Amor y resiliencia

imagen tomada de derekwinnert.com

 

“Sólo el amor alumbra lo que perdura,

sólo el amor convierte en milagro el barro”

Silvio Rodríguez

 

Hay una imagen de Hulk en donde termina su rabia porque su amada lo abraza. ¿Qué sucede en una experiencia analítica? El ser humano acude a psicoanálisis porque se da cuenta de que algo en su vida no anda.

Podríamos decir que en un primer momento el paciente se da cuenta que su vida carece de sentido porque aprendió a vivir la existencia de una determinada manera que le provoca síntoma, malestar, como dijera Freud, hacemos cosas inconscientemente para arruinarnos la vida, pero uno no decide eso, es el discurso de ese Otro que nos habita. ¿Para el Psicoanálisis quién es ese Otro que nos habita? Indiscutiblemente ese Otro es el discurso introyectado de nuestros padres, las escenas de la más tierna infancia que aún perviven en nuestra memoria, las palabras escuchadas que retumban como significantes: “eres un burro” “un bueno para nada” “nunca llegarás a nada”… dicen que las palabras se las lleva el viento, en psicoanálisis no es así, las palabras se quedan impregnadas en la personalidad del sujeto, cargadas de afecto.

Es entonces ese primer momento en donde el paciente se da cuenta que ha vivido una vida prestada, que ha amado de acuerdo a cómo aprendió a amar y que su vida es el fruto de los desaguisados, del caos experimentado en su historia de vida.

El psicoanálisis trascurre y el paciente da cuenta de eso, de que su imposibilidad de amar tiene su origen precisamente en el allá y el entonces, por decirlo de alguna manera, estamos programados para amar de cierta manera, no sabemos de otra; predestinados desde la infancia.

¿Qué sucede en análisis? ¿Se puede revertir la historia? ¿Dar un giro? Si, y es precisamente cuando el paciente se da cuenta de que sus decisiones estaban siendo tomadas de acuerdo a lo predestinado en su inconsciente, que estaba viviendo una vida prestada, al servicio del deseo inconsciente de sus padres y muchas de las veces eso causa estragos ya que el ser humano no descansa hasta encontrar su propio deseo. Si esto no sucede, somos testigos de desenlaces fatales, de vidas desdichadas por no poder romper con ese discurso que lo habita.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la propuesta del psicoanálisis? Precisamente Lacan menciona que si de algo cura el psicoanálisis es de la ilusión y vivimos en una ilusión; ¿en cuál? en la ilusión de lo imaginario, en creer que somos seres completos, en una relación simbiótica imaginaria con la madre, en donde no ha operado la castración. ¿Qué significa eso? La incapacidad de amar va de la mano del narcisismo, en donde el ser humano vive la imposibilidad de amar, de poder entregarse al otro, de saber que mucho de la felicidad consiste en poder cruzar la delgada línea de ese narcisismo, del egoísmo exacerbado.

Sigmund Freud postulaba al incesto y al parricidio como los dos deseos inconscientes que habitaban en lo más profundo de nuestra subjetividad. ¿Cómo poder entender el incesto y el parricidio en la vida cotidiana? El incesto tiene que ver con la idea que tiene el bebé de ser único para su madre y a la vez la madre tiene la fantasía de tener a su bebé solo para ella. La función del padre es la castración de esa ilusión y es cuando ocurre este segundo momento, el deseo del parricidio: “ojalá y no estuvieras para ser uno solo con mi madre”. Esa castración es necesaria para que el niño voltee a ver hacia afuera y comience a desear más allá de su madre.

Es pues el incesto y el parricidio que habitan en nuestro inconsciente y desde allí causan estragos. ¿Cómo? El incesto se manifiesta en la vida del adulto en esa incapacidad de amar porque nadie puede ocupar el lugar de su madre/padre. Elaborar ese deseo cuesta mucho tiempo, horas y horas de análisis para poder trascenderlo. Así mismo ocurre con el deseo del parricidio que nos habita; todos en potencia somos un criminal, ese deseo del parricidio es el que nos dicta la agresividad, la frustración para con el otro, desde allí se alimenta; elaborarlo implica también su tiempo, pero al final se comprende que el odio al prójimo tiene su origen en el deseo original del parricidio, poder elaborarlo nos quita la banda de los ojos y podemos ver al otro en su justa dimensión.

Tenemos pues que mucho del malestar que aqueja al ser humano es producto de situaciones inconscientes no resueltas que aún habitan en nuestra historia de vida. Comenzar a procurar entender y analizar que dicho malestar es causado por nuestra propia carencia es ya dar un gran paso hacia la vida que se desea vivir.

Durante un análisis, uno da cuenta de que la manera de relacionarse con el otro tiene mucho que ver con los fantasmas que nos atosigan, fantasmas que se construyeron en nuestros primeros vínculos amorosos. Cruzar esa línea a través del análisis de la transferencia en un proceso psicoanalítico nos hace ver que se puede amar de diferentes maneras, de maneras más sanas, que la felicidad puede estar, “a la vuelta de la esquina”. Solo el amor cura. Dejar de pagar esa deuda y hacerse responsable, en el sentido de tener la capacidad de responder al llamado de la existencia, un llamado a una vida plena.

Vínculos afectivos

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Transferencia es volver a vivir el pasado reprimido,

más exactamente, el pasado rechazado”1

Ralph R. Greenson

¿De qué se tratan los vínculos afectivos? De transferencia. En un primer momento la transferencia hace referencia a esos fantasmas con los que nos vinculamos en las relaciones interpersonales, es decir, nos dirigimos al otro como en su momento nos vinculábamos con nuestros padres. Dentro de la experiencia psicoanalítica, la transferencia también se da, como en toda relación interpersonal, con la salvedad de que dentro del consultorio esa transferencia (depositar en el otro los fantasmas de la infancia) se analizan.

En la experiencia analítica el movimiento de la transferencia implicaría un des-vincularse de una relación inicial (con padre/madre) para luego hacer un vínculo con el analista; ese vínculo es similar al vínculo inicial, muchas cosas se pondrán en juego, muchos fantasmas se harán presentes, se repetirá esa manera de amar al padre/madre. El resultado final de llevar a cabo ese vínculo con el psicoanalista nos recuerda que no se puede andar por la vida haciendo vínculos afectivos de los cuales se espera la redención,  sin embargo, sabemos que es el vínculo transferencial es necesario para establecer el principio de la cura.

Al final del análisis el paciente da cuenta de que así como es posible desapegarse del vínculo inicial con el padre/madre, que posteriormente lo re-editó en el consultorio a través de la transferencia con su analista, eso le permite dar cuenta de que los vínculos subsecuentes estarán alimentados por esa ilusión otorgada por el primer vínculo. Por lo tanto, la cura analítica implica un saber vincularse con el otro ya no más a través del fantasma ¿qué quiere decir esto? Que el vínculo se establece con el otro tal cual es.

Muchas de nuestras relaciones afectivas están predeterminados por un vínculo primario e intentamos que ese vínculo se repita, por eso constantemente estamos demandando amor a personas que no lo pueden propiciar. El análisis permite eso, dar cuenta que detrás de cada vínculo se esconde un fantasma y que es preciso atravesarlo para poder acceder al otro en lo que es y no en lo que proyectamos de nosotros mismos en él.

Si de algo cura el psicoanálisis, escribió Lacan, es la cura de la ilusión, y precisamente qué mayor ilusión que la de creer que el otro proveerá la felicidad tan preciada. El psicoanálisis como ese dispositivo que permite ver al otro no como el producto de un conglomerado de introyecciones y proyecciones. El psicoanálisis abre la puerta para poder apreciar al otro tal cual, sin los restos que inconscientemente deseamos que se encarnen en él o ella.

Los vínculos afectivos tienen mucho de esto. Mucho de los pleitos, desacuerdos, desavenencias en las relaciones de pareja tiene que ver con lo que aquí se comenta, la pareja espera que la felicidad provenga del otro, como alguna vez la felicidad provino de ese vínculo que se estableció con el padre/madre. También sucede que los reclamos dentro de la relación de pareja obedecen a conflictos no resueltos con el vínculo primario establecido con el padre/madre. ¿Qué hacer? Precisamente el psicoanálisis permite ese paso necesario para elaborar la ilusión del Edipo y poder acceder a un vínculo afectivo con mayor plenitud.

1 Greenson, Ralph. Técnica y práctica del psicoanálisis. ed. Siglo XXI, tercera reimpresión, 2014, p. 182

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Rectificación subjetiva

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que Lacan llamaba rectificación subjetiva es pasar del hecho de quejarse de los otros para quejarse de sí mismo.”

(Jacques-Alain Miller en Introducción al método psicoanalítico, p. 69)

 

¿De quién habla el paciente cuando se queja? Dentro de la experiencia analítica podríamos encontrar un primer momento en donde el paciente dirige su malestar hacia el Otro, ese Otro encarnado en su pareja, en su trabajo, autoridades, hijos, familia, etc., en donde el paciente da cuenta de que su malestar es provocado por el otro, sin darse cuenta de que él o ella ha decidido no moverse de ese lugar.

En un segundo momento, si el paciente decide continuar con su análisis, da cuenta de que esa “queja” dirigida al sujeto del aquí y el ahora, no iba dirigida a él o ella, sino más bien representaba una queja no vertida en su momento, y muchas de las veces esa queja no dicha, tiene que ver con el vínculo con sus padres, es decir, el malestar del cual el paciente se queja surge en su presente como un fantasma que aún vive y se alimenta de las vivencias de su pasado.

