Vínculos afectivos

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Transferencia es volver a vivir el pasado reprimido,

más exactamente, el pasado rechazado”1

Ralph R. Greenson

¿De qué se tratan los vínculos afectivos? De transferencia. En un primer momento la transferencia hace referencia a esos fantasmas con los que nos vinculamos en las relaciones interpersonales, es decir, nos dirigimos al otro como en su momento nos vinculábamos con nuestros padres. Dentro de la experiencia psicoanalítica, la transferencia también se da, como en toda relación interpersonal, con la salvedad de que dentro del consultorio esa transferencia (depositar en el otro los fantasmas de la infancia) se analizan.

En la experiencia analítica el movimiento de la transferencia implicaría un des-vincularse de una relación inicial (con padre/madre) para luego hacer un vínculo con el analista; ese vínculo es similar al vínculo inicial, muchas cosas se pondrán en juego, muchos fantasmas se harán presentes, se repetirá esa manera de amar al padre/madre. El resultado final de llevar a cabo ese vínculo con el psicoanalista nos recuerda que no se puede andar por la vida haciendo vínculos afectivos de los cuales se espera la redención,  sin embargo, sabemos que es el vínculo transferencial es necesario para establecer el principio de la cura.

Al final del análisis el paciente da cuenta de que así como es posible desapegarse del vínculo inicial con el padre/madre, que posteriormente lo re-editó en el consultorio a través de la transferencia con su analista, eso le permite dar cuenta de que los vínculos subsecuentes estarán alimentados por esa ilusión otorgada por el primer vínculo. Por lo tanto, la cura analítica implica un saber vincularse con el otro ya no más a través del fantasma ¿qué quiere decir esto? Que el vínculo se establece con el otro tal cual es.

Muchas de nuestras relaciones afectivas están predeterminados por un vínculo primario e intentamos que ese vínculo se repita, por eso constantemente estamos demandando amor a personas que no lo pueden propiciar. El análisis permite eso, dar cuenta que detrás de cada vínculo se esconde un fantasma y que es preciso atravesarlo para poder acceder al otro en lo que es y no en lo que proyectamos de nosotros mismos en él.

Si de algo cura el psicoanálisis, escribió Lacan, es la cura de la ilusión, y precisamente qué mayor ilusión que la de creer que el otro proveerá la felicidad tan preciada. El psicoanálisis como ese dispositivo que permite ver al otro no como el producto de un conglomerado de introyecciones y proyecciones. El psicoanálisis abre la puerta para poder apreciar al otro tal cual, sin los restos que inconscientemente deseamos que se encarnen en él o ella.

Los vínculos afectivos tienen mucho de esto. Mucho de los pleitos, desacuerdos, desavenencias en las relaciones de pareja tiene que ver con lo que aquí se comenta, la pareja espera que la felicidad provenga del otro, como alguna vez la felicidad provino de ese vínculo que se estableció con el padre/madre. También sucede que los reclamos dentro de la relación de pareja obedecen a conflictos no resueltos con el vínculo primario establecido con el padre/madre. ¿Qué hacer? Precisamente el psicoanálisis permite ese paso necesario para elaborar la ilusión del Edipo y poder acceder a un vínculo afectivo con mayor plenitud.

1 Greenson, Ralph. Técnica y práctica del psicoanálisis. ed. Siglo XXI, tercera reimpresión, 2014, p. 182

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Rectificación subjetiva

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que Lacan llamaba rectificación subjetiva es pasar del hecho de quejarse de los otros para quejarse de sí mismo.”

(Jacques-Alain Miller en Introducción al método psicoanalítico, p. 69)

 

¿De quién habla el paciente cuando se queja? Dentro de la experiencia analítica podríamos encontrar un primer momento en donde el paciente dirige su malestar hacia el Otro, ese Otro encarnado en su pareja, en su trabajo, autoridades, hijos, familia, etc., en donde el paciente da cuenta de que su malestar es provocado por el otro, sin darse cuenta de que él o ella ha decidido no moverse de ese lugar.

En un segundo momento, si el paciente decide continuar con su análisis, da cuenta de que esa “queja” dirigida al sujeto del aquí y el ahora, no iba dirigida a él o ella, sino más bien representaba una queja no vertida en su momento, y muchas de las veces esa queja no dicha, tiene que ver con el vínculo con sus padres, es decir, el malestar del cual el paciente se queja surge en su presente como un fantasma que aún vive y se alimenta de las vivencias de su pasado.

