes, el tratamiento psicoanalítico deberá desarraigarlas en una época posterior.” Es decir, no hay mal que no cure el psicoanálisis, por decirlo jocosamente, claro que lo que está en juego es muy importante y los hechos cada día nos demuestran lo trascendente que es el amor y los límites en la infancia.

Es de suma importancia lo que podamos hacer en la educación de nuestros hijos, y si por alguna extraña razón perduran los conflictos, traumas y sensación existencial de no poder vivir de acuerdo al deseo que nos habita, para eso está el psicoanálisis, para hacer un intento de “revertir ese condicionamiento” que en la infancia fue necesario pero que en la edad adulta merece ser replanteado a la luz no ya del deseo de los padres, sino a la luz del propio deseo que nos habita.

El psicoanálisis hoy en día es vigente por la simple y sencilla razón de que el ser humano necesita ese lugar de encuentro consigo mismo, escuchar su palabra y saber qué es lo que le constituye, saber cuál es su historia de vida y aprender a reconciliarse con eso.

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Bolitas de papel

imagen de institutodeltalento.com

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“Los fenómenos histéricos tienen preferentemente el carácter de lo excesivo” (S. Freud)

 

Me comenta una maestra de educación especial un recuerdo dentro de su trabajo cuando tenía como paciente a un niño que presentaba cierta fenomenología propia del diagnóstico del autismo. Le llamó la atención una actividad que el niño llevaba a cabo; recuerda que el alumno siempre cargaba un papel de baño, del cual toma cuadritos, los hace bolitas y los pone entre los huecos de los ladrillos de la pared. Uno por uno, lentamente, acomodando, dando estructura a algo. Esa es su actividad, en eso se le va el tiempo, (en eso se le va la vida), se apasiona, se desvive, se inquieta. Termina el día y al siguiente comienza otra vez.

Hay otro niño que presenta rasgos similares, dedica gran tiempo de la jornada escolar (una escuela especial) en hacer monitos con plastilina, en eso se le va el tiempo, lo hace con esmero, lo hace con pasión; como si el sentido de su vida se jugara allí.

Los ejemplos que tomo acá no los traigo para analizar el espectro autista, simplemente me llama la atención esas conductas del ser humano catalogadas como “diferentes” por no ser tan comunes. Situaciones que suceden también en la vida del adulto que día a día se enfrenta con problemas de la vida cotidiana.

Lo que me llama la atención son esos rasgos que Freud en sus primeros escritos describió como “lo excesivo”, en donde narra detalladamente la fenomenología conductual de sus pacientes bajo el padecimiento de la histeria. Menciona Freud que las conductas que presentaban sus pacientes eran muy similares a las conductas que presentaba cualquier otro ser humano, simplemente que la diferencia radicaba en ese componente: en lo excesivo, en la exageración.

Las conductas de un niño que presenta el espectro autista muchas de las veces se convierten en actos rituales, en manierismos, quizá también se presentan en los seres humanos que no están catalogados bajo ningún diagnóstico. Cuántas veces nos encontramos ensimismados en nuestros propios asuntos, en nuestras ideas, en nuestros traumas, complejos, similar al acto de ese niño que intenta “poner bolitas de papel en los huecos”.

Muchas de las veces nos encontramos en la misma situación solamente que lo hacemos de manera simbólica; esa es la diferencia. Nos encontramos que estamos llenando con bolitas de papel los huecos de la pared en actos repetitivos, en compulsiones, en cometer los mismos errores, en ese solipsismo sin la posibilidad de voltear a ver hacia otras partes, hacia otros lugares, sin querer darnos cuenta de que existen otras maneras de ver la vida, otra perspectiva de eso que tanto angustia. Se nos va la vida en ello, en llenar con bolitas de papel cada intersticio de nuestra existencia.

Todos carecemos de algo, todos hemos experimentado la frustración. Algo nos falta, algo falla, sólo cuando nos damos el tiempo de escucharnos y ser sinceros con nosotros mismos, estaremos dando el primer paso hacia ese camino en donde no sea necesaria esa compulsión a la repetición.

Todo ser humano presenta en mayor o menor medida conductas que parecen ser racionales, pero que llevadas a la exageración serían diagnosticadas como “fuera de la norma”.

Tenemos entonces que la psicopatología (la enfermedad del alma, el conflicto intrapsíquico, los fantasmas no elaborados) es una cuestión que tiene mucho que ver con la exageración y el exceso. El neurótico sufre por los pensamientos que lo acechan cuando el perverso se da permiso de eso que el neurótico calla, que el neurótico reprime.

“De músico, poeta y loco todos tenemos un poco” dice sabiamente el refrán. Todos tenemos una locura pendiente, una locura latente, a algunos nos funcionan los mecanismos de defensa y nos mantenemos en la cordura, otros quizá no y la vida se les desborda. Claro, hay que matizar, no es lo mismo una estructura neurótica, que una estructura psicótica o una estructura perversa. El que es neurótico será neurótico toda su vida así como el psicótico o el perverso. A lo que hago referencia acá es a la manifestación sintomática del neurótico, todos tenemos miedos pero el fóbico lo lleva a la exageración, al exceso. Todos tenemos pensamientos eróticos pero el perverso los lleva a la exageración, a la compulsión. Todos tenemos fantasías, sueños, imaginación, pero el psicótico lo vive, es su creación. Todos tenemos pensamientos rumiantes pero el obsesivo compulsivo está atrapado en sus pensamientos. Alguna vez en nuestra vida hemos experimentado que alguien no nos quiere, no nos acepta, pero el paranoico vive su existencia con la certeza de que los otros están conformando coaliciones en su contra.