Un tercer momento del proceso analítico tiene que ver con la “rectificación subjetiva” es decir: “¿cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas?”1 como escribiera Lacan en su lectura del caso Dora2 analizado por S. Freud. Es decir, hacerse cargo de la propia vida. Cito a Jacques-Alain Miller: “el acto analítico consiste en implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja.3

El tercer momento en un análisis es un acontecimiento muy relevante, no se da durante las primeras sesiones, no se obtiene por arte de magia, se requiere de tiempo, dar tiempo al sujeto del inconsciente, saber qué hacer con eso que se va descubriendo a lo largo del análisis. Saber qué hacer con ese goce que nos constituye. Saber qué hacer con ese deseo que le habita. Implica un nuevo nacimiento. Un psicoanálisis es eso, nacer de nuevo, ver la vida con una nueva visión. Una paciente de S. Freud, cuando analizaban un sueño que implicaba agua, ella misma responde: “¿A caso por la cura no soy como nacida de nuevo”?4

Una paciente se queja de la “maldad” de su patrón, de la maldad de su pareja, de la maldad en la sociedad. Ya sabemos hacia dónde se está dirigiendo; hacia la propia maldad que le constituye pero que por el momento decide no ver.

Hasta que el sujeto no reconozca que su demanda tiene un origen más atrás y que no se origina en su situación actual, hasta ese momento el paciente puede comenzar a ver las cosas con mayor claridad, mientras no suceda ese acontecimiento, seguirá colgando medallitas en personas que no le corresponden; su malestar seguirá alimentándose de ese núcleo que se encuentra en su más tierna infancia. Lo demás es un eterno repetir.

La familia es lo que marca, es lo que troquela, y vamos por la vida amando, queriendo, odiando, decidiendo de esa única manera que ha quedado cincelada en nuestro inconsciente. Es por eso la importancia de resignificar el pasado, es por eso la importancia de la historia de vida dentro de un psicoanálisis. Habrá pacientes que no recuerden su pasado, quizá no es necesario que lo recuerden, ya que en el presente lo están viviendo.

El mandato del inconsciente no descansa, desde su lugar ordena las cosas, desde su lugar toma las decisiones más trascendentales y las más triviales (a través de errores, lapsus, olvidos) es decir, qué conveniente resulta olvidar algún evento, o cambiar un nombre por otro, cometer un acto fallido, etc., son y seguirán siendo manifestaciones del inconsciente.

Es por eso que si solamente en la psicoterapia se aborda el presente se deja de soslayo lo más importante. El discurso del inconsciente siempre encontrará la manera de manifestarse, de salir a la luz, ya sea a través de un síntoma, un malestar, un sueño, etc.

1 Lacan, J. Escritos 1, 1951, p. 213

2 Freud, S. Fragmento de un análisis de un caso de histeria (Dora) 1905, AE, volumen VII

3 Miller, Jacques-Alain. Introducción al método psicoanalítico. 1997. Ed paidos, p. 70.

4Freud, S. La interpretación de los sueños, segunda parte, 1900, AE, volumen V, p. 402

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El goce no tiene memoria

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

El goce: un exceso intolerable de placer,

una manifestación del cuerpo

más próxima a la tensión extrema, al dolor y al sufrimiento.

(N. Braunstein 2006 en “El goce, un concepto lacaniano”, p. 14)

 

Existe un experimento con ratones en donde el animalito al tocar una palanca obtenía placer. Eso provocó que el animalito se olvidara de otras cosas hasta morir a cambio de un monto desmesurado de placer.

Para cuestiones prácticas vamos a definir eso como “goce”, en donde el animal  procuraba el placer a costa de su deterioro que a la postre lo llevó a la muerte. Lo mismo sucede con el ser humano y su atracción hacia los vicios, llámese el alcohol, el tabaco, el exceso en la comida, el sexo desmedido, situaciones en donde el ser humano lleva al extremo la experiencia y trasciende el límite del placer, lo que lo lleva a “más allá del principio del placer” es decir, al exceso, al goce mortífero.

El goce no tiene memoria. ¿Qué significa eso? significa que muchas de las veces el ser humano está consciente del mal que se está auto produciendo al caer en conductas de riesgo, en donde lleva más allá el placer que proporciona una cerveza, la comida, el sexo, pero no se conforma con eso y quiere más, insiste, hasta caer en el hartazgo, la borrachera, la adicción a la droga, el robo para obtener sustancias, la promiscuidad sin protección que lo conduce a la enfermedad.

El goce no tiene memoria, es decir, cuántas veces no hemos escuchado al alcohólico arrepentido decir que “ya no más”, que dejará el vicio por los que más ama, o el adicto a los estupefacientes también arrepentirse y optar por enclaustrarse para sanar, o al que se da atracones decir que “es la última vez”. El goce no tiene memoria. Pronto se olvida el ridículo que se hace, se olvidan las promesas, y el sujeto vuelve a las andadas. El goce no recuerda el padecimiento sufrido y opta por ese camino del exceso, quiere más, nada le llena. Objetivo final: la autodestrucción, la aniquilación, la saciedad final, el hartazgo existencial.

¿Por qué se cometen los mismos errores? ¿por qué estamos empecinados en reiterar el mismo daño? ¿Al servicio de qué está ese intento de autodestrucción? Una obediencia ciega. El goce no recuerda. No sabe de límites. Por ejemplo, la campaña de salud en donde ponen imágenes horribles en las cajetillas de cigarro como un intento de disuadir al adicto y que sepa las consecuencias de sus actos. Al contrario, todos sabemos que “fumar mata”. ¿Qué tanto esas imágenes son un incentivo para esa pulsión de muerte que vive e insiste en cada uno de nosotros?

La experiencia analítica precisamente intenta hacer un rastreo y dar cuenta de esa pulsión de muerte que nos habita. Reconocer nuestra condición humana, saber de qué estamos hechos y, lo más importante, qué estamos dispuestos a hacer con esa verdad que se descubre.

El goce no tiene memoria. Por más que el ser humano “sepa” el mal que se está haciendo a sí mismo y a los que le rodean, no va a parar, no va a ceder hasta que haga un intento por reconciliarse con ese “monstruo” que le habita y que no va a dejar de insistir hasta ser escuchado.

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La compulsión a la repetición

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“El sujeto está unido con el objeto perdido por una nostalgia, y a través de ella se ejerce todo el esfuerzo de su búsqueda. Dicha nostalgia marca el reencuentro con el signo de una repetición imposible, precisamente porque no es el mismo objeto.” (J. Lacan, El Seminario 4: La relación de objeto. p. 15)

El descubrimiento de Freud tiene mucho que ver con la compulsión a la repetición. En su libro La interpretación de los sueños, Sigmund Freud postula lo siguiente: “Los elementos [de la infancia] se han ordenado en una nueva trama y se han transferido a otras personas”. Es un eterno repetir.

La “primera edición” de nuestra vida ya se ha escrito en los primeros años de nuestra existencia, lo demás es un eterno repetir de las primeras situaciones de nuestra infancia. “Infancia es destino”. Ya todo está escrito.

Nuestro destino ha quedado escrito en nuestros primeros años de vida. Esto cobra sentido cuando nos preguntamos de por qué cometemos los mismos errores o por qué nos relacionamos con gente “enfermiza”. Quizá el comienzo para dejar de repetir y no saber el porqué de nuestras acciones, el motivo o el elemento latente oculto detrás de nuestras conductas,  está precisamente en hablar de eso que nos constituye; no ignorarlo ni mucho menos reprimirlo, ya que como bien señala el psicoanálisis: “lo que no se habla, se actúa” y esa actuación es lo que conocemos comúnmente como el síntoma, ese malestar del cual nos quejamos constantemente.

La vida del adulto por lo tanto se entiende como ese “sustituto de la escena infantil alterado por transferencia a lo reciente” (S. Freud, Obras Completas, tomo 5, p. 540). ¿Cuál es la relevancia de esto que acá se comenta? Precisamente el punto importante es que constantemente estamos re-editando escenas de nuestra más tierna infancia en nuestro presente que comúnmente tienen que ver con situaciones no resueltas.

¿Qué tanto el alcoholismo está al servicio de una carencia en la más tierna infancia? ¿Qué tanto ese eterno pleito con los compañeros de trabajo tiene que ver con lo experimentado en la casa con los hermanos cuando se era más joven? ¿Ese constante discutir en la pareja se podrá encontrar la raíz en los primeros vínculos de amor con sus padres?

Si podemos lograr comprender el verdadero significado de nuestro malestar que está íntimamente relacionado con nuestra infancia, con lo que ha quedado enterrado (vivo) en nuestro inconsciente y es desde allí que opera y nos dicta la toma de decisiones como por ejemplo la elección de carrera, la elección de pareja, situaciones tan trascendentales en nuestra vida pero también es desde el inconsciente en donde se fragua el próximo pleito con la esposa o el marido, la discusión acalorada con el jefe en el trabajo o los errores que constantemente cometemos como lo son cambiar una palabra por otra, un olvido, un accidente, etc.

