Amor y resiliencia

imagen tomada de derekwinnert.com

 

“Sólo el amor alumbra lo que perdura,

sólo el amor convierte en milagro el barro”

Silvio Rodríguez

 

Hay una imagen de Hulk en donde termina su rabia porque su amada lo abraza. ¿Qué sucede en una experiencia analítica? El ser humano acude a psicoanálisis porque se da cuenta de que algo en su vida no anda.

Podríamos decir que en un primer momento el paciente se da cuenta que su vida carece de sentido porque aprendió a vivir la existencia de una determinada manera que le provoca síntoma, malestar, como dijera Freud, hacemos cosas inconscientemente para arruinarnos la vida, pero uno no decide eso, es el discurso de ese Otro que nos habita. ¿Para el Psicoanálisis quién es ese Otro que nos habita? Indiscutiblemente ese Otro es el discurso introyectado de nuestros padres, las escenas de la más tierna infancia que aún perviven en nuestra memoria, las palabras escuchadas que retumban como significantes: “eres un burro” “un bueno para nada” “nunca llegarás a nada”… dicen que las palabras se las lleva el viento, en psicoanálisis no es así, las palabras se quedan impregnadas en la personalidad del sujeto, cargadas de afecto.

Es entonces ese primer momento en donde el paciente se da cuenta que ha vivido una vida prestada, que ha amado de acuerdo a cómo aprendió a amar y que su vida es el fruto de los desaguisados, del caos experimentado en su historia de vida.

El psicoanálisis trascurre y el paciente da cuenta de eso, de que su imposibilidad de amar tiene su origen precisamente en el allá y el entonces, por decirlo de alguna manera, estamos programados para amar de cierta manera, no sabemos de otra; predestinados desde la infancia.

¿Qué sucede en análisis? ¿Se puede revertir la historia? ¿Dar un giro? Si, y es precisamente cuando el paciente se da cuenta de que sus decisiones estaban siendo tomadas de acuerdo a lo predestinado en su inconsciente, que estaba viviendo una vida prestada, al servicio del deseo inconsciente de sus padres y muchas de las veces eso causa estragos ya que el ser humano no descansa hasta encontrar su propio deseo. Si esto no sucede, somos testigos de desenlaces fatales, de vidas desdichadas por no poder romper con ese discurso que lo habita.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la propuesta del psicoanálisis? Precisamente Lacan menciona que si de algo cura el psicoanálisis es de la ilusión y vivimos en una ilusión; ¿en cuál? en la ilusión de lo imaginario, en creer que somos seres completos, en una relación simbiótica imaginaria con la madre, en donde no ha operado la castración. ¿Qué significa eso? La incapacidad de amar va de la mano del narcisismo, en donde el ser humano vive la imposibilidad de amar, de poder entregarse al otro, de saber que mucho de la felicidad consiste en poder cruzar la delgada línea de ese narcisismo, del egoísmo exacerbado.

Sigmund Freud postulaba al incesto y al parricidio como los dos deseos inconscientes que habitaban en lo más profundo de nuestra subjetividad. ¿Cómo poder entender el incesto y el parricidio en la vida cotidiana? El incesto tiene que ver con la idea que tiene el bebé de ser único para su madre y a la vez la madre tiene la fantasía de tener a su bebé solo para ella. La función del padre es la castración de esa ilusión y es cuando ocurre este segundo momento, el deseo del parricidio: “ojalá y no estuvieras para ser uno solo con mi madre”. Esa castración es necesaria para que el niño voltee a ver hacia afuera y comience a desear más allá de su madre.

Es pues el incesto y el parricidio que habitan en nuestro inconsciente y desde allí causan estragos. ¿Cómo? El incesto se manifiesta en la vida del adulto en esa incapacidad de amar porque nadie puede ocupar el lugar de su madre/padre. Elaborar ese deseo cuesta mucho tiempo, horas y horas de análisis para poder trascenderlo. Así mismo ocurre con el deseo del parricidio que nos habita; todos en potencia somos un criminal, ese deseo del parricidio es el que nos dicta la agresividad, la frustración para con el otro, desde allí se alimenta; elaborarlo implica también su tiempo, pero al final se comprende que el odio al prójimo tiene su origen en el deseo original del parricidio, poder elaborarlo nos quita la banda de los ojos y podemos ver al otro en su justa dimensión.

Tenemos pues que mucho del malestar que aqueja al ser humano es producto de situaciones inconscientes no resueltas que aún habitan en nuestra historia de vida. Comenzar a procurar entender y analizar que dicho malestar es causado por nuestra propia carencia es ya dar un gran paso hacia la vida que se desea vivir.

Durante un análisis, uno da cuenta de que la manera de relacionarse con el otro tiene mucho que ver con los fantasmas que nos atosigan, fantasmas que se construyeron en nuestros primeros vínculos amorosos. Cruzar esa línea a través del análisis de la transferencia en un proceso psicoanalítico nos hace ver que se puede amar de diferentes maneras, de maneras más sanas, que la felicidad puede estar, “a la vuelta de la esquina”. Solo el amor cura. Dejar de pagar esa deuda y hacerse responsable, en el sentido de tener la capacidad de responder al llamado de la existencia, un llamado a una vida plena.

Vínculos afectivos

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Transferencia es volver a vivir el pasado reprimido,

más exactamente, el pasado rechazado”1

Ralph R. Greenson

¿De qué se tratan los vínculos afectivos? De transferencia. En un primer momento la transferencia hace referencia a esos fantasmas con los que nos vinculamos en las relaciones interpersonales, es decir, nos dirigimos al otro como en su momento nos vinculábamos con nuestros padres. Dentro de la experiencia psicoanalítica, la transferencia también se da, como en toda relación interpersonal, con la salvedad de que dentro del consultorio esa transferencia (depositar en el otro los fantasmas de la infancia) se analizan.

En la experiencia analítica el movimiento de la transferencia implicaría un des-vincularse de una relación inicial (con padre/madre) para luego hacer un vínculo con el analista; ese vínculo es similar al vínculo inicial, muchas cosas se pondrán en juego, muchos fantasmas se harán presentes, se repetirá esa manera de amar al padre/madre. El resultado final de llevar a cabo ese vínculo con el psicoanalista nos recuerda que no se puede andar por la vida haciendo vínculos afectivos de los cuales se espera la redención,  sin embargo, sabemos que es el vínculo transferencial es necesario para establecer el principio de la cura.

Al final del análisis el paciente da cuenta de que así como es posible desapegarse del vínculo inicial con el padre/madre, que posteriormente lo re-editó en el consultorio a través de la transferencia con su analista, eso le permite dar cuenta de que los vínculos subsecuentes estarán alimentados por esa ilusión otorgada por el primer vínculo. Por lo tanto, la cura analítica implica un saber vincularse con el otro ya no más a través del fantasma ¿qué quiere decir esto? Que el vínculo se establece con el otro tal cual es.

Muchas de nuestras relaciones afectivas están predeterminados por un vínculo primario e intentamos que ese vínculo se repita, por eso constantemente estamos demandando amor a personas que no lo pueden propiciar. El análisis permite eso, dar cuenta que detrás de cada vínculo se esconde un fantasma y que es preciso atravesarlo para poder acceder al otro en lo que es y no en lo que proyectamos de nosotros mismos en él.

Si de algo cura el psicoanálisis, escribió Lacan, es la cura de la ilusión, y precisamente qué mayor ilusión que la de creer que el otro proveerá la felicidad tan preciada. El psicoanálisis como ese dispositivo que permite ver al otro no como el producto de un conglomerado de introyecciones y proyecciones. El psicoanálisis abre la puerta para poder apreciar al otro tal cual, sin los restos que inconscientemente deseamos que se encarnen en él o ella.

Los vínculos afectivos tienen mucho de esto. Mucho de los pleitos, desacuerdos, desavenencias en las relaciones de pareja tiene que ver con lo que aquí se comenta, la pareja espera que la felicidad provenga del otro, como alguna vez la felicidad provino de ese vínculo que se estableció con el padre/madre. También sucede que los reclamos dentro de la relación de pareja obedecen a conflictos no resueltos con el vínculo primario establecido con el padre/madre. ¿Qué hacer? Precisamente el psicoanálisis permite ese paso necesario para elaborar la ilusión del Edipo y poder acceder a un vínculo afectivo con mayor plenitud.

1 Greenson, Ralph. Técnica y práctica del psicoanálisis. ed. Siglo XXI, tercera reimpresión, 2014, p. 182

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La verdad está en el inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Atribuimos a la cultura y a la educación una gran influencia sobre el despliegue de la represión, y suponemos que sobreviene en la organización psíquica una alteración, a consecuencia de la cual lo que antes se sentía agradable aparece ahora desagradable y es desautorizado con todas las fuerzas psíquicas”

(S. Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, AE VIII, p 95)

El trabajo en un psicoanálisis consiste en desvelar -quitar el velo- que cubre el deseo del ser humano. ¿Por qué es necesario esto? Porque precisamente ese conflicto que se da entre lo que sucede en el interior del ser humano y lo que se le ha impuesto trae consigo el malestar.

