El inconsciente que nos habita

 

Una de las grandes aportaciones del psicoanálisis al estudio del ser humano es el reconocimiento de que nuestra vida está regida por nuestro inconsciente. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento de Freud en la vida cotidiana?

Muchas de las veces creemos que nuestras decisiones son tomadas tras largo tiempo de pensarlas, sopesarlas, ver opciones, puntos a favor y puntos en contra, pero lo que ha demostrado el psicoanálisis es que las decisiones las tomamos desde nuestro inconsciente, las decisiones más trascendentales tienen que ver con esa parte que escapa a la conciencia. ¿Qué tipo de decisiones? Decisiones trascendentales como el lugar en donde uno va a vivir, con quién se va a casar, el número de hijos, la profesión etc. Es la propia historia de vida la que nos empuja a tomar esas decisiones, por eso no en balde sufrimos por las decisiones que se toman, como por ejemplo la esposa que se queja del marido no alcanza a darse cuenta de que esa decisión tiene mucho que ver con su propia historia de vida, con su inconsciente; el profesionista que llega agotado a su casa por trabajar en un empleo que no le agrada, no sabe que fue su inconsciente quien lo orilló a tomar esa decisión. Creemos vivir de acuerdo a nuestra voluntad pero no sabemos que es el inconsciente quien se manifiesta en cada paso que damos.

Jacques Lacan tiene una muy precisa manera de explicar lo que acá intento comunicar: “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”. ¿Qué significa esto? Significa que muchas de nuestras preferencias, ocurrencias, síntomas, deseos, anhelos y demás, están arraigadas en las más profundas inquietudes y motivaciones de nuestra más tierna infancia, “creemos que vivimos nuestra vida pero es el cúmulo de normas, exigencias y deseos de nuestros padres hacia nosotros lo que se manifiesta”.

Es por eso que cuando somos adultos la felicidad se puede conquistar siempre y cuando las actividades que hagamos tengan alguna conexión con lo que hacíamos de pequeños. Por ejemplo Freud comenta que lo que podría acercarnos al concepto de felicidad es el cumplimiento de los deseos, ya sea de manera postergada, simbólica, sublimada, etc., pero que tuviera algún tipo de conexión con lo que de infantes encontrábamos satisfacción, por ejemplo si un niño en su infancia quería ser “luchador” muy bien podría realizar su sueño siendo luchador profesional o, desplazando su deseo, simbólicamente podrá encontrar algo de dicha al ser “luchador social”. El deseo en la infancia es lo que va a constituir la personalidad del sujeto, es por eso que de pequeños los infantes si juegan a ser papá o mamá y prodigan cariño y cuidado, muy probablemente se esté gestando una estructura que les permitirá algún día poder ejercer la paternidad con menos conflictos.

Por lo tanto, si una persona joven o adulta está teniendo conflicto con su vida, tendría que recordar qué era lo que le hacía feliz en su infancia y ver la manera de cumplir en lo real o en lo simbólico esos deseos del pasado, recordar los lugares en donde se sentía contento, seguro, recordar qué era lo que le apasionaba y en la medida de lo posible intentar hacer una conexión que ligue su pasado con su presente.

Somos hablados por el discurso de nuestra familia. El deseo de nuestra familia nos habita. La propuesta del psicoanálisis es poder reconciliarse con esa parte que nos habita, saber que los momentos más satisfactorios en nuestra vida tienen que ver con ese encuentro de nuestro deseo arraigado en la más tierna infancia y empujará hasta conseguirlo con o sin nuestra colaboración. Infancia es destino.

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El laberinto del deseo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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Le escucho

Le escucho

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“Cuando descubre que el Otro miente, que el Otro no existe,
el sujeto adviene al encuentro con su deseo.”
(Isidoro Vegh)

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¿De qué estamos hechos? Estamos hechos de la misma naturaleza del mundo, de la naturaleza somos y a la naturaleza vamos, nuestro destino es la entropía, “polvo somos y en polvo nos convertiremos” resuena constantemente en nuestro pre-consciente cada mes de abril. El narcisismo de la especie humana ha sabido contener esos tres golpes asestados por Copérnico, Darwin y Freud: no somos el centro del universo, no somos una especie única y no somos conscientes de nuestros actos. El ser humano como un sujeto errante por el mundo buscando darle sentido a su existencia.

