Vínculos afectivos

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Transferencia es volver a vivir el pasado reprimido,

más exactamente, el pasado rechazado”1

Ralph R. Greenson

¿De qué se tratan los vínculos afectivos? De transferencia. En un primer momento la transferencia hace referencia a esos fantasmas con los que nos vinculamos en las relaciones interpersonales, es decir, nos dirigimos al otro como en su momento nos vinculábamos con nuestros padres. Dentro de la experiencia psicoanalítica, la transferencia también se da, como en toda relación interpersonal, con la salvedad de que dentro del consultorio esa transferencia (depositar en el otro los fantasmas de la infancia) se analizan.

En la experiencia analítica el movimiento de la transferencia implicaría un des-vincularse de una relación inicial (con padre/madre) para luego hacer un vínculo con el analista; ese vínculo es similar al vínculo inicial, muchas cosas se pondrán en juego, muchos fantasmas se harán presentes, se repetirá esa manera de amar al padre/madre. El resultado final de llevar a cabo ese vínculo con el psicoanalista nos recuerda que no se puede andar por la vida haciendo vínculos afectivos de los cuales se espera la redención,  sin embargo, sabemos que es el vínculo transferencial es necesario para establecer el principio de la cura.

Al final del análisis el paciente da cuenta de que así como es posible desapegarse del vínculo inicial con el padre/madre, que posteriormente lo re-editó en el consultorio a través de la transferencia con su analista, eso le permite dar cuenta de que los vínculos subsecuentes estarán alimentados por esa ilusión otorgada por el primer vínculo. Por lo tanto, la cura analítica implica un saber vincularse con el otro ya no más a través del fantasma ¿qué quiere decir esto? Que el vínculo se establece con el otro tal cual es.

Muchas de nuestras relaciones afectivas están predeterminados por un vínculo primario e intentamos que ese vínculo se repita, por eso constantemente estamos demandando amor a personas que no lo pueden propiciar. El análisis permite eso, dar cuenta que detrás de cada vínculo se esconde un fantasma y que es preciso atravesarlo para poder acceder al otro en lo que es y no en lo que proyectamos de nosotros mismos en él.

Si de algo cura el psicoanálisis, escribió Lacan, es la cura de la ilusión, y precisamente qué mayor ilusión que la de creer que el otro proveerá la felicidad tan preciada. El psicoanálisis como ese dispositivo que permite ver al otro no como el producto de un conglomerado de introyecciones y proyecciones. El psicoanálisis abre la puerta para poder apreciar al otro tal cual, sin los restos que inconscientemente deseamos que se encarnen en él o ella.

Los vínculos afectivos tienen mucho de esto. Mucho de los pleitos, desacuerdos, desavenencias en las relaciones de pareja tiene que ver con lo que aquí se comenta, la pareja espera que la felicidad provenga del otro, como alguna vez la felicidad provino de ese vínculo que se estableció con el padre/madre. También sucede que los reclamos dentro de la relación de pareja obedecen a conflictos no resueltos con el vínculo primario establecido con el padre/madre. ¿Qué hacer? Precisamente el psicoanálisis permite ese paso necesario para elaborar la ilusión del Edipo y poder acceder a un vínculo afectivo con mayor plenitud.

1 Greenson, Ralph. Técnica y práctica del psicoanálisis. ed. Siglo XXI, tercera reimpresión, 2014, p. 182

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

Anuncios

La verdad está en el inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Atribuimos a la cultura y a la educación una gran influencia sobre el despliegue de la represión, y suponemos que sobreviene en la organización psíquica una alteración, a consecuencia de la cual lo que antes se sentía agradable aparece ahora desagradable y es desautorizado con todas las fuerzas psíquicas”

(S. Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, AE VIII, p 95)

El trabajo en un psicoanálisis consiste en desvelar -quitar el velo- que cubre el deseo del ser humano. ¿Por qué es necesario esto? Porque precisamente ese conflicto que se da entre lo que sucede en el interior del ser humano y lo que se le ha impuesto trae consigo el malestar.