La experiencia analítica encuentra su lugar cuando el paciente se permite decir todo cuanto se le ocurra, de esa manera el paciente se convierte en un analizante, es decir, en una persona que se va escuchando poco a poco y va construyendo un sujeto del inconsciente. ¿Cuál es la función del analista? El analista está allí para ser testigo de que se está llevando a cabo un análisis. La atención flotante del analista escucha lo que el inconsciente intenta trasmitir, ya sea a través de un lapsus, un olvido, un chiste, un sueño, que son propiamente las manifestaciones del inconsciente.

¿Por qué podríamos estar tan seguros de que en el inconsciente está la verdad? Recientemente leyendo el libro “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) de Sigmund Freud, en donde escribe el famoso chiste del “famillonarmente”, un juego de palabras en donde se mezcla “familiar” con “millonario” es decir, a un sujeto lo trataron familiarmente por confundirlo con un millonario. Tratando de comprender el chiste, recurro a otra fuente: “El sur como disculpa” de Federico J. C. Soriguer Escofet, en donde nos cuenta que él había leído el chiste en una edición que por error había traducido la palabra “famillonarmente” por “familiarmente” perdiendo con ello el chiste.

Lo que llama la atención es la analogía que ocurre de ese error de edición. Así trabaja nuestra estructura psíquica. Dentro del ser humano existe una instancia que se va a encargar de censurar, corregir, borrar, reprimir, editar, etc. El Yo y lo que se desprende a la postre de él, el Superyó, hacen la función, entre otras cosas, de ser un “corrector de estilo” en donde dedica gran parte de su fuerza a corregir los “malos pensamientos y deseos” del sujeto, hasta en muchos casos hacerlo sentir miserable.

El yo cumple la función de editar el deseo que habita al ser humano. Se encarga de traducirlo, otras censurarlo, desplazarlo, sustituirlo, suplirlo, etc., pero muchas de las veces se le escapa y es allí donde el analista pone atención; el material que la razón desdeña, el analista lo recupera para ir construyendo junto con el paciente en su devenir como sujeto del inconsciente.

Por lo tanto, podríamos decir que el ser humano es un ser auténtico cuando se equivoca, cuando olvida algo, cuando cambia una palabra por otra, cuando está enojado y dice lo que siente. El ser humano es auténtico cuando duerme y sueña su deseo. El ser humano deja ver su parte auténtica cuando cuenta un chiste y deja entrever por dónde es que anda su inconsciente. El error, el olvido, el lapsus, el acto fallido nos dicen más de la persona que cualquier otra cosa.

El chiste, el sueño, el error, el acto fallido, un lapsus, un olvido, peculiaridades que son inservibles para el sistema, forman la piedra angular para el psicoanálisis. No hay lugar para la verdad en un sistema que se ufana de ser la sociedad del espectáculo, la cultura de la vacuidad, la civilización líquida.

La verdad está en el inconsciente. Diga todo cuanto se le ocurra, que tarde o temprano el inconsciente hará de las suyas.

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La herencia maldita

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Quizá los niños alcanzarán lo que al padre le fue denegado”

(S. Freud en “La interpretación de los sueños” AE, V, p. 453)

El hijo hereda lo que el padre reprime. Desde el psicoanálisis sabemos que los hijos son el síntoma de los padres. Cuántas veces no hemos escuchado que los padres depositan en sus hijos los sueños frustrados jamás alcanzados, la gloria que les quedó vedada. Hacen que sus hijos practiquen deportes que al niño no le interesan, o le exigen la perfección en resultados académicos como un desplazamiento de ese resabio de angustia que ha quedado a través del cúmulo de frustraciones que viene acarreando a lo largo de su existencia.

Dentro de la clínica psicoanalítica, en el consultorio y sobre todo en el diván, uno da cuenta, cuando el paciente (analizante) comienza a asociar libremente y dice todo cuanto se le ocurra, va atando cabos del síntoma que padece y da cuenta de que ese síntoma no le pertenece, que más bien es una “herencia maldita” de un conflicto no resuelto por su padre/madre, un síntoma con el cual luchó toda su vida, en donde no lo asimiló y no lo hizo parte de su vida, siempre negándolo, siempre rechazándolo y, como dice la sabiduría popular: “lo que no has de ver, en la casa lo has de tener”, es decir, cuántas veces no vemos casos en donde el padre autoritario, que tiende a la perfección, que vive bajo la bandera de la obediencia y proclama un mundo ordenado, su hijo resulta ser anarquista, contestatario, que no respeta límites y reglas. O está el caso del padre/madre que son creyentes y su hijo ateo, no quiero decir que esto último sea un síntoma, más bien es para ejemplificar por dónde van los caminos del inconsciente.

Por lo tanto, conflictos no resueltos por parte del papá y la mamá tendrán un cultivo propicio en el inconsciente del hijo. Podríamos parafrasear el conocido refrán: “dime lo que no aceptas y tu hijo lo heredará”. Lo que se reprime en los adultos, los niños lo actuarán, y, en el peor de los escenarios, el “hijo devorado” por el padre/madre surgirá a través de una estructura psicótica.

La perversión del padre/madre que nunca se habló, que nunca se confrontó, que no se analizó, que se mantuvo reprimida, que no fue “exorcizada”, se convierte en el fantasma que ha de perseguir la existencia de los hijos. Es por eso que en la clínica psicoanalítica el hijo muy probablemente no esté padeciendo un síntoma original, sino, siguiendo el discurso analítico, los hijos son el síntoma de los padres, tanto de los conflictos internos propios de cada individuo como los conflictos propios surgidos a partir de las desavenencias que implica el convivir con el otro gran parte de la vida.

Uno podría pensar con esto que entonces todo está perdido, todo está determinado, pero nada más alejado que eso, el psicoanálisis da cuenta de ello: “Un análisis es un tratamiento que actúa sobre síntomas en la medida en que estos se manifiestan en el sujeto por medio de inhibiciones del deseo; es un tratamiento que modifica estructuras en particular esas que se denominan neurosis” nos recuerda el psicoanalista Luciano Lutereau citando a J. Lacan.

El paciente deberá recorrer ese laberinto llamado síntoma en donde tendrá que saber qué le corresponde a él (qué tanto es responsable de eso de lo que tanto se queja) y qué tanto de ese síntoma es heredado. Muchas de las veces el síntoma heredado incomoda, no deja andar, un buen comienzo de análisis es cuando se detecta el origen de dicho síntoma (heredado) y se comienzan a replantear las cosas, sobre todo a re-significar, historizar y saber qué se puede hacer con ese material que poco a poco va saliendo a la luz a través del propio discurso y recorrido de la historia de vida, como bien afirma el psicoanalista Eduardo García Dupont: “el acto analítico apunta al despertar para que el sujeto sepa hacer con su angustia y produzca sus actos singulares”.

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El Sentido y el Nihilismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que tiene sentido, viene hacia mí, me golpea, me desplaza, me provoca”

Jean-Luc Nancy

 

Lo que cura, lo que sana, lo que da sentido a la vida, lo que salva al ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en el psicoanálisis, en la ciencia, en la familia, en el arte, el deporte, en alguna ideología, una ética, etc. Pero existe una condición: que esa creencia sea firme, con vehemencia, que uno esté convencido de eso, de que ese es el camino hacia su propia salvación. ¿Salvación de qué? salvarse de venir al mundo y desperdiciar la única oportunidad de existir. Esa creencia será el pilar de su sentido de la vida. Esa creencia se enmarca dentro de un contexto socialmente aceptado, quizá no en el camino sinuoso de la otredad, pero sí en la ética minimalista de intentar no hacer daño al prójimo.

¿Por qué tendríamos que optar por una opción de vida en donde no se fastidie la existencia al prójimo? Precisamente porque en eso está sustentada la civilización, en el respeto al límite del otro. Dentro del ser humano existe una “voz” (en psicoanálisis esa voz se llama superyó [Freud], discurso del Otro [Lacan] o en la filosofía de Kant “imperativo categórico”) que impone los límites propicios para poder vivir en sociedad.

La angustia, la intranquilidad, esa falta de “paz interior” se debe precisamente a que el ser humano trasgrede los límites establecidos por su “voz interior”. Muchas de las veces esa voz interior se vuelve demandante, castrante, punitiva y hace sentir mal al ser humano, es cuando el síntoma deviene en inhibición, angustia y más allá, en depresión. Es por eso que Sigmund Freud postuló dentro del psicoanálisis un reconocimiento de las pulsiones que constituyen al ser humano y tratar, en la medida de lo posible, hacer un acto de reconciliación; saber cómo estamos constituidos (ello, yo, superyó) y reconocer qué cosas podríamos seguir conservando y qué otras es necesario replantear, y en caso de ser necesario, hacer ese “cambio de piel” o quitar la posible losa que se carga en la espalda, es decir, saber poner a un lado la herencia patológica de los padres.