Un tercer momento del proceso analítico tiene que ver con la “rectificación subjetiva” es decir: “¿cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas?”1 como escribiera Lacan en su lectura del caso Dora2 analizado por S. Freud. Es decir, hacerse cargo de la propia vida. Cito a Jacques-Alain Miller: “el acto analítico consiste en implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja.3

El tercer momento en un análisis es un acontecimiento muy relevante, no se da durante las primeras sesiones, no se obtiene por arte de magia, se requiere de tiempo, dar tiempo al sujeto del inconsciente, saber qué hacer con eso que se va descubriendo a lo largo del análisis. Saber qué hacer con ese goce que nos constituye. Saber qué hacer con ese deseo que le habita. Implica un nuevo nacimiento. Un psicoanálisis es eso, nacer de nuevo, ver la vida con una nueva visión. Una paciente de S. Freud, cuando analizaban un sueño que implicaba agua, ella misma responde: “¿A caso por la cura no soy como nacida de nuevo”?4

Una paciente se queja de la “maldad” de su patrón, de la maldad de su pareja, de la maldad en la sociedad. Ya sabemos hacia dónde se está dirigiendo; hacia la propia maldad que le constituye pero que por el momento decide no ver.

Hasta que el sujeto no reconozca que su demanda tiene un origen más atrás y que no se origina en su situación actual, hasta ese momento el paciente puede comenzar a ver las cosas con mayor claridad, mientras no suceda ese acontecimiento, seguirá colgando medallitas en personas que no le corresponden; su malestar seguirá alimentándose de ese núcleo que se encuentra en su más tierna infancia. Lo demás es un eterno repetir.

La familia es lo que marca, es lo que troquela, y vamos por la vida amando, queriendo, odiando, decidiendo de esa única manera que ha quedado cincelada en nuestro inconsciente. Es por eso la importancia de resignificar el pasado, es por eso la importancia de la historia de vida dentro de un psicoanálisis. Habrá pacientes que no recuerden su pasado, quizá no es necesario que lo recuerden, ya que en el presente lo están viviendo.

El mandato del inconsciente no descansa, desde su lugar ordena las cosas, desde su lugar toma las decisiones más trascendentales y las más triviales (a través de errores, lapsus, olvidos) es decir, qué conveniente resulta olvidar algún evento, o cambiar un nombre por otro, cometer un acto fallido, etc., son y seguirán siendo manifestaciones del inconsciente.

Es por eso que si solamente en la psicoterapia se aborda el presente se deja de soslayo lo más importante. El discurso del inconsciente siempre encontrará la manera de manifestarse, de salir a la luz, ya sea a través de un síntoma, un malestar, un sueño, etc.

1 Lacan, J. Escritos 1, 1951, p. 213

2 Freud, S. Fragmento de un análisis de un caso de histeria (Dora) 1905, AE, volumen VII

3 Miller, Jacques-Alain. Introducción al método psicoanalítico. 1997. Ed paidos, p. 70.

4Freud, S. La interpretación de los sueños, segunda parte, 1900, AE, volumen V, p. 402

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El goce no tiene memoria

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

El goce: un exceso intolerable de placer,

una manifestación del cuerpo

más próxima a la tensión extrema, al dolor y al sufrimiento.

(N. Braunstein 2006 en “El goce, un concepto lacaniano”, p. 14)

 

Existe un experimento con ratones en donde el animalito al tocar una palanca obtenía placer. Eso provocó que el animalito se olvidara de otras cosas hasta morir a cambio de un monto desmesurado de placer.

Para cuestiones prácticas vamos a definir eso como “goce”, en donde el animal  procuraba el placer a costa de su deterioro que a la postre lo llevó a la muerte. Lo mismo sucede con el ser humano y su atracción hacia los vicios, llámese el alcohol, el tabaco, el exceso en la comida, el sexo desmedido, situaciones en donde el ser humano lleva al extremo la experiencia y trasciende el límite del placer, lo que lo lleva a “más allá del principio del placer” es decir, al exceso, al goce mortífero.

El goce no tiene memoria. ¿Qué significa eso? significa que muchas de las veces el ser humano está consciente del mal que se está auto produciendo al caer en conductas de riesgo, en donde lleva más allá el placer que proporciona una cerveza, la comida, el sexo, pero no se conforma con eso y quiere más, insiste, hasta caer en el hartazgo, la borrachera, la adicción a la droga, el robo para obtener sustancias, la promiscuidad sin protección que lo conduce a la enfermedad.