Por lo tanto, todos de una manera u otra, intentamos poner “bolitas de papel en los huecos de la pared de ladrillos”, a unos eso les da la certeza de algo, a otros les causa angustia, pero todos, en mayor o en menos medida, seguimos repitiendo simbólicamente lo que ha quedado escrito ya desde los primeros años de nuestra infancia.

Dime cómo te amaron tus padres y te diré cómo amarás a tu pareja. Infancia es destino, allí se estructura todo, allí se juega el destino del ser humano, de las experiencias. De las vivencias de la infancia dependerá en gran medida la vida que se llevará de adulto; los rituales, manierismos, obsesiones, angustias, todo tiene que ver con algo que ha quedado “fijado” o estancado en la más tierna infancia.

Nuestros actos como un eterno repetir de alguna escena que intentamos mantener vigente a perpetuidad.

¿Esto puede ser de otra manera? ¿Se puede revertir el “destino”?

La propuesta dentro del psicoanálisis es que sí es posible revertir significativamente el determinismo psíquico. Cuando el ser humano se escucha a sí mismo, cuando deja de mentirse, cuando se “dis-culpa” a sí mismo, es decir, cuando se quita esa culpa que no le corresponde. En otras palabras (ya que todo en lo simbólico implica decir algo con otra cosa) cuando el ser humano se da cuenta de que eso que constantemente está repitiendo, esa piedra con la que se tropieza, eso de lo que tanto se queja, resulta ser una reproducción simbólica de algo que quedó anudado en su infancia.

Decirlo, hacer consciencia de eso, y sobre todas las cosas, comenzar a re-significar, a elaborar eso que no permite que su vida ande. Resignificar las cosas es un buen inicio para comenzar a construir la vida que se desea vivir. Sabemos que la vida es un instante ¿la vida que estás viviendo es la vida que habías planeado, que habías imaginado? Si no es así, entonces es el momento idóneo para comenzar a hablar contigo mismo, ser sincero, ser sincera. Un acto de honestidad y sinceridad implica necesariamente un acto de amor.

El psicoanálisis como el dispositivo idóneo para dejar de poner esas “bolitas de papel” en la pared.

Sólo el amor nos salvará

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de elproyectomatriz.wordpress.com

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Recuerdo una frase que tuvo una gran influencia en mi manera de ver el mundo durante mi juventud: “Si el problema tiene solución, para qué te preocupas, y si no tiene solución entonces para qué te preocupas”. También  recuerdo haber escuchado que muchos de los inventos que en la actualidad utilizamos fueron producto de un error, una equivocación, producto del azar. Eureka. Serendipia.

¿Qué tienen en común estos dos recuerdos? Leyendo la biografía de Freud escrita por Ernest Jones, menciona cuando Sigmund Freud en sus primeras incursiones dentro de la ciencia quería investigar los procesos neurológicos, el trabajo con las células. ¿Cómo fue a parar en lo que ahora es conocido? ¿cómo fue el paso de la neurología al psicoanálisis? Mucho de ello tuvo que ver la escucha del discurso de sus pacientes, el cambio de la hipnosis por una escucha atenta del inconsciente, el paso de la sugestión hacia una propuesta de acceso hacia el origen del malestar a través de la asociación libre.

Si tiene solución, para qué te preocupas, si no tiene para qué te preocupas. Las cosas en la vida se van dando, se van acomodando, existen factores en los cuales uno tiene que poner mucha atención, el “chiste” de la vida (como cualquier otro chiste) es poner atención, no estar distraído, ¿qué significa esto? estar haciendo las cosas sin angustia, procurando la estabilidad, la paz, la armonía.

La vida (para los que creen) es como un rompecabezas, las piezas se van acomodando conforme avanza el juego. También la vida es como un juego de ajedrez en donde hay que estar atentos a los propios “movimientos” que llevamos a cabo y las posibles consecuencias de esos movimientos. Hago énfasis en señalar en el enunciado la frase “para los que creen”, ya que recuerdo también haber escuchado ese adagio: “todo sucede para bien” añadiendo “para aquellos que buscan el Bien”. La vida es eso, una construcción, lenta, muy lenta, pausada, a su tiempo, a su momento. La evolución de la especie humana está llena de episodios en donde la paciencia ha tenido un factor protagónico.

Uno en su vida, si está atento a “los signos de los tiempos” puede acceder a ese estado de quietud, de paz, aminorar la angustia que conlleva la misma existencia. La “iluminación” (por llamarlo de alguna manera) o el “insight” o el “Eureka” es más probable que llegue a nosotros si estamos allí, constantemente en esa búsqueda, en el camino, sin quitar el dedo del renglón; picando piedra.

La vida, Dios, el destino, el inconsciente, (como gusten) tiende a manifestarse, a revelarse, (epifanías-teofanías) para algunos como “una brisa suave” a otros como una tormenta, una sacudida, pero todo humano al final obtiene lo que en su vida ha buscado.

Quizá será por eso la actitud de contemplación que adquieren nuestros abuelos, llenos de sabiduría que da la vida, una actitud de contemplación ante la vida, saben que al final es la Vida misma la que se impone, que por más caprichos que se quieran, uno obtiene lo que necesitaba. También está la otra cara de la moneda, el abuelo que vive atormentado por los fantasmas de su pasado, por los estragos de ese goce* que lo arrastra irremediablemente hacia la angustia, al vacío, a la nada, a la muerte.

 Y allí están, contemplando la existencia, sonriéndole, reconciliándose con sus ángeles y demonios; el abuelo sabe que ángeles y demonios  no eran más que sus deseos. Al final, ángeles y demonios duermen juntos, como cuando termina una pastorela, dejan de actuar, se quitan el disfraz y se van a dormir. El abuelo hace un silencio, mira hacia el horizonte y continúa en silencio, contemplando el misterio que los humanos hemos llamado Vida.