Al principio del texto menciono la palabra “salvar”. ¿Salvarse de qué? quizá salvarse de una vida mediocre. Dentro del discurso judeocristiano existe la idea de venir al mundo y vivir una vida plena, una vida en abundancia. Por su parte el psicoanálisis trabaja con el deseo del analizante (paciente). Es decir, ambas propuestas (religión judeocristiana y psicoanálisis) tienen dentro de sus principales postulados saber aprovechar el breve momento porque el atravesamos en nuestra historia de vida en la tierra. Otra de las características en común entre el pensamiento judeocristiano y el psicoanálisis es que la vía regia hacia la “salvación” es precisamente el amor, amor a uno mismo, amor a la familia, a la pareja.

El que “medio cree” obtiene como resultado una vida mediocre. No solamente se habla de creer en Dios, no, también se puede creer en uno mismo, en el amor, en la vida misma, en la familia, en un proyecto. A fin de cuentas lo que sustenta la capacidad de “andar” es esa creencia, ese apostar y arriesgar por un proyecto aquí en este tránsito por el mundo.

La creencia implica una entrega a un ideal, a un proyecto, a una fe. Creer en algo implica apasionarse por ello, como escribiera Charles Bukowski: “Encuentra aquello que amas y deja que te mate”.

Creer implica necesariamente una decisión, una apuesta, arriesgarse sabiendo que se puede ganar pero también es posible perder. “¿has vivido de acuerdo al deseo que te habita?” nos recuerda J. Lacan.

Dentro del discurso religioso podemos ver la vida de los monjes del budismo zen o dentro del pensamiento judeocristiano están los jesuitas que a través de su creencia mantienen un estado de vida diferente, apuestan por un ideal, una entrega a algo en lo que ellos creen y eso se ve reflejado en su rostro, en su manera de platicar, sus hábitos, etc. Creer, por lo tanto implica una “metanoia”, una conversión, ese “poder ver la vida con otros ojos”. Ese “hombre nuevo” que aparece tanto en el discurso judeocristiano como en el discurso psicoanalítico así como en el discurso marxiano.

Vivir la existencia, apostar por algo que apasione, creer en eso con vehemencia y dejarse llevar por ello. Encontrar el lugar de nuestro ser-en-el-mundo. De esa manera se estará apostando por una vida con sentido. Lo contrario sería caer en el nihilismo, filosofía que, de acuerdo a Jean Luc Nancy, es lo que impera en estos tiempos posmodernos.

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Narcisismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Un fuerte egoísmo preserva de enfermar,

pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo,

y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”

(S. Freud, Obras Completas, tomo XIV, en “Introducción al narcisismo” p. 82)

 

Sigmund Freud escribe en su obra “Introducción al Narcisismo” (1914) que los psicóticos no son candidatos a un psicoanálisis ya que han perdido el contacto con la realidad, así mismo los neuróticos han distorsionado sus vínculos con la realidad. La pregunta hoy en día es cómo nos vinculamos con la realidad, con los objetos de amor, con las personas. El fetiche llamado “virtual” ha impuesto una nueva manera de vincularnos. Ahora bien, no podemos afirmar que exista una “norma”. ¿En qué consistirá fomentar unos vínculos sanos? ¿Cómo poder andar por la vida sin proyectar nuestros propios demonios en las personas? Es decir, mucho de la estabilidad emocional o de la “madurez afectiva” como la llama Michel Onfray1, se pone en juego cuando se sabe reconocer “la propia viga en el ojo” y no andar endilgando en el ojo ajeno.

Sigmund Freud en la misa obra señalada líneas arriba (Introducción al narcisismo) que se encuentra en el tomo XIV de la Obra Completa editada por Amorrortu, plantea que el vínculo erótico que se pueda sostener con el otro es lo que nos puede alejar de una “enfermedad”. La posibilidad de amar al otro es quizá lo que puede abrir la puerta a la salvación.

¿Qué es el narcisismo? Es la incapacidad de amar al otro. Freud escribe: “La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo2

El vínculo de amor, la posibilidad de amar hace que el ser humano pueda encontrar su salvación, su salud emocional. Ese vínculo de amor puede ser amando a su pareja, a sus hijos, a su familia. ¿Por qué el destino de nuestro amor tiene que ser una persona del exterior? ¿Por qué no solamente amarse uno mismo? Quizá porque la plenitud del hombre esté encaminada hacia ese paso, dejar el egoísmo que nos caracteriza y voltear a ver al prójimo, la ética de la otredad. ¿Encontraremos la salvación amando al otro?

Amar significa ser responsable del prójimo encarnado en el hijo, en el cónyuge, en la esposa, en el prójimo distante y no tan distante. Escuchar es una manera de amar. Reconocer la singularidad, la individualidad, la historia de vida del otro es una manera de amar.

El narcisismo nos impide voltear a ver al otro. El narcisismo impide hacer vínculos afectivos con el otro. El narcisismo obliga al sujeto a ver por él mismo. La cultura posmoderna ha hecho un culto al narcisismo, los síntomas del narcisismo es la guerra, la injustica, la pobreza. El narcisismo se puede ver no solamente a nivel individual sino también como ese sistema que opera y desvincula con el otro. La brecha que existe en la sociedad es producto del narcisismo, es decir, del egoísmo.

Quizá el narcisismo es la vía regia hacia la autodestrucción, hacia vivir una existencia vacía, sin sentido, cada vez más angustiante.

Sobre la capacidad de amar: ¿ama el que puede desplazar su libido del yo hacia el objeto externo? O ¿es en la medida en que podamos amar que encontremos ese bienestar tan preciado? O en otras palabras: ¿Se podrá amar cuando se sufre? Sigmund Freud plantea la dificultad de amar como el sujeto que sufre un dolor de muelas y toda su energía se canaliza hacia esa preocupación. Lo mismo sucede en los vericuetos del amor; no se puede amar al otro si antes no se ha podido trascender la “enfermedad” que implica el narcisismo exacerbado. Es cierto que no se puede amar si uno no se ama a sí mismo, pero también es cierto que el narciso se esconde tras esa bandera y su libido queda agotada en ese primer intento (amarse a sí mismo) sin poder llegar a la pulsión de objeto, es decir, amar al otro.

Ahora bien, ¿por qué el psicoanálisis postula que amar al prójimo es indicio de salud emocional? Quizá porque trasciende ese amor narcisista que se instaura en la primera infancia. ¿Podríamos estar hablando de un amor maduro? Poder amarse a sí mismo pero también poder amar al prójimo. Esa es la cuestión. En eso se juega la vida toda.

Cuando el ser humano se convierte en padre/madre, va implícito un desprendimiento de narcisismo hacia el producto, es decir, el padre/madre puede reconocer en el otro a alguien a quien amar. Es por eso las dificultades de amar al otro cuando el hijo no ha sido fantaseado, anhelado, imaginado. No hay un corte en el narcisismo, el hijo no implica algo en el imaginario de ese padre/madre. No hay compromiso. Esto podría explicar el fracaso en las relaciones de pareja, cuando no se es posible trascender el propio narcisismo.

1 Onfray, Michel (2008) La fuerza de existir. ed Anagrama. España. p. 37

2 Freud, Sigmund (1914) Introducción al Narcisismo. Obras Completas, Tomo XIV. Ed Amorrortu, p. 72

 

Creer

Escribe Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

 

“El carácter neurótico es el reflejo, en la conducta individual,

del aislamiento del grupo familiar”

(J. Lacan en Escritos 1, p. 137)

Lo que cura, lo que salva, lo que da sentido a la vida del ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en una ideología, un proyecto de vida, una propuesta, una ética, en su propio análisis en busca de su verdad. Puede creer el ser humano en la ciencia, en la familia. Quizá la única condición es creer firmemente en eso que va a dar sentido a la vida. La sublimación como ese camino hacia el lugar que ocupa el ser humano en una cultura determinada. Esa creencia tiene que estar en plena comunión con lo “socialmente aceptado” es decir, para que el ser humano pueda acceder a la paz interior tan anhelada, el conflicto intrapsíquico tendría que encontrar cierta relación de compromiso que deje en equivalencia a las partes, ya que no podemos andar por la vida haciendo caso solamente a las pulsiones bestiales que nos habitan o su contrario, no podemos andar por la vida viviendo en la inhibición que tortura y lacera.

El ser humano se encuentra sujeto a una cultura determinada que le hace ver la delgada línea entre el bien y el mal. A eso comúnmente le hemos llamado “la voz de la conciencia” que es la trasmisión de la cultura de generación en generación para perpetuar la civilización. Cuando dicha línea se ve difuminada, el ser humano comienza a experimentar sentimientos de culpa que pueden ser excesivos a tal grado de padecer una depresión, angustia o, en casos más severos, andar por la vida “sin dios y sin diablo” trasgrediendo los límites establecidos por la ley.

El ser humano encuentra su “salvación” (recurriendo al constructo utilizado por la religión judeocristiana que aquí tomaré como metáfora) precisamente en la búsqueda y encuentro de eso que da sentido a su vida, cuando es capaz de sublimar y encontrar su lugar en el mundo; su ser en el mundo. ¿De qué se salva? Se salva precisamente de vivir una existencia en la mediocridad, cuando el ser humano abraza su deseo, se salva de andar viviendo la vida del Otro, comienza a construir su propia historia de vida (y no una “historia debida”). La creencia en algo o en alguien nos puede salvar de una vida mediocre. El que “medio-cree”, cree a medias y se le va la vida en ello, no apuesta por su deseo. La diferencia radica en la entrega a ese proyecto de vida, a la propia escucha en el camino del encuentro con el propio deseo.