El goce no tiene memoria, es decir, cuántas veces no hemos escuchado al alcohólico arrepentido decir que “ya no más”, que dejará el vicio por los que más ama, o el adicto a los estupefacientes también arrepentirse y optar por enclaustrarse para sanar, o al que se da atracones decir que “es la última vez”. El goce no tiene memoria. Pronto se olvida el ridículo que se hace, se olvidan las promesas, y el sujeto vuelve a las andadas. El goce no recuerda el padecimiento sufrido y opta por ese camino del exceso, quiere más, nada le llena. Objetivo final: la autodestrucción, la aniquilación, la saciedad final, el hartazgo existencial.

¿Por qué se cometen los mismos errores? ¿por qué estamos empecinados en reiterar el mismo daño? ¿Al servicio de qué está ese intento de autodestrucción? Una obediencia ciega. El goce no recuerda. No sabe de límites. Por ejemplo, la campaña de salud en donde ponen imágenes horribles en las cajetillas de cigarro como un intento de disuadir al adicto y que sepa las consecuencias de sus actos. Al contrario, todos sabemos que “fumar mata”. ¿Qué tanto esas imágenes son un incentivo para esa pulsión de muerte que vive e insiste en cada uno de nosotros?

La experiencia analítica precisamente intenta hacer un rastreo y dar cuenta de esa pulsión de muerte que nos habita. Reconocer nuestra condición humana, saber de qué estamos hechos y, lo más importante, qué estamos dispuestos a hacer con esa verdad que se descubre.

El goce no tiene memoria. Por más que el ser humano “sepa” el mal que se está haciendo a sí mismo y a los que le rodean, no va a parar, no va a ceder hasta que haga un intento por reconciliarse con ese “monstruo” que le habita y que no va a dejar de insistir hasta ser escuchado.

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La compulsión a la repetición

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“El sujeto está unido con el objeto perdido por una nostalgia, y a través de ella se ejerce todo el esfuerzo de su búsqueda. Dicha nostalgia marca el reencuentro con el signo de una repetición imposible, precisamente porque no es el mismo objeto.” (J. Lacan, El Seminario 4: La relación de objeto. p. 15)

El descubrimiento de Freud tiene mucho que ver con la compulsión a la repetición. En su libro La interpretación de los sueños, Sigmund Freud postula lo siguiente: “Los elementos [de la infancia] se han ordenado en una nueva trama y se han transferido a otras personas”. Es un eterno repetir.

La “primera edición” de nuestra vida ya se ha escrito en los primeros años de nuestra existencia, lo demás es un eterno repetir de las primeras situaciones de nuestra infancia. “Infancia es destino”. Ya todo está escrito.

Nuestro destino ha quedado escrito en nuestros primeros años de vida. Esto cobra sentido cuando nos preguntamos de por qué cometemos los mismos errores o por qué nos relacionamos con gente “enfermiza”. Quizá el comienzo para dejar de repetir y no saber el porqué de nuestras acciones, el motivo o el elemento latente oculto detrás de nuestras conductas,  está precisamente en hablar de eso que nos constituye; no ignorarlo ni mucho menos reprimirlo, ya que como bien señala el psicoanálisis: “lo que no se habla, se actúa” y esa actuación es lo que conocemos comúnmente como el síntoma, ese malestar del cual nos quejamos constantemente.

La vida del adulto por lo tanto se entiende como ese “sustituto de la escena infantil alterado por transferencia a lo reciente” (S. Freud, Obras Completas, tomo 5, p. 540). ¿Cuál es la relevancia de esto que acá se comenta? Precisamente el punto importante es que constantemente estamos re-editando escenas de nuestra más tierna infancia en nuestro presente que comúnmente tienen que ver con situaciones no resueltas.

¿Qué tanto el alcoholismo está al servicio de una carencia en la más tierna infancia? ¿Qué tanto ese eterno pleito con los compañeros de trabajo tiene que ver con lo experimentado en la casa con los hermanos cuando se era más joven? ¿Ese constante discutir en la pareja se podrá encontrar la raíz en los primeros vínculos de amor con sus padres?