La cuestión de lo humano ha intentado ser interpretada desde la filosofía, el psicoanálisis, la biología, la sociología y hasta la poesía.

Para poder entender la cuestión de qué es el ser humano, primero tendremos que responder a la pregunta ¿quién es ese “Otro” que está a mi lado? ¿quién es ese “Otro” que está frente a mi? Y es a partir de allí y sólo entonces que podemos descifrar ese acertijo de lo que es el humano. El ser humano surge a través de la respuesta que demos a la interrogante ¿quién es ese “Otro”?

El Otro es el que inevitablemente viene a dar la estructura al Sujeto. El Otro es el que estructura; la madre en su momento, luego la Familia, luego la Institución Educativa, la Iglesia, la sociedad misma, el matrimonio y la muerte. Siempre vamos a tener a ese “Otro” representado en esas instituciones que darán forma y estructura al sujeto.

En un principio existe el binomio “Madre-Padre” que da estructura al sujeto; luego eso se desplaza en las instituciones que ya se señalaron. Si no estuviera el “Gran-Otro” ¿qué seríamos? Sin la mirada deseante del Otro simplemente seríamos objetos, cosas, cuerpos. El deseo del otro es el que encarna al sujeto, el deseo del Otro abre la posibilidad de que el niño pueda convertirse en algo, encarne la expectativa del Padre-Madre; si no hubiera Otro nos desestructuraríamos. Un ejemplo concreto: ¿qué sucede cuando no existe la mirada del Otro, cuando estamos solos en nuestro hogar y no está la mirada del Otro, la palabra, la presencia de ese Otro que nos estructura? El niño se atreve a soltar improperios, se convierte en una pequeña bestia salvaje que pide a gritos reglas y normas, alguien que lo estructure, que le diga qué hacer, que le diga cómo debe comportarse, alguien que lo ame. El adolescente ante la misma situación de soledad, ante la ausencia de ese “Otro” aprovecha para practicar el goce, piensa en hacerse daño, en sentir algo, experimentar placer ya sea cortando su cuerpo, ya sea explorándolo, el adolescente sin el Otro se topa con el vacío, con la nada, con la ausencia, avasallado por la angustia se refugia en lo que cree encontrará satisfacción momentánea. Llega el Otro y el sujeto vuelve a la estructura: el niño se pone a jugar sin maldecir, se re-conoce ante la mirada del Otro; el adolescente regresa a sus menesteres del estudio, prende el estéreo y apacigua sus deseos más primitivos y con una sonrisa complaciente se sabe estructurado por la mirada del Otro.

Tenemos pues que lo que da estructura, lo que hace ser humano al sujeto es el Otro, la mirada del Otro, la presencia del Otro y todo lo que eso conlleva. El “Gran-Hermano” que todo lo ve, que todo lo sabe, omnisciente, omnisapiente, el “Panóptico” siempre presente por los siglos de los siglos, desde que el hombre es hombre, desde que la especie humana construyó eso llamado consciencia (consciencia: “sea lo que fuere” dijo Freud).

El Sujeto se va a estructurar precisamente ante la mirada de la madre y del padre, es decir, ante la mirada amorosa de la madre y la mirada que castra del padre. La madre que ama y el padre que rompe, que castra, que impone su ley, que obliga al infante a buscar su propio “falo”, a desear más allá de la madre. Y a partir de eso el Sujeto se estructura.

Tenemos pues el primer axioma: el Ser humano se estructura a partir del deseo de sus padres. El sujeto surge a partir del deseo, de la catectización, de la mirada, de la Ley, de la expectativa que los padres depositan en sus hijos, en muchos de los casos la ecuación resulta favorable, si no, ya no tendríamos civilización. El punto toral de la presente argumentación es que el ser humano “es” a partir del deseo del Otro.