Saber discernir el propio deseo del deseo del Otro implica toda una trayectoria de vida. Es necesario que el ser humano se estructure bajo la mirada del Otro (entiéndase “Otro” como el padre/madre que estuvieron allí en la primera infancia del sujeto) pero con el paso del tiempo el sujeto es convocado a cambiar de piel, a ir tras su propio deseo, ya que si no “vive de acuerdo con el deseo que le habita” (Lacan) puede caer en los estragos del silencio (Alejandro Salamonovitz) y con ello en una profunda depresión.

El camino hacia el encuentro del propio deseo es un camino sinuoso, lleno de contrastes, de soledad, de silencios prolongados, de angustia, de terror; pero en ese caminar, el ser humano va naciendo a otra cosa, va dando cuenta de su propio deseo y lo más importante, saber qué hacer con eso (ética).

El proceso de salvación (entendida como ese tránsito de una vida vacía hacia una vida plena) implica pues una creencia, llámese religión, educación, vocación o psicoanálisis. Es ese encuentro con la propia verdad. La salvación no es un proceso de la noche a la mañana. La “metanoia” (conversión) hacia una vida con sentido, hacia ese “hombre nuevo” que existe en la idea judeocristiana, pero también en el marxismo y en el psicoanálisis. “Devenir la descendencia de los propios acontecimientos, y entonces renacer, nacer otra vez más, y romper con nuestro primer nacimiento carnal” (Deleuze). El paso de un sujeto alienado a un sujeto conducido por su propio deseo.

La salvación está a la vuelta de la esquina. La familia salva.

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La máquina del tiempo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

Máquina del Tiempo

“Lo inconsciente, más que existe, insiste”

Carlos Gaos

 

Uno de los deseos del ser humano es que existiera una máquina del tiempo que nos regresara al pasado y poder enmendar los errores o poder aprovechar las oportunidades. Una máquina del tiempo que nos dijera qué nos depara nuestro futuro. Esa máquina del tiempo existe; se llama diván y el espacio propicio es el psicoanálisis.

Quizá el psicoanálisis sea un método eficaz para poder esclarecer la propia infancia. ¿Y por qué querer saber la infancia? Porque es allí donde se instaura la vida toda, el destino. Uno como padre de familia debería de poner mucha atención a cómo son sus hijos para saber cómo es que serán en su vida adulta, su manera de relacionarse, sus sueños, sus proyectos, cómo afronta las diversas situaciones de la vida. Todo está allí, la clave está allí, en la infancia.

El psicoanálisis como esa máquina del tiempo que permite integrar las diversas percepciones que se tiene de los hechos del pasado. El psicoanálisis como ese dispositivo que intenta explicar ese “saber no sabido”, es decir, existe “algo” (Inconsciente, “La Cosa”) que vive en nosotros y que desde allí “insiste” hasta lograr su propósito, como bien dijera el psicoanalista Carlos Gaos: “lo inconsciente más que existir, insiste”.

Reconocer la propia historia de vida puede ayudar a comprender por qué actuamos de determinada manera. Muchas de las veces las relaciones interpersonales están determinadas por la transferencia, es decir, por lo que se pone en juego en el preciso momento cuando estamos frente a una persona. Es por eso que muchas de las veces un adolescente se comparta de determinada manera con una persona y es distinto con otra persona. La transferencia es la que está en juego, es decir, lo que a ese adolescente le evoca la persona con la que está manteniendo un diálogo. Lo mismo ocurre con los adultos, muchas de las veces la queja que se escucha dentro del consultorio psicoterapéutico es que “él se comporta diferente cuando está con sus amigos”. Esta queja adquiere sentido si lo vemos a la luz de la transferencia.

¿Por qué reaccionamos de determinada manera con ciertas personas y con otras no? ¿Qué es lo que sucede para que una persona sea agradable a nuestros ojos? Lo que Sigmund Freud puso a discusión es precisamente este fenómeno que denominó “transferencia”, como eso que le pertenece a otro pero es depositado en otro, es decir, los recuerdos, las imágenes, los vínculos interpersonales que se establecieron en la más tierna infancia, tienden a repetirse, y lo que se calló en su momento, tiende a salir a la luz con mayor ímpetu. Es por eso que en los primeros años de matrimonio las parejas atraviesan este fenómeno, la transferencia, en donde a quien se le grita, se le reclama, se le exige no es precisamente al cónyuge o a la esposa; es más bien a esas figuras que han quedado introyectadas y que desde allí dictan el guion a seguir.

El psicoanálisis ha sido un dispositivo muy apropiado para poder esclarecer esos fantasmas con los que convivimos diariamente y que no nos permiten conocer a la persona que tenemos en frente. La experiencia analítica es una cura de amor, es decir, la gran enfermedad del ser humano es por esa imposibilidad de amar. El psicoanálisis se acerca a ese esclarecimiento e intenta desentrañar los motivos inconscientes del por qué se ha quedado algo atorado. Algo no fluye, algo no anda, y muchas de las veces ante esa imposibilidad de saber qué es lo que fastidia la existencia, alcanzamos a decir un simple “no sé”. Cuando aparece ese “no sé” es un buen momento de replantearnos el lugar en el mundo y comenzar a hacer realidad eso que dijo Sócrates hace tantos años: “Conócete a ti mismo”. El dispositivo analítico como ese lugar propicio para dejar de engañarse uno mismo.

El diván como esa máquina del tiempo en donde podemos historizar nuestra vida, atravesar el discurso imaginario que pervive en nuestro ser y exponerlo a través de la palabra, ese encuentro simbólico liberador, ya que como escribe el psicoanalista Alejandro Salamonovitz, el enfermo del alma lo está porque no ha podido hablar.

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Psicoanálisis y educación

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

¿Qué hacer cuando los padres de familia aceptan que han fracasado en la educación de sus hijos? ¿Qué implica educar? ¿qué implica guiar? Educar, guiar, controlar, moldear, etc., son términos que se remiten a un común denominador: el amor. Lo que realmente están diciendo los padres de familia cuando dicen que ni ellos pueden con la conducta de sus hijos, con la disciplina, con los límites y reglas, con proponer una estructura, realmente están aceptando su imposibilidad de amar. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta que ronda constantemente en las instituciones educativas, por su parte los maestros se encuentran ante la realidad del abandono familiar; hijos arrojados al mundo, viviendo la angustia propia y la angustia de sus padres de no saber qué hacer ante los acontecimientos que confrontan constantemente su lugar en el mundo.

            El conflicto del docente de educación básica es un conflicto que se ha venido incrementando. En el siglo pasado la profesión docente tenía que ver más con una vocación que con un oficio. La opción de ser maestro se fue convirtiendo en un trabajo seguro, bien remunerado y con un lugar socialmente encumbrado. Con el paso del tiempo la educación básica en México estuvo bajo discusión con el fin de mejorar los niveles educativos, aunado a la petición que hace la OCDE y la caída de la maestra Elba Esther Gordillo; el docente se sintió desamparado, además la actual reforma educativa en el sexenio de Enrique Peña Nieto que en su primer etapa vino a remover la angustia del docente ante tanta desinformación.

            Educar, gobernar y psicoanalizar son los tres acontecimientos imposibles según Sigmund Freud. La educación en México se ha convertido en un trabajo impuesto, en donde el deseo ha quedado fuera de las aulas, aunado a las situaciones emocionales que atraviesan el proceso de enseñanza aprendizaje.

            ¿Qué es lo que sucede en la actualidad en la educación en México? El docente se enfrenta ante la demanda de sus directivos, así como la exigencia de las estadísticas que requiere el sistema. Tal parece que la educación se resume a números, resultados, competencias, olvidándose de que dentro del aula hay un encuentro entre seres humanos.

            La prioridad del docente era que sus alumnos tuvieran acceso a la escritura y a la lectura así como el manejo del pensamiento matemático. En tiempos actuales el desafío se ha convertido en otra cosa, la problemática emocional ha jugado un papel importante dentro de las instituciones educativas, tanto por parte de los alumnos como por parte de los docentes. Los maestros se enfrentan a realidades que los rebasan como lo es la desestructuración familiar en la que sus alumnos se desenvuelven, eso hace que el docente recurra a los especialistas de la salud mental. Problemas de disciplina, falta de atención, hiperactividad, violencia, faltas de respeto, etc., y lo más lamentable es que el docente se encuentra muchas de las veces sólo ante ese desafío. Eso repercute en el factor emocional del docente, hay cada vez más casos de docentes que presentan problemas de inestabilidad emocional, estrés, ansiedad, depresión, ocasionando el consumo de medicamentos con la intención de recuperar el equilibrio.

