Los mandatos del inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“He hallado que las personas que se saben los preferidos o favorecidos por su madre dan pruebas en la vida de aquella particular confianza en sí mismos, de aquel inconmovible optimismo, que no rara vez aparecen como heroicos y llevan a un éxito real”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE V, p. 401)

Dentro de la experiencia clínica, en el consultorio, el paciente plantea una problemática actual, ya sea con su pareja, en su trabajo, con sus hijos, consigo mismo, etc., sin embargo, a lo largo de la escucha va apareciendo el fantasma producto de la interacción que ha sostenido con sus padres, sus hermanos, su núcleo familiar más allegado durante sus primeros años de vida. Por lo tanto lo que el paciente cuenta en el consultorio de su problemática actual, tiene mucho que ver con cómo fue la relación, el vínculo afectivo con su padre/madre. S. Freud escribe en su libro la interpretación de los sueños lo siguiente: “Mis calurosas amistades como mis enemistades con personas de mi edad se remontan al trato que tuve en la niñez con un sobrino un año mayor que yo, en el que él era el que triunfaba y yo muy temprano debí aprender a defenderme; éramos inseparables y nos amábamos, pero entretanto, según lo sé por el testimonio de personas mayores, reñíamos y nos acusábamos. Todos mis amigos son en cierto sentido encarnaciones de esta primera figura que «antaño se mostró a mis opacos ojos»; son resucitados.” 1

La manera en que el ser humano intenta solucionar sus problemas o toma decisiones importa poco comparado con el deseo inconsciente de la madre, es decir, por mucho que el ser humano se aferre en trazar su propio camino, su propio destino, ese destino ya está predestinado desde la más tierna infancia, y sólo haciendo consciencia de eso (al más puro estilo de Edipo) se podrá comenzar a construir una historia alterna, ya no bajo la mirada del deseo del Otro, sino de acuerdo al propio deseo que le habita.

El síntoma que se viene arrastrando en la vida tiene que ver con eso que la madre/padre ha depositado en el hijo, lo que representaba. El hijo como significante. El paciente que se queja de algún malestar es que precisamente está llevando al pie de la letra el síntoma heredado por sus padres. Claro que ese “destino” se puede esclarecer y con ello comenzar a escribir un guion diferente, el primer paso es dar cuenta de que el malestar que lo paraliza no es propio, es una herencia.

¿Cómo se va constituyendo el deseo del padre/madre hacia sus hijos? Desde la más tierna infancia de los propios padres, es decir, cuando el padre/madre en la infancia recreaba las escenas al jugar ser papá o mamá, desde allí se iba estructurando ese deseo, desde allí se comenzaba a gestar la función paterna. Con el mismo esmero, pasión, dedicación que la niña juega a cuidar, amar, proteger a sus muñecas, será la misma entrega en su deseo de ser madre, lo mismo pasaría con el varón. Ahora bien, habrá casos en que el niño/niña renuncie al juego, quizá con ello está renunciando a su posible función paterna y con ello las consecuencias en la vida adulta.

El lugar que ocupaban los hijos en la fantasía de los padres en su propia infancia se cumplirá tal cual cuando crezcan y vean en sus hijos plasmados esos juegos que llevaban a cabo en su infancia. Es por eso la importancia de escuchar a los niños en sus juegos de fantasía sobre todo los que tienen que ver con los de rol padre/madre: “yo quiero tener tres o cuatro hijos”, es en ese momento, en el discurso del niño, que está comenzando a nacer el hijo en su fantasía.

Por lo tanto, irremediablemente, la vida del paciente, de quien acude al consultorio, es un reflejo de dichos acontecimientos de la primera infancia de sus propios padres.

1 Freud, S., La interpretación de los sueños, (1900), AE, volumen V. p. 479

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La verdad está en el inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Atribuimos a la cultura y a la educación una gran influencia sobre el despliegue de la represión, y suponemos que sobreviene en la organización psíquica una alteración, a consecuencia de la cual lo que antes se sentía agradable aparece ahora desagradable y es desautorizado con todas las fuerzas psíquicas”

(S. Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, AE VIII, p 95)

El trabajo en un psicoanálisis consiste en desvelar -quitar el velo- que cubre el deseo del ser humano. ¿Por qué es necesario esto? Porque precisamente ese conflicto que se da entre lo que sucede en el interior del ser humano y lo que se le ha impuesto trae consigo el malestar.