¿Qué pasa cuando el ser humano se cuestiona, se queja de eso que no sabe, cuando la existencia le resulta insoportable, cuando la piel que le heredaron sus padres le ha quedado insuficiente? Muchas de las veces el ser humano se topa con que hay algo en lo profundo de su ser que lo impulsa a cuestionar si en verdad está viviendo la vida que desea vivir, si está viviendo la vida de acuerdo a su deseo. Cuando se da cuenta de que no está siendo él sino una proyección, un síntoma de sus padres, (la encarnación de los sueños frustrados de sus padres, el “goce” negado en la vida de sus padres), comienza a elaborar esos síntomas molestos, ese malestar cotidiano, esa angustia, esa queja, esa demanda y es cuando acude al consultorio, cuando ya la vida no da para más, cuando sabe que por más “fuerza de voluntad” que tenga no puede salir adelante, que hay “algo” que lo detiene, que lo inmoviliza; y por lo regular ese “algo” no se sabe, ese “algo” pertenece a otro orden, al orden de lo inconsciente.

¿Eso quiere decir que viviremos siempre repitiendo el deseo de nuestros padres? ¿Seguiremos siendo una representación cómica del “ideal del Yo”? Desde el punto de vista del psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica existe la posibilidad de un segundo momento, de re-estructurar la personalidad, de re-significar eso que constituyó al sujeto.

Cuando el ser humano se da cuenta de que “esa piel” ya no le queda, ya no le acomoda, que su deseo es otro, que la vida que ha estado viviendo ya no le satisface, llega el momento en que el sujeto se interroga,  sospecha de que cuenta con otros intereses, con otro deseo, ya no el de sus padres sino su propio deseo. Es cuando la psicoterapia propone esa transición. La psicoterapia como el proceso en donde el sujeto re-nace y se re-significa su estructura y su historia de vida.

El sujeto se estructura ante la mirada siempre del Otro. Lo mismo sucede en un proceso de psicoterapia, el Sujeto se va a estructurar ante la mirada de su psicoterapeuta. ¿Pero cuál entonces sería la diferencia? ¿Siempre va a existir el Otro que impone su deseo? La diferencia es que en la psicoterapia el sujeto se estructura frente a otro que lo escucha, ya no más frente al deseo de su madre y la mirada inquisidora de su padre, ahora se estructura bajo su propio deseo y bajo la escucha del psicoterapeuta.

La estructura de personalidad se moldea bajo la mirada de los padres, bajo el deseo de los padres. Lo que sucede en el consultorio psicoterapéutico es algo similar: vuelve a haber una “estructuración” (re-estructuración) de la personalidad con la salvedad de que ahora ya no es bajo el deseo del padre (mucho menos bajo el deseo del analista) sino ahora esa estructura de personalidad se crea a partir del deseo del propio paciente; y ya no bajo la mirada que tenía que civilizar o educar, sino ahora a través del propio discurso del paciente y la escucha atenta del analista.

La psicoterapia como ese necesario cambio de piel; algunos lo hacen poniendo piel sobre piel (tatuajes) otros intentando matar a ese otro introyectado, la desventaja es que en ese intento se llevan como consecuencia su vida misma (suicidio), otros cambian de piel sometiéndose al discurso de Otro Amo. En la psicoterapia no se trata de eso: de lo que se trata es ese volver a nacer, ese cambio de piel signado por su propio deseo ante la presencia del otro (el otro siempre presente, siempre estructurando) pero ese otro no está allí para juzgar, ese otro (psicoterapeuta) no está para decir “eso está bien, eso está mal”, al contrario, es en esa escucha en donde el sujeto encuentra su deseo inconsciente y lo que le toca es saber qué hacer con esa verdad esclarecida.

El paciente acude a la psicoterapia porque sabe que falla algo, porque la manera que ha venido solucionando sus problemas ya no le resulta, porque la angustia lo avasalla, porque ya no puede más con la culpa o con ese deseo que lo atormenta o ese goce que lo inmoviliza, acude a psicoterapia por ese conflicto inconsciente que se manifiesta a través de un síntoma que paraliza, que inmoviliza, que angustia. Y es en ese encuentro con su psicoterapeuta en donde empieza a andar algo, algo de lo que sospechaba o de lo que no tenía ni la más remota idea; se comienza a gestar una existencia que el paciente o la paciente está decidiendo. El proceso es doloroso, implica quitarse la piel con la que se ha vivido, implica muchas de las veces cuestionar lo que hasta ese momento ha creído, implica cuestionar, dudar, poner en el crisol la ideología que daba hasta ese momento sentido a su existencia. Pero al final se obtiene la gratificación, el resultado de haber construido la vida que desea vivir a partir de su propia decisión, no a partir del deseo de sus padres, del “Gran-Otro” o de su psicoterapeuta. El fin del análisis implica un sujeto nuevo, un re-nacer, una existencia experimentada de acuerdo a su propio deseo; parafraseando a Jacques Lacan: “El deseo, función central de toda la experiencia humana”.