            La propuesta psicoanalítica hoy en día tiene muchas cosas que aportar, principalmente la escucha que sucede en ese lugar, en el dispositivo analítico, en donde el paciente se permite decir todo lo que le angustia. Muchas de las veces el profesionista ha decidido hacer algo con eso que le viene complicando la vida y es cuando comienza a escuchar qué es eso que más le lastima; ese síntoma que aparece por el desgaste que implica la labor docente no es más que un detonante de algo que estaba allí y no se había tomado en cuenta.

            ¿El psicoanálisis es la panacea? No precisamente, pero ayuda a re-pensar el lugar en el que se está. Tanto el docente como el padre de familia pueden hacer algo ante ese “grito desesperado” que representa el “alumno problema”. El alumno es un síntoma del malestar en el que vivimos, la atención al alumno implica una colaboración tanto de los padres de familia como del docente, sobre todo la intervención tiene que estar dirigida hacia los fenómenos inconscientes que están detrás de esa problemática, ya que es con ese discurso “no sabido”, con lo no tangible, con lo que no se ve, eso es lo que está incomodando la existencia.

Esto no es cuestión de voluntad, de razón, de esfuerzos, hay algo más allá que trasciende, eso es lo que se tiene que escuchar en el consultorio, y ya una vez abordado, poder intentar comprender al alumno (al hijo) con otra escucha, con una visión diferente.

La interpretación de los sueños

 

“Los buenos son los que se conforman con soñar

 aquello que los otros, los malos, hacen realmente”

Platón

 

El inconsciente no conforme con hacernos pasar algunos momentos incómodos durante la vigilia (un lapsus lingüe, un acto fallido, un error, un olvido, un chiste, una decisión, una profesión, un matrimonio…) es insaciable, quiere más; aprovecha cuando el sujeto está dormido para también manifestarse. Durante el sueño somos títeres de nuestro inconsciente, es cierto que somos los protagonistas de nuestros propios sueños pero también es cierto que seguimos un guion predeterminado; ese guion está dictado por el inconsciente que quizá salvajemente ultraja al sujeto a su capricho y le hace experimentar alucinaciones y delirios, todo en un contexto que para el sujeto es tan real que lo deja pasmado, con sentimiento de angustia o muchas de las veces con esa sensación de incompletud, con esa sensación de que faltó algo, de que algo no se completó. Ese es el laberinto del inconsciente.

Hemos dicho hasta el cansancio que en el inconsciente se encuentra la verdad. ¿De qué verdad estamos hablando? De esa verdad que nos constituye y que tiene que ver con nuestra condición humana (Eros y pulsión de muerte) así como de deseo que habita en nuestro inconsciente.

Fue Sigmund Freud quien abordó la interpretación de los sueños de una manera diferente a la que se venía estableciendo, ya que anteriormente la interpretación de los sueños tenía que ver con premoniciones o con luchas metafísicas entre ángeles y demonios o desprendimiento del alma. Freud abordó la interpretación de los sueños y postuló el pilar en el cual se sustenta el fenómeno onírico: todo sueño es la realización de un deseo inconsciente reprimido y que está estrechamente ligado a nuestra infancia.

¿Qué podemos encontrar en una interpretación de sueños? ¿por qué es necesario interpretar los sueños? Freud comprendió que el sueño utiliza máscaras para no dejar a la intemperie el verdadero deseo, además de los mecanismos básicos de condensación y desplazamiento, en donde primero estamos soñando con un personaje y luego ya no es él o ella sino otra persona etc.

Lo que deseo señalar dentro del trabajo de la interpretación de los sueños siguiendo los postulados de Freud es que al momento de querer interpretar no hay que quedarse con el discurso manifiesto, es decir, el sueño como tal no es tan relevante ya que oculta al contenido latente y ese es el que nos interesa. Al momento de llegar al contenido latente es importante tomar en cuenta que “hay que ser mal pensados”, es decir, eso que soñamos qué tiene que ver con el deseo que nos habita, y saber que el deseo que nos habita está alimentado por nuestra condición humana, en donde el amor es un amor salvaje, bestial, y en donde el odio es un odio a muerte. Hasta esas profundidades es necesario llegar para poder reconocer de qué estamos hechos, saber cómo estamos constituidos. Por eso es necesario que un sueño sea contado a otro, en este caso a un psicoanalista, ya que uno mismo se podría quedar con el discurso manifiesto y no poder avanzar más allá.

La premisa fundamental del psicoanálisis es que somos sujetos deseantes y como tal siempre vamos a estar insatisfechos, deseando algo, carentes, constituidos por la falta. El deseo es testarudo, no tiene miramientos ni complacencias, no sabe de reglas ni de moral, va más allá de lo socialmente establecido, empuja hasta manifestarse y encuentra el lugar propicio, en este caso, en el sueño. Es por eso que durante el sueño siempre somos los protagonistas, el deseo nos pone en primerísimo lugar y todo lo que acontece a lo largo de un sueño tiene que ver con uno mismo. Es por eso que Lacan afirmaría que el Yo tiene una estructura paranoica, ya que en la fantasía creemos que todo gira alrededor de uno mismo. Y para muestra un botón: el sueño.

 

Los hijos son el síntoma de los padres

 

El gran descubrimiento que hace Sigmund Freud es que en la infancia se gesta la estructura de personalidad del ser humano, es decir, lo que se haya vivido, experimentado en la más tierna infancia, los vínculos de amor y las experiencias de odio van a marcar el destino del ser humano.

Muchas de las veces nos encontramos a nosotros mismos quejándonos de la vida que llevamos. Lo que no hemos caído en cuenta es de que el síntoma que venimos arrastrando no es más que el deseo inconsciente de nuestros padres, o, como me gusta decirlo: “nadie puede traicionar el deseo inconsciente de su madre”.

Por ejemplo, vemos caminar por la calle a una persona con obesidad mórbida y él o ella cree que está así porque ha comido en exceso, pero si esa persona acudiera a un análisis se daría cuenta de que lo que trae cargando en su cuerpo no es grasa acumulada, son emociones, resentimientos y sobre todo el deseo inconsciente de sus padres de que él fuera miserable el resto de su vida.

Lo mismo aplica en el caso de las personas que toman la “decisión” de suicidarse, entrecomillo “decisión” ya que a través del discurso psicoanalítico también se llega  a la conclusión de que el que se suicida no lo hace por un divorcio, un desempleo, la muerte del ser amado, una desilusión amorosa u otro argumento que alcanzamos a leer en los diarios, no. Encontramos las raíces del suicidio precisamente en la no-representación a alguien, en el no-deseo del otro, es decir, el que se suicida no encontró un lugar afectivo en el otro, no se sintió perteneciente al amor de su madre y su padre.

Cuántas veces no hemos visto o nos hemos topado con adolescentes que van transitando por la calle con la mirada extraviada, perdida, renegando de su existencia, con el rostro desencajado, con la tristeza que lo carcome, pensando que la vida no tiene sentido o que la “autoridad” es la culpable de todas sus desdichas. ¿Qué hay detrás de ese retrato que acá comento? Llevemos a análisis a ese adolescente y también lograremos encontrar que su malestar obedece a otra cosa, que hay una parte de su ser que intenta disfrutar de la vida pero hay otra parte dentro de su ser que lo jala, que lo coarta hacia una existencia de queja y pesadumbre.

Sigmund Freud al comienzo de sus investigaciones terapéuticas dio con lo inconsciente como ese lugar en donde se guardaba lo reprimido, los complejos y traumas, posteriormente, a través de la escucha de sus pacientes, va dando cuenta de que existe en la condición humana una compulsión muy fuerte hacia la repetición y que estamos atravesados por la pulsión de muerte, “más allá del principio del placer”, es decir, dio cuenta de que el ser humano no solamente tiende a la salud, al bienestar, a la felicidad, si no que dentro de la condición humana existe esa Cosa que empuja hacia la propia autodestrucción. Lacan llamará a eso “goce”, en donde el ser humano se siente atraído por maneras “insanas” de vivir la vida como lo es el exceso, el exceso en la droga, en la comida, en la bebida, etc., conductas autodestructivas que tienen su origen precisamente en la más tierna infancia y que se fueron moldeando por el deseo corrosivo de los padres.

¿Qué hacer? Lo primero es dar cuenta de que el padecimiento de nuestro síntoma se debe mucho a los fenómenos inconscientes con los cuales estamos constituidos, es decir, es cierto que mucho de la infelicidad del ser humano se debe al vínculo que pudo o no pudo hacer con sus padres en la infancia, pero también es cierto que la perpetuación del síntoma tiene mucho que ver si se decide continuar bajo el yugo del deseo de los padres o si se toma la decisión de comenzar a explorar la propia vida y comenzar a vivir la existencia de acuerdo al propio deseo que nos habita.

 

La educación en la infancia

“La gente no se da muy bien cuenta de lo que pretende hacer cuando educa.” J. Lacan

 

            ¿Cómo educar a nuestros hijos? ¿Cuál será la mejor manera? ¿Cómo hacer o qué hacer para evitar esos traumas lastimosos y esos complejos que en la edad adulta surgen pero que tienen el germen en la más tierna infancia? Cuentan que al terminar una de sus conferencias Sigmund Freud, se le acerca una madre de familia muy angustiada y le hace estas preguntas o alguna que otra parecida: “¿qué tengo que hacer para educar bien a mis hijos?” palabras más, palabras menos, a lo que Freud contestó: “haga lo que haga, va a estar mal”.