*El concepto de goce implica la idea de una transgresión de la ley: desafío, sumisión o burla. El goce reside en el intento permanente de exceder los límites del principio de placer y conlleva inevitablemente al sufrimiento. El goce se sostiene en la obediencia del sujeto a un mandato del Gran Otro. (Definición tomada del diccionario tuanalista.com)

 

El laberinto del deseo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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Le escucho

Le escucho

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“Cuando descubre que el Otro miente, que el Otro no existe,
el sujeto adviene al encuentro con su deseo.”
(Isidoro Vegh)

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¿De qué estamos hechos? Estamos hechos de la misma naturaleza del mundo, de la naturaleza somos y a la naturaleza vamos, nuestro destino es la entropía, “polvo somos y en polvo nos convertiremos” resuena constantemente en nuestro pre-consciente cada mes de abril. El narcisismo de la especie humana ha sabido contener esos tres golpes asestados por Copérnico, Darwin y Freud: no somos el centro del universo, no somos una especie única y no somos conscientes de nuestros actos. El ser humano como un sujeto errante por el mundo buscando darle sentido a su existencia.

La cuestión de lo humano ha intentado ser interpretada desde la filosofía, el psicoanálisis, la biología, la sociología y hasta la poesía.

Para poder entender la cuestión de qué es el ser humano, primero tendremos que responder a la pregunta ¿quién es ese “Otro” que está a mi lado? ¿quién es ese “Otro” que está frente a mi? Y es a partir de allí y sólo entonces que podemos descifrar ese acertijo de lo que es el humano. El ser humano surge a través de la respuesta que demos a la interrogante ¿quién es ese “Otro”?

El Otro es el que inevitablemente viene a dar la estructura al Sujeto. El Otro es el que estructura; la madre en su momento, luego la Familia, luego la Institución Educativa, la Iglesia, la sociedad misma, el matrimonio y la muerte. Siempre vamos a tener a ese “Otro” representado en esas instituciones que darán forma y estructura al sujeto.

En un principio existe el binomio “Madre-Padre” que da estructura al sujeto; luego eso se desplaza en las instituciones que ya se señalaron. Si no estuviera el “Gran-Otro” ¿qué seríamos? Sin la mirada deseante del Otro simplemente seríamos objetos, cosas, cuerpos. El deseo del otro es el que encarna al sujeto, el deseo del Otro abre la posibilidad de que el niño pueda convertirse en algo, encarne la expectativa del Padre-Madre; si no hubiera Otro nos desestructuraríamos. Un ejemplo concreto: ¿qué sucede cuando no existe la mirada del Otro, cuando estamos solos en nuestro hogar y no está la mirada del Otro, la palabra, la presencia de ese Otro que nos estructura? El niño se atreve a soltar improperios, se convierte en una pequeña bestia salvaje que pide a gritos reglas y normas, alguien que lo estructure, que le diga qué hacer, que le diga cómo debe comportarse, alguien que lo ame. El adolescente ante la misma situación de soledad, ante la ausencia de ese “Otro” aprovecha para practicar el goce, piensa en hacerse daño, en sentir algo, experimentar placer ya sea cortando su cuerpo, ya sea explorándolo, el adolescente sin el Otro se topa con el vacío, con la nada, con la ausencia, avasallado por la angustia se refugia en lo que cree encontrará satisfacción momentánea. Llega el Otro y el sujeto vuelve a la estructura: el niño se pone a jugar sin maldecir, se re-conoce ante la mirada del Otro; el adolescente regresa a sus menesteres del estudio, prende el estéreo y apacigua sus deseos más primitivos y con una sonrisa complaciente se sabe estructurado por la mirada del Otro.

Tenemos pues que lo que da estructura, lo que hace ser humano al sujeto es el Otro, la mirada del Otro, la presencia del Otro y todo lo que eso conlleva. El “Gran-Hermano” que todo lo ve, que todo lo sabe, omnisciente, omnisapiente, el “Panóptico” siempre presente por los siglos de los siglos, desde que el hombre es hombre, desde que la especie humana construyó eso llamado consciencia (consciencia: “sea lo que fuere” dijo Freud).

El Sujeto se va a estructurar precisamente ante la mirada de la madre y del padre, es decir, ante la mirada amorosa de la madre y la mirada que castra del padre. La madre que ama y el padre que rompe, que castra, que impone su ley, que obliga al infante a buscar su propio “falo”, a desear más allá de la madre. Y a partir de eso el Sujeto se estructura.

Tenemos pues el primer axioma: el Ser humano se estructura a partir del deseo de sus padres. El sujeto surge a partir del deseo, de la catectización, de la mirada, de la Ley, de la expectativa que los padres depositan en sus hijos, en muchos de los casos la ecuación resulta favorable, si no, ya no tendríamos civilización. El punto toral de la presente argumentación es que el ser humano “es” a partir del deseo del Otro.

¿Qué pasa cuando el ser humano se cuestiona, se queja de eso que no sabe, cuando la existencia le resulta insoportable, cuando la piel que le heredaron sus padres le ha quedado insuficiente? Muchas de las veces el ser humano se topa con que hay algo en lo profundo de su ser que lo impulsa a cuestionar si en verdad está viviendo la vida que desea vivir, si está viviendo la vida de acuerdo a su deseo. Cuando se da cuenta de que no está siendo él sino una proyección, un síntoma de sus padres, (la encarnación de los sueños frustrados de sus padres, el “goce” negado en la vida de sus padres), comienza a elaborar esos síntomas molestos, ese malestar cotidiano, esa angustia, esa queja, esa demanda y es cuando acude al consultorio, cuando ya la vida no da para más, cuando sabe que por más “fuerza de voluntad” que tenga no puede salir adelante, que hay “algo” que lo detiene, que lo inmoviliza; y por lo regular ese “algo” no se sabe, ese “algo” pertenece a otro orden, al orden de lo inconsciente.