No todo está perdido, hay una apuesta a otra cosa, hay una apuesta a “desmitificar” lo establecido, hay algo más allá de la mera ilusión. En el consultorio se lleva a cabo la enseñanza de Sigmund Freud: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra de haberlos formado a nuestra imagen y semejanza”

Vivir la vida que uno desea es posible, solo basta escucharse con atención, con auto-observación, con honestidad, sinceridad, llegar hasta donde tope, hasta lo insospechado. Esclarecer lo turbio, traducir el mensaje acotado por el síntoma. Conocerse, aceptarse, poder cambiar lo que es posible cambiar y saber vivir con la condición humana que nos caracteriza. La cura por la palabra; no la palabra del “Otro”, sino la propia palabra, el propio inconsciente. Vivir la vida con menos sufrimiento, consciente de nuestras limitaciones pero también consciente de nuestro deseo. “La acción eficaz del análisis consiste en que el sujeto llegue a reconocer y a nombrar su deseo” (Jacques Lacan)

En el inconsciente está la verdad y dicha verdad quizá nos hará vivir nuestro paso por este mundo con un tanto cuanto de libertad. Viviendo con lo estrictamente personal, con lo que a uno le toca, sin la necesidad de estar cargando asuntos, pleitos, culpas que no nos pertenecen. Vivir de cara a la verdad, a nuestra verdad tejida por nuestra historia de vida, es un proceso doloroso, quizá también implica un proceso que lleve tiempo, pero sino se vive la vida que se desea vivir, entonces ¿vale la pena seguir viviendo una existencia prestada?

*Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa, Psicólogo y Psicoterapeuta. Miembro de APPCAC y de SMP. Consulta en Monclova, Coah. Mx. psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

La educación en el hogar: un acercamiento desde la posmodernidad

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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 “Papás, maestros, seamos duros, seamos estrictos, seamos disciplinados con nuestros hijos, ahí empieza todo, ahí está la semilla que necesitamos”.
 Melchor Sánchez De la Fuente, Alcalde de Monclova, Coahuila, (en nota del periódico Zócalo).
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Educar es una tarea imposible, ya nos lo advertía Sigmund Freud. Y más ahora; educar en tiempos de la posmodernidad se ha convertido en una misión imposible, en un deporte extremo, en una lucha eterna, sin límite de tiempo, pactada a infinitas caídas. Eso es lo malo, se ha visto la Educación en el hogar como una lucha entre padres contra hijos. ¿En qué momento las criaturas todas bellas, todas lindas se convirtieron en el hazme reír de los padres inexpertos, hedonistas, superfluos, banales y demás? Educar en el hogar es un caos, muchos padres desisten y le encargan a la nana esa tarea, educar a los pequeños, o ya de perdido que la televisión sirva para algo y los ponen frente a la tele para poder hacer la vida más llevadera.

La autoridad en el hogar se ha visto demasiada relajada, antes con una sola mirada hacíamos caso a nuestros padres, ahora, hasta el Alcalde de Monclova llama a la ciudadanía a ser “mas estrictos con sus hijos” que un buen ciudadano se forja en casa.

Recientemente en Monclova un padre de familia torturó a su hija quemándole una rodilla con un cigarro. ¿Hasta dónde está permitida la disciplina, el castigo, las reglas? ¿Quién impone el parámetro de lo permitido? Recuerdo que en los años ochentas los psicólogos afirmaban que no se les debería pegar a los niños porque si no les causaban traumas. Es cierto que nuestros padres crecieron bajo una rigurosa y muy estricta disciplina en el hogar, eran comunes los golpes con una vara o con un cinto, lo mismo sucedía en la Escuela, los profesores contaban con el aval de los padres de familia para utilizar cáscaras de nuez e hincar a los chamacos que fueran causantes de algún disturbio, ponerles orejas de burro o golpes en las palmas de las manos. Ahora es diferente, los alumnos se escudan en los “derechos del infante” y los padres se niegan a ejercer su autoridad para no recordar los traumas de su infancia.