Para saber cómo está constituido nuestro inconsciente tendríamos que poner atención a los sueños y su interpretación. El sueño es un elemento que está íntimamente ligado con los recuerdos de la infancia. El sueño hace uso del material que ha quedado impregnado en nuestro inconsciente. Muchas de las veces el sueño aprovecha situaciones de la vida cotidiana para esconderse y no revelar el verdadero motivo, pero más allá de saber interpretar un sueño, lo importante es reconocer que hasta ese recuerdo del sueño, que tiene que ver con algún acontecimiento del presente, está íntimamente ligado con un acontecimiento del pasado, del allá y el entonces. Es algo de lo cual no podemos escapar.

El inconsciente se posesiona de la vida toda del ser humano. Por más que se quiera evadir, reprimir, desplazar, negar, etc., El inconsciente encontrará la manera de hacerse reconocer. Es preferible hacerse escuchar, hacer valer su derecho a manifestarse, porque de lo contrario, puede comenzar una lucha interminable a través de los mecanismos de defensa que tendrían al sujeto en una constante lucha, manteniéndolo agotado, cansado, fastidiado y muchas de las veces terminando en una depresión o cualquier otro síntoma.

El síntoma avisa cuando las cosas no andan. El síntoma es una muy buena señal de que el ser humano está agonizando, que su deseo está feneciendo. El primer paso que se sugiere dar es reconocer ese conflicto por el cual se está atravesando y en segundo lugar intentar escuchar eso que empuja y que no cesará hasta ser simbolizado, es decir, apalabrado.

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La interpretación de los sueños

 

“Los buenos son los que se conforman con soñar

 aquello que los otros, los malos, hacen realmente”

Platón

 

El inconsciente no conforme con hacernos pasar algunos momentos incómodos durante la vigilia (un lapsus lingüe, un acto fallido, un error, un olvido, un chiste, una decisión, una profesión, un matrimonio…) es insaciable, quiere más; aprovecha cuando el sujeto está dormido para también manifestarse. Durante el sueño somos títeres de nuestro inconsciente, es cierto que somos los protagonistas de nuestros propios sueños pero también es cierto que seguimos un guion predeterminado; ese guion está dictado por el inconsciente que quizá salvajemente ultraja al sujeto a su capricho y le hace experimentar alucinaciones y delirios, todo en un contexto que para el sujeto es tan real que lo deja pasmado, con sentimiento de angustia o muchas de las veces con esa sensación de incompletud, con esa sensación de que faltó algo, de que algo no se completó. Ese es el laberinto del inconsciente.

Hemos dicho hasta el cansancio que en el inconsciente se encuentra la verdad. ¿De qué verdad estamos hablando? De esa verdad que nos constituye y que tiene que ver con nuestra condición humana (Eros y pulsión de muerte) así como de deseo que habita en nuestro inconsciente.

Fue Sigmund Freud quien abordó la interpretación de los sueños de una manera diferente a la que se venía estableciendo, ya que anteriormente la interpretación de los sueños tenía que ver con premoniciones o con luchas metafísicas entre ángeles y demonios o desprendimiento del alma. Freud abordó la interpretación de los sueños y postuló el pilar en el cual se sustenta el fenómeno onírico: todo sueño es la realización de un deseo inconsciente reprimido y que está estrechamente ligado a nuestra infancia.

¿Qué podemos encontrar en una interpretación de sueños? ¿por qué es necesario interpretar los sueños? Freud comprendió que el sueño utiliza máscaras para no dejar a la intemperie el verdadero deseo, además de los mecanismos básicos de condensación y desplazamiento, en donde primero estamos soñando con un personaje y luego ya no es él o ella sino otra persona etc.

Lo que deseo señalar dentro del trabajo de la interpretación de los sueños siguiendo los postulados de Freud es que al momento de querer interpretar no hay que quedarse con el discurso manifiesto, es decir, el sueño como tal no es tan relevante ya que oculta al contenido latente y ese es el que nos interesa. Al momento de llegar al contenido latente es importante tomar en cuenta que “hay que ser mal pensados”, es decir, eso que soñamos qué tiene que ver con el deseo que nos habita, y saber que el deseo que nos habita está alimentado por nuestra condición humana, en donde el amor es un amor salvaje, bestial, y en donde el odio es un odio a muerte. Hasta esas profundidades es necesario llegar para poder reconocer de qué estamos hechos, saber cómo estamos constituidos. Por eso es necesario que un sueño sea contado a otro, en este caso a un psicoanalista, ya que uno mismo se podría quedar con el discurso manifiesto y no poder avanzar más allá.

La premisa fundamental del psicoanálisis es que somos sujetos deseantes y como tal siempre vamos a estar insatisfechos, deseando algo, carentes, constituidos por la falta. El deseo es testarudo, no tiene miramientos ni complacencias, no sabe de reglas ni de moral, va más allá de lo socialmente establecido, empuja hasta manifestarse y encuentra el lugar propicio, en este caso, en el sueño. Es por eso que durante el sueño siempre somos los protagonistas, el deseo nos pone en primerísimo lugar y todo lo que acontece a lo largo de un sueño tiene que ver con uno mismo. Es por eso que Lacan afirmaría que el Yo tiene una estructura paranoica, ya que en la fantasía creemos que todo gira alrededor de uno mismo. Y para muestra un botón: el sueño.

 

El inconsciente que nos habita

 

Una de las grandes aportaciones del psicoanálisis al estudio del ser humano es el reconocimiento de que nuestra vida está regida por nuestro inconsciente. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento de Freud en la vida cotidiana?

Muchas de las veces creemos que nuestras decisiones son tomadas tras largo tiempo de pensarlas, sopesarlas, ver opciones, puntos a favor y puntos en contra, pero lo que ha demostrado el psicoanálisis es que las decisiones las tomamos desde nuestro inconsciente, las decisiones más trascendentales tienen que ver con esa parte que escapa a la conciencia. ¿Qué tipo de decisiones? Decisiones trascendentales como el lugar en donde uno va a vivir, con quién se va a casar, el número de hijos, la profesión etc. Es la propia historia de vida la que nos empuja a tomar esas decisiones, por eso no en balde sufrimos por las decisiones que se toman, como por ejemplo la esposa que se queja del marido no alcanza a darse cuenta de que esa decisión tiene mucho que ver con su propia historia de vida, con su inconsciente; el profesionista que llega agotado a su casa por trabajar en un empleo que no le agrada, no sabe que fue su inconsciente quien lo orilló a tomar esa decisión. Creemos vivir de acuerdo a nuestra voluntad pero no sabemos que es el inconsciente quien se manifiesta en cada paso que damos.

Jacques Lacan tiene una muy precisa manera de explicar lo que acá intento comunicar: “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”. ¿Qué significa esto? Significa que muchas de nuestras preferencias, ocurrencias, síntomas, deseos, anhelos y demás, están arraigadas en las más profundas inquietudes y motivaciones de nuestra más tierna infancia, “creemos que vivimos nuestra vida pero es el cúmulo de normas, exigencias y deseos de nuestros padres hacia nosotros lo que se manifiesta”.

Es por eso que cuando somos adultos la felicidad se puede conquistar siempre y cuando las actividades que hagamos tengan alguna conexión con lo que hacíamos de pequeños. Por ejemplo Freud comenta que lo que podría acercarnos al concepto de felicidad es el cumplimiento de los deseos, ya sea de manera postergada, simbólica, sublimada, etc., pero que tuviera algún tipo de conexión con lo que de infantes encontrábamos satisfacción, por ejemplo si un niño en su infancia quería ser “luchador” muy bien podría realizar su sueño siendo luchador profesional o, desplazando su deseo, simbólicamente podrá encontrar algo de dicha al ser “luchador social”. El deseo en la infancia es lo que va a constituir la personalidad del sujeto, es por eso que de pequeños los infantes si juegan a ser papá o mamá y prodigan cariño y cuidado, muy probablemente se esté gestando una estructura que les permitirá algún día poder ejercer la paternidad con menos conflictos.

Por lo tanto, si una persona joven o adulta está teniendo conflicto con su vida, tendría que recordar qué era lo que le hacía feliz en su infancia y ver la manera de cumplir en lo real o en lo simbólico esos deseos del pasado, recordar los lugares en donde se sentía contento, seguro, recordar qué era lo que le apasionaba y en la medida de lo posible intentar hacer una conexión que ligue su pasado con su presente.

Somos hablados por el discurso de nuestra familia. El deseo de nuestra familia nos habita. La propuesta del psicoanálisis es poder reconciliarse con esa parte que nos habita, saber que los momentos más satisfactorios en nuestra vida tienen que ver con ese encuentro de nuestro deseo arraigado en la más tierna infancia y empujará hasta conseguirlo con o sin nuestra colaboración. Infancia es destino.

La educación en la infancia

“La gente no se da muy bien cuenta de lo que pretende hacer cuando educa.” J. Lacan

 

            ¿Cómo educar a nuestros hijos? ¿Cuál será la mejor manera? ¿Cómo hacer o qué hacer para evitar esos traumas lastimosos y esos complejos que en la edad adulta surgen pero que tienen el germen en la más tierna infancia? Cuentan que al terminar una de sus conferencias Sigmund Freud, se le acerca una madre de familia muy angustiada y le hace estas preguntas o alguna que otra parecida: “¿qué tengo que hacer para educar bien a mis hijos?” palabras más, palabras menos, a lo que Freud contestó: “haga lo que haga, va a estar mal”.

¿Es una proeza perdida de antemano? ¿Tendríamos que desobligarnos de nuestra responsabilidad como padre y madre dentro de la familia? No, la idea central de la respuesta de Freud no va encaminada hacia la desesperanza, al contrario, la respuesta de Freud va dirigida a amainar la angustia de la madre, angustia que precisamente se despierta al momento de re-encontrarnos con nuestra propia infancia a través de nuestros hijos.

