El inconsciente que nos habita

 

Una de las grandes aportaciones del psicoanálisis al estudio del ser humano es el reconocimiento de que nuestra vida está regida por nuestro inconsciente. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento de Freud en la vida cotidiana?

Muchas de las veces creemos que nuestras decisiones son tomadas tras largo tiempo de pensarlas, sopesarlas, ver opciones, puntos a favor y puntos en contra, pero lo que ha demostrado el psicoanálisis es que las decisiones las tomamos desde nuestro inconsciente, las decisiones más trascendentales tienen que ver con esa parte que escapa a la conciencia. ¿Qué tipo de decisiones? Decisiones trascendentales como el lugar en donde uno va a vivir, con quién se va a casar, el número de hijos, la profesión etc. Es la propia historia de vida la que nos empuja a tomar esas decisiones, por eso no en balde sufrimos por las decisiones que se toman, como por ejemplo la esposa que se queja del marido no alcanza a darse cuenta de que esa decisión tiene mucho que ver con su propia historia de vida, con su inconsciente; el profesionista que llega agotado a su casa por trabajar en un empleo que no le agrada, no sabe que fue su inconsciente quien lo orilló a tomar esa decisión. Creemos vivir de acuerdo a nuestra voluntad pero no sabemos que es el inconsciente quien se manifiesta en cada paso que damos.

Jacques Lacan tiene una muy precisa manera de explicar lo que acá intento comunicar: “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”. ¿Qué significa esto? Significa que muchas de nuestras preferencias, ocurrencias, síntomas, deseos, anhelos y demás, están arraigadas en las más profundas inquietudes y motivaciones de nuestra más tierna infancia, “creemos que vivimos nuestra vida pero es el cúmulo de normas, exigencias y deseos de nuestros padres hacia nosotros lo que se manifiesta”.

Es por eso que cuando somos adultos la felicidad se puede conquistar siempre y cuando las actividades que hagamos tengan alguna conexión con lo que hacíamos de pequeños. Por ejemplo Freud comenta que lo que podría acercarnos al concepto de felicidad es el cumplimiento de los deseos, ya sea de manera postergada, simbólica, sublimada, etc., pero que tuviera algún tipo de conexión con lo que de infantes encontrábamos satisfacción, por ejemplo si un niño en su infancia quería ser “luchador” muy bien podría realizar su sueño siendo luchador profesional o, desplazando su deseo, simbólicamente podrá encontrar algo de dicha al ser “luchador social”. El deseo en la infancia es lo que va a constituir la personalidad del sujeto, es por eso que de pequeños los infantes si juegan a ser papá o mamá y prodigan cariño y cuidado, muy probablemente se esté gestando una estructura que les permitirá algún día poder ejercer la paternidad con menos conflictos.

Por lo tanto, si una persona joven o adulta está teniendo conflicto con su vida, tendría que recordar qué era lo que le hacía feliz en su infancia y ver la manera de cumplir en lo real o en lo simbólico esos deseos del pasado, recordar los lugares en donde se sentía contento, seguro, recordar qué era lo que le apasionaba y en la medida de lo posible intentar hacer una conexión que ligue su pasado con su presente.

Somos hablados por el discurso de nuestra familia. El deseo de nuestra familia nos habita. La propuesta del psicoanálisis es poder reconciliarse con esa parte que nos habita, saber que los momentos más satisfactorios en nuestra vida tienen que ver con ese encuentro de nuestro deseo arraigado en la más tierna infancia y empujará hasta conseguirlo con o sin nuestra colaboración. Infancia es destino.

Manifestaciones del inconsciente

 

¿Cómo saber qué es lo que tenemos en nuestro inconsciente? y más importante aún: ¿para qué nos podría servir saber qué es lo que tenemos en nuestro inconsciente?

Sigmund Freud al intentar comprender ese rostro oculto de nuestro ser denominado “inconsciente” se dio cuenta de que se manifestaba a través de los sueños, específicamente a través de la interpretación de los sueños, “la vía regia para acceder al inconsciente”, el sueño como la realización de un deseo inconsciente y que tiene mucho que ver con nuestra infancia. Es a través del sueño que se nos revelan nuestros deseos más arcaicos, nuestra condición humana, de lo que estamos hechos, de pulsión de vida y también pulsión de muerte.