¿Cómo educar a los niños-hijos de la posmodernidad? Las nalgadas son válidas, claro, dentro del límite de tolerancia, estamos hablando de pequeños que aún no logran percibir la gravedad de sus actos, como haberle pegado a su hermano menor, por ejemplo; pero no es recomendable andar dándole nalgadas a los peques, es un recurso que se debe utilizar en contadas excepciones, cuando la conducta del infante ha sobrepasado los límites de lo tolerable. Las nalgadas se utilizan en un periodo de la infancia que ronda entre los dos o tres años hasta los cuatro o quizá cinco años, ya después el infante crece y sabe la diferencia entre el bien y el mal, para esto hay que hacer uso de la disciplina sustentada en consecuencias, es decir, educar al infante en base a las consecuencias de sus actos: “si haces esto, la consecuencia de tu acto es que no podrás ver la televisión” o “si haces esto otro la consecuencia de tu conducta es que podrás salir a jugar con tus compañeritos” y así el hijo podrá discernir las conductas en base a su consecuencia, sabrá diferenciar lo que le causa placer de lo que le causa aversión.

Educar en el hogar se ha convertido en una tarea apoteósica, las mujeres son las heroínas de la posmodernidad, el relajamiento en la educación en el hogar lo estamos viendo reflejado en la sociedad. El niño que no supo distinguir entre conductas socialmente aceptadas de las conductas que no lo son, tiene un futuro incierto, un futuro sin una estructura psíquica que le diga qué está bien y qué está mal. De hecho deberíamos reformular el DSM-V, eliminar todas esas psicopatologías y catalogar a los seres humanos simplemente en dos vertientes: los que hacen daño al prójimo y los que no. Los que hacen daño al prójimo son más parecidos a unas bestias, precisamente de eso se trata la educación, de civilizar a la bestia, entonces ante la pregunta ¿por qué hizo eso el adulto que torturó a la niña con un cigarro? fue precisamente por eso, por que ese señor no estuvo bien socializado, se quedó en una etapa infra-humana, es una bestia y como tal debemos de esperar esas conductas. Todos en un momento fuimos bestias pero la educación se encargó de socializarnos, hubo quien se quedó en el camino y por eso actúa como tal, como bestia; hubo otros en los que si funcionó esa educación e intentamos razonar sobre nuestros actos. Menuda tarea la que tienen los padres que recién se estrenan como figuras de autoridad en plena era de la posmodernidad. Los compadezco señores. Los compadezco.

@CarlosLector

La familia: presente, pasado y futuro

Escrito por: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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“En México hay 25% de hogares uniparentales por múltiples razones”.
Katia D´ Artigues

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Hablar de familia hace cincuenta o sesenta años era hablar de una familia numerosa. Dentro de un mismo hogar cohabitaban, créalo o no, exageradamente muchos entes. Recuerdo haber escuchado a algunos familiares que insisten en que las familias de antaño (época de Porfirio Díaz) eran constituidas por diez, doce o catorce miembros, algo común en aquellos ayeres.

La idea de “familia” ha sufrido una terrible metamorfosis, la familia del siglo XX no tiene nada que ver con lo que hoy conocemos bajo el rubro de “familia”. Mi abuela materna creo que tuvo como diez hijos. Tener pocos hijos era socialmente mal visto, era un estigma, un oprobio contra las buenas costumbres. Las familias eran profusas, nutridas, pródigas, copiosas y exuberantes.  Las señoras se dedicaban a cuidar a la prole (en el correcto sentido de la palabra, sin ofender). Era común en aquellos tiempos ver que el padre de familia salía a trabajar, el hombre era el único capaz de ir a cazar al animal o ir a la oficina, ir a la mina u otros menesteres del allá y el entonces a ganarse el pan con el sudor de su frente. El macho de antaño tenía sus quereres con sus amantes, en cambio la señora no podía hacer nada, era incapaz de reprocharle sus defectos, tenía miedo de quedar en la orfandad, le habían educado para servir a su hombre. La mujer tenía que aguantar las fechorías de su esposo ya que el curita del pueblo le había dicho que el matrimonio era “hasta que la muerte los separe” y “es la cruz que te tocó cargar”, además en aquel tiempo sería señalada por ser madre soltera o mujer separada. Imposible pensar que pudiera llegar a ser una “Mujer desesperada”.