¿Eso quiere decir que viviremos siempre repitiendo el deseo de nuestros padres? ¿Seguiremos siendo una representación cómica del “ideal del Yo”? Desde el punto de vista del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica existe la posibilidad de un segundo momento, de re-estructurar la personalidad, de re-significar eso que constituyó al sujeto.

Cuando el ser humano se da cuenta de que “esa piel” ya no le queda, ya no le acomoda, que su deseo es otro, que la vida que ha estado viviendo ya no le satisface, llega el momento en que el sujeto se interroga,  sospecha de que cuenta con otros intereses, con otro deseo, ya no el de sus padres sino su propio deseo. Es cuando la psicoterapia propone esa transición. La psicoterapia como el proceso en donde el sujeto re-nace y se re-significa su estructura y su historia de vida.

El sujeto se estructura ante la mirada siempre del Otro. Lo mismo sucede en un proceso de psicoterapia, el Sujeto se va a estructurar ante la mirada de su psicoterapeuta. ¿Pero cuál entonces sería la diferencia? ¿Siempre va a existir el Otro que impone su deseo? La diferencia es que en la psicoterapia el sujeto se estructura frente a otro que lo escucha, ya no más frente al deseo de su madre y la mirada inquisidora de su padre, ahora se estructura bajo su propio deseo y bajo la escucha del psicoterapeuta.

La estructura de personalidad se moldea bajo la mirada de los padres, bajo el deseo de los padres. Lo que sucede en el consultorio psicoterapéutico es algo similar: vuelve a haber una “estructuración” (re-estructuración) de la personalidad con la salvedad de que ahora ya no es bajo el deseo del padre (mucho menos bajo el deseo del analista) sino ahora esa estructura de personalidad se crea a partir del deseo del propio paciente; y ya no bajo la mirada que tenía que civilizar o educar, sino ahora a través del propio discurso del paciente y la escucha atenta del analista.

La psicoterapia como ese necesario cambio de piel; algunos lo hacen poniendo piel sobre piel (tatuajes) otros intentando matar a ese otro introyectado, la desventaja es que en ese intento se llevan como consecuencia su vida misma (suicidio), otros cambian de piel sometiéndose al discurso de Otro Amo. En la psicoterapia no se trata de eso: de lo que se trata es ese volver a nacer, ese cambio de piel signado por su propio deseo ante la presencia del otro (el otro siempre presente, siempre estructurando) pero ese otro no está allí para juzgar, ese otro (psicoterapeuta) no está para decir “eso está bien, eso está mal”, al contrario, es en esa escucha en donde el sujeto encuentra su deseo inconsciente y lo que le toca es saber qué hacer con esa verdad esclarecida.

El paciente acude a la psicoterapia porque sabe que falla algo, porque la manera que ha venido solucionando sus problemas ya no le resulta, porque la angustia lo avasalla, porque ya no puede más con la culpa o con ese deseo que lo atormenta o ese goce que lo inmoviliza, acude a psicoterapia por ese conflicto inconsciente que se manifiesta a través de un síntoma que paraliza, que inmoviliza, que angustia. Y es en ese encuentro con su psicoterapeuta en donde empieza a andar algo, algo de lo que sospechaba o de lo que no tenía ni la más remota idea; se comienza a gestar una existencia que el paciente o la paciente está decidiendo. El proceso es doloroso, implica quitarse la piel con la que se ha vivido, implica muchas de las veces cuestionar lo que hasta ese momento ha creído, implica cuestionar, dudar, poner en el crisol la ideología que daba hasta ese momento sentido a su existencia. Pero al final se obtiene la gratificación, el resultado de haber construido la vida que desea vivir a partir de su propia decisión, no a partir del deseo de sus padres, del “Gran-Otro” o de su psicoterapeuta. El fin del análisis implica un sujeto nuevo, un re-nacer, una existencia experimentada de acuerdo a su propio deseo; parafraseando a Jacques Lacan: “El deseo, función central de toda la experiencia humana”.

No todo está perdido, hay una apuesta a otra cosa, hay una apuesta a “desmitificar” lo establecido, hay algo más allá de la mera ilusión. En el consultorio se lleva a cabo la enseñanza de Sigmund Freud: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra de haberlos formado a nuestra imagen y semejanza”

Vivir la vida que uno desea es posible, solo basta escucharse con atención, con auto-observación, con honestidad, sinceridad, llegar hasta donde tope, hasta lo insospechado. Esclarecer lo turbio, traducir el mensaje acotado por el síntoma. Conocerse, aceptarse, poder cambiar lo que es posible cambiar y saber vivir con la condición humana que nos caracteriza. La cura por la palabra; no la palabra del “Otro”, sino la propia palabra, el propio inconsciente. Vivir la vida con menos sufrimiento, consciente de nuestras limitaciones pero también consciente de nuestro deseo. “La acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo” (Jacques Lacan)

En el inconsciente está la verdad y dicha verdad quizá nos hará vivir nuestro paso por este mundo con un tanto cuanto de libertad. Viviendo con lo estrictamente personal, con lo que a uno le toca, sin la necesidad de estar cargando asuntos, pleitos, culpas que no nos pertenecen. Vivir de cara a la verdad, a nuestra verdad tejida por nuestra historia de vida, es un proceso doloroso, quizá también implica un proceso que lleve tiempo, pero sino se vive la vida que se desea vivir, entonces ¿vale la pena seguir viviendo una existencia prestada?

*Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa, Psicólogo y Psicoterapeuta. Miembro de APPCAC y de SMP. Consulta en Monclova, Coah. Mx. psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

Neurosis, psicosis y perversión; tres rostros de la condición humana

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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Genio y figura hasta la sepultura. Hijo de tigre, pintito. El que nace para maceta no sale del corredor. Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza. ¿Qué tienen en común estos refranes? Tienen un común denominador: la personalidad del ser humano siempre estará presente a lo largo de su existencia. No en balde nuestros ancestros recopilaron siglos de sabiduría en pequeñas oraciones postuladas como aforismos para designar las experiencias que da el paso por esta tierra.

El ser humano está constituido bajo una “estructura de personalidad” que se entiende como aquello que nos constituye, que nos hace “ser” en relación a nosotros mismos y al mundo, una manera de ser y estar en el mundo. Desde la lectura del psicoanálisis existen tres estructuras básicas: neurosis, psicosis y en medio de ellas la perversión.

¿Cómo se estructura el sujeto? ¿en base a qué experiencias el sujeto se estructurará? ¿de qué depende que un sujeto sea perverso, psicótico o neurótico?

La personalidad del ser humano se estructura en base a las primeras experiencias vividas en la más tierna infancia; experiencias de amor pero también experiencias de muerte. Experiencias de amor como el apego, el cariño, afecto, y la posterior separación-individuación.  Experiencias de muerte manifestadas a través del rechazo, el descuido, la falta de reconocimiento, la destrucción, aniquilación, el niño como prolongación de su madre, etc. Y todo esto en conjunto es lo que va a estructurar al ser humano, esas primeras vivencias quedarán troqueladas en lo más recóndito de su inconsciente y desde allí fraguará su existencia.

Las experiencias en la primera infancia y cómo se hayan éstas percibido van a quedar de alguna manera “fijadas” en la psique del infante, sobre todo las experiencias vividas como excesos: exceso de frustración y exceso de satisfacción. Amor y abandono. La falla que se instaura tendrá mucho que ver en esa estructura psíquica que se forma.

Todo se juega en el primer año de vida. ¿Cómo es que una persona tiene un “quiebre psicótico” y anda por la vida ensimismado en su propia realidad, en un solipsismo a perpetuidad? La persona que está estructurada bajo el designio de la psicosis (esquizofrenia, paranoia y bipolaridad) lo es por lo que vivió en ese primer año de vida, cuando su “Yo” se estaba formando, no hubo algún referente, hubo en cambio una madre psicotóxica, ajena a su función de madre, enajenada con otros menesteres, abandonando al infante a su propia suerte; no hubo una madre que catectizara al infante (llenarlo de amor) y por lo tanto el “Yo” no logró estructurarse. Un Yo débil que a la postre, ante algún evento traumático regresará al allá y el entonces y al no haber la estructura básica necesaria tendrá el quiebre psicótico. De adulto tenderá a la psicosis ante un medio adverso y una estructura que ya trae desde la infancia.

En el neurótico opera otra cosa, el neurótico (fóbico o histérico u obsesivo) libró ese primer año; su “yo” logró estructurarse a través de introyecciones, pasa a un segundo momento, a una segunda estructura, la estructura neurótica en donde su yo estará en constante conflicto con la realidad, con las demandas del Ello y con las exigencias del Superyó. Como se dice coloquialmente en las aulas de la Facultad de Psicología: “Todos somos neuróticos gracias a Freud”.

La característica principal del neurótico es ese constante conflicto con la realidad; realidad que le frustra, realidad con la que siempre está en constante conflicto. El neurótico por un lado está bajo las demandas del principio del placer pero por otro lado está también bajo el yugo de las demandas del principio del deber. En cambio en la estructura psicótica sucede otra cosa, la persona que se ha estructurado bajo la denominación de la “psicosis” tiende a  evadir la realidad, no le gusta; por lo tanto “crea” una realidad alterna: “No soy yo el malo, son ellos los que me persiguen”; su síntoma como un intento de re-equilibrio.

¿Cómo se relaciona el neurótico, el psicótico y el perverso con el “Otro”? ¿cuál es su posición existencial como ser-en-el-mundo? Tomemos de ejemplo el constructo “demonio”. Para el neurótico los “demonios” con los que tiene que luchar son sus padres, su jefe, los compañeros de trabajo, la falta de dinero, la insatisfacción sexual, la obsesión; es decir, son demonios “simbolizados”, demonios que tienen que ver precisamente con eso que ocurrió en su infancia y retornan a su existencia representados en personas de carne y hueso en los que deposita las frustraciones que vivió en el allá y el entonces.  Siguiendo con la misma alegoría, los demonios para el psicótico son demonios reales, demonios que lo persiguen. Demonios que existen y que atraviesan paredes, que se le aparece en su cuarto, nadie más lo ve, demonios que se esconden en sus botas, demonios que le susurran cosas al oído.

Tenemos pues que el constructo denominado “demonio” es experimentado para el neurótico a través del simbolismo, en cambio el demonio para el psicótico existe realmente. Sólo nos queda la estructura perversa: en el perverso el “demonio” es él mismo. El perverso como el demonio encarnado.  El perverso es un “niño grandote” que no le pusieron reglas, normas, límites, no hubo un padre que lo castrara; ausencia de la figura paterna que le pusiera límites, que le castrara su deseo, el perverso goza por ese medio. Su goce es un goce infantil, goza como lo hiciera un infante sádico, mortificando la existencia del otro, saciando sus pulsiones perversas importándole solo él.