La experiencia analítica encuentra su lugar cuando el paciente se permite decir todo cuanto se le ocurra, de esa manera el paciente se convierte en un analizante, es decir, en una persona que se va escuchando poco a poco y va construyendo un sujeto del inconsciente. ¿Cuál es la función del analista? El analista está allí para ser testigo de que se está llevando a cabo un análisis. La atención flotante del analista escucha lo que el inconsciente intenta trasmitir, ya sea a través de un lapsus, un olvido, un chiste, un sueño, que son propiamente las manifestaciones del inconsciente.

¿Por qué podríamos estar tan seguros de que en el inconsciente está la verdad? Recientemente leyendo el libro “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) de Sigmund Freud, en donde escribe el famoso chiste del “famillonarmente”, un juego de palabras en donde se mezcla “familiar” con “millonario” es decir, a un sujeto lo trataron familiarmente por confundirlo con un millonario. Tratando de comprender el chiste, recurro a otra fuente: “El sur como disculpa” de Federico J. C. Soriguer Escofet, en donde nos cuenta que él había leído el chiste en una edición que por error había traducido la palabra “famillonarmente” por “familiarmente” perdiendo con ello el chiste.

Lo que llama la atención es la analogía que ocurre de ese error de edición. Así trabaja nuestra estructura psíquica. Dentro del ser humano existe una instancia que se va a encargar de censurar, corregir, borrar, reprimir, editar, etc. El Yo y lo que se desprende a la postre de él, el Superyó, hacen la función, entre otras cosas, de ser un “corrector de estilo” en donde dedica gran parte de su fuerza a corregir los “malos pensamientos y deseos” del sujeto, hasta en muchos casos hacerlo sentir miserable.

El yo cumple la función de editar el deseo que habita al ser humano. Se encarga de traducirlo, otras censurarlo, desplazarlo, sustituirlo, suplirlo, etc., pero muchas de las veces se le escapa y es allí donde el analista pone atención; el material que la razón desdeña, el analista lo recupera para ir construyendo junto con el paciente en su devenir como sujeto del inconsciente.

Por lo tanto, podríamos decir que el ser humano es un ser auténtico cuando se equivoca, cuando olvida algo, cuando cambia una palabra por otra, cuando está enojado y dice lo que siente. El ser humano es auténtico cuando duerme y sueña su deseo. El ser humano deja ver su parte auténtica cuando cuenta un chiste y deja entrever por dónde es que anda su inconsciente. El error, el olvido, el lapsus, el acto fallido nos dicen más de la persona que cualquier otra cosa.

El chiste, el sueño, el error, el acto fallido, un lapsus, un olvido, peculiaridades que son inservibles para el sistema, forman la piedra angular para el psicoanálisis. No hay lugar para la verdad en un sistema que se ufana de ser la sociedad del espectáculo, la cultura de la vacuidad, la civilización líquida.

La verdad está en el inconsciente. Diga todo cuanto se le ocurra, que tarde o temprano el inconsciente hará de las suyas.

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La felicidad ¿a la vuelta de la esquina?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Los trabajadores, si en realidad miraran de frente

 la falta de sentido de su trabajo y su vida,

tendrían que abandonar totalmente el trabajo.”  

(Günther Anders  en “La obsolescencia del hombre”)

 

La sociedad actual está estructurada y constituida de tal manera para que el ser humano no alcance el máximo grado de bienestar posible, ya que la “felicidad” implicaría una involución, un retroceso que iría en contra de la civilización actual, de la cultura que como humanidad hemos construido hasta el momento en donde el acceso a la felicidad se da a través de la posición económica. En la actualidad la felicidad se compra, es lo que nos han hecho creer. La hipótesis actual de la felicidad es que solamente se puede alcanzar a través del dinero, como en su momento lo dijera el profeta MC Dinero (un DJ adolescente muy popular en México por sus rimas en donde reitera constantemente el significante dinero). Por lo tanto, la llave que abre el acceso a la felicidad en los tiempos actuales es el dinero, en un sistema capitalista neoliberal.

La sociedad actual arraigada en los más profundos apotegmas del capitalismo no va a permitir que un ser humano alcance la felicidad si no produce. Es por eso que las reglas del juego están establecidas: mínimo ocho horas de trabajo diario (mal pagado), dejar agotado al trabajador, esfumar sus aspiraciones, sueños, anhelos, deseos, que no tenga tiempo para pensar en una “insulsa revolución”, que quede incapacitado e imposibilitado para cuestionar el sistema o la manera de cómo se están dando las cosas. Distraer al ciudadano para que los perversos, esos que gustan de llenarse los bolsillos de dinero, sigan dictando las leyes, sigan practicando la corrupción, en un país en donde nunca pasa nada y en donde la amnesia es un síntoma crónico que se ha aprendido a vivir con eso.