¿Es una proeza perdida de antemano? ¿Tendríamos que desobligarnos de nuestra responsabilidad como padre y madre dentro de la familia? No, la idea central de la respuesta de Freud no va encaminada hacia la desesperanza, al contrario, la respuesta de Freud va dirigida a amainar la angustia de la madre, angustia que precisamente se despierta al momento de re-encontrarnos con nuestra propia infancia a través de nuestros hijos.

Muchas de las veces cuando no se ha resuelto alguna situación que se trae arrastrando desde la más tierna infancia, llega el momento de convertirnos en padre o madre de familia y es cuando esa infancia que se ha reprimido comienza a causar estragos; nuestros propios hijos nos despiertan aquellos demonios, fantasmas, complejos, frustraciones, traumas que creíamos ya habían quedado atrás pero no, aún siguen existiendo y desde allí es que operan y guían nuestro proceder.

Sigmund Freud dejó escrito en su texto “El porvenir de una ilusión” lo siguiente: “Acerca de los niños, sabemos que no pueden recorrer bien su camino de desarrollo hacia la cultura sin pasar por una fase de neurosis, ora más nítida, ora menos”. ¿Qué quiere decir esto? Significa que el ser humano para poder acceder a la cultura y a la civilización, es necesario haber pasado por un proceso de socialización en donde se deja de ser una criatura que se rige por las necesidades y se aprende a postergar los deseos.

Es necesario que en el núcleo familiar se lleve a cabo el proceso de “castración simbólica” entendiendo la castración simbólica como ese proceso necesario en donde el ser humano comienza a tener el encuentro con el otro, aprende a postergar, aprende la tolerancia a la frustración.

¿Qué pasa si no ocurre esto que hemos denominado la “castración simbólica”? es cuando el infante no ha aprendido el respeto de las reglas de convivencia, cuando agrede a sus compañeros, cuando los berrinches son pronunciados, cuando trasgrede los límites establecidos y hace daño a personas, animales o cosas. Por lo tanto, postulará Freud, es necesario un monto de represión para poder convivir en sociedad.

¿Qué pasa con ese proceso de educación por el cual todos pasamos? Freud más adelante en el mismo texto señala: “La mayoría de estas neurosis de la infancia se superan espontáneamente en el curso del crecimiento; en particular, las neurosis obsesivas de la niñez tienen ese destino. En cuanto a las restantes, el tratamiento psicoanalítico deberá desarraigarlas en una época posterior.” Es decir, no hay mal que no cure el psicoanálisis, por decirlo jocosamente, claro que lo que está en juego es muy importante y los hechos cada día nos demuestran lo trascendente que es el amor y los límites en la infancia.

Es de suma importancia lo que podamos hacer en la educación de nuestros hijos, y si por alguna extraña razón perduran los conflictos, traumas y sensación existencial de no poder vivir de acuerdo al deseo que nos habita, para eso está el psicoanálisis, para hacer un intento de “revertir ese condicionamiento” que en la infancia fue necesario pero que en la edad adulta merece ser replanteado a la luz no ya del deseo de los padres, sino a la luz del propio deseo que nos habita.

El psicoanálisis hoy en día es vigente por la simple y sencilla razón de que el ser humano necesita ese lugar de encuentro consigo mismo, escuchar su palabra y saber qué es lo que le constituye, saber cuál es su historia de vida y aprender a reconciliarse con eso.

¿Por qué un psicoanálisis?

 

Desde que comencé este camino en la psicología, siempre han rondado preguntas interesantes en torno a la existencia del ser humano, la locura, la enfermedad, el suicidio, el amor y el sentido de la existencia. Caminando en la búsqueda hasta el momento encuentro en el discurso psicoanalítico algo que puede abonar a continuar en esa constante interrogación que tanto apasiona.

¿Por qué psicoanálisis y por qué no otra opción denominada “un poco más científica”? Porque la ciencia no alcanza a decirme qué hay después de la muerte, porque la ciencia no alcanza a decirme el por qué sueño lo que sueño, la ciencia no alcanza a decirme por qué me equivoco de tan fea manera o por qué sigo cometiendo los mismo errores. La ciencia se queda callada.

Hay otro discurso que ha intentado dar respuesta a dichas interrogantes a lo largo de la historia de la humanidad, a saber, la religión. La religión ha intentado dar respuesta a algunas interrogantes que angustian al hombre, pero sus respuestas son del orden de la ilusión y proponen regular la vida del ser humano de acuerdo al deseo divino; en cambio, el psicoanálisis no da respuestas, al contrario, motiva a preguntar y a darse cuenta de que el saber lo tiene uno mismo, en ese encuentro con la verdad, que no es una ilusión y que no es ciencia, y que el sentido de la vida no está dado por una instancia externa a uno mismo sino a partir de la escucha del propio deseo.

El psicoanálisis más bien se asemeja a la función del mito. El mito nos constituye, cada uno de nosotros construimos mitos para poder comprender lo que nos sucede, y esos mitos van formando parte sustancial de nuestra existencia.

Antes se creía que la locura, los sueños, la vida y la muerte, estaban regidas por sustancias que nos trascendían, por elementos metafísicos de los cuales estábamos a merced. El psicoanálisis da cuenta de que dentro del corazón del hombre se gesta tanto la pulsión de vida como la pulsión de muerte, y que los sueños no tienen nada que ver con ángeles y demonios, o que el fracaso en la vida no es por situaciones de “karma” o supersticiones en donde se pone en juego el pensamiento fantasioso.

El psicoanálisis es la peste, lo dijo Freud, en el sentido en que viene a incomodar al ser humano, viene a fragmentar su narcisismo, su comodidad, su certeza y seguridad. Lo confronta con su incompletud, con su imposibilidad, con su muerte. Y es a partir de allí, como señala Lacan en El Seminario 17: “Observen bien que nada toma sentido sino a partir del momento en que entra en juego la muerte” y es que precisamente ese “no saber” o no querer saber de la propia muerte es lo que nos tiene sometidos en la neurosis colectiva en donde el ser humano en su deseo de disfrutar, de “ser feliz”, se ha impuesto metas muchas de las veces inalcanzables y la misma angustia ante el sometimiento de los estándares de vida que se le ofrecen, desperdicia la única vida que posee sin darse cuenta de las cosas que realmente importan en la vida.

Vuelvo a la pregunta: ¿por qué psicoanálisis? Porque es un dispositivo que existe para hacer la vida del sujeto un poco menos miserable. No promete la felicidad u otra ilusión que dejará en mal estado al ser humano, lo que alcanza a ofrecer el psicoanálisis tiene que ver con ese descubrimiento de la propia verdad, de la propia historia de vida, y el análisis, ese encuentro constante con uno mismo, después de hablar tanto de uno mismo, lo que puede ocurrir es que uno se vaya enamorando de su propia vida, de su propia existencia. Amarse a uno mismo para que, en caso de que sea necesario, amar sin tapujos al prójimo.

¿De qué cura el psicoanálisis? 

 

Muchas veces hemos escuchado que el amor es lo que da sentido a la vida. Pero se ha olvidado un pequeño detalle; no se ha reparado en que es necesario amarse primero uno mismo. ¿Qué implica amarse uno mismo? Implica quizá aprender a pasarla bien en momentos de soledad, implica aprender a perdonarse esos momentos en donde no se ha vivido conforme al deseo que lo constituye.

Amarse a sí mismo podría ser un tema demasiado trillado porque ha sido explotado por los libros y conferencias de autoestima en donde se agranda el ego pero al final ¿qué se obtiene? simplemente ilusión. ¿Por qué entonces la propuesta del amor que hace el psicoanálisis tendría que ser diferente?

El psicoanálisis, como afirmó Jacques Lacan, es una experiencia en donde de lo que se habla es de amor. No se puede amar al otro si uno no ha pasado por esa experiencia de amarse a sí mismo, y precisamente lo que se ha comprobado dentro de la experiencia analítica es que cuando uno acude a psicoanalizarse es porque comienza a gestarse un acto de amor.

La propuesta del psicoanálisis precisamente tiene que ver con eso, con la experiencia analítica que permite amarse a uno mismo y poder dar el paso siguiente de amar al otro. ¿Cómo es que estamos tan seguros de que eso realmente sucede? El fenómeno de la transferencia da cuenta de ello.

Se ha dicho hasta el cansancio que el psicoanálisis no cura; ciertamente Sigmund Freud al final de su investigación ya no se preocupaba por que su invento fuera considerado como una “terapéutica” más bien su propuesta iba más allá, trascendía los parámetros establecidos de lo “normal” y lo “anormal”, no intentaba hacer del psicoanálisis un dispositivo que estandarizara la experiencia humana, al contrario, siempre se guio por la búsqueda y encuentro de lo “novedoso y singular”. Jacques Lacan en su encuentro con la obra de Freud va a postular que la experiencia analítica tiene que ver con otra cosa, con el re-conocimiento del propio deseo, y continúa la afirmación de que el psicoanálisis no cura, pero añade: “si llegara a haber una cura, sería curar de la ilusión”.