Muchas de las veces cuando no se ha resuelto alguna situación que se trae arrastrando desde la más tierna infancia, llega el momento de convertirnos en padre o madre de familia y es cuando esa infancia que se ha reprimido comienza a causar estragos; nuestros propios hijos nos despiertan aquellos demonios, fantasmas, complejos, frustraciones, traumas que creíamos ya habían quedado atrás pero no, aún siguen existiendo y desde allí es que operan y guían nuestro proceder.

Sigmund Freud dejó escrito en su texto “El porvenir de una ilusión” lo siguiente: “Acerca de los niños, sabemos que no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis, ora más nítida, ora menos”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que el ser humano para poder acceder a la cultura y a la civilización, es necesario haber pasado por un proceso de socialización en donde se deja de ser una criatura que se rige por las necesidades y se aprende a postergar los deseos.

Es necesario que en el núcleo familiar se lleve a cabo el proceso de “castración simbólica” entendiendo la castración simbólica como ese proceso necesario en donde el ser humano comienza a tener el encuentro con el otro, aprende a postergar, aprende la tolerancia a la frustración.

¿Qué pasa si no ocurre esto que hemos denominado la “castración simbólica”? es cuando el infante no ha aprendido el respeto de las reglas de convivencia, cuando agrede a sus compañeros, cuando los berrinches son pronunciados, cuando trasgrede los límites establecidos y hace daño a personas, animales o cosas. Por lo tanto, postulará Freud, es necesario un monto de represión para poder convivir en sociedad.

¿Qué pasa con ese proceso de educación por el cual todos pasamos? Freud más adelante en el mismo texto señala: “La mayoría de estas neurosis de la infancia se superan espontáneamente en el curso del crecimiento; en particular, las neurosis obsesivas de la niñez tienen ese destino. En cuanto a las restantes, el tratamiento psicoanalítico deberá desarraigarlas en una época posterior.” Es decir, no hay mal que no cure el psicoanálisis, por decirlo jocosamente, claro que lo que está en juego es muy importante y los hechos cada día nos demuestran lo trascendente que es el amor y los límites en la infancia.

Es de suma importancia lo que podamos hacer en la educación de nuestros hijos, y si por alguna extraña razón perduran los conflictos, traumas y sensación existencial de no poder vivir de acuerdo al deseo que nos habita, para eso está el psicoanálisis, para hacer un intento de “revertir ese condicionamiento” que en la infancia fue necesario pero que en la edad adulta merece ser replanteado a la luz no ya del deseo de los padres, sino a la luz del propio deseo que nos habita.

El psicoanálisis hoy en día es vigente por la simple y sencilla razón de que el ser humano necesita ese lugar de encuentro consigo mismo, escuchar su palabra y saber qué es lo que le constituye, saber cuál es su historia de vida y aprender a reconciliarse con eso.

Bolitas de papel

imagen de institutodeltalento.com

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“Los fenómenos histéricos tienen preferentemente el carácter de lo excesivo” (S. Freud)

 

Me comenta una maestra de educación especial un recuerdo dentro de su trabajo cuando tenía como paciente a un niño que presentaba cierta fenomenología propia del diagnóstico del autismo. Le llamó la atención una actividad que el niño llevaba a cabo; recuerda que el alumno siempre cargaba un papel de baño, del cual toma cuadritos, los hace bolitas y los pone entre los huecos de los ladrillos de la pared. Uno por uno, lentamente, acomodando, dando estructura a algo. Esa es su actividad, en eso se le va el tiempo, (en eso se le va la vida), se apasiona, se desvive, se inquieta. Termina el día y al siguiente comienza otra vez.

Hay otro niño que presenta rasgos similares, dedica gran tiempo de la jornada escolar (una escuela especial) en hacer monitos con plastilina, en eso se le va el tiempo, lo hace con esmero, lo hace con pasión; como si el sentido de su vida se jugara allí.

Los ejemplos que tomo acá no los traigo para analizar el espectro autista, simplemente me llama la atención esas conductas del ser humano catalogadas como “diferentes” por no ser tan comunes. Situaciones que suceden también en la vida del adulto que día a día se enfrenta con problemas de la vida cotidiana.

Lo que me llama la atención son esos rasgos que Freud en sus primeros escritos describió como “lo excesivo”, en donde narra detalladamente la fenomenología conductual de sus pacientes bajo el padecimiento de la histeria. Menciona Freud que las conductas que presentaban sus pacientes eran muy similares a las conductas que presentaba cualquier otro ser humano, simplemente que la diferencia radicaba en ese componente: en lo excesivo, en la exageración.

Las conductas de un niño que presenta el espectro autista muchas de las veces se convierten en actos rituales, en manierismos, quizá también se presentan en los seres humanos que no están catalogados bajo ningún diagnóstico. Cuántas veces nos encontramos ensimismados en nuestros propios asuntos, en nuestras ideas, en nuestros traumas, complejos, similar al acto de ese niño que intenta “poner bolitas de papel en los huecos”.

Muchas de las veces nos encontramos en la misma situación solamente que lo hacemos de manera simbólica; esa es la diferencia. Nos encontramos que estamos llenando con bolitas de papel los huecos de la pared en actos repetitivos, en compulsiones, en cometer los mismos errores, en ese solipsismo sin la posibilidad de voltear a ver hacia otras partes, hacia otros lugares, sin querer darnos cuenta de que existen otras maneras de ver la vida, otra perspectiva de eso que tanto angustia. Se nos va la vida en ello, en llenar con bolitas de papel cada intersticio de nuestra existencia.

Todos carecemos de algo, todos hemos experimentado la frustración. Algo nos falta, algo falla, sólo cuando nos damos el tiempo de escucharnos y ser sinceros con nosotros mismos, estaremos dando el primer paso hacia ese camino en donde no sea necesaria esa compulsión a la repetición.

Todo ser humano presenta en mayor o menor medida conductas que parecen ser racionales, pero que llevadas a la exageración serían diagnosticadas como “fuera de la norma”.

Tenemos entonces que la psicopatología (la enfermedad del alma, el conflicto intrapsíquico, los fantasmas no elaborados) es una cuestión que tiene mucho que ver con la exageración y el exceso. El neurótico sufre por los pensamientos que lo acechan cuando el perverso se da permiso de eso que el neurótico calla, que el neurótico reprime.

“De músico, poeta y loco todos tenemos un poco” dice sabiamente el refrán. Todos tenemos una locura pendiente, una locura latente, a algunos nos funcionan los mecanismos de defensa y nos mantenemos en la cordura, otros quizá no y la vida se les desborda. Claro, hay que matizar, no es lo mismo una estructura neurótica, que una estructura psicótica o una estructura perversa. El que es neurótico será neurótico toda su vida así como el psicótico o el perverso. A lo que hago referencia acá es a la manifestación sintomática del neurótico, todos tenemos miedos pero el fóbico lo lleva a la exageración, al exceso. Todos tenemos pensamientos eróticos pero el perverso los lleva a la exageración, a la compulsión. Todos tenemos fantasías, sueños, imaginación, pero el psicótico lo vive, es su creación. Todos tenemos pensamientos rumiantes pero el obsesivo compulsivo está atrapado en sus pensamientos. Alguna vez en nuestra vida hemos experimentado que alguien no nos quiere, no nos acepta, pero el paranoico vive su existencia con la certeza de que los otros están conformando coaliciones en su contra.

Por lo tanto, todos de una manera u otra, intentamos poner “bolitas de papel en los huecos de la pared de ladrillos”, a unos eso les da la certeza de algo, a otros les causa angustia, pero todos, en mayor o en menos medida, seguimos repitiendo simbólicamente lo que ha quedado escrito ya desde los primeros años de nuestra infancia.

Dime cómo te amaron tus padres y te diré cómo amarás a tu pareja. Infancia es destino, allí se estructura todo, allí se juega el destino del ser humano, de las experiencias. De las vivencias de la infancia dependerá en gran medida la vida que se llevará de adulto; los rituales, manierismos, obsesiones, angustias, todo tiene que ver con algo que ha quedado “fijado” o estancado en la más tierna infancia.

Nuestros actos como un eterno repetir de alguna escena que intentamos mantener vigente a perpetuidad.

¿Esto puede ser de otra manera? ¿Se puede revertir el “destino”?

La propuesta dentro del psicoanálisis es que sí es posible revertir significativamente el determinismo psíquico. Cuando el ser humano se escucha a sí mismo, cuando deja de mentirse, cuando se “dis-culpa” a sí mismo, es decir, cuando se quita esa culpa que no le corresponde. En otras palabras (ya que todo en lo simbólico implica decir algo con otra cosa) cuando el ser humano se da cuenta de que eso que constantemente está repitiendo, esa piedra con la que se tropieza, eso de lo que tanto se queja, resulta ser una reproducción simbólica de algo que quedó anudado en su infancia.

Decirlo, hacer consciencia de eso, y sobre todas las cosas, comenzar a re-significar, a elaborar eso que no permite que su vida ande. Resignificar las cosas es un buen inicio para comenzar a construir la vida que se desea vivir. Sabemos que la vida es un instante ¿la vida que estás viviendo es la vida que habías planeado, que habías imaginado? Si no es así, entonces es el momento idóneo para comenzar a hablar contigo mismo, ser sincero, ser sincera. Un acto de honestidad y sinceridad implica necesariamente un acto de amor.