Otra de las vías de acceso para saber por dónde anda nuestro inconsciente es el chiste; Freud escribió todo un texto para analizar cómo es que el inconsciente se manifiesta a través del chiste, de la genialidad, de la curiosidad. Es a través del chiste como podemos expresar lo que muchas veces intentamos decir pero decidimos callar, lo decimos a través del chiste “que al cabo es un chiste”, lo mismo sucede en el sueño, nos atrevemos a decir lo soñado “que al cabo es un sueño y no tiene nada que ver con nuestra vida real”, sin embargo, el chiste y el sueño revelan mucho de nuestra propia vida y específicamente de nuestro deseo.

Otra manera de manifestarse nuestro inconsciente es a través del “lapsus lingüe” en donde decimos una cosa por otra; en donde comúnmente se dice “me traicionó el inconsciente”, por ejemplo al decir “vete a morir” cuando se quería decir vete a dormir, o “ya no aguanto a mi madre” cuando se quería decir no aguanto a mi esposa, o “es que yo cedí” cuando en realidad se quería decir yo decidí, y así muchos otros ejemplos en donde el inconsciente hace de las suyas y utiliza el lenguaje como vía para salir a la luz.

El inconsciente está estructurado como un lenguaje, diría Lacan. Con el tiempo nos damos cuenta de que en realidad el consciente es quien está constantemente traicionando al inconsciente, ya que en el inconsciente está la verdad y constantemente se le intenta reprimir, que no salga a la luz porque lastima.

Otra de las vías para acceder al inconsciente es la asociación libre, en donde el paciente (analizante) sigue la regla básica fundamental de todo análisis: diga todo cuanto pase por su cabeza, toda ocurrencia, por más disparatada o incoherente. Pensar en voz alta. Hablar sin filtros, sin censura. Es por eso que en psicoanálisis se le denomina “analizante” y no paciente, ya que es él mismo quien se hará responsable de su propia cura y no esperar “pacientemente” la solución de parte de su psicoanalista.

Por último, tenemos el caso de los “actos fallidos”, en donde el ser humano comete un acto que va en contra de su voluntad, como por ejemplo un olvido, un accidente, extraviar o perder algo. En estos casos del acto fallido imaginemos el diálogo interno de nuestro inconsciente: “así que quieres mucho eso eh, sería una lástima que lo perdieras” o este otro: “mira qué conveniente es que olvidaras esa fecha tan “importante para ti”… por lo tanto, ese “acto fallido” se ha convertido certeramente en acto logrado, es decir, el inconsciente ha logrado su cometido.

Las manifestaciones del inconsciente. ¿Por qué entonces es importante saber qué tenemos en nuestro inconsciente? Porque allí está nuestro verdadero deseo, allí se encuentra nuestra verdad.

La educación en la infancia

“La gente no se da muy bien cuenta de lo que pretende hacer cuando educa.” J. Lacan

 

            ¿Cómo educar a nuestros hijos? ¿Cuál será la mejor manera? ¿Cómo hacer o qué hacer para evitar esos traumas lastimosos y esos complejos que en la edad adulta surgen pero que tienen el germen en la más tierna infancia? Cuentan que al terminar una de sus conferencias Sigmund Freud, se le acerca una madre de familia muy angustiada y le hace estas preguntas o alguna que otra parecida: “¿qué tengo que hacer para educar bien a mis hijos?” palabras más, palabras menos, a lo que Freud contestó: “haga lo que haga, va a estar mal”.

¿Es una proeza perdida de antemano? ¿Tendríamos que desobligarnos de nuestra responsabilidad como padre y madre dentro de la familia? No, la idea central de la respuesta de Freud no va encaminada hacia la desesperanza, al contrario, la respuesta de Freud va dirigida a amainar la angustia de la madre, angustia que precisamente se despierta al momento de re-encontrarnos con nuestra propia infancia a través de nuestros hijos.

Muchas de las veces cuando no se ha resuelto alguna situación que se trae arrastrando desde la más tierna infancia, llega el momento de convertirnos en padre o madre de familia y es cuando esa infancia que se ha reprimido comienza a causar estragos; nuestros propios hijos nos despiertan aquellos demonios, fantasmas, complejos, frustraciones, traumas que creíamos ya habían quedado atrás pero no, aún siguen existiendo y desde allí es que operan y guían nuestro proceder.