La experiencia analítica encuentra su lugar cuando el paciente se permite decir todo cuanto se le ocurra, de esa manera el paciente se convierte en un analizante, es decir, en una persona que se va escuchando poco a poco y va construyendo un sujeto del inconsciente. ¿Cuál es la función del analista? El analista está allí para ser testigo de que se está llevando a cabo un análisis. La atención flotante del analista escucha lo que el inconsciente intenta trasmitir, ya sea a través de un lapsus, un olvido, un chiste, un sueño, que son propiamente las manifestaciones del inconsciente.

¿Por qué podríamos estar tan seguros de que en el inconsciente está la verdad? Recientemente leyendo el libro “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) de Sigmund Freud, en donde escribe el famoso chiste del “famillonarmente”, un juego de palabras en donde se mezcla “familiar” con “millonario” es decir, a un sujeto lo trataron familiarmente por confundirlo con un millonario. Tratando de comprender el chiste, recurro a otra fuente: “El sur como disculpa” de Federico J. C. Soriguer Escofet, en donde nos cuenta que él había leído el chiste en una edición que por error había traducido la palabra “famillonarmente” por “familiarmente” perdiendo con ello el chiste.

Lo que llama la atención es la analogía que ocurre de ese error de edición. Así trabaja nuestra estructura psíquica. Dentro del ser humano existe una instancia que se va a encargar de censurar, corregir, borrar, reprimir, editar, etc. El Yo y lo que se desprende a la postre de él, el Superyó, hacen la función, entre otras cosas, de ser un “corrector de estilo” en donde dedica gran parte de su fuerza a corregir los “malos pensamientos y deseos” del sujeto, hasta en muchos casos hacerlo sentir miserable.

El yo cumple la función de editar el deseo que habita al ser humano. Se encarga de traducirlo, otras censurarlo, desplazarlo, sustituirlo, suplirlo, etc., pero muchas de las veces se le escapa y es allí donde el analista pone atención; el material que la razón desdeña, el analista lo recupera para ir construyendo junto con el paciente en su devenir como sujeto del inconsciente.

Por lo tanto, podríamos decir que el ser humano es un ser auténtico cuando se equivoca, cuando olvida algo, cuando cambia una palabra por otra, cuando está enojado y dice lo que siente. El ser humano es auténtico cuando duerme y sueña su deseo. El ser humano deja ver su parte auténtica cuando cuenta un chiste y deja entrever por dónde es que anda su inconsciente. El error, el olvido, el lapsus, el acto fallido nos dicen más de la persona que cualquier otra cosa.

El chiste, el sueño, el error, el acto fallido, un lapsus, un olvido, peculiaridades que son inservibles para el sistema, forman la piedra angular para el psicoanálisis. No hay lugar para la verdad en un sistema que se ufana de ser la sociedad del espectáculo, la cultura de la vacuidad, la civilización líquida.

La verdad está en el inconsciente. Diga todo cuanto se le ocurra, que tarde o temprano el inconsciente hará de las suyas.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

La herencia maldita

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Quizá los niños alcanzarán lo que al padre le fue denegado”

(S. Freud en “La interpretación de los sueños” AE, V, p. 453)

El hijo hereda lo que el padre reprime. Desde el psicoanálisis sabemos que los hijos son el síntoma de los padres. Cuántas veces no hemos escuchado que los padres depositan en sus hijos los sueños frustrados jamás alcanzados, la gloria que les quedó vedada. Hacen que sus hijos practiquen deportes que al niño no le interesan, o le exigen la perfección en resultados académicos como un desplazamiento de ese resabio de angustia que ha quedado a través del cúmulo de frustraciones que viene acarreando a lo largo de su existencia.