¿Cómo se relaciona cada persona dependiendo de su estructura con los fenómenos oníricos (el sueño)? El neurótico tiene una pesadilla y al despertar sabe que solo fue un mal sueño, o un sueño erótico que solo queda en eso, en sueño. El perverso lleva a cabo lo que el neurótico sueña.  El psicótico vive en un sueño eterno en donde ángeles y demonios existen en su vida real.

O también podremos comprender la relación que tiene cada estructura de personalidad con el “Otro”, por ejemplo: se dice que el neurótico tropieza siempre con la misma piedra, de hecho el neurótico no solo tropieza con la misma piedra, él mismo la pone para tropezar con ella (compulsión a la repetición). La relación del perverso con la piedra sería una relación de fetiche; tomaría a la piedra no para tropezar con ella sino para fetichizarla, sodomizarla, erotizarla, o buscar hasta por debajo de las piedras para ver con qué más gozar. El psicótico se pondría a platicar con la piedra.

Infancia es destino y allí se jugará gran parte de lo que el ser humano será en su vida adulta. Será desde allí como tomará decisiones, cómo se enfrentará a las situaciones cotidianas de la vida. Todo esto ha quedado troquelado en el inconsciente del ser humano y desde allí estará demandando ser reconocido. Intentará salir a la luz y por lo regular lo logra, pero ese “salir a la luz” lo hace a través de una máscara que denominamos síntoma y es precisamente ese síntoma lo que no permite al ser humano andar por la vida ligero de equipaje. El síntoma (depresión, ansiedad, estrés, trastorno alimenticio, obsesiones, relaciones amorosas no sanas etc.) como manifestación de eso que incomoda, de eso de lo que se quiere hablar pero que la sociedad insiste en que se debe callar. El síntoma existe por algo, no se trata de simplemente modificarlo o callarlo, al contrario, hay que escucharlo, interpretarlo, traducirlo. El síntoma está allí por algo y el consultorio es el lugar idóneo para escuchar lo que tiene que decir a través de la propia palabra del paciente, del que sufre ese malestar que por lo regular se esconde detrás de un “No sé lo que me pasa”.

La psicoterapia como ese lugar idóneo en donde se puede escuchar el discurso del paciente y saber eso que está allí pero que por ser precisamente inconsciente no se sabe. Hablar ese sueño “perverso” que aterra, platicar de esos demonios simbolizados, comprender esa compulsión a la repetición que impulsa a poner la piedra para tropezar con ella. Descubrir la propia verdad, la propia constitución, la propia estructura de personalidad, aceptar de lo que estamos hechos y comenzar a construir la vida que se desea vivir.

*Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Monclova, Coah. Mx

El pequeño Freud

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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“Lo que se calla en la primera generación… la segunda lo lleva en el cuerpo”
F. Dolto

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 “Infancia es Destino” ¿Qué hay detrás de este apotegma? Dicha frase hace referencia a que lo que sucede en los primeros años de nuestra existencia va a marcar nuestra vida futura; lo que sucede en la primera infancia es la vida original, lo demás es una re-edición de  esas experiencias y acontecimientos del allá y el entonces; por eso la gran importancia que dentro de una psicoterapia se aborde la experiencia del paciente respecto a los recuerdos que tiene de su niñez, que pueda acceder a dichas vivencias a través de su propia palabra.

¿Por qué querer hablar del “Pequeño Freud”? quizá para poder entender el origen del psicoanálisis; remontarnos a la niñez de Freud, a la primera infancia, a sus primeros recuerdos, sus primeras “imagos”, sus fantasmas, sus recuerdos, sus experiencias que quedaron troqueladas en su inconsciente y que a la postre daría material para crear el psicoanálisis que tanto ha aportado para comprender la concepción de la naturaleza del ser humano, sus patologías, sus deseos; todo esto a través de la escucha del discurso del paciente que sufre e intenta saber el porqué de ese malestar.

De entrada pensemos en Sigmund Freud como el creador del psicoanálisis, ¿cómo llegó a construir dicha propuesta? Tuvieron que pasar demasiados acontecimientos en su vida y en su obra para por fin “parir” dicha teoría que en la actualidad continúa vigente sobre todo por su aportación a la comprensión del ser humano a través de la escucha del inconsciente y sus manifestaciones.

Sabemos que Sigmund Freud constantemente buscaba ser reconocido, admirado, ya sea por algún descubrimiento, alguna aportación, o algo que catapultara su nombre hacia la inmortalidad. Quizá por el mensaje que quedó cincelado en su inconsciente que su madre Amalia constantemente le repetía; que sería un hombre grande, un hombre de éxito. Recordemos que “Nadie puede traicionar el deseo inconsciente de una madre”. Y por otro lado estaba su padre Jakob, el que lo reprendía, su padre del cual recuerda aquel acontecimiento en donde se baja de la banqueta ante la afrenta de un peatón insultándolo por su condición de judío.

Sigmund Freud recuerda que su padre lo reprendió alguna vez (por orinar deliberadamente en el cuarto de sus padres, a los siete años de edad) y las palabras que utilizó fueron: “este niño nunca llegará a nada”. Quizá de aquí se puede desprender la siguiente hipótesis: la teoría de Sigmund Freud como una respuesta al reto que el padre le auguraba como destino manifiesto; el psicoanálisis como el éxito ante la predicción fallida de frustración del padre.

La teoría de Freud se centra en la importancia del vínculo madre-hijo; su teoría como una hipótesis en donde la madre es el centro y lo demás girará en torno a ella. Se deduce por lo tanto que el “Complejo de Edipo” propuesto por Freud tiene su más arcaico origen precisamente en su vivencia como hijo. Sabemos que la hipótesis del complejo de Edipo le surge a través de un sueño, pero también es importante señalar cómo fue construyendo su idea del complejo de Edipo a través de las vivencias y palabras que le decían sus padres: su madre palabras de aliento (amor) y su padre palabras de realidad, de castración. Es así como Freud comenzó a construir la universalidad del complejo de Edipo: Amor hacia la madre y rivalidad hacia el padre. (Estos últimos deseos de parricidio que Alejandro Jodorowsky señalaría como un delirio de Freud).