Al sistema en turno no le conviene que el ser humano sea un hedonista. Es por eso que le vende la idea de vivir bajo los valores más sublimes y si no vive consecuente con eso, cargará la culpa por el resto de su vida. El hedonista no produce, es por eso que es mal visto, los jóvenes de los años sesenta se dieron cuenta de la grieta del sistema y optaron por una vida de “amor y paz”, fue un momento de quiebre en el sistema pero pronto se recuperó y dio a luz a los yuppies que son ahorita los jóvenes empresarios en donde el estatus se valora por la producción económica. La película “psicópata americano” es un muy buen ejemplo de la generación perversa que actualmente mueve los hilos del sistema en turno.

Actualmente la humanidad cada vez intenta negar lo que existe de bestialidad en nuestra condición. Se rige por los mandatos del superyó, (lacaniano, no tanto freudiano), un superyó que manda al sujeto a gozar, ese goce mortífero, una vida en exceso que le conducirá a la autodestrucción. El goce está íntimamente ligado con los estándares del consumismo. Tanto tienes tanto vales. Aquí cabe hacer una distinción: el ser humano tiende al placer (ello) pero es el superyó, sobre todo el descrito por Lacan, el que obliga al ser humano al exceso, es decir, el placer llevado a su punto más álgido. La exageración, la muerte.

El sistema actual está configurado de tal manera que el ser humano no se entere de que un día ha de morir, es por eso que quizá el anciano ocupa un lugar en la demencia senil, ya que le carcome la angustia de saberse mortal. Si supiéramos que un día hemos de morir, quizá no estaríamos haciendo muchas de las cosas triviales en las que se nos va la vida. El sentido de la vida, afirmaba en su momento el Dr. Víctor Frankl, está precisamente en la muerte, es decir, saber que un día hemos de morir y desde allí, desde esa perspectiva voltear a ver la propia existencia, algo así como lo que Heidegger afirmaba con su “Dasein propio”. Es la consciencia de la propia muerte lo que da sentido a la propia existencia.

El discurso de la ciencia nos enseña que la vida es efímera. ¿Qué relevancia tiene Juan, que vivió en el siglo XVIII? ¿Cuál es la trascendencia de su legado? ¿Cuál Juan? Es por eso que tomamos muy en serio la vida, tan en serio que nos olvidamos de lo más importante. ¿Y qué es lo que importa? Cada uno podrá encontrar la respuesta en su inconsciente. No existe un “único sentido”, cada uno deberá responder esa pregunta partiendo de su propia historia de vida, abrazando el deseo que le habita.

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La herencia maldita

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Quizá los niños alcanzarán lo que al padre le fue denegado”

(S. Freud en “La interpretación de los sueños” AE, V, p. 453)

El hijo hereda lo que el padre reprime. Desde el psicoanálisis sabemos que los hijos son el síntoma de los padres. Cuántas veces no hemos escuchado que los padres depositan en sus hijos los sueños frustrados jamás alcanzados, la gloria que les quedó vedada. Hacen que sus hijos practiquen deportes que al niño no le interesan, o le exigen la perfección en resultados académicos como un desplazamiento de ese resabio de angustia que ha quedado a través del cúmulo de frustraciones que viene acarreando a lo largo de su existencia.

Dentro de la clínica psicoanalítica, en el consultorio y sobre todo en el diván, uno da cuenta, cuando el paciente (analizante) comienza a asociar libremente y dice todo cuanto se le ocurra, va atando cabos del síntoma que padece y da cuenta de que ese síntoma no le pertenece, que más bien es una “herencia maldita” de un conflicto no resuelto por su padre/madre, un síntoma con el cual luchó toda su vida, en donde no lo asimiló y no lo hizo parte de su vida, siempre negándolo, siempre rechazándolo y, como dice la sabiduría popular: “lo que no has de ver, en la casa lo has de tener”, es decir, cuántas veces no vemos casos en donde el padre autoritario, que tiende a la perfección, que vive bajo la bandera de la obediencia y proclama un mundo ordenado, su hijo resulta ser anarquista, contestatario, que no respeta límites y reglas. O está el caso del padre/madre que son creyentes y su hijo ateo, no quiero decir que esto último sea un síntoma, más bien es para ejemplificar por dónde van los caminos del inconsciente.