Dentro de la clínica psicoanalítica, en el consultorio y sobre todo en el diván, uno da cuenta, cuando el paciente (analizante) comienza a asociar libremente y dice todo cuanto se le ocurra, va atando cabos del síntoma que padece y da cuenta de que ese síntoma no le pertenece, que más bien es una “herencia maldita” de un conflicto no resuelto por su padre/madre, un síntoma con el cual luchó toda su vida, en donde no lo asimiló y no lo hizo parte de su vida, siempre negándolo, siempre rechazándolo y, como dice la sabiduría popular: “lo que no has de ver, en la casa lo has de tener”, es decir, cuántas veces no vemos casos en donde el padre autoritario, que tiende a la perfección, que vive bajo la bandera de la obediencia y proclama un mundo ordenado, su hijo resulta ser anarquista, contestatario, que no respeta límites y reglas. O está el caso del padre/madre que son creyentes y su hijo ateo, no quiero decir que esto último sea un síntoma, más bien es para ejemplificar por dónde van los caminos del inconsciente.

Por lo tanto, conflictos no resueltos por parte del papá y la mamá tendrán un cultivo propicio en el inconsciente del hijo. Podríamos parafrasear el conocido refrán: “dime lo que no aceptas y tu hijo lo heredará”. Lo que se reprime en los adultos, los niños lo actuarán, y, en el peor de los escenarios, el “hijo devorado” por el padre/madre surgirá a través de una estructura psicótica.

La perversión del padre/madre que nunca se habló, que nunca se confrontó, que no se analizó, que se mantuvo reprimida, que no fue “exorcizada”, se convierte en el fantasma que ha de perseguir la existencia de los hijos. Es por eso que en la clínica psicoanalítica el hijo muy probablemente no esté padeciendo un síntoma original, sino, siguiendo el discurso analítico, los hijos son el síntoma de los padres, tanto de los conflictos internos propios de cada individuo como los conflictos propios surgidos a partir de las desavenencias que implica el convivir con el otro gran parte de la vida.

Uno podría pensar con esto que entonces todo está perdido, todo está determinado, pero nada más alejado que eso, el psicoanálisis da cuenta de ello: “Un análisis es un tratamiento que actúa sobre síntomas en la medida en que estos se manifiestan en el sujeto por medio de inhibiciones del deseo; es un tratamiento que modifica estructuras en particular esas que se denominan neurosis” nos recuerda el psicoanalista Luciano Lutereau citando a J. Lacan.

El paciente deberá recorrer ese laberinto llamado síntoma en donde tendrá que saber qué le corresponde a él (qué tanto es responsable de eso de lo que tanto se queja) y qué tanto de ese síntoma es heredado. Muchas de las veces el síntoma heredado incomoda, no deja andar, un buen comienzo de análisis es cuando se detecta el origen de dicho síntoma (heredado) y se comienzan a replantear las cosas, sobre todo a re-significar, historizar y saber qué se puede hacer con ese material que poco a poco va saliendo a la luz a través del propio discurso y recorrido de la historia de vida, como bien afirma el psicoanalista Eduardo García Dupont: “el acto analítico apunta al despertar para que el sujeto sepa hacer con su angustia y produzca sus actos singulares”.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

El Sentido y el Nihilismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que tiene sentido, viene hacia mí, me golpea, me desplaza, me provoca”

Jean-Luc Nancy

 

Lo que cura, lo que sana, lo que da sentido a la vida, lo que salva al ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en el psicoanálisis, en la ciencia, en la familia, en el arte, el deporte, en alguna ideología, una ética, etc. Pero existe una condición: que esa creencia sea firme, con vehemencia, que uno esté convencido de eso, de que ese es el camino hacia su propia salvación. ¿Salvación de qué? salvarse de venir al mundo y desperdiciar la única oportunidad de existir. Esa creencia será el pilar de su sentido de la vida. Esa creencia se enmarca dentro de un contexto socialmente aceptado, quizá no en el camino sinuoso de la otredad, pero sí en la ética minimalista de intentar no hacer daño al prójimo.

¿Por qué tendríamos que optar por una opción de vida en donde no se fastidie la existencia al prójimo? Precisamente porque en eso está sustentada la civilización, en el respeto al límite del otro. Dentro del ser humano existe una “voz” (en psicoanálisis esa voz se llama superyó [Freud], discurso del Otro [Lacan] o en la filosofía de Kant “imperativo categórico”) que impone los límites propicios para poder vivir en sociedad.