Con el paso del tiempo y con el devenir de cualquier Sociedad y Civilización que se precie de serlo, los miembros que integran la especie “homo sapiens” han venido evolucionando y con ello también los usos y costumbres de las personas que integramos dicho conglomerado. Ahora las mujeres optan por tener máximo tres hijos, cuatro es una multitud, dos sería la perfección, niño y niña de preferencia, la parejita, o en su defecto solo tener un hijo y entregarle todo el amor de que son capaces.

La pareja posmoderna ha cambiado eso de tener exageradamente hijos y optan por unos cuantos, argumentan que es para darles calidad, y por eso desde que nacen, a los tres meses de nacidos, van y los entregan a la guardería, porque saben que es allí en donde se les educará para ser ciudadanos de bien. Los adultos trabajan y trabajan todo el santo día para que no les falte nada a sus hijos; “ese es el verdadero amors” dicen para sus adentros.  A las seis de la tarde los recogen; si aún son bebés al llegar al hogar los duermen, o si son más grandecitos pues los meten a clases de cualquier cosa, papiroflexia, defensa personal, esgrima, ballet, clases de cocina, taquimecanografía, reparación de bicicletas… etc. Cualquier deporte es bueno, con tal de que se forme íntegramente, y claro, mientras el chamaco que tanto aman está en esas clases de matemáticas avanzadas, rugby o lo que sea, la señora aprovecha para estar con sus amigas y discutir la agenda de la vida cotidiana, echar el chal o actualizarse en los chismes de la farándula o cuando menos saber los pormenores de la vida ajena.

Llega la noche y el hombre llega a su hogar cansado, fastidiado de su trabajo que no eligió, prende el televisor en un intento de escape, sus ojos están atentos a lo que pasa en la pantalla pero su mente fantasea una vida paralela que siempre soñó.

Esta es la familia que tenemos. La familia posmoderna está engendrando los hijos que en un futuro dirigirán la Sociedad en la que sobrevivimos.

@CarlosLector

Infancia es Destino

 
 
En uno de cada tres hogares Existe maltrato
CNDH

 

Lo hijos son el sentido de la vida, los hijos son dadores de felicidad, si le preguntas a una señora cuál ha sido el día más feliz de su vida te dirá sin pensarlo que cuando dio a luz a su primogénito, cuando lo vio en sus brazos.

Los recuerdos más bonitos de la infancia se remontarán al momento de la primer sonrisa, o cómo olvidar el reflejo de prensión, o cuando aprendió a gatear, cuando aprendió a aplaudir, cuando dio sus primeros pasos, o cuando comenzó a decir “papá” o “mamá”.

¿En qué momento se perdió la magia? ¿en qué momento se esfumó el encanto? ¿en qué momento dejaron de ser aliado para convertirse en enemigos? ¿cuándo se rompió esa simbiosis? ¿cuándo el papá o la mamá deciden socializar a la bestia? ¿en qué momento optan los papás reprimir el “Ello” de su hijo para que surja el “Yo” y dejarle el terreno preparado para la instauración del “Superyó”? o en otras palabras ¿en qué momento se cortan las alas del infante y lo convierten en un engranaje más de la sociedad?

Según las estadísticas ocho de cada diez niños sufren maltrato infantil ya sea psicológico físico o sexual.

La sociedad en su intento por reparar los daños cometidos a sus ciudadanos más vulnerables les ha inventado unos días de festejo, es así que tenemos el día del niño, el día de la madre, el día de la mujer, el día del abuelo por mencionar solo algunos.

¿Qué hay detrás de esos festejos? En psicoanálisis conocemos un término que se denomina “reparación”, en donde el sujeto que ha dañado al otro (llámese pareja, hijo, madre etc.) intenta “reparar” o “resarcir” el daño, es decir el motor que guía la conducta altruista es el sentimiento de culpa.