Si podemos lograr comprender el verdadero significado de nuestro malestar que está íntimamente relacionado con nuestra infancia, con lo que ha quedado enterrado (vivo) en nuestro inconsciente y es desde allí que opera y nos dicta la toma de decisiones como por ejemplo la elección de carrera, la elección de pareja, situaciones tan trascendentales en nuestra vida pero también es desde el inconsciente en donde se fragua el próximo pleito con la esposa o el marido, la discusión acalorada con el jefe en el trabajo o los errores que constantemente cometemos como lo son cambiar una palabra por otra, un olvido, un accidente, etc.

Para saber cómo está constituido nuestro inconsciente tendríamos que poner atención a los sueños y su interpretación. El sueño es un elemento que está íntimamente ligado con los recuerdos de la infancia. El sueño hace uso del material que ha quedado impregnado en nuestro inconsciente. Muchas de las veces el sueño aprovecha situaciones de la vida cotidiana para esconderse y no revelar el verdadero motivo, pero más allá de saber interpretar un sueño, lo importante es reconocer que hasta ese recuerdo del sueño, que tiene que ver con algún acontecimiento del presente, está íntimamente ligado con un acontecimiento del pasado, del allá y el entonces. Es algo de lo cual no podemos escapar.

El inconsciente se posesiona de la vida toda del ser humano. Por más que se quiera evadir, reprimir, desplazar, negar, etc., El inconsciente encontrará la manera de hacerse reconocer. Es preferible hacerse escuchar, hacer valer su derecho a manifestarse, porque de lo contrario, puede comenzar una lucha interminable a través de los mecanismos de defensa que tendrían al sujeto en una constante lucha, manteniéndolo agotado, cansado, fastidiado y muchas de las veces terminando en una depresión o cualquier otro síntoma.

El síntoma avisa cuando las cosas no andan. El síntoma es una muy buena señal de que el ser humano está agonizando, que su deseo está feneciendo. El primer paso que se sugiere dar es reconocer ese conflicto por el cual se está atravesando y en segundo lugar intentar escuchar eso que empuja y que no cesará hasta ser simbolizado, es decir, apalabrado.

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La interpretación de los sueños

 

“Los buenos son los que se conforman con soñar

 aquello que los otros, los malos, hacen realmente”

Platón

 

El inconsciente no conforme con hacernos pasar algunos momentos incómodos durante la vigilia (un lapsus lingüe, un acto fallido, un error, un olvido, un chiste, una decisión, una profesión, un matrimonio…) es insaciable, quiere más; aprovecha cuando el sujeto está dormido para también manifestarse. Durante el sueño somos títeres de nuestro inconsciente, es cierto que somos los protagonistas de nuestros propios sueños pero también es cierto que seguimos un guion predeterminado; ese guion está dictado por el inconsciente que quizá salvajemente ultraja al sujeto a su capricho y le hace experimentar alucinaciones y delirios, todo en un contexto que para el sujeto es tan real que lo deja pasmado, con sentimiento de angustia o muchas de las veces con esa sensación de incompletud, con esa sensación de que faltó algo, de que algo no se completó. Ese es el laberinto del inconsciente.

Hemos dicho hasta el cansancio que en el inconsciente se encuentra la verdad. ¿De qué verdad estamos hablando? De esa verdad que nos constituye y que tiene que ver con nuestra condición humana (Eros y pulsión de muerte) así como de deseo que habita en nuestro inconsciente.

Fue Sigmund Freud quien abordó la interpretación de los sueños de una manera diferente a la que se venía estableciendo, ya que anteriormente la interpretación de los sueños tenía que ver con premoniciones o con luchas metafísicas entre ángeles y demonios o desprendimiento del alma. Freud abordó la interpretación de los sueños y postuló el pilar en el cual se sustenta el fenómeno onírico: todo sueño es la realización de un deseo inconsciente reprimido y que está estrechamente ligado a nuestra infancia.

¿Qué podemos encontrar en una interpretación de sueños? ¿por qué es necesario interpretar los sueños? Freud comprendió que el sueño utiliza máscaras para no dejar a la intemperie el verdadero deseo, además de los mecanismos básicos de condensación y desplazamiento, en donde primero estamos soñando con un personaje y luego ya no es él o ella sino otra persona etc.