La angustia, la intranquilidad, esa falta de “paz interior” se debe precisamente a que el ser humano trasgrede los límites establecidos por su “voz interior”. Muchas de las veces esa voz interior se vuelve demandante, castrante, punitiva y hace sentir mal al ser humano, es cuando el síntoma deviene en inhibición, angustia y más allá, en depresión. Es por eso que Sigmund Freud postuló dentro del psicoanálisis un reconocimiento de las pulsiones que constituyen al ser humano y tratar, en la medida de lo posible, hacer un acto de reconciliación; saber cómo estamos constituidos (ello, yo, superyó) y reconocer qué cosas podríamos seguir conservando y qué otras es necesario replantear, y en caso de ser necesario, hacer ese “cambio de piel” o quitar la posible losa que se carga en la espalda, es decir, saber poner a un lado la herencia patológica de los padres.

Al principio del texto menciono la palabra “salvar”. ¿Salvarse de qué? quizá salvarse de una vida mediocre. Dentro del discurso judeocristiano existe la idea de venir al mundo y vivir una vida plena, una vida en abundancia. Por su parte el psicoanálisis trabaja con el deseo del analizante (paciente). Es decir, ambas propuestas (religión judeocristiana y psicoanálisis) tienen dentro de sus principales postulados saber aprovechar el breve momento porque el atravesamos en nuestra historia de vida en la tierra. Otra de las características en común entre el pensamiento judeocristiano y el psicoanálisis es que la vía regia hacia la “salvación” es precisamente el amor, amor a uno mismo, amor a la familia, a la pareja.

El que “medio cree” obtiene como resultado una vida mediocre. No solamente se habla de creer en Dios, no, también se puede creer en uno mismo, en el amor, en la vida misma, en la familia, en un proyecto. A fin de cuentas lo que sustenta la capacidad de “andar” es esa creencia, ese apostar y arriesgar por un proyecto aquí en este tránsito por el mundo.

La creencia implica una entrega a un ideal, a un proyecto, a una fe. Creer en algo implica apasionarse por ello, como escribiera Charles Bukowski: “Encuentra aquello que amas y deja que te mate”.

Creer implica necesariamente una decisión, una apuesta, arriesgarse sabiendo que se puede ganar pero también es posible perder. “¿has vivido de acuerdo al deseo que te habita?” nos recuerda J. Lacan.

Dentro del discurso religioso podemos ver la vida de los monjes del budismo zen o dentro del pensamiento judeocristiano están los jesuitas que a través de su creencia mantienen un estado de vida diferente, apuestan por un ideal, una entrega a algo en lo que ellos creen y eso se ve reflejado en su rostro, en su manera de platicar, sus hábitos, etc. Creer, por lo tanto implica una “metanoia”, una conversión, ese “poder ver la vida con otros ojos”. Ese “hombre nuevo” que aparece tanto en el discurso judeocristiano como en el discurso psicoanalítico así como en el discurso marxiano.

Vivir la existencia, apostar por algo que apasione, creer en eso con vehemencia y dejarse llevar por ello. Encontrar el lugar de nuestro ser-en-el-mundo. De esa manera se estará apostando por una vida con sentido. Lo contrario sería caer en el nihilismo, filosofía que, de acuerdo a Jean Luc Nancy, es lo que impera en estos tiempos posmodernos.

Contacto psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

Narcisismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Un fuerte egoísmo preserva de enfermar,

pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo,

y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”

(S. Freud, Obras Completas, tomo XIV, en “Introducción al narcisismo” p. 82)

 

Sigmund Freud escribe en su obra “Introducción al Narcisismo” (1914) que los psicóticos no son candidatos a un psicoanálisis ya que han perdido el contacto con la realidad, así mismo los neuróticos han distorsionado sus vínculos con la realidad. La pregunta hoy en día es cómo nos vinculamos con la realidad, con los objetos de amor, con las personas. El fetiche llamado “virtual” ha impuesto una nueva manera de vincularnos. Ahora bien, no podemos afirmar que exista una “norma”. ¿En qué consistirá fomentar unos vínculos sanos? ¿Cómo poder andar por la vida sin proyectar nuestros propios demonios en las personas? Es decir, mucho de la estabilidad emocional o de la “madurez afectiva” como la llama Michel Onfray1, se pone en juego cuando se sabe reconocer “la propia viga en el ojo” y no andar endilgando en el ojo ajeno.