El psicoanálisis como el dispositivo idóneo para dejar de poner esas “bolitas de papel” en la pared.

Sólo el amor nos salvará

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de elproyectomatriz.wordpress.com

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Recuerdo una frase que tuvo una gran influencia en mi manera de ver el mundo durante mi juventud: “Si el problema tiene solución, para qué te preocupas, y si no tiene solución entonces para qué te preocupas”. También  recuerdo haber escuchado que muchos de los inventos que en la actualidad utilizamos fueron producto de un error, una equivocación, producto del azar. Eureka. Serendipia.

¿Qué tienen en común estos dos recuerdos? Leyendo la biografía de Freud escrita por Ernest Jones, menciona cuando Sigmund Freud en sus primeras incursiones dentro de la ciencia quería investigar los procesos neurológicos, el trabajo con las células. ¿Cómo fue a parar en lo que ahora es conocido? ¿cómo fue el paso de la neurología al psicoanálisis? Mucho de ello tuvo que ver la escucha del discurso de sus pacientes, el cambio de la hipnosis por una escucha atenta del inconsciente, el paso de la sugestión hacia una propuesta de acceso hacia el origen del malestar a través de la asociación libre.

Si tiene solución, para qué te preocupas, si no tiene para qué te preocupas. Las cosas en la vida se van dando, se van acomodando, existen factores en los cuales uno tiene que poner mucha atención, el “chiste” de la vida (como cualquier otro chiste) es poner atención, no estar distraído, ¿qué significa esto? estar haciendo las cosas sin angustia, procurando la estabilidad, la paz, la armonía.

La vida (para los que creen) es como un rompecabezas, las piezas se van acomodando conforme avanza el juego. También la vida es como un juego de ajedrez en donde hay que estar atentos a los propios “movimientos” que llevamos a cabo y las posibles consecuencias de esos movimientos. Hago énfasis en señalar en el enunciado la frase “para los que creen”, ya que recuerdo también haber escuchado ese adagio: “todo sucede para bien” añadiendo “para aquellos que buscan el Bien”. La vida es eso, una construcción, lenta, muy lenta, pausada, a su tiempo, a su momento. La evolución de la especie humana está llena de episodios en donde la paciencia ha tenido un factor protagónico.

Uno en su vida, si está atento a “los signos de los tiempos” puede acceder a ese estado de quietud, de paz, aminorar la angustia que conlleva la misma existencia. La “iluminación” (por llamarlo de alguna manera) o el “insight” o el “Eureka” es más probable que llegue a nosotros si estamos allí, constantemente en esa búsqueda, en el camino, sin quitar el dedo del renglón; picando piedra.

La vida, Dios, el destino, el inconsciente, (como gusten) tiende a manifestarse, a revelarse, (epifanías-teofanías) para algunos como “una brisa suave” a otros como una tormenta, una sacudida, pero todo humano al final obtiene lo que en su vida ha buscado.

Quizá será por eso la actitud de contemplación que adquieren nuestros abuelos, llenos de sabiduría que da la vida, una actitud de contemplación ante la vida, saben que al final es la Vida misma la que se impone, que por más caprichos que se quieran, uno obtiene lo que necesitaba. También está la otra cara de la moneda, el abuelo que vive atormentado por los fantasmas de su pasado, por los estragos de ese goce* que lo arrastra irremediablemente hacia la angustia, al vacío, a la nada, a la muerte.

 Y allí están, contemplando la existencia, sonriéndole, reconciliándose con sus ángeles y demonios; el abuelo sabe que ángeles y demonios  no eran más que sus deseos. Al final, ángeles y demonios duermen juntos, como cuando termina una pastorela, dejan de actuar, se quitan el disfraz y se van a dormir. El abuelo hace un silencio, mira hacia el horizonte y continúa en silencio, contemplando el misterio que los humanos hemos llamado Vida.

*El concepto de goce implica la idea de una transgresión de la ley: desafío, sumisión o burla. El goce reside en el intento permanente de exceder los límites del principio de placer y conlleva inevitablemente al sufrimiento. El goce se sostiene en la obediencia del sujeto a un mandato del Gran Otro. (Definición tomada del diccionario tuanalista.com)

 

El laberinto del deseo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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Le escucho

Le escucho

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“Cuando descubre que el Otro miente, que el Otro no existe,
el sujeto adviene al encuentro con su deseo.”
(Isidoro Vegh)

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¿De qué estamos hechos? Estamos hechos de la misma naturaleza del mundo, de la naturaleza somos y a la naturaleza vamos, nuestro destino es la entropía, “polvo somos y en polvo nos convertiremos” resuena constantemente en nuestro pre-consciente cada mes de abril. El narcisismo de la especie humana ha sabido contener esos tres golpes asestados por Copérnico, Darwin y Freud: no somos el centro del universo, no somos una especie única y no somos conscientes de nuestros actos. El ser humano como un sujeto errante por el mundo buscando darle sentido a su existencia.

La cuestión de lo humano ha intentado ser interpretada desde la filosofía, el psicoanálisis, la biología, la sociología y hasta la poesía.

Para poder entender la cuestión de qué es el ser humano, primero tendremos que responder a la pregunta ¿quién es ese “Otro” que está a mi lado? ¿quién es ese “Otro” que está frente a mi? Y es a partir de allí y sólo entonces que podemos descifrar ese acertijo de lo que es el humano. El ser humano surge a través de la respuesta que demos a la interrogante ¿quién es ese “Otro”?

El Otro es el que inevitablemente viene a dar la estructura al Sujeto. El Otro es el que estructura; la madre en su momento, luego la Familia, luego la Institución Educativa, la Iglesia, la sociedad misma, el matrimonio y la muerte. Siempre vamos a tener a ese “Otro” representado en esas instituciones que darán forma y estructura al sujeto.

En un principio existe el binomio “Madre-Padre” que da estructura al sujeto; luego eso se desplaza en las instituciones que ya se señalaron. Si no estuviera el “Gran-Otro” ¿qué seríamos? Sin la mirada deseante del Otro simplemente seríamos objetos, cosas, cuerpos. El deseo del otro es el que encarna al sujeto, el deseo del Otro abre la posibilidad de que el niño pueda convertirse en algo, encarne la expectativa del Padre-Madre; si no hubiera Otro nos desestructuraríamos. Un ejemplo concreto: ¿qué sucede cuando no existe la mirada del Otro, cuando estamos solos en nuestro hogar y no está la mirada del Otro, la palabra, la presencia de ese Otro que nos estructura? El niño se atreve a soltar improperios, se convierte en una pequeña bestia salvaje que pide a gritos reglas y normas, alguien que lo estructure, que le diga qué hacer, que le diga cómo debe comportarse, alguien que lo ame. El adolescente ante la misma situación de soledad, ante la ausencia de ese “Otro” aprovecha para practicar el goce, piensa en hacerse daño, en sentir algo, experimentar placer ya sea cortando su cuerpo, ya sea explorándolo, el adolescente sin el Otro se topa con el vacío, con la nada, con la ausencia, avasallado por la angustia se refugia en lo que cree encontrará satisfacción momentánea. Llega el Otro y el sujeto vuelve a la estructura: el niño se pone a jugar sin maldecir, se re-conoce ante la mirada del Otro; el adolescente regresa a sus menesteres del estudio, prende el estéreo y apacigua sus deseos más primitivos y con una sonrisa complaciente se sabe estructurado por la mirada del Otro.

Tenemos pues que lo que da estructura, lo que hace ser humano al sujeto es el Otro, la mirada del Otro, la presencia del Otro y todo lo que eso conlleva. El “Gran-Hermano” que todo lo ve, que todo lo sabe, omnisciente, omnisapiente, el “Panóptico” siempre presente por los siglos de los siglos, desde que el hombre es hombre, desde que la especie humana construyó eso llamado consciencia (consciencia: “sea lo que fuere” dijo Freud).

El Sujeto se va a estructurar precisamente ante la mirada de la madre y del padre, es decir, ante la mirada amorosa de la madre y la mirada que castra del padre. La madre que ama y el padre que rompe, que castra, que impone su ley, que obliga al infante a buscar su propio “falo”, a desear más allá de la madre. Y a partir de eso el Sujeto se estructura.

Tenemos pues el primer axioma: el Ser humano se estructura a partir del deseo de sus padres. El sujeto surge a partir del deseo, de la catectización, de la mirada, de la Ley, de la expectativa que los padres depositan en sus hijos, en muchos de los casos la ecuación resulta favorable, si no, ya no tendríamos civilización. El punto toral de la presente argumentación es que el ser humano “es” a partir del deseo del Otro.

¿Qué pasa cuando el ser humano se cuestiona, se queja de eso que no sabe, cuando la existencia le resulta insoportable, cuando la piel que le heredaron sus padres le ha quedado insuficiente? Muchas de las veces el ser humano se topa con que hay algo en lo profundo de su ser que lo impulsa a cuestionar si en verdad está viviendo la vida que desea vivir, si está viviendo la vida de acuerdo a su deseo. Cuando se da cuenta de que no está siendo él sino una proyección, un síntoma de sus padres, (la encarnación de los sueños frustrados de sus padres, el “goce” negado en la vida de sus padres), comienza a elaborar esos síntomas molestos, ese malestar cotidiano, esa angustia, esa queja, esa demanda y es cuando acude al consultorio, cuando ya la vida no da para más, cuando sabe que por más “fuerza de voluntad” que tenga no puede salir adelante, que hay “algo” que lo detiene, que lo inmoviliza; y por lo regular ese “algo” no se sabe, ese “algo” pertenece a otro orden, al orden de lo inconsciente.