Hoy en día se siguen los pasos de Freud y Lacan, continuamos apostando a lo novedoso y singular de cada caso, de cada experiencia, no intentamos imponer un discurso al analizante. Y retomando ambos postulados (Freud y Lacan) podríamos seguir su línea discursiva y afirmar que, en efecto, el psicoanálisis no cura (no se puede uno curar de la condición humana) y que ciertamente la experiencia analítica tiene que ver con ese encuentro con el propio deseo y la cura de la ilusión. Yo podría añadir, aparte de todo esto, que el psicoanálisis sí cura: cura de la imposibilidad de amar.

 

Todos tenemos una historia de vida que contar

Todos tenemos una historia de vida que contar. Que lance la primera piedra quien esté libre de un trauma de la infancia. Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis puso el dedo en la llaga, puso sobre la mesa de discusión el por qué del sufrimiento del ser humano.

¿Por qué sufre el ser humano? El origen del malestar lo podremos rastrear en la más tierna infancia, en ese periodo de la vida cuando somos indefensos ante los embates de la realidad y requerimos el apoyo de nuestros padres. El ya conocido aforismo: “Infancia es destino”.

¿Se puede revertir nuestro destino? Entendiendo destino como eso que se construye desde la más tierna infancia a través de los vínculos amorosos con papá y mamá o con quien haya estado cumpliendo esa función.

Cada uno de nosotros tenemos una historia de vida que contar, un acontecimiento (o muchos) que han sido parte fundamental a lo largo de nuestra existencia; eventos desagradables, acontecimientos, traumas, complejos, experiencias frustrantes pero también experiencias agradables y fructíferas. Todo eso se ha quedado guardado en alguna parte de nosotros y desde allí lo retomamos y con eso interactuamos. No tanto el acontecimiento sino la percepción que tenemos de lo que nos sucedió. A eso Sigmund Freud le denominó inconsciente o Lacan también le llamó “historia de vida” que forma parte de lo que somos.

Ahora bien, lo que quiero poner a consideración del lector es lo siguiente: ¿qué pasa cuando esa “historia de vida” nuestro inconsciente lo traduce como “historia debida”? muchas de las veces nos damos cuenta que nuestra vida se la debemos a alguien, inconscientemente estamos en deuda con alguien, nuestra vida se la debemos a alguien y es por eso que no se vive la vida que se desea, se vive la vida con ataduras, se vive la vida de acuerdo a los patrones establecidos por nuestro pasado y no somos capaces de comenzar nuestra propia existencia porque el mandato sigue en el inconsciente, es cuando esa “historia de vida” se ha convertido en “historia debida”, se la debemos a alguien más, ya sea a nuestros padres, a nuestro pasado, a un trauma y la estamos pagando, ¿cómo? pagando lentamente, poco a poco con inseguridades, con lamentos, quejas, y muchas de las veces ese pago lo hacemos con “intereses” es decir, cuando contraemos una deuda, cuando debemos un pago, existen los “intereses” el pago sobre el pago; acá la interpretación iría encaminada de una manera similar; es cuando no contentos con vivir una “historia debida”, le añadimos esos “pagos de intereses”. Hay una doble connotación en esa palabra, se paga con “intereses” pero también significa que hay algo de “interés” en juego en eso de lo que tanto nos quejamos.

Es cierto que se “sufre porque se quiere” es decir, el que sufre muy probablemente está allí porque está obteniendo una ganancia secundaria, algún beneficio inconsciente está obteniendo al no moverse de ese lugar, al no terminar con esa relación poco sana, al no dejar ese vicio que lo arrastra hacia la autodestrucción, algo lo sigue manteniendo en ese lugar de trabajo en donde encuentra poca o nula insatisfacción.

Todo eso forma parte de nuestra “historia de vida” que se ha convertido para nuestra desdicha en “historia debida”. Se “sufre porque se quiere” entendido como esa manera de no moverse del lugar, pero también se entiende ese “se sufre porque se quiere” es decir, se sufre porque se ama. ¿Qué se ama? Se ama el vínculo que nos tiene atados al pasado.

Una vida que se debe y además se paga con intereses a alguien más. ¿A quién? De eso se trata el psicoanálisis, de comenzar a indagar en lo más recóndito de nuestro inconsciente y tratar de hacer consciente esos fenómenos de nuestra historia de vida.

¿Se puede revertir el malestar? Ya a cada uno le toca responder esa pregunta. El diván es un buen lugar para comenzar esas cuestiones que lo tienen a uno en la depresión, en la queja constante, viviendo una existencia “debida”. ¿Y por qué es necesario contar esa historia de vida? Porque es a través de la palabra en donde el ser humano puede simbolizar lo que angustia, eso que atormenta y que no tiene nombre, sólo a través de la palabra puede ir encontrando un cauce, en donde puede fluir libremente la pulsión de vida.

Breve y escaso

Existe en la actualidad una sensación de incompletud, dicha sensación es más frecuente en la etapa de la adolescencia en donde el ser humano va construyendo su identidad. Muchos adolescentes en la actualidad acuden a la consulta psicológica por tener ese sentimiento de vacío existencial, en donde nada les satisface, en donde no encuentran el sentido de su vida

En uno de los últimos textos de Sigmund Freud que escribió antes de morir titulado “Esquema de psicoanálisis” (en donde hace un compendio de los puntos principales de su obra) podemos encontrar quizá la respuesta a lo que hoy el adolescente demanda o carece.

Escribe Sigmund Freud: “el niño tras el destete siempre abrigará la convicción de que aquello fue demasiado breve y escaso.” ¿Qué importancia tiene hoy en día lo que Sigmund Freud encontraba en el discurso de sus pacientes? La relevancia que Freud encuentra en el análisis de las ocurrencias que sus pacientes vertían en su consultorio tienen en la actualidad gran peso, poseen vigencia, el discurso del inconsciente lo podemos ver de manera palpable en el diario vivir.

El psicoanálisis nos aclara que la vida adulta tiene mucho que ver con los acontecimientos de la infancia, es decir, observemos cómo la sociedad ha cambiado drásticamente en los últimos cien años, y fue precisamente la escucha analítica la que dio pie para que el ser humano descubriera que todos en mayor o menor medida tenemos rasgos propios de la condición humana que hacen que nuestra existencia no la vivamos de acuerdo a nuestro propio deseo.

Dentro de esos cambios vertiginosos nos topamos con el que hoy aquí comento, en donde el proceso del destete en la actualidad está regido de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud bajo un criterio de normatividad, en donde postula que a los seis meses el infante debe de atravesar ese proceso de destete. ¿Cuáles son las repercusiones cuando sucede un destete mal llevado? Es muy probable que esa experiencia constituya un punto muy importante dentro de la historia de vida del sujeto ya que sabemos que las primeras experiencias van a marcar la vida, es decir, qué tanto amor se experimentó en ese proceso cuando la madre y el hijo convivían en la íntima unión propia del desarrollo.

Ese sentimiento de “breve y escaso” va a permear la existencia del hombre moderno. Esa sensación de no sentirse completo, como que algo falta, como  que uno nunca va a estar satisfecho. Quizá la respuesta la podemos encontrar en nuestra más tierna infancia. Infancia es destino.

Muchas de las veces las primeras experiencias de nuestra vida nos marcan, esas experiencias viven en nuestro inconsciente y buscan el momento más adecuado para salir; ¿cómo nos damos cuenta de que lo reprimido en el inconsciente desea salir a la consciencia? cuando el ser humano sufre de padecimientos psicosomáticos, es decir, ya acudió al médico y el galeno le ha informado que su malestar no es de origen orgánico, por ejemplo cuando el ser humano padece de migraña, depresión, fobias, enfermedades psicosomáticas u otro malestar. Tener en cuenta estos descubrimientos que hace Sigmund Freud de la condición humana puede darnos luz para comprender el malestar que a cada quien aqueja. Conocerse uno mismo siempre ha sido una buena receta, desde los filósofos griegos hasta la propuesta psicoanalítica de hoy en día.

¿Breve y escaso? Breve y escaso, como la vida misma, la experiencia de la existencia se torna en eso, en ese deseo jamás completado, en ese deseo jamás logrado. Sin embargo es lo único que tenemos, este breve y escaso momento llamado existencia. Tenemos dos salidas: una, la salida neurótica, seguir quejándonos de lo mal que nos va en la vida u otra, acercarnos a esa comprensión que da el psicoanálisis y comenzar a vivir una existencia aceptando nuestra propia historia de vida y comenzar a vivir con esa auto-reconciliación, que sería el primer paso para vivir una vida ligero de equipaje.