Sigmund Freud en la misa obra señalada líneas arriba (Introducción al narcisismo) que se encuentra en el tomo XIV de la Obra Completa editada por Amorrortu, plantea que el vínculo erótico que se pueda sostener con el otro es lo que nos puede alejar de una “enfermedad”. La posibilidad de amar al otro es quizá lo que puede abrir la puerta a la salvación.

¿Qué es el narcisismo? Es la incapacidad de amar al otro. Freud escribe: “La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo2

El vínculo de amor, la posibilidad de amar hace que el ser humano pueda encontrar su salvación, su salud emocional. Ese vínculo de amor puede ser amando a su pareja, a sus hijos, a su familia. ¿Por qué el destino de nuestro amor tiene que ser una persona del exterior? ¿Por qué no solamente amarse uno mismo? Quizá porque la plenitud del hombre esté encaminada hacia ese paso, dejar el egoísmo que nos caracteriza y voltear a ver al prójimo, la ética de la otredad. ¿Encontraremos la salvación amando al otro?

Amar significa ser responsable del prójimo encarnado en el hijo, en el cónyuge, en la esposa, en el prójimo distante y no tan distante. Escuchar es una manera de amar. Reconocer la singularidad, la individualidad, la historia de vida del otro es una manera de amar.

El narcisismo nos impide voltear a ver al otro. El narcisismo impide hacer vínculos afectivos con el otro. El narcisismo obliga al sujeto a ver por él mismo. La cultura posmoderna ha hecho un culto al narcisismo, los síntomas del narcisismo es la guerra, la injustica, la pobreza. El narcisismo se puede ver no solamente a nivel individual sino también como ese sistema que opera y desvincula con el otro. La brecha que existe en la sociedad es producto del narcisismo, es decir, del egoísmo.

Quizá el narcisismo es la vía regia hacia la autodestrucción, hacia vivir una existencia vacía, sin sentido, cada vez más angustiante.

Sobre la capacidad de amar: ¿ama el que puede desplazar su libido del yo hacia el objeto externo? O ¿es en la medida en que podamos amar que encontremos ese bienestar tan preciado? O en otras palabras: ¿Se podrá amar cuando se sufre? Sigmund Freud plantea la dificultad de amar como el sujeto que sufre un dolor de muelas y toda su energía se canaliza hacia esa preocupación. Lo mismo sucede en los vericuetos del amor; no se puede amar al otro si antes no se ha podido trascender la “enfermedad” que implica el narcisismo exacerbado. Es cierto que no se puede amar si uno no se ama a sí mismo, pero también es cierto que el narciso se esconde tras esa bandera y su libido queda agotada en ese primer intento (amarse a sí mismo) sin poder llegar a la pulsión de objeto, es decir, amar al otro.

Ahora bien, ¿por qué el psicoanálisis postula que amar al prójimo es indicio de salud emocional? Quizá porque trasciende ese amor narcisista que se instaura en la primera infancia. ¿Podríamos estar hablando de un amor maduro? Poder amarse a sí mismo pero también poder amar al prójimo. Esa es la cuestión. En eso se juega la vida toda.

Cuando el ser humano se convierte en padre/madre, va implícito un desprendimiento de narcisismo hacia el producto, es decir, el padre/madre puede reconocer en el otro a alguien a quien amar. Es por eso las dificultades de amar al otro cuando el hijo no ha sido fantaseado, anhelado, imaginado. No hay un corte en el narcisismo, el hijo no implica algo en el imaginario de ese padre/madre. No hay compromiso. Esto podría explicar el fracaso en las relaciones de pareja, cuando no se es posible trascender el propio narcisismo.