Sigmund Freud dejó escrito en su texto “El porvenir de una ilusión” lo siguiente: “Acerca de los niños, sabemos que no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis, ora más nítida, ora menos”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que el ser humano para poder acceder a la cultura y a la civilización, es necesario haber pasado por un proceso de socialización en donde se deja de ser una criatura que se rige por las necesidades y se aprende a postergar los deseos.

Es necesario que en el núcleo familiar se lleve a cabo el proceso de “castración simbólica” entendiendo la castración simbólica como ese proceso necesario en donde el ser humano comienza a tener el encuentro con el otro, aprende a postergar, aprende la tolerancia a la frustración.

¿Qué pasa si no ocurre esto que hemos denominado la “castración simbólica”? es cuando el infante no ha aprendido el respeto de las reglas de convivencia, cuando agrede a sus compañeros, cuando los berrinches son pronunciados, cuando trasgrede los límites establecidos y hace daño a personas, animales o cosas. Por lo tanto, postulará Freud, es necesario un monto de represión para poder convivir en sociedad.

¿Qué pasa con ese proceso de educación por el cual todos pasamos? Freud más adelante en el mismo texto señala: “La mayoría de estas neurosis de la infancia se superan espontáneamente en el curso del crecimiento; en particular, las neurosis obsesivas de la niñez tienen ese destino. En cuanto a las restantes, el tratamiento psicoanalítico deberá desarraigarlas en una época posterior.” Es decir, no hay mal que no cure el psicoanálisis, por decirlo jocosamente, claro que lo que está en juego es muy importante y los hechos cada día nos demuestran lo trascendente que es el amor y los límites en la infancia.

Es de suma importancia lo que podamos hacer en la educación de nuestros hijos, y si por alguna extraña razón perduran los conflictos, traumas y sensación existencial de no poder vivir de acuerdo al deseo que nos habita, para eso está el psicoanálisis, para hacer un intento de “revertir ese condicionamiento” que en la infancia fue necesario pero que en la edad adulta merece ser replanteado a la luz no ya del deseo de los padres, sino a la luz del propio deseo que nos habita.

El psicoanálisis hoy en día es vigente por la simple y sencilla razón de que el ser humano necesita ese lugar de encuentro consigo mismo, escuchar su palabra y saber qué es lo que le constituye, saber cuál es su historia de vida y aprender a reconciliarse con eso.

¿Por qué un psicoanálisis?

 

Desde que comencé este camino en la psicología, siempre han rondado preguntas interesantes en torno a la existencia del ser humano, la locura, la enfermedad, el suicidio, el amor y el sentido de la existencia. Caminando en la búsqueda hasta el momento encuentro en el discurso psicoanalítico algo que puede abonar a continuar en esa constante interrogación que tanto apasiona.

¿Por qué psicoanálisis y por qué no otra opción denominada “un poco más científica”? Porque la ciencia no alcanza a decirme qué hay después de la muerte, porque la ciencia no alcanza a decirme el por qué sueño lo que sueño, la ciencia no alcanza a decirme por qué me equivoco de tan fea manera o por qué sigo cometiendo los mismo errores. La ciencia se queda callada.

Hay otro discurso que ha intentado dar respuesta a dichas interrogantes a lo largo de la historia de la humanidad, a saber, la religión. La religión ha intentado dar respuesta a algunas interrogantes que angustian al hombre, pero sus respuestas son del orden de la ilusión y proponen regular la vida del ser humano de acuerdo al deseo divino; en cambio, el psicoanálisis no da respuestas, al contrario, motiva a preguntar y a darse cuenta de que el saber lo tiene uno mismo, en ese encuentro con la verdad, que no es una ilusión y que no es ciencia, y que el sentido de la vida no está dado por una instancia externa a uno mismo sino a partir de la escucha del propio deseo.

El psicoanálisis más bien se asemeja a la función del mito. El mito nos constituye, cada uno de nosotros construimos mitos para poder comprender lo que nos sucede, y esos mitos van formando parte sustancial de nuestra existencia.

Antes se creía que la locura, los sueños, la vida y la muerte, estaban regidas por sustancias que nos trascendían, por elementos metafísicos de los cuales estábamos a merced. El psicoanálisis da cuenta de que dentro del corazón del hombre se gesta tanto la pulsión de vida como la pulsión de muerte, y que los sueños no tienen nada que ver con ángeles y demonios, o que el fracaso en la vida no es por situaciones de “karma” o supersticiones en donde se pone en juego el pensamiento fantasioso.