¿Eso quiere decir que viviremos siempre repitiendo el deseo de nuestros padres? ¿Seguiremos siendo una representación cómica del “ideal del Yo”? Desde el punto de vista del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica existe la posibilidad de un segundo momento, de re-estructurar la personalidad, de re-significar eso que constituyó al sujeto.

Cuando el ser humano se da cuenta de que “esa piel” ya no le queda, ya no le acomoda, que su deseo es otro, que la vida que ha estado viviendo ya no le satisface, llega el momento en que el sujeto se interroga,  sospecha de que cuenta con otros intereses, con otro deseo, ya no el de sus padres sino su propio deseo. Es cuando la psicoterapia propone esa transición. La psicoterapia como el proceso en donde el sujeto re-nace y se re-significa su estructura y su historia de vida.

El sujeto se estructura ante la mirada siempre del Otro. Lo mismo sucede en un proceso de psicoterapia, el Sujeto se va a estructurar ante la mirada de su psicoterapeuta. ¿Pero cuál entonces sería la diferencia? ¿Siempre va a existir el Otro que impone su deseo? La diferencia es que en la psicoterapia el sujeto se estructura frente a otro que lo escucha, ya no más frente al deseo de su madre y la mirada inquisidora de su padre, ahora se estructura bajo su propio deseo y bajo la escucha del psicoterapeuta.

La estructura de personalidad se moldea bajo la mirada de los padres, bajo el deseo de los padres. Lo que sucede en el consultorio psicoterapéutico es algo similar: vuelve a haber una “estructuración” (re-estructuración) de la personalidad con la salvedad de que ahora ya no es bajo el deseo del padre (mucho menos bajo el deseo del analista) sino ahora esa estructura de personalidad se crea a partir del deseo del propio paciente; y ya no bajo la mirada que tenía que civilizar o educar, sino ahora a través del propio discurso del paciente y la escucha atenta del analista.

La psicoterapia como ese necesario cambio de piel; algunos lo hacen poniendo piel sobre piel (tatuajes) otros intentando matar a ese otro introyectado, la desventaja es que en ese intento se llevan como consecuencia su vida misma (suicidio), otros cambian de piel sometiéndose al discurso de Otro Amo. En la psicoterapia no se trata de eso: de lo que se trata es ese volver a nacer, ese cambio de piel signado por su propio deseo ante la presencia del otro (el otro siempre presente, siempre estructurando) pero ese otro no está allí para juzgar, ese otro (psicoterapeuta) no está para decir “eso está bien, eso está mal”, al contrario, es en esa escucha en donde el sujeto encuentra su deseo inconsciente y lo que le toca es saber qué hacer con esa verdad esclarecida.

El paciente acude a la psicoterapia porque sabe que falla algo, porque la manera que ha venido solucionando sus problemas ya no le resulta, porque la angustia lo avasalla, porque ya no puede más con la culpa o con ese deseo que lo atormenta o ese goce que lo inmoviliza, acude a psicoterapia por ese conflicto inconsciente que se manifiesta a través de un síntoma que paraliza, que inmoviliza, que angustia. Y es en ese encuentro con su psicoterapeuta en donde empieza a andar algo, algo de lo que sospechaba o de lo que no tenía ni la más remota idea; se comienza a gestar una existencia que el paciente o la paciente está decidiendo. El proceso es doloroso, implica quitarse la piel con la que se ha vivido, implica muchas de las veces cuestionar lo que hasta ese momento ha creído, implica cuestionar, dudar, poner en el crisol la ideología que daba hasta ese momento sentido a su existencia. Pero al final se obtiene la gratificación, el resultado de haber construido la vida que desea vivir a partir de su propia decisión, no a partir del deseo de sus padres, del “Gran-Otro” o de su psicoterapeuta. El fin del análisis implica un sujeto nuevo, un re-nacer, una existencia experimentada de acuerdo a su propio deseo; parafraseando a Jacques Lacan: “El deseo, función central de toda la experiencia humana”.

No todo está perdido, hay una apuesta a otra cosa, hay una apuesta a “desmitificar” lo establecido, hay algo más allá de la mera ilusión. En el consultorio se lleva a cabo la enseñanza de Sigmund Freud: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra de haberlos formado a nuestra imagen y semejanza”

Vivir la vida que uno desea es posible, solo basta escucharse con atención, con auto-observación, con honestidad, sinceridad, llegar hasta donde tope, hasta lo insospechado. Esclarecer lo turbio, traducir el mensaje acotado por el síntoma. Conocerse, aceptarse, poder cambiar lo que es posible cambiar y saber vivir con la condición humana que nos caracteriza. La cura por la palabra; no la palabra del “Otro”, sino la propia palabra, el propio inconsciente. Vivir la vida con menos sufrimiento, consciente de nuestras limitaciones pero también consciente de nuestro deseo. “La acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo” (Jacques Lacan)

En el inconsciente está la verdad y dicha verdad quizá nos hará vivir nuestro paso por este mundo con un tanto cuanto de libertad. Viviendo con lo estrictamente personal, con lo que a uno le toca, sin la necesidad de estar cargando asuntos, pleitos, culpas que no nos pertenecen. Vivir de cara a la verdad, a nuestra verdad tejida por nuestra historia de vida, es un proceso doloroso, quizá también implica un proceso que lleve tiempo, pero sino se vive la vida que se desea vivir, entonces ¿vale la pena seguir viviendo una existencia prestada?

*Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa, Psicólogo y Psicoterapeuta. Miembro de APPCAC y de SMP. Consulta en Monclova, Coah. Mx. psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

Neurosis, psicosis y perversión; tres rostros de la condición humana

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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Genio y figura hasta la sepultura. Hijo de tigre, pintito. El que nace para maceta no sale del corredor. Árbol que nace torcido, jamás su tronco endereza. ¿Qué tienen en común estos refranes? Tienen un común denominador: la personalidad del ser humano siempre estará presente a lo largo de su existencia. No en balde nuestros ancestros recopilaron siglos de sabiduría en pequeñas oraciones postuladas como aforismos para designar las experiencias que da el paso por esta tierra.

El ser humano está constituido bajo una “estructura de personalidad” que se entiende como aquello que nos constituye, que nos hace “ser” en relación a nosotros mismos y al mundo, una manera de ser y estar en el mundo. Desde la lectura del psicoanálisis existen tres estructuras básicas: neurosis, psicosis y en medio de ellas la perversión.

¿Cómo se estructura el sujeto? ¿en base a qué experiencias el sujeto se estructurará? ¿de qué depende que un sujeto sea perverso, psicótico o neurótico?

La personalidad del ser humano se estructura en base a las primeras experiencias vividas en la más tierna infancia; experiencias de amor pero también experiencias de muerte. Experiencias de amor como el apego, el cariño, afecto, y la posterior separación-individuación.  Experiencias de muerte manifestadas a través del rechazo, el descuido, la falta de reconocimiento, la destrucción, aniquilación, el niño como prolongación de su madre, etc. Y todo esto en conjunto es lo que va a estructurar al ser humano, esas primeras vivencias quedarán troqueladas en lo más recóndito de su inconsciente y desde allí fraguará su existencia.

Las experiencias en la primera infancia y cómo se hayan éstas percibido van a quedar de alguna manera “fijadas” en la psique del infante, sobre todo las experiencias vividas como excesos: exceso de frustración y exceso de satisfacción. Amor y abandono. La falla que se instaura tendrá mucho que ver en esa estructura psíquica que se forma.

Todo se juega en el primer año de vida. ¿Cómo es que una persona tiene un “quiebre psicótico” y anda por la vida ensimismado en su propia realidad, en un solipsismo a perpetuidad? La persona que está estructurada bajo el designio de la psicosis (esquizofrenia, paranoia y bipolaridad) lo es por lo que vivió en ese primer año de vida, cuando su “Yo” se estaba formando, no hubo algún referente, hubo en cambio una madre psicotóxica, ajena a su función de madre, enajenada con otros menesteres, abandonando al infante a su propia suerte; no hubo una madre que catectizara al infante (llenarlo de amor) y por lo tanto el “Yo” no logró estructurarse. Un Yo débil que a la postre, ante algún evento traumático regresará al allá y el entonces y al no haber la estructura básica necesaria tendrá el quiebre psicótico. De adulto tenderá a la psicosis ante un medio adverso y una estructura que ya trae desde la infancia.

En el neurótico opera otra cosa, el neurótico (fóbico o histérico u obsesivo) libró ese primer año; su “yo” logró estructurarse a través de introyecciones, pasa a un segundo momento, a una segunda estructura, la estructura neurótica en donde su yo estará en constante conflicto con la realidad, con las demandas del Ello y con las exigencias del Superyó. Como se dice coloquialmente en las aulas de la Facultad de Psicología: “Todos somos neuróticos gracias a Freud”.

La característica principal del neurótico es ese constante conflicto con la realidad; realidad que le frustra, realidad con la que siempre está en constante conflicto. El neurótico por un lado está bajo las demandas del principio del placer pero por otro lado está también bajo el yugo de las demandas del principio del deber. En cambio en la estructura psicótica sucede otra cosa, la persona que se ha estructurado bajo la denominación de la “psicosis” tiende a  evadir la realidad, no le gusta; por lo tanto “crea” una realidad alterna: “No soy yo el malo, son ellos los que me persiguen”; su síntoma como un intento de re-equilibrio.