Por lo tanto, conflictos no resueltos por parte del papá y la mamá tendrán un cultivo propicio en el inconsciente del hijo. Podríamos parafrasear el conocido refrán: “dime lo que no aceptas y tu hijo lo heredará”. Lo que se reprime en los adultos, los niños lo actuarán, y, en el peor de los escenarios, el “hijo devorado” por el padre/madre surgirá a través de una estructura psicótica.

La perversión del padre/madre que nunca se habló, que nunca se confrontó, que no se analizó, que se mantuvo reprimida, que no fue “exorcizada”, se convierte en el fantasma que ha de perseguir la existencia de los hijos. Es por eso que en la clínica psicoanalítica el hijo muy probablemente no esté padeciendo un síntoma original, sino, siguiendo el discurso analítico, los hijos son el síntoma de los padres, tanto de los conflictos internos propios de cada individuo como los conflictos propios surgidos a partir de las desavenencias que implica el convivir con el otro gran parte de la vida.

Uno podría pensar con esto que entonces todo está perdido, todo está determinado, pero nada más alejado que eso, el psicoanálisis da cuenta de ello: “Un análisis es un tratamiento que actúa sobre síntomas en la medida en que estos se manifiestan en el sujeto por medio de inhibiciones del deseo; es un tratamiento que modifica estructuras en particular esas que se denominan neurosis” nos recuerda el psicoanalista Luciano Lutereau citando a J. Lacan.

El paciente deberá recorrer ese laberinto llamado síntoma en donde tendrá que saber qué le corresponde a él (qué tanto es responsable de eso de lo que tanto se queja) y qué tanto de ese síntoma es heredado. Muchas de las veces el síntoma heredado incomoda, no deja andar, un buen comienzo de análisis es cuando se detecta el origen de dicho síntoma (heredado) y se comienzan a replantear las cosas, sobre todo a re-significar, historizar y saber qué se puede hacer con ese material que poco a poco va saliendo a la luz a través del propio discurso y recorrido de la historia de vida, como bien afirma el psicoanalista Eduardo García Dupont: “el acto analítico apunta al despertar para que el sujeto sepa hacer con su angustia y produzca sus actos singulares”.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

El síntoma es un chiste

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“El sueño se vuelve chistoso

porque tiene bloqueado el camino más directo e inmediato

para la expresión de sus pensamientos:

se ve forzado a ser chistoso”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE IV, p. 304)

El síntoma hace del ser humano una caricatura. El síntoma por definición es un mal chiste; es contar una cosa con otra cosa. El síntoma es un intento de hablar de algo, pero como no se puede hablar de eso (un trauma, un deseo, un enojo, un conflicto, etc.,) el inconsciente hace de las suyas y fragua todo un plan para escabullirse hacia la consciencia. El síntoma (depresión, exceso en alcohol y tabaco, anorexia, bulimia, fobias, estrés, angustia, etc.,) es un “acto fallido” y por lo tanto un acto logrado en el sentido en que el inconsciente encuentra esa manifestación como válvula de escape.

El síntoma aparece en la vida del ser humano arrojándolo al absurdo. El síntoma es un mal chiste en donde uno siempre es el protagonista. El inconsciente es un hacker, es un trolleador, un niño sin malicia que goza haciendo travesuras con el fin de ser tomado en cuenta.

La cura psicoanalítica opera allí donde la medicina fracasa. El paciente ha recorrido ya varios consultorios de médicos y ninguno encuentra el origen orgánico del malestar del paciente. “Ha de ser psicológico” le dicen y le recetan una visita al psicoanalista.

El ser humano es un conjunto de variables culturales, sociales, educativas, familiares, individuales, singulares, bioquímicas, psicológicas, espirituales, cognitivas, etc. Para poder comprender el sufrimiento de la persona es necesario interrogar cada aspecto de su vida, de su historia de vida, de lo que él está consciente, de lo que sabe, pero también y más importante es el abordaje que se lleva a cabo en lo latente, en lo que no está en el discurso manifiesto, en el motivo oculto desde donde empuja e insiste su inconsciente.