El psicoanálisis es la peste, lo dijo Freud, en el sentido en que viene a incomodar al ser humano, viene a fragmentar su narcisismo, su comodidad, su certeza y seguridad. Lo confronta con su incompletud, con su imposibilidad, con su muerte. Y es a partir de allí, como señala Lacan en El Seminario 17: “Observen bien que nada toma sentido sino a partir del momento en que entra en juego la muerte” y es que precisamente ese “no saber” o no querer saber de la propia muerte es lo que nos tiene sometidos en la neurosis colectiva en donde el ser humano en su deseo de disfrutar, de “ser feliz”, se ha impuesto metas muchas de las veces inalcanzables y la misma angustia ante el sometimiento de los estándares de vida que se le ofrecen, desperdicia la única vida que posee sin darse cuenta de las cosas que realmente importan en la vida.

Vuelvo a la pregunta: ¿por qué psicoanálisis? Porque es un dispositivo que existe para hacer la vida del sujeto un poco menos miserable. No promete la felicidad u otra ilusión que dejará en mal estado al ser humano, lo que alcanza a ofrecer el psicoanálisis tiene que ver con ese descubrimiento de la propia verdad, de la propia historia de vida, y el análisis, ese encuentro constante con uno mismo, después de hablar tanto de uno mismo, lo que puede ocurrir es que uno se vaya enamorando de su propia vida, de su propia existencia. Amarse a uno mismo para que, en caso de que sea necesario, amar sin tapujos al prójimo.

¿De qué cura el psicoanálisis? 

 

Muchas veces hemos escuchado que el amor es lo que da sentido a la vida. Pero se ha olvidado un pequeño detalle; no se ha reparado en que es necesario amarse primero uno mismo. ¿Qué implica amarse uno mismo? Implica quizá aprender a pasarla bien en momentos de soledad, implica aprender a perdonarse esos momentos en donde no se ha vivido conforme al deseo que lo constituye.

Amarse a sí mismo podría ser un tema demasiado trillado porque ha sido explotado por los libros y conferencias de autoestima en donde se agranda el ego pero al final ¿qué se obtiene? simplemente ilusión. ¿Por qué entonces la propuesta del amor que hace el psicoanálisis tendría que ser diferente?

El psicoanálisis, como afirmó Jacques Lacan, es una experiencia en donde de lo que se habla es de amor. No se puede amar al otro si uno no ha pasado por esa experiencia de amarse a sí mismo, y precisamente lo que se ha comprobado dentro de la experiencia analítica es que cuando uno acude a psicoanalizarse es porque comienza a gestarse un acto de amor.

La propuesta del psicoanálisis precisamente tiene que ver con eso, con la experiencia analítica que permite amarse a uno mismo y poder dar el paso siguiente de amar al otro. ¿Cómo es que estamos tan seguros de que eso realmente sucede? El fenómeno de la transferencia da cuenta de ello.

Se ha dicho hasta el cansancio que el psicoanálisis no cura; ciertamente Sigmund Freud al final de su investigación ya no se preocupaba por que su invento fuera considerado como una “terapéutica” más bien su propuesta iba más allá, trascendía los parámetros establecidos de lo “normal” y lo “anormal”, no intentaba hacer del psicoanálisis un dispositivo que estandarizara la experiencia humana, al contrario, siempre se guio por la búsqueda y encuentro de lo “novedoso y singular”. Jacques Lacan en su encuentro con la obra de Freud va a postular que la experiencia analítica tiene que ver con otra cosa, con el re-conocimiento del propio deseo, y continúa la afirmación de que el psicoanálisis no cura, pero añade: “si llegara a haber una cura, sería curar de la ilusión”.

Hoy en día se siguen los pasos de Freud y Lacan, continuamos apostando a lo novedoso y singular de cada caso, de cada experiencia, no intentamos imponer un discurso al analizante. Y retomando ambos postulados (Freud y Lacan) podríamos seguir su línea discursiva y afirmar que, en efecto, el psicoanálisis no cura (no se puede uno curar de la condición humana) y que ciertamente la experiencia analítica tiene que ver con ese encuentro con el propio deseo y la cura de la ilusión. Yo podría añadir, aparte de todo esto, que el psicoanálisis sí cura: cura de la imposibilidad de amar.