¿Cómo se relaciona el neurótico, el psicótico y el perverso con el “Otro”? ¿cuál es su posición existencial como ser-en-el-mundo? Tomemos de ejemplo el constructo “demonio”. Para el neurótico los “demonios” con los que tiene que luchar son sus padres, su jefe, los compañeros de trabajo, la falta de dinero, la insatisfacción sexual, la obsesión; es decir, son demonios “simbolizados”, demonios que tienen que ver precisamente con eso que ocurrió en su infancia y retornan a su existencia representados en personas de carne y hueso en los que deposita las frustraciones que vivió en el allá y el entonces.  Siguiendo con la misma alegoría, los demonios para el psicótico son demonios reales, demonios que lo persiguen. Demonios que existen y que atraviesan paredes, que se le aparece en su cuarto, nadie más lo ve, demonios que se esconden en sus botas, demonios que le susurran cosas al oído.

Tenemos pues que el constructo denominado “demonio” es experimentado para el neurótico a través del simbolismo, en cambio el demonio para el psicótico existe realmente. Sólo nos queda la estructura perversa: en el perverso el “demonio” es él mismo. El perverso como el demonio encarnado.  El perverso es un “niño grandote” que no le pusieron reglas, normas, límites, no hubo un padre que lo castrara; ausencia de la figura paterna que le pusiera límites, que le castrara su deseo, el perverso goza por ese medio. Su goce es un goce infantil, goza como lo hiciera un infante sádico, mortificando la existencia del otro, saciando sus pulsiones perversas importándole solo él.

¿Cómo se relaciona cada persona dependiendo de su estructura con los fenómenos oníricos (el sueño)? El neurótico tiene una pesadilla y al despertar sabe que solo fue un mal sueño, o un sueño erótico que solo queda en eso, en sueño. El perverso lleva a cabo lo que el neurótico sueña.  El psicótico vive en un sueño eterno en donde ángeles y demonios existen en su vida real.

O también podremos comprender la relación que tiene cada estructura de personalidad con el “Otro”, por ejemplo: se dice que el neurótico tropieza siempre con la misma piedra, de hecho el neurótico no solo tropieza con la misma piedra, él mismo la pone para tropezar con ella (compulsión a la repetición). La relación del perverso con la piedra sería una relación de fetiche; tomaría a la piedra no para tropezar con ella sino para fetichizarla, sodomizarla, erotizarla, o buscar hasta por debajo de las piedras para ver con qué más gozar. El psicótico se pondría a platicar con la piedra.

Infancia es destino y allí se jugará gran parte de lo que el ser humano será en su vida adulta. Será desde allí como tomará decisiones, cómo se enfrentará a las situaciones cotidianas de la vida. Todo esto ha quedado troquelado en el inconsciente del ser humano y desde allí estará demandando ser reconocido. Intentará salir a la luz y por lo regular lo logra, pero ese “salir a la luz” lo hace a través de una máscara que denominamos síntoma y es precisamente ese síntoma lo que no permite al ser humano andar por la vida ligero de equipaje. El síntoma (depresión, ansiedad, estrés, trastorno alimenticio, obsesiones, relaciones amorosas no sanas etc.) como manifestación de eso que incomoda, de eso de lo que se quiere hablar pero que la sociedad insiste en que se debe callar. El síntoma existe por algo, no se trata de simplemente modificarlo o callarlo, al contrario, hay que escucharlo, interpretarlo, traducirlo. El síntoma está allí por algo y el consultorio es el lugar idóneo para escuchar lo que tiene que decir a través de la propia palabra del paciente, del que sufre ese malestar que por lo regular se esconde detrás de un “No sé lo que me pasa”.

La psicoterapia como ese lugar idóneo en donde se puede escuchar el discurso del paciente y saber eso que está allí pero que por ser precisamente inconsciente no se sabe. Hablar ese sueño “perverso” que aterra, platicar de esos demonios simbolizados, comprender esa compulsión a la repetición que impulsa a poner la piedra para tropezar con ella. Descubrir la propia verdad, la propia constitución, la propia estructura de personalidad, aceptar de lo que estamos hechos y comenzar a construir la vida que se desea vivir.

*Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Monclova, Coah. Mx

El pequeño Freud

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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“Lo que se calla en la primera generación… la segunda lo lleva en el cuerpo”
F. Dolto

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 “Infancia es Destino” ¿Qué hay detrás de este apotegma? Dicha frase hace referencia a que lo que sucede en los primeros años de nuestra existencia va a marcar nuestra vida futura; lo que sucede en la primera infancia es la vida original, lo demás es una re-edición de  esas experiencias y acontecimientos del allá y el entonces; por eso la gran importancia que dentro de una psicoterapia se aborde la experiencia del paciente respecto a los recuerdos que tiene de su niñez, que pueda acceder a dichas vivencias a través de su propia palabra.

¿Por qué querer hablar del “Pequeño Freud”? quizá para poder entender el origen del psicoanálisis; remontarnos a la niñez de Freud, a la primera infancia, a sus primeros recuerdos, sus primeras “imagos”, sus fantasmas, sus recuerdos, sus experiencias que quedaron troqueladas en su inconsciente y que a la postre daría material para crear el psicoanálisis que tanto ha aportado para comprender la concepción de la naturaleza del ser humano, sus patologías, sus deseos; todo esto a través de la escucha del discurso del paciente que sufre e intenta saber el porqué de ese malestar.

De entrada pensemos en Sigmund Freud como el creador del psicoanálisis, ¿cómo llegó a construir dicha propuesta? Tuvieron que pasar demasiados acontecimientos en su vida y en su obra para por fin “parir” dicha teoría que en la actualidad continúa vigente sobre todo por su aportación a la comprensión del ser humano a través de la escucha del inconsciente y sus manifestaciones.

Sabemos que Sigmund Freud constantemente buscaba ser reconocido, admirado, ya sea por algún descubrimiento, alguna aportación, o algo que catapultara su nombre hacia la inmortalidad. Quizá por el mensaje que quedó cincelado en su inconsciente que su madre Amalia constantemente le repetía; que sería un hombre grande, un hombre de éxito. Recordemos que “Nadie puede traicionar el deseo inconsciente de una madre”. Y por otro lado estaba su padre Jakob, el que lo reprendía, su padre del cual recuerda aquel acontecimiento en donde se baja de la banqueta ante la afrenta de un peatón insultándolo por su condición de judío.

Sigmund Freud recuerda que su padre lo reprendió alguna vez (por orinar deliberadamente en el cuarto de sus padres, a los siete años de edad) y las palabras que utilizó fueron: “este niño nunca llegará a nada”. Quizá de aquí se puede desprender la siguiente hipótesis: la teoría de Sigmund Freud como una respuesta al reto que el padre le auguraba como destino manifiesto; el psicoanálisis como el éxito ante la predicción fallida de frustración del padre.

La teoría de Freud se centra en la importancia del vínculo madre-hijo; su teoría como una hipótesis en donde la madre es el centro y lo demás girará en torno a ella. Se deduce por lo tanto que el “Complejo de Edipo” propuesto por Freud tiene su más arcaico origen precisamente en su vivencia como hijo. Sabemos que la hipótesis del complejo de Edipo le surge a través de un sueño, pero también es importante señalar cómo fue construyendo su idea del complejo de Edipo a través de las vivencias y palabras que le decían sus padres: su madre palabras de aliento (amor) y su padre palabras de realidad, de castración. Es así como Freud comenzó a construir la universalidad del complejo de Edipo: Amor hacia la madre y rivalidad hacia el padre. (Estos últimos deseos de parricidio que Alejandro Jodorowsky señalaría como un delirio de Freud).

Otro rasgo de la indudable seguridad que Sigmund Freud tenía sobre su influencia en el pensamiento contemporáneo es cuando en abril de 1885 le escribe a su amada Marta que quemó todos sus diarios de los últimos catorce años (esa sería la primera vez, la segunda fue en 1907). ¿Por qué estaba tan seguro Sigmund Freud que sus “biógrafos” lamentarían ese acto? Aquí la respuesta en las propias palabras de Freud: “Cuando un hombre ha sido el favorito indiscutido de su madre, logra conservar durante toda la vida un sentimiento de vencedor, esa confianza en el éxito que a menudo conduce realmente al éxito”. La madre así lo creyó y el hijo solo se encargó de llevar ese deseo a buen puerto.

El padre de Freud bien pudo haber pasado por su abuelo. Jakob Freud ya había estado casado pero enviudó, tuvo a Sigmund a los 40 años, se casó con Amalia Nathansohn que aún no cumplía los 20 años. Sigmund Freud fue el primogénito y tuvo cinco hermanas y dos hermanos, de los cuales Julius, el hermano que le seguía falleció a los 8 meses. Este dato resulta ser revelador en la biografía de Freud ya que desde pequeño se topó con la realidad de la muerte. Así, la muerte, el nacimiento (la vida) y el amor formarían parte importante en la constante construcción de su teoría psicoanalítica.

Jakob Freud y Sigmund Freud tenían algo en común: la elección de una mujer que estructuraba la personalidad del marido a tal grado de “dejarse conducir por ella” según palabras de Ernest Jones.