Lo que deseo señalar dentro del trabajo de la interpretación de los sueños siguiendo los postulados de Freud es que al momento de querer interpretar no hay que quedarse con el discurso manifiesto, es decir, el sueño como tal no es tan relevante ya que oculta al contenido latente y ese es el que nos interesa. Al momento de llegar al contenido latente es importante tomar en cuenta que “hay que ser mal pensados”, es decir, eso que soñamos qué tiene que ver con el deseo que nos habita, y saber que el deseo que nos habita está alimentado por nuestra condición humana, en donde el amor es un amor salvaje, bestial, y en donde el odio es un odio a muerte. Hasta esas profundidades es necesario llegar para poder reconocer de qué estamos hechos, saber cómo estamos constituidos. Por eso es necesario que un sueño sea contado a otro, en este caso a un psicoanalista, ya que uno mismo se podría quedar con el discurso manifiesto y no poder avanzar más allá.

La premisa fundamental del psicoanálisis es que somos sujetos deseantes y como tal siempre vamos a estar insatisfechos, deseando algo, carentes, constituidos por la falta. El deseo es testarudo, no tiene miramientos ni complacencias, no sabe de reglas ni de moral, va más allá de lo socialmente establecido, empuja hasta manifestarse y encuentra el lugar propicio, en este caso, en el sueño. Es por eso que durante el sueño siempre somos los protagonistas, el deseo nos pone en primerísimo lugar y todo lo que acontece a lo largo de un sueño tiene que ver con uno mismo. Es por eso que Lacan afirmaría que el Yo tiene una estructura paranoica, ya que en la fantasía creemos que todo gira alrededor de uno mismo. Y para muestra un botón: el sueño.

 

El inconsciente que nos habita

 

Una de las grandes aportaciones del psicoanálisis al estudio del ser humano es el reconocimiento de que nuestra vida está regida por nuestro inconsciente. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento de Freud en la vida cotidiana?

Muchas de las veces creemos que nuestras decisiones son tomadas tras largo tiempo de pensarlas, sopesarlas, ver opciones, puntos a favor y puntos en contra, pero lo que ha demostrado el psicoanálisis es que las decisiones las tomamos desde nuestro inconsciente, las decisiones más trascendentales tienen que ver con esa parte que escapa a la conciencia. ¿Qué tipo de decisiones? Decisiones trascendentales como el lugar en donde uno va a vivir, con quién se va a casar, el número de hijos, la profesión etc. Es la propia historia de vida la que nos empuja a tomar esas decisiones, por eso no en balde sufrimos por las decisiones que se toman, como por ejemplo la esposa que se queja del marido no alcanza a darse cuenta de que esa decisión tiene mucho que ver con su propia historia de vida, con su inconsciente; el profesionista que llega agotado a su casa por trabajar en un empleo que no le agrada, no sabe que fue su inconsciente quien lo orilló a tomar esa decisión. Creemos vivir de acuerdo a nuestra voluntad pero no sabemos que es el inconsciente quien se manifiesta en cada paso que damos.

Jacques Lacan tiene una muy precisa manera de explicar lo que acá intento comunicar: “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”. ¿Qué significa esto? Significa que muchas de nuestras preferencias, ocurrencias, síntomas, deseos, anhelos y demás, están arraigadas en las más profundas inquietudes y motivaciones de nuestra más tierna infancia, “creemos que vivimos nuestra vida pero es el cúmulo de normas, exigencias y deseos de nuestros padres hacia nosotros lo que se manifiesta”.

Es por eso que cuando somos adultos la felicidad se puede conquistar siempre y cuando las actividades que hagamos tengan alguna conexión con lo que hacíamos de pequeños. Por ejemplo Freud comenta que lo que podría acercarnos al concepto de felicidad es el cumplimiento de los deseos, ya sea de manera postergada, simbólica, sublimada, etc., pero que tuviera algún tipo de conexión con lo que de infantes encontrábamos satisfacción, por ejemplo si un niño en su infancia quería ser “luchador” muy bien podría realizar su sueño siendo luchador profesional o, desplazando su deseo, simbólicamente podrá encontrar algo de dicha al ser “luchador social”. El deseo en la infancia es lo que va a constituir la personalidad del sujeto, es por eso que de pequeños los infantes si juegan a ser papá o mamá y prodigan cariño y cuidado, muy probablemente se esté gestando una estructura que les permitirá algún día poder ejercer la paternidad con menos conflictos.

Por lo tanto, si una persona joven o adulta está teniendo conflicto con su vida, tendría que recordar qué era lo que le hacía feliz en su infancia y ver la manera de cumplir en lo real o en lo simbólico esos deseos del pasado, recordar los lugares en donde se sentía contento, seguro, recordar qué era lo que le apasionaba y en la medida de lo posible intentar hacer una conexión que ligue su pasado con su presente.