1 Onfray, Michel (2008) La fuerza de existir. ed Anagrama. España. p. 37

2 Freud, Sigmund (1914) Introducción al Narcisismo. Obras Completas, Tomo XIV. Ed Amorrortu, p. 72

 

Creer

Escribe Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

 

“El carácter neurótico es el reflejo, en la conducta individual,

del aislamiento del grupo familiar”

(J. Lacan en Escritos 1, p. 137)

Lo que cura, lo que salva, lo que da sentido a la vida del ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en una ideología, un proyecto de vida, una propuesta, una ética, en su propio análisis en busca de su verdad. Puede creer el ser humano en la ciencia, en la familia. Quizá la única condición es creer firmemente en eso que va a dar sentido a la vida. La sublimación como ese camino hacia el lugar que ocupa el ser humano en una cultura determinada. Esa creencia tiene que estar en plena comunión con lo “socialmente aceptado” es decir, para que el ser humano pueda acceder a la paz interior tan anhelada, el conflicto intrapsíquico tendría que encontrar cierta relación de compromiso que deje en equivalencia a las partes, ya que no podemos andar por la vida haciendo caso solamente a las pulsiones bestiales que nos habitan o su contrario, no podemos andar por la vida viviendo en la inhibición que tortura y lacera.

El ser humano se encuentra sujeto a una cultura determinada que le hace ver la delgada línea entre el bien y el mal. A eso comúnmente le hemos llamado “la voz de la conciencia” que es la trasmisión de la cultura de generación en generación para perpetuar la civilización. Cuando dicha línea se ve difuminada, el ser humano comienza a experimentar sentimientos de culpa que pueden ser excesivos a tal grado de padecer una depresión, angustia o, en casos más severos, andar por la vida “sin dios y sin diablo” trasgrediendo los límites establecidos por la ley.

El ser humano encuentra su “salvación” (recurriendo al constructo utilizado por la religión judeocristiana que aquí tomaré como metáfora) precisamente en la búsqueda y encuentro de eso que da sentido a su vida, cuando es capaz de sublimar y encontrar su lugar en el mundo; su ser en el mundo. ¿De qué se salva? Se salva precisamente de vivir una existencia en la mediocridad, cuando el ser humano abraza su deseo, se salva de andar viviendo la vida del Otro, comienza a construir su propia historia de vida (y no una “historia debida”). La creencia en algo o en alguien nos puede salvar de una vida mediocre. El que “medio-cree”, cree a medias y se le va la vida en ello, no apuesta por su deseo. La diferencia radica en la entrega a ese proyecto de vida, a la propia escucha en el camino del encuentro con el propio deseo.

Saber discernir el propio deseo del deseo del Otro implica toda una trayectoria de vida. Es necesario que el ser humano se estructure bajo la mirada del Otro (entiéndase “Otro” como el padre/madre que estuvieron allí en la primera infancia del sujeto) pero con el paso del tiempo el sujeto es convocado a cambiar de piel, a ir tras su propio deseo, ya que si no “vive de acuerdo con el deseo que le habita” (Lacan) puede caer en los estragos del silencio (Alejandro Salamonovitz) y con ello en una profunda depresión.

El camino hacia el encuentro del propio deseo es un camino sinuoso, lleno de contrastes, de soledad, de silencios prolongados, de angustia, de terror; pero en ese caminar, el ser humano va naciendo a otra cosa, va dando cuenta de su propio deseo y lo más importante, saber qué hacer con eso (ética).

El proceso de salvación (entendida como ese tránsito de una vida vacía hacia una vida plena) implica pues una creencia, llámese religión, educación, vocación o psicoanálisis. Es ese encuentro con la propia verdad. La salvación no es un proceso de la noche a la mañana. La “metanoia” (conversión) hacia una vida con sentido, hacia ese “hombre nuevo” que existe en la idea judeocristiana, pero también en el marxismo y en el psicoanálisis. “Devenir la descendencia de los propios acontecimientos, y entonces renacer, nacer otra vez más, y romper con nuestro primer nacimiento carnal” (Deleuze). El paso de un sujeto alienado a un sujeto conducido por su propio deseo.

La salvación está a la vuelta de la esquina. La familia salva.