Muchas de las veces el malestar que aqueja al ser humano sólo se entiende como una re-edición de un malestar anterior. Es decir, la queja que cuenta la esposa contra su marido no es más que una queja de años atrás, muchos años atrás, desde la infancia, sólo que ahora transfiere en su marido el malestar del allá y el entonces que nunca pudo expresar al destinatario correcto. Es por eso que el síntoma aparece como un mal chiste, un humor muy absurdo en donde el ser humano sufre por algo de lo que no da cuenta pero a la vez en eso encuentra regocijo. ¿Por qué? precisamente porque ese síntoma le conecta con su más tierna infancia, es la única manera en la que puede hacer conexión con su pasado, un pasado perdido, ominoso al cual no puede acceder a través de la simbolización y se conforma con actuarlo constantemente.

El malestar en el ser humano proviene de asumir el discurso del Otro, de apropiarse algo que no le pertenece. El cuerpo es una metáfora del conflicto psicológico que habita a la persona. El síntoma es un chiste que se impregna en el cuerpo del ser humano como un tatuaje que cumple la función de no recordar algún suceso traumático de la más tierna infancia, que se presenta una y otra y otra vez, obedeciendo a esa compulsión a la repetición que mantiene maniatado al ser humano sin poder andar ese laberinto llamado deseo.

La propuesta del psicoanálisis es un acompañamiento a través de la experiencia analítica en donde se intenta que el ser humano encuentre oros caminos de expresión menos tortuosos. Que “mi ser hable” para dejar atrás una vida “miserable”.

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El malestar en el ser humano

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Los padres desempeñan el papel principal en la vida anímica infantil

de todos los que después serán neuróticos”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE, Tomo IV, p. 269)

Mucho del malestar en el ser humano tiene que ver con el conflicto que se da a nivel intrapsíquico y a su vez con el conflicto que existe en la vida cotidiana con la realidad. Cuando se menciona “conflicto intrapsíquico” se hace referencia a las instancias psíquicas que habitan nuestro ser, a saber, el Ello, el Yo y el Superyó; en otras palabras, el conflicto que atraviesa al ser humano radica entre lo que desea hacer y el deber ser, además, añadiendo el conflicto propio con la realidad en la que se desenvuelve.

El ser humano propiamente es un “esquizofrénico” partiendo de la definición etimológica (cerebro dividido) y no tanto desde la definición psicopatológica. El ser humano es un sujeto artificial que se encuentra dividido entre lo que desea y lo que debe hacer. En cambio el animal solo sigue su instinto, no hay división, no hay conflicto de intereses, por el contrario, en el ser humano habita ese conflicto instaurado por la cultura en donde el deseo sufre una represión pero sale a la consciencia a través de una negociación; llega, por decirlo así, a un acuerdo y es lo que conocemos como “manifestaciones del inconsciente”, a saber: el sueño, el lapsus, el olvido, acto fallido, el chiste y sobre todas las cosas, el síntoma, eso de lo cual el ser humano se queja pero que desde el inconsciente alimenta con tanto ahínco.

Quizá mucha de la neurosis contemporánea se vería disminuida si tan solo diéramos cuenta de ese conflicto que nos habita. Saber reconocer las instancias en pugna y comenzar a reconciliarse con los fantasmas que aterran.

Cuando un paciente acude al consultorio psicoterapéutico va dando cuenta de ese otro discurso que lo habita y poco a poco se va deshaciendo de lo que no le toca y asumiendo lo que le corresponde.

Mucho del proceso psicoterapéutico tiene que ver con ese esclarecimiento del discurso interno que desde allí sigue imponiendo las directrices a seguir, como un trazo planeado, un destino manifiesto, pero ese destino incomoda, ese destino se ha convertido en síntoma, un síntoma que el ser humano padece y que no da cuenta de ello porque es inconsciente, como cuando Edipo Rey supo su destino, la revelación fue tan insoportable que tuvo que arrancarse los ojos. Así el psicoanálisis, el paciente se encuentra con ese discurso que lo ha mantenido maniatado, imposibilitado, paralizado, y cuando da cuenta de eso, arranca los ojos con los que veía su historia de vida y comienza a ver la realidad con otros ojos. A diferencia de Edipo, el paciente (analizante) no queda ciego, al contrario, comienza a afrontar su vida desde su propio deseo y no desde el deseo del Otro.

Por lo tanto, el malestar en el ser humano tiene mucho que ver con ese discurso introyectado, con ese deseo de los padres, con las palabras que perviven en el inconscientes y desde allí empujan, calan, orillan, insisten.

Saber hacer un corte es necesario, ese cambio de piel que implica comenzar a vivir la existencia que se desea.

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