Somos hablados por el discurso de nuestra familia. El deseo de nuestra familia nos habita. La propuesta del psicoanálisis es poder reconciliarse con esa parte que nos habita, saber que los momentos más satisfactorios en nuestra vida tienen que ver con ese encuentro de nuestro deseo arraigado en la más tierna infancia y empujará hasta conseguirlo con o sin nuestra colaboración. Infancia es destino.

La educación en la infancia

“La gente no se da muy bien cuenta de lo que pretende hacer cuando educa.” J. Lacan

 

            ¿Cómo educar a nuestros hijos? ¿Cuál será la mejor manera? ¿Cómo hacer o qué hacer para evitar esos traumas lastimosos y esos complejos que en la edad adulta surgen pero que tienen el germen en la más tierna infancia? Cuentan que al terminar una de sus conferencias Sigmund Freud, se le acerca una madre de familia muy angustiada y le hace estas preguntas o alguna que otra parecida: “¿qué tengo que hacer para educar bien a mis hijos?” palabras más, palabras menos, a lo que Freud contestó: “haga lo que haga, va a estar mal”.

¿Es una proeza perdida de antemano? ¿Tendríamos que desobligarnos de nuestra responsabilidad como padre y madre dentro de la familia? No, la idea central de la respuesta de Freud no va encaminada hacia la desesperanza, al contrario, la respuesta de Freud va dirigida a amainar la angustia de la madre, angustia que precisamente se despierta al momento de re-encontrarnos con nuestra propia infancia a través de nuestros hijos.

Muchas de las veces cuando no se ha resuelto alguna situación que se trae arrastrando desde la más tierna infancia, llega el momento de convertirnos en padre o madre de familia y es cuando esa infancia que se ha reprimido comienza a causar estragos; nuestros propios hijos nos despiertan aquellos demonios, fantasmas, complejos, frustraciones, traumas que creíamos ya habían quedado atrás pero no, aún siguen existiendo y desde allí es que operan y guían nuestro proceder.

Sigmund Freud dejó escrito en su texto “El porvenir de una ilusión” lo siguiente: “Acerca de los niños, sabemos que no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis, ora más nítida, ora menos”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que el ser humano para poder acceder a la cultura y a la civilización, es necesario haber pasado por un proceso de socialización en donde se deja de ser una criatura que se rige por las necesidades y se aprende a postergar los deseos.

Es necesario que en el núcleo familiar se lleve a cabo el proceso de “castración simbólica” entendiendo la castración simbólica como ese proceso necesario en donde el ser humano comienza a tener el encuentro con el otro, aprende a postergar, aprende la tolerancia a la frustración.

¿Qué pasa si no ocurre esto que hemos denominado la “castración simbólica”? es cuando el infante no ha aprendido el respeto de las reglas de convivencia, cuando agrede a sus compañeros, cuando los berrinches son pronunciados, cuando trasgrede los límites establecidos y hace daño a personas, animales o cosas. Por lo tanto, postulará Freud, es necesario un monto de represión para poder convivir en sociedad.

¿Qué pasa con ese proceso de educación por el cual todos pasamos? Freud más adelante en el mismo texto señala: “La mayoría de estas neurosis de la infancia se superan espontáneamente en el curso del crecimiento; en particular, las neurosis obsesivas de la niñez tienen ese destino. En cuanto a las restantes, el tratamiento psicoanalítico deberá desarraigarlas en una época posterior.” Es decir, no hay mal que no cure el psicoanálisis, por decirlo jocosamente, claro que lo que está en juego es muy importante y los hechos cada día nos demuestran lo trascendente que es el amor y los límites en la infancia.

Es de suma importancia lo que podamos hacer en la educación de nuestros hijos, y si por alguna extraña razón perduran los conflictos, traumas y sensación existencial de no poder vivir de acuerdo al deseo que nos habita, para eso está el psicoanálisis, para hacer un intento de “revertir ese condicionamiento” que en la infancia fue necesario pero que en la edad adulta merece ser replanteado a la luz no ya del deseo de los padres, sino a la luz del propio deseo que nos habita.

El psicoanálisis hoy en día es vigente por la simple y sencilla razón de que el ser humano necesita ese lugar de encuentro consigo mismo, escuchar su palabra y saber qué es lo que le constituye, saber cuál es su historia de vida y aprender a reconciliarse con eso.