Contacto psicologocarlosmoreno@gmail.com

La máquina del tiempo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

Máquina del Tiempo

“Lo inconsciente, más que existe, insiste”

Carlos Gaos

 

Uno de los deseos del ser humano es que existiera una máquina del tiempo que nos regresara al pasado y poder enmendar los errores o poder aprovechar las oportunidades. Una máquina del tiempo que nos dijera qué nos depara nuestro futuro. Esa máquina del tiempo existe; se llama diván y el espacio propicio es el psicoanálisis.

Quizá el psicoanálisis sea un método eficaz para poder esclarecer la propia infancia. ¿Y por qué querer saber la infancia? Porque es allí donde se instaura la vida toda, el destino. Uno como padre de familia debería de poner mucha atención a cómo son sus hijos para saber cómo es que serán en su vida adulta, su manera de relacionarse, sus sueños, sus proyectos, cómo afronta las diversas situaciones de la vida. Todo está allí, la clave está allí, en la infancia.

El psicoanálisis como esa máquina del tiempo que permite integrar las diversas percepciones que se tiene de los hechos del pasado. El psicoanálisis como ese dispositivo que intenta explicar ese “saber no sabido”, es decir, existe “algo” (Inconsciente, “La Cosa”) que vive en nosotros y que desde allí “insiste” hasta lograr su propósito, como bien dijera el psicoanalista Carlos Gaos: “lo inconsciente más que existir, insiste”.

Reconocer la propia historia de vida puede ayudar a comprender por qué actuamos de determinada manera. Muchas de las veces las relaciones interpersonales están determinadas por la transferencia, es decir, por lo que se pone en juego en el preciso momento cuando estamos frente a una persona. Es por eso que muchas de las veces un adolescente se comparta de determinada manera con una persona y es distinto con otra persona. La transferencia es la que está en juego, es decir, lo que a ese adolescente le evoca la persona con la que está manteniendo un diálogo. Lo mismo ocurre con los adultos, muchas de las veces la queja que se escucha dentro del consultorio psicoterapéutico es que “él se comporta diferente cuando está con sus amigos”. Esta queja adquiere sentido si lo vemos a la luz de la transferencia.

¿Por qué reaccionamos de determinada manera con ciertas personas y con otras no? ¿Qué es lo que sucede para que una persona sea agradable a nuestros ojos? Lo que Sigmund Freud puso a discusión es precisamente este fenómeno que denominó “transferencia”, como eso que le pertenece a otro pero es depositado en otro, es decir, los recuerdos, las imágenes, los vínculos interpersonales que se establecieron en la más tierna infancia, tienden a repetirse, y lo que se calló en su momento, tiende a salir a la luz con mayor ímpetu. Es por eso que en los primeros años de matrimonio las parejas atraviesan este fenómeno, la transferencia, en donde a quien se le grita, se le reclama, se le exige no es precisamente al cónyuge o a la esposa; es más bien a esas figuras que han quedado introyectadas y que desde allí dictan el guion a seguir.

El psicoanálisis ha sido un dispositivo muy apropiado para poder esclarecer esos fantasmas con los que convivimos diariamente y que no nos permiten conocer a la persona que tenemos en frente. La experiencia analítica es una cura de amor, es decir, la gran enfermedad del ser humano es por esa imposibilidad de amar. El psicoanálisis se acerca a ese esclarecimiento e intenta desentrañar los motivos inconscientes del por qué se ha quedado algo atorado. Algo no fluye, algo no anda, y muchas de las veces ante esa imposibilidad de saber qué es lo que fastidia la existencia, alcanzamos a decir un simple “no sé”. Cuando aparece ese “no sé” es un buen momento de replantearnos el lugar en el mundo y comenzar a hacer realidad eso que dijo Sócrates hace tantos años: “Conócete a ti mismo”. El dispositivo analítico como ese lugar propicio para dejar de engañarse uno mismo.

El diván como esa máquina del tiempo en donde podemos historizar nuestra vida, atravesar el discurso imaginario que pervive en nuestro ser y exponerlo a través de la palabra, ese encuentro simbólico liberador, ya que como escribe el psicoanalista Alejandro Salamonovitz, el enfermo del alma lo está porque no ha podido hablar.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com