 

¿Por qué se sufre?

Tal parece que se viene al mundo a sufrir, sólo basta recordar aquella letanía que escuchábamos en diciembre: “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Ese mensaje ha quedado incrustado en lo más recóndito de nuestro ser y desde allí mueve los hilos de nuestras decisiones, preferencias, palabras, sentimientos, hábitos y demás.

Todo padecimiento del cual nos quejamos, llámese depresión, fobia, enojo, frustración, estrés, ausencia de sentido de la vida, etc. tiene un nombre: en psicoanálisis se llama “síntoma”. ¿Por qué síntoma? Porque es solamente un indicio de que algo anda mal en nuestra vida, de que no se está viviendo de acuerdo al deseo que nos habita.

El síntoma como metáfora de algo, está simbolizando algo que no se ha abordado, elaborado o simplemente está esperando salir a la consciencia, pero como no se le tiene permitido, utiliza un mecanismo como si fuera una máscara y sale a la luz trasformado, es cuando hablamos de “síntoma”, es decir, un conflicto que tenemos en nuestro ser que sale a la luz a través de una relación de compromiso.

Pongamos un ejemplo: sabemos que el ser humano es un ser que migra, que intenta trasladarse de un lugar a otro. En la actualidad escuchamos en las noticias el fenómeno de la migración y las incontables maneras de erradicarlo o de ponerle un límite. Se habla de poner bardas en las fronteras para que el migrante no pase. Algo muy similar sucede con el conflicto psíquico que atormenta al ser humano. Imaginemos que el migrante padece, y en realidad así es: padece de la realidad nacional en la que se encuentra, en donde se anula la satisfacción a sus necesidades básicas.

Lo mismo acontece con el malestar psicológico, como ese migrante que intenta salir de un país para vivir en otro país, el conflicto psicológico intentará a toda costa atravesar la frontera, y sabemos que a pesar de que se le impongan las murallas (las murallas de la frontera, así como las murallas de la censura) el migrante (y en este caso el conflicto psíquico) encontrará la manera de traspasar el límite. ¿Cómo? encontrará una manera ingeniosa y es cuando el conflicto se convierte en síntoma. Es así que el síntoma cumple la función de presentarse a la luz, a la consciencia de manera velada a través de una símbolo, a través de una máscara, de un vicio, de una depresión, de una enfermedad, pero lo que hay realmente detrás de todo síntoma es un conflicto intrapsíquico.

Otra manera de entender nuestros síntomas es saber que se está obteniendo un placer en eso de lo que tanto nos quejamos. Fue Jacques Lacan quien a través de la lectura de las obras de Sigmund Freud puso el dedo en la llaga. Sigmund Freud habló de un “componente masoquista” es decir, el ser humano sufre porque encuentra un placer insano en sentirse humillado, sentirse poca cosa, sentirse un ser insignificante ante la mirada del Otro. Encuentra satisfacción ante el lugar de la constante queja. Eso explicaría muchas cosas, como por ejemplo las relaciones interpersonales enfermizas, o el malestar constante en el trabajo o los vínculos patológicos en el amor. Lacan denominó a todo esto como “el goce”, es decir, cuando sabemos que eso que hacemos nos lleva a nuestra propia destrucción: el exceso. El  exceso en el alcohol, cigarro, en el comer, en el conducir, en el sexo. Todo eso que atente contra nuestra vida y que creemos que nos produce placer lo que realmente está produciendo es goce y eso nos conduce hacia la propia aniquilación.

¿Qué tendríamos qué hacer? ¿Todo está perdido? Quizá la propuesta del psicoanálisis es precisamente dar cuenta de todo esto, un saber hacer con eso que nos constituye. Es como si dentro de cada uno de nosotros viviera un infante problemático, un niño que intenta llamar la atención. La solución no es erradicarlo, correrlo, matarlo, mandarlo a un hospicio, no, lo que tenemos que hacer es escucharlo, comprenderlo, intentar amarlo y comenzar a ver cómo nos la vamos a arreglar para aprender a vivir con esa falta, con esa carencia, con esa “condición humana” que tiende más bien a la incompletud, al fantasma, a la inoperancia. Voltear a ver el defecto y amarlo, saber que eso que negamos es lo que somos.