Tenemos pues la culpa como el motor que guía la conducta humana, para entender un poco mejor lo aquí esbozado pondré un ejemplo: llega el señor  -que por lo regular es muy parco en sus expresiones- con un ramo de rosas, así nomás porque sí, abraza y llena de besos a su esposa (cuando antes ni la volteaba a ver).

¿Qué hay detrás de un regalo? Un sentimiento de culpa, las mujeres muy entendidas en el asunto ya lo han sospechado, cuando el marido llega con un presente (rosas, chocolates, dinero…) lo primero que la mujer piensa es: “! ¿Y este que trae?!”  “¿y ahora que mosco le picó?”

Se acerca el día del niño, los papás preparan los regalos, los juguetes, lo sacan a pasear para compensarle los golpes, las vejaciones, al “Rey del Hogar”, o también podemos comprobar lo aquí escrito yendo un domingo a cualquier parque; allí se ven los papás todos desvelados, por haber llegado en estado inconveniente al hogar a las cinco de la mañana, pero eso sí, al hijo hay que cumplirle.

Es inevitable la doble moral de la sociedad en turno, es el eterno ensayo reiterado, es la “compulsión a la repetición”, la puesta en escena de la obra magistral “El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr Hyde”. ¿Se puede hacer algo? la respuesta es muy ambigua, cada quien puede hacer bien su trabajo como padre de familia, educarlos bajo la pedagogía del amor, si todos hiciéramos lo que nos incumbe otra sociedad tendríamos, pero ¿qué es lo que tenemos?

El resquebrajamiento que estamos viviendo en la actualidad tiene su génesis allí, precisamente en la familia. Lo que estamos viviendo (narcotráfico, violaciones, pederastas, secuestros) todos son perpetrados por miembros  que alguna ves compartieron el espacio y el tiempo con algo denominado familia. La familia como núcleo de la sociedad. Es ahí en el Hogar, ese lugar sacrosanto en donde se dan los mejores festejos, en donde se reúne toda la familia extensa a festejar las mejores reuniones, los más exquisitos aquelarres en honor al niño, al abuelo, a la madre, a la mujer… es en la familia en donde se engendra tanto el remedio como el veneno, el paliativo o el ántrax y el cianuro, lo que pudre o lo que alivia a la Sociedad…

psicologocarlosmoreno@gmail.com

http://www.facebook.com/psicologocarlosmoreno

@CarlosMorenoMx

Psicología del divorcio

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“Uno debería estar siempre enamorado,
por eso jamás deberíamos casarnos”.
Oscar Wilde 

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(El presenta artículo es de valioso interés para las personas que dentro de poco quieran casarse, o para los recién casados, o para los matrimonios que han perdido la brújula o para los solteros que no saben si casarse o no casarse).

¿Por qué se divorcian los que se divorcian? O tendríamos que sugerir más bien la siguiente pregunta: ¿por qué se sigue casando la gente?  a pesar de lo que vemos en los matrimonios tanto de famosos como de gente mortal, no aprendemos la lección, queremos experimentar de todo aunque eso nos haga daño, qué diría Albert Bandura y su hipótesis sobre el Aprendizaje Vicario (aprendizaje por imitación) y hablo del matrimonio tanto civil como religioso, algo pasa en ese contrato, todos sabemos de muchos casos en donde la pareja vivía en unión libre por muchos años y eran una pareja feliz, pero deciden casarse y ¡oh sorpresa! después de la luna de miel saben que algo no anda funcionando y piensan en la opción del divorcio. Esto nos lleva a la pregunta inicial: ¿por qué se divorcia los que se divorcian?

Una respuesta a bote-pronto la encuentro en la sabiduría humorística de Groucho Marx: “El Matrimonio es la principal causa de Divorcio”.

Existen razones de peso por las cuales una pareja decide terminar el compromiso matrimonial: el dinero, la infidelidad, la  “incompatibilidad de caracteres” o “la quiero mucho pero no puedo vivir con ella”.