Otro rasgo de la indudable seguridad que Sigmund Freud tenía sobre su influencia en el pensamiento contemporáneo es cuando en abril de 1885 le escribe a su amada Marta que quemó todos sus diarios de los últimos catorce años (esa sería la primera vez, la segunda fue en 1907). ¿Por qué estaba tan seguro Sigmund Freud que sus “biógrafos” lamentarían ese acto? Aquí la respuesta en las propias palabras de Freud: “Cuando un hombre ha sido el favorito indiscutido de su madre, logra conservar durante toda la vida un sentimiento de vencedor, esa confianza en el éxito que a menudo conduce realmente al éxito”. La madre así lo creyó y el hijo solo se encargó de llevar ese deseo a buen puerto.

El padre de Freud bien pudo haber pasado por su abuelo. Jakob Freud ya había estado casado pero enviudó, tuvo a Sigmund a los 40 años, se casó con Amalia Nathansohn que aún no cumplía los 20 años. Sigmund Freud fue el primogénito y tuvo cinco hermanas y dos hermanos, de los cuales Julius, el hermano que le seguía falleció a los 8 meses. Este dato resulta ser revelador en la biografía de Freud ya que desde pequeño se topó con la realidad de la muerte. Así, la muerte, el nacimiento (la vida) y el amor formarían parte importante en la constante construcción de su teoría psicoanalítica.

Jakob Freud y Sigmund Freud tenían algo en común: la elección de una mujer que estructuraba la personalidad del marido a tal grado de “dejarse conducir por ella” según palabras de Ernest Jones.

Sigmund Freud narra un acontecimiento que marcaría sus ulteriores relaciones interpersonales, menciona que tenía un sobrino (de nombre Hans, por cierto, el nombre de “Hans” lo acompañaría por siempre) con quien jugaba pero también discutía, esto lo llevó a la conclusión de que en la vida de adulto re-editaba aquél juego con su sobrino de amor-odio, en donde en un primer momento elegía a sus amistades pero posteriormente se convertían en sus archirrivales. (Como ejemplo está la relación ambivalente que sostuvo con Fliess, Breuer, Ferenczi, Jung). “Un amigo íntimo y un odiado enemigo fueron siempre indispensables a mi vida emocional”. Ernest Jones escribe que esa relación con su sobrino Hans “constituye el primer signo de que la constitución sexual de Freud no era exclusivamente masculina”.

Por lo tanto, partiendo del axioma básico en psicoanálisis de que el infante es el síntoma de los padres, que es la encarnación de los conflictos psíquicos inconscientes no resueltos de los padres; ¿qué síntoma introyectó Freud de sus padres? ¿acaso ese desafortunado suceso en donde ve a su padre caer del lugar del héroe para posteriormente él superarlo y resarcir aquella afrenta? ¿Toda su vida como una oblación hacia sus padres con el intento de revertir esa exclusión emanada del repiqueteo de las campanas que escuchaba en su infancia, que llamaban a los cristianos al culto y a ellos, a los judíos, los mantenía en el ostracismo? ¿El psicoanálisis como una respuesta que vendría a desmitificar esas reglas por las cuales fue excluido por su condición de judío, él y toda su familia?

Sigmund Freud, un hombre insatisfecho que no se conformó con lo establecido, que sospechó de la moral, que sospechó de las reglas de convivencia de la sociedad y que descubrió la naturaleza del hombre, la bestia que se escondía detrás de esas reglas que dictaba la sociedad. Sigmund Freud, el favorito de su madre, le hizo caso y le fue bien. Muy bien. Políglota que desde pequeño (a los ocho años) leía en inglés las obras de William Shakespeare, que por cierto, no creía que el escritor fuera de Inglaterra, más bien era de la opinión que alguna vez habría escuchado a un maestro suyo, que en realidad William Shakespeare era un ciudadano francés de nombre “Jaques Pierre”.

La vida de Sigmund Freud está íntimamente ligada con su propuesta teórica. Olvidar este detalle sería perder de vista la subjetividad por la cual atraviesa la propuesta freudiana; una propuesta que no considera ser legitimada por el discurso de cualquier “Amo”, una propuesta que concibe al hombre desde su más recóndita naturaleza. Las ideas de Freud siguen vigentes hoy en día, tanto para comprender la “miseria” humana como también para escuchar lo que el paciente desea saber a través de su propia palabra. El psicoanálisis como esa brújula para acceder al inconsciente, al deseo más recóndito, al sueño enigmático, al síntoma que causa malestar pero que a la vez encierra un gran significado que al comprenderse dará sentido a la existencia. Re-significar la vida misma a través de la escucha, escuchar los propios demonios, comprender a los propios fantasmas y dejar de luchar contra ellos, reconciliarse con lo que uno es y a partir de eso construir lo que uno desea llegar a ser.

La infancia de Sigmund Freud como fiel reflejo de lo que sucede en el acto analítico. La infancia de Freud que preparó con mucho cuidado lo que a la postre lo inmortalizaría. El psicoanálisis como el legado de esa historia que comenzó a gestarse en la más pequeña y tierna infancia de Sigmund Freud.

Referencias:

Freud, Sigmund “Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Sigmund Freud” en Obras Completas Tomo I Amorrortu Ed.

Freud, Sigmund “Estudios sobre la Histeria” Obras Completas Tomo II Amorrortu Ed.