Sigmund Freud narra un acontecimiento que marcaría sus ulteriores relaciones interpersonales, menciona que tenía un sobrino (de nombre Hans, por cierto, el nombre de “Hans” lo acompañaría por siempre) con quien jugaba pero también discutía, esto lo llevó a la conclusión de que en la vida de adulto re-editaba aquél juego con su sobrino de amor-odio, en donde en un primer momento elegía a sus amistades pero posteriormente se convertían en sus archirrivales. (Como ejemplo está la relación ambivalente que sostuvo con Fliess, Breuer, Ferenczi, Jung). “Un amigo íntimo y un odiado enemigo fueron siempre indispensables a mi vida emocional”. Ernest Jones escribe que esa relación con su sobrino Hans “constituye el primer signo de que la constitución sexual de Freud no era exclusivamente masculina”.

Por lo tanto, partiendo del axioma básico en psicoanálisis de que el infante es el síntoma de los padres, que es la encarnación de los conflictos psíquicos inconscientes no resueltos de los padres; ¿qué síntoma introyectó Freud de sus padres? ¿acaso ese desafortunado suceso en donde ve a su padre caer del lugar del héroe para posteriormente él superarlo y resarcir aquella afrenta? ¿Toda su vida como una oblación hacia sus padres con el intento de revertir esa exclusión emanada del repiqueteo de las campanas que escuchaba en su infancia, que llamaban a los cristianos al culto y a ellos, a los judíos, los mantenía en el ostracismo? ¿El psicoanálisis como una respuesta que vendría a desmitificar esas reglas por las cuales fue excluido por su condición de judío, él y toda su familia?

Sigmund Freud, un hombre insatisfecho que no se conformó con lo establecido, que sospechó de la moral, que sospechó de las reglas de convivencia de la sociedad y que descubrió la naturaleza del hombre, la bestia que se escondía detrás de esas reglas que dictaba la sociedad. Sigmund Freud, el favorito de su madre, le hizo caso y le fue bien. Muy bien. Políglota que desde pequeño (a los ocho años) leía en inglés las obras de William Shakespeare, que por cierto, no creía que el escritor fuera de Inglaterra, más bien era de la opinión que alguna vez habría escuchado a un maestro suyo, que en realidad William Shakespeare era un ciudadano francés de nombre “Jaques Pierre”.

La vida de Sigmund Freud está íntimamente ligada con su propuesta teórica. Olvidar este detalle sería perder de vista la subjetividad por la cual atraviesa la propuesta freudiana; una propuesta que no considera ser legitimada por el discurso de cualquier “Amo”, una propuesta que concibe al hombre desde su más recóndita naturaleza. Las ideas de Freud siguen vigentes hoy en día, tanto para comprender la “miseria” humana como también para escuchar lo que el paciente desea saber a través de su propia palabra. El psicoanálisis como esa brújula para acceder al inconsciente, al deseo más recóndito, al sueño enigmático, al síntoma que causa malestar pero que a la vez encierra un gran significado que al comprenderse dará sentido a la existencia. Re-significar la vida misma a través de la escucha, escuchar los propios demonios, comprender a los propios fantasmas y dejar de luchar contra ellos, reconciliarse con lo que uno es y a partir de eso construir lo que uno desea llegar a ser.

La infancia de Sigmund Freud como fiel reflejo de lo que sucede en el acto analítico. La infancia de Freud que preparó con mucho cuidado lo que a la postre lo inmortalizaría. El psicoanálisis como el legado de esa historia que comenzó a gestarse en la más pequeña y tierna infancia de Sigmund Freud.

Referencias:

Freud, Sigmund “Publicaciones prepsicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Sigmund Freud” en Obras Completas Tomo I Amorrortu Ed.

Freud, Sigmund “Estudios sobre la Histeria” Obras Completas Tomo II Amorrortu Ed.

Freud, Sigmund “Presentación autobiográfica” Tomo XX Obras Completas Amorrortu Ed.

Jones, Ernest “Vida y obra de Sigmund Freud” (I) Ed. Anagrama

 

Autor: Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Miembro de la Sociedad Mexicana de Psicología
Miembro de la Asociación de Psicólogos y Psicoterapeutas de Coahuila A.C.
Egresado de la UANL (Monterrey, N.L.)
Consulta privada en la ciudad de Monclova, Coah. Mx. 

Narcisismo, depresión, muerte y amor

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¿Por qué se deprime el ser humano?

De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) la depresión se instaurará como pandemia en el año 2020.

¿Qué cosa latente se encuentra detrás de un caso de depresión? ¿Será el ser humano un ente que tiende a la depresión?

La depresión es consustancial al ser humano, es decir, es parte de la esencia de lo humano. Existen dos factores ampliamente determinantes en la predisposición a la Depresión. Uno es el factor Histórico-Contemporáneo  de la Humanidad y el otro es el factor ontogenético (relación madre-hijo). En este artículo nos enfocaremos en el primer factor.

Iniciemos entendiendo el factor Histórico-Contemporáneo sobre la Depresión:

Hubo un tiempo en la Histórica Contemporánea de la Humanidad en que el ser humano se vanagloriaba de ser único e irrepetible, de ser el amo, rey, dueño y señor del universo y de todo cuanto existía, pasaba por las calles con un ego triunfalista, todo lo veía desde la óptica egocéntrica, narcisista, consciente de su existencia porque su vida tenía un sentido y si se portaba bien se le recompensaría con la entrada al Reino de los Cielos.

Antes de 1543 la humanidad creía en la postura “Geocéntrica” en donde la Tierra y por lo tanto nosotros sus habitantes seríamos el Centro del Universo, eso nos hacía sentir muy bien, imaginemos esa realidad, los consentidos de todo lo que existía, pero aparece en la Historia un joven clérigo de nombre Nicolás que basándose en las ideas filosóficas de Aristarco de Samos propone debatir la posición de la Tierra en el Universo, ya sabemos el desenlace, hoy vivimos bajo la premisa Heliocéntrica.

La Humanidad ya no sería la misma después de haber escuchado las posturas de Copérnico, imaginen a los seres humanos que vivieron ese Golpe al Narciso, creer toda su vida que eran el Centro de todo lo que existía para saberse como un planeta más de los tantos existentes en el Universo.

Pero el ser humano supo salir adelante, como bien dicen, lo que no te destruye te hace más fuerte y así salió de esa depresión histórica, lo que le consolaba era el soliloquio que a diario practicaba: “Bueno, no seré el centro del Universo pero si soy creado directamente por Dios”.

Y cuando en la historia de la Humanidad todo parecía ir bien, surge un investigador que después de hacer un viaja por la Isla Galápagos escribe un libro en 1859, titulado “El origen de las Especies” otro golpe al Narciso de la Humanidad, no solo ya no éramos el centro del universo, si no que ahora se cuestionaba la creación como seres únicos, casi divinos; supimos que formamos parte del reino animal, que somos primos de otras especies en la escala Filogenética, ese vendría a ser el segundo golpe al Narciso. Depresión total, años creyéndonos criaturas de un Ser Superior para que llegue Darwin y nos haga ver la realidad, somos animales racionales.

La historia avanza, la humanidad también, dos golpes al Narciso en un lapso menor a 500 años fue una experiencia trágica, pero como todo buen ser  humano practicante de la resiliencia pudimos continuar, el consuelo que nos quedaba era el siguiente: “Bueno, no seré el centro del Universo, no seré una criatura diferente a las demás, pero soy consciente de mis actos”.

Y fue precisamente el tercer golpe al Narciso el que se dio con la teoría psicoanalítica, Sigmund Freud nos hizo ver que nuestros actos, nuestra personalidad, está al servicio de deseos inconscientes, con la famosa metáfora del iceberg, en donde el hielo que se ve es la consciencia pero lo que lo sustenta, el gran pedazo de hielo en la profundidad representaría al inconsciente.

Tercer golpe al Narciso. No soy el Centro del Universo, no soy único y no soy consciente. ¿Qué me queda?

Pero allí no termina, cuando la humanidad creía que todo se había descubierto en el plano ontológico, llegan los existencialistas y nos confirman “La vida no tiene sentido” y la Segunda Guerra Mundial como fiel icono de lo que los existencialistas profesaban.

¿Qué nos queda? Es por eso que la Humanidad está sumida en una depresión colectiva, tanto golpe al narcisismo humano nos ha dejado cansados, desilusionados, abatidos, por eso ahora nos entretenemos consumiendo, emborrachándonos, tratando de evadir el compromiso existencial, distrayéndonos con nimiedades, sumergidos en un profundo dolor que se quiere mitigar con unas gotas de felicidad, aunque sea un placebo, pero algo en qué creer, en que distraer la vida misma. En ese goce que nos arrastra hacia la autodestrucción, que nos aniquila, nos fulmina, nos excluye; nos dirige en ese camino seguro hacia la nada.

Después de esto somos conscientes de nuestra finitud, sabedores de la “insoportable levedad del ser”. Por eso lo normal, lo esperado es que el ser humano esté deprimido, por eso tanta barbarie, tanto salvajismo, el reto está claro, sabedores de nuestra esencia, remar contra la corriente y vivir el aquí y el ahora, disfrutar la compañía, modificar las ideas irracionales, procurar el bienestar. Amar es lo único que nos queda ya que aún no ha nacido el sabio que venga a desmentirnos esa idea. Por lo pronto está vigente la idea del amor como acto rescatable de nuestro paso por el mundo como antídoto existencial contra la depresión.