Abordemos la cuestión del divorcio desde una perspectiva poco estudiada, una idea que me parece muy interesante proviene directamente de la Metafísica, esta hipótesis nos indica que “El demonio habita en una parte del techo del Hogar”, me explico: un hombre y una mujer, se conocen, inician el flirteo, el coqueteo, él se le declara, son novios; allí los vemos, la pareja ideal, acurrucados, él siendo todo para ella y ella siendo todo para él, comprenden muy bien a Einstein y Lacan sobre sus postulados a cerca del tiempo y su esencia relativa. Los amorosos callan, como dijera Jaime Sabines.

Pero… ¿qué es lo que pasa? él le propone matrimonio, ella acepta y allí es cuando surge el origen del Malestar en la Cultura, llegan a la Iglesia o al Registro Civil, cada quien dice su reparto, cumplen con el rito amatorio, se van de Luna de Miel, pero cuando regresan… llegan a casa y ¡oh desdicha! comienzan los roces, los disgustos, las desilusiones, el sujeto idealizado se ha convertido en un ser de carne y hueso, con sus defectos, con sus manías, sus vicios y demás; y se preguntan ¿pero por qué, si todo iba bien? ¿en qué fallamos? es pues aquí en donde entra la hipótesis metafísica de la que les hablo, el Diablo habita en el techo de la casa, “los problemas comenzaron cuando comenzamos a vivir bajo el mismo  techo”…

Y es que los nuevos matrimonios no se han enterado de ciertas cosas:

Los nuevos matrimonios fueron educados bajo la premisa de los psicólogos que mal-aconsejaban: “Los problemas se solucionan con comunicación” ¡oh error garrafal! De hecho la comunicación es la que ha dado al traste con gran parte de los matrimonios de nuestra época, para ejemplificar, trascribo unas líneas del célebre psicoterapeuta Paul Watzlawick, erudito en el tema de la Comunicación Humana:

«¿Ha llegado?» El marido, a pesar de no tener la menor idea de qué se trataba, contestó: «Sí.» Ella siguió inquiriendo: «¿Y dónde lo has metido?» Él respondió: «Con los otros.» Por primera vez en su vida matrimonial pudo trabajar horas enteras sin ser molestado.

Sabemos que las dificultades en la relación de pareja son por la comunicación, y aquí está la estadística que nunca falla: “el 90% de las discusiones se origina no por lo que se dice si no por el cómo se dice”. Alfred Adler decía que el ser humano pasa la mayor parte de su vida intentando convencer al otro de que él y nadie más qué él tiene la razón.

Un dato muy importante para que el matrimonio funcione es el concepto de “obediencia” y su contrario la “desobediencia”. La cosa en sí es muy clara: si un miembro de la familia sugiere hacer o no hacer algo, el miembro complementario tiene, debe o hará el intento por seguir las instrucciones, como por ejemplo: tener el celular siempre prendido, no chatear, no salirse con sus amigos o amigas, dejar la ropa sucia en la lavandería, tirar la basura, cosas tan insignificantes que si se procurara obedecer la petición del cónyuge, del ser amado, el matrimonio tendría otros derroteros, pero ¿qué es lo que vemos? pareciera que se vive una eterna competencia; no hacen equipo, andan malhumorados, casi ni se hablan. No ha quedado gran cosa de aquel amor que se profesaban, lo que antes los unía ahora se ha esfumado, y llegan al extremo de transformar el amor en odio, “durmiendo con el enemigo”, todo por no saber negociar o simplemente llamémoslo por no obedecer. Recordemos que la desgracia humana comenzó con eso, con la desobediencia de un Adán y una Eva.

Una manera de sobrevivir al matrimonio y a la familia posmoderna es verlo como lo que es: un “Deporte extremo” con todo lo que conlleva, no puedes distraerte ni un instante porque ya los hijos se están golpeando, o por un error al pronunciar un adjetivo y tu mujer cree que estás insinuando algo, o te pones guapa y ya tu marido cree que andas coqueteando con otro, es por eso que vivir en una familia posmoderna se ha convertido en un deporte extremo, no hay tregua, no hay descanso; desde las seis de la mañana hasta las once, doce o una de la madrugada del otro día; pero no hay que perder de vista la parte buena del deporte extremo: hace que te sientas vivo, lo disfrutas y al día siguiente quieres más. Así es la familia, al final del día los ves allí dormidos, todos unos angelitos, soñando en ser ellos spider-man, o ellas Blanca Nieves.