Freud, Sigmund “Presentación autobiográfica” Tomo XX Obras Completas Amorrortu Ed.

Jones, Ernest “Vida y obra de Sigmund Freud” (I) Ed. Anagrama

 

Autor: Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Miembro de la Sociedad Mexicana de Psicología
Miembro de la Asociación de Psicólogos y Psicoterapeutas de Coahuila A.C.
Egresado de la UANL (Monterrey, N.L.)
Consulta privada en la ciudad de Monclova, Coah. Mx. 

Narcisismo, depresión, muerte y amor

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¿Por qué se deprime el ser humano?

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) la depresión se instaurará como pandemia en el año 2020.

¿Qué cosa latente se encuentra detrás de un caso de depresión? ¿Será el ser humano un ente que tiende a la depresión?

La depresión es consustancial al ser humano, es decir, es parte de la esencia de lo humano. Existen dos factores ampliamente determinantes en la predisposición a la Depresión. Uno es el factor Histórico-Contemporáneo  de la Humanidad y el otro es el factor ontogenético (relación madre-hijo). En este artículo nos enfocaremos en el primer factor.

Iniciemos entendiendo el factor Histórico-Contemporáneo sobre la Depresión:

Hubo un tiempo en la Histórica Contemporánea de la Humanidad en que el ser humano se vanagloriaba de ser único e irrepetible, de ser el amo, rey, dueño y señor del universo y de todo cuanto existía, pasaba por las calles con un ego triunfalista, todo lo veía desde la óptica egocéntrica, narcisista, consciente de su existencia porque su vida tenía un sentido y si se portaba bien se le recompensaría con la entrada al Reino de los Cielos.

Antes de 1543 la humanidad creía en la postura “Geocéntrica” en donde la Tierra y por lo tanto nosotros sus habitantes seríamos el Centro del Universo, eso nos hacía sentir muy bien, imaginemos esa realidad, los consentidos de todo lo que existía, pero aparece en la Historia un joven clérigo de nombre Nicolás que basándose en las ideas filosóficas de Aristarco de Samos propone debatir la posición de la Tierra en el Universo, ya sabemos el desenlace, hoy vivimos bajo la premisa Heliocéntrica.

La Humanidad ya no sería la misma después de haber escuchado las posturas de Copérnico, imaginen a los seres humanos que vivieron ese Golpe al Narciso, creer toda su vida que eran el Centro de todo lo que existía para saberse como un planeta más de los tantos existentes en el Universo.

Pero el ser humano supo salir adelante, como bien dicen, lo que no te destruye te hace más fuerte y así salió de esa depresión histórica, lo que le consolaba era el soliloquio que a diario practicaba: “Bueno, no seré el centro del Universo pero si soy creado directamente por Dios”.

Y cuando en la historia de la Humanidad todo parecía ir bien, surge un investigador que después de hacer un viaja por la Isla Galápagos escribe un libro en 1859, titulado “El origen de las Especies” otro golpe al Narciso de la Humanidad, no solo ya no éramos el centro del universo, si no que ahora se cuestionaba la creación como seres únicos, casi divinos; supimos que formamos parte del reino animal, que somos primos de otras especies en la escala Filogenética, ese vendría a ser el segundo golpe al Narciso. Depresión total, años creyéndonos criaturas de un Ser Superior para que llegue Darwin y nos haga ver la realidad, somos animales racionales.

La historia avanza, la humanidad también, dos golpes al Narciso en un lapso menor a 500 años fue una experiencia trágica, pero como todo buen ser  humano practicante de la resiliencia pudimos continuar, el consuelo que nos quedaba era el siguiente: “Bueno, no seré el centro del Universo, no seré una criatura diferente a las demás, pero soy consciente de mis actos”.

Y fue precisamente el tercer golpe al Narciso el que se dio con la teoría psicoanalítica, Sigmund Freud nos hizo ver que nuestros actos, nuestra personalidad, está al servicio de deseos inconscientes, con la famosa metáfora del iceberg, en donde el hielo que se ve es la consciencia pero lo que lo sustenta, el gran pedazo de hielo en la profundidad representaría al inconsciente.

Tercer golpe al Narciso. No soy el Centro del Universo, no soy único y no soy consciente. ¿Qué me queda?

Pero allí no termina, cuando la humanidad creía que todo se había descubierto en el plano ontológico, llegan los existencialistas y nos confirman “La vida no tiene sentido” y la Segunda Guerra Mundial como fiel icono de lo que los existencialistas profesaban.

¿Qué nos queda? Es por eso que la Humanidad está sumida en una depresión colectiva, tanto golpe al narcisismo humano nos ha dejado cansados, desilusionados, abatidos, por eso ahora nos entretenemos consumiendo, emborrachándonos, tratando de evadir el compromiso existencial, distrayéndonos con nimiedades, sumergidos en un profundo dolor que se quiere mitigar con unas gotas de felicidad, aunque sea un placebo, pero algo en qué creer, en que distraer la vida misma. En ese goce que nos arrastra hacia la autodestrucción, que nos aniquila, nos fulmina, nos excluye; nos dirige en ese camino seguro hacia la nada.

Después de esto somos conscientes de nuestra finitud, sabedores de la “insoportable levedad del ser”. Por eso lo normal, lo esperado es que el ser humano esté deprimido, por eso tanta barbarie, tanto salvajismo, el reto está claro, sabedores de nuestra esencia, remar contra la corriente y vivir el aquí y el ahora, disfrutar la compañía, modificar las ideas irracionales, procurar el bienestar. Amar es lo único que nos queda ya que aún no ha nacido el sabio que venga a desmentirnos esa idea. Por lo pronto está vigente la idea del amor como acto rescatable de nuestro paso por el mundo como antídoto existencial contra la depresión.