 

*(Algún tema de interés que deseen sea abordado en esta columna, pueden mandar un correo a psicologocarlosmoreno@gmail.com)

Psicoanálisis en la vida cotidiana

En esta nueva temporada como colaborador de este sitio electrónico, quisiera abordar las problemáticas que se nos presentan en la vida cotidiana y ofrecer una mirada desde el psicoanálisis. El saber cómo es que estamos constituidos y lo que eso conlleva nos puede ofrecer otro punto de vista con el cual asumamos nuestra existencia, en el trabajo, en el amor, en las relaciones interpersonales. Sabemos desde Freud que todo ser humano posee una estructura psíquica que se compone por un Ello, un Yo y un Superyó, así como de un consciente, preconsciente e inconsciente y es en esta estructura de la personalidad desde donde tomamos las decisiones, elegimos nuestra vida, amamos y sufrimos y demás vericuetos propios del diario acontecer.

La idea de este espacio es dar a conocer cómo se trabaja dentro de una sesión de psicoanálisis, qué cosas ocurren dentro de la experiencia analítica y que puede ayudar a comprender algunas cosas del diario vivir como lo son el “lapsus lingüe” los errores, accidentes, motivaciones, deseos, olvidos, etc. es decir, tratar de poner al servicio del lector algunas consideraciones propias de la clínica para ir comprendiendo por qué actuamos como actuamos.

En esta primera entrega quisiera abordar, a manera de apertura, cómo es que estamos constituidos, cuál es nuestra condición humana, de qué estamos hechos. Algunas respuestas las podemos encontrar en la religión o en la ciencia y la filosofía. Pero como en este lugar estaremos hablando de psicoanálisis, será desde allí que intentaremos encontrar algunas pistas para que cada uno encuentre respuestas a sus interrogantes existenciales.

¿Por qué un psicoanálisis? Sigmund Freud fue el padre del psicoanálisis, se dio cuenta de que sus pacientes enfermaban porque reprimían cosas; ¿qué cosas? deseos, pensamientos, palabras, sobre todo mociones (movimientos, inclinaciones, pensamientos reiterativos) que entraban en conflicto con la moral de la sociedad en turno. Muchas de sus primeras pacientes acudían a él y platicaban de frustraciones, represiones, sueños y anhelos frustrados. Poco a poco Sigmund Freud se fue dando cuenta de que había algo más, de que en cada ser humano existía “algo de lo que nadie quiere hablar” y a eso el Dr. Freud le llamó “lo inconsciente”, que después, conforme fue elaborando su teoría, años después coincidiría mucho con lo que en 1920 llamaría el “Ello”. Así tenemos que la primera tópica freudiana (Consciente, Preconsciente e Inconsciente) se entrelaza con la segunda tópica freudiana (Ello, Yo y Superyó) de lo que estaremos hablando en el transcurso de estas entregas.

¿Por qué es importante saber esto? ¿Cómo repercute en el diario vivir del ser humano? Pondré un ejemplo: en la mayoría de los casos (y me atrevería a decir que en todos los casos) es muy frecuente que el ser humano tenga conflictos con el prójimo, llámese pareja, amigos, patrón, jefe, etc. es entonces cuando la gente se pregunta ¿por qué me cae tan mal? o “desde que lo vi sentí la mala vibra”. Eso tiene su explicación: andamos por la vida con conflictos no resueltos y muchas de las veces los conflictos que tenemos en la edad adulta vienen a remover esos conflictos que traemos arrastrando desde la más tierna infancia. Es por eso que una persona ante una situación reacciona de alguna manera y otra persona reacciona distinto, como por ejemplo ante una ruptura amorosa, un despido laboral, etc.

¿Por qué se suicidan los que se suicidan? ¿Por qué la gente se vuelve “loca”? Estos y muchos puntos más el psicoanálisis ha intentado investigar e intenta dar alguna luz para poder vivir la vida ligero de equipaje. Estos y otros asuntos de la vida cotidiana iremos abordando en este espacio.

El proceso de convertirse en persona

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

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imagen de la película "Noviembre"

imagen de la película “Noviembre”

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Hay un video en YouTube muy divertido titulado “el ventrílocuo humano”, un comediante haciendo la rutina de invitar a dos personas del público a que lo acompañen y lleven a cabo el performance en donde el comediante hace la voz de las personas que simplemente mueven la boca.

El “chiste” de esa escena consiste en que las personas solamente tienen que abrir la boca cuando el comediante les apriete la mano, ellos obedientemente abren la boca y el comediante se encarga de hablar con una voz que incita a la risa. En sí la actividad provoca un momento agradable, pero ¿qué hay detrás del chiste? Como bien dijera Freud: “el chiste y su relación con el inconsciente”.

La vida se parece mucho al performance acá descrito. Las personas que hacen de muñeco tienen una semejanza con el sujeto que presenta un padecimiento del alma, alguna depresión, una tristeza agobiante, un sufrimiento moral, una compulsión a la repetición, síntomas obsesivos, fobias, trastornos psicosomáticos, narcisismo o cualquier otro malestar que no le permite al sujeto vivir la existencia deseada.

Sucede lo mismo en la vida real. Cuántas veces no nos topamos con que nuestros deseos en realidad son deseos de algún Otro, que simplemente movemos la boca y de nuestro ser surgen palabras, acciones, comportamientos que no van acorde a nuestro deseo. La vida del ser humano se ve reflejada en esa escena del comediante en la medida en que las personas simplemente viven la vida al servicio de algún Otro que al mínimo señalamiento (apretón de manos, mirada, introyección de reglas, normas, filosofía de vida ajena) intentan responder a la solicitud del Otro (del Amo).

Parecería pues que el ser humano vive una vida prestada, su historia de vida es una “historia debida”, una vida prestada que se debe, una existencia como una marioneta, como un títere de algún Otro, llámese sociedad, llámese figuras materna y paterna introyectadas que en su momento le permitieron desarrollarse pero llega un momento en que ya no se puede seguir viviendo bajo el señalamiento o el apretón de manos como en el performance del video.

El proceso de convertirse en persona implica precisamente hacer consciencia de esa realidad, saberse un sujeto carente al servicio de algún fantasma, pero eso ya no puede seguir así, no se puede vivir la vida bajo el designio del titiritero.

El proceso de psicoterapia (específicamente la psicoterapia analítica y aún más el psicoanálisis) permite precisamente al ser humano hacer consciencia de ese juego, permite hacer consciencia de que el síntoma que presenta (miedos, tristeza, ansiedad, depresión) están al servicio de un malestar original, al servicio de “algo” de lo que no sabemos porque precisamente pertenece al orden de lo inconsciente.

La propuesta de la psicoterapia psicoanalítica es atravesar ese fantasma, tomar nuestra propia voz (ya no más la voz del titiritero) pero ese proceso de separación es doloroso; imaginemos el desprendimiento de ese vínculo (representado por el apretón de manos entre el comediante y los personajes), diluir ese vínculo no es cosa fácil, implica romper con ciertos prejuicios, con pensamientos que se han anidado por años y años en nuestra vida; separarse de la mano del titiritero implica un nuevo nacimiento, un desprenderse para comenzar una nueva vida guiada por el deseo genuino, buscar nuestros propios sueños, anhelos, aspiraciones y no seguir siendo el muñeco del ventrílocuo.

Es cierto que nuestra infancia nos marca; “infancia es destino” pero no todo está determinado, es necesario escucharse, analizarse, dejar de engañarse, saber qué representa cada cosa en la vida, qué cosas seguimos repitiendo de nuestra infancia en la vida adulta, repetimos para no recordar eso que duele.

La propuesta del psicoanálisis es que el ser humano pueda hacer algo con eso de lo que se queja, primero saber hasta dónde está implicado en ese malestar, qué tanta responsabilidad hay en eso que lo llevó al consultorio para que después pueda re-elaborar, es decir, re-significar eso que lo ha moldeado desde la infancia, esas carencias, frustraciones, satisfacciones y traumas que han quedado allí guardadas en el inconsciente y que tienden a salir a la consciencia pero salen de una forma disfrazada a través de los sueños, el chiste, el olvido, el lapsus, el acto fallido. El inconsciente constantemente se quiere manifestar, habrá que darle la palabra, algo bueno tiene que decir; quizá ese será el inicio de una vida con sentido, una existencia propia, ya sin la necesidad de seguir atado a la mano del Titiritero, del Otro, del Discurso del Amo, del “qué dirán”, del síntoma, de la queja. Hacerse responsable de la propia existencia y el primer paso es reconocer nuestra propia voz y no tomar prestada la voz de alguien más. Seguir nuestro propio deseo y no el deseo del ventrílocuo.

Es cierto que la psicoterapia implica tiempo, esfuerzo, dedicación, compromiso, responsabilidad; es cuestión de poner en una balanza la vida misma, seguir padeciendo ese malestar u optar por empezar a hacer algo con eso que nos paraliza y que no nos atrevemos a decir porque es muy penoso, vergonzoso, o creemos que no tiene nada que ver  con nuestro malestar. En el consultorio se dará cuenta de que eso que se creía tan insignificante estaba guiando nuestra existencia. Deshacerse de los fantasmas que no nos pertenecen, aceptar lo que no podremos cambiar y decidir comenzar a construir la vida que hay en lo más profundo de nuestro deseo; un deseo que se descubre a través de la propia palabra, de nuestra propia palabra; de tu propia palabra.

*Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo y Psicoterapeuta
Monclova, Coah. Mx
psicologocarlosmoreno@gmail.com