¿Para qué un psicoanálisis?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Hay que saber que el método psicoanalítico

favorece la reviviscencia de recuerdos a veces dolorosos,

único medio de deshacerse de los síntomas que obstaculizan la existencia”

(Juan David Nasio en Un Psicoanalista en el diván, p. 36)

¿Para qué pudiera servir acudir con un psicoanalista? ¿Quién necesita psicoanálisis? De entrada tendríamos que re-plantearnos el término “sirve o no sirve” ya que tiene una connotación utilitarista, muy ajena al discurso psicoanalítico. Salvado ese laberinto, podremos abordar lo que aquí se interroga.

¿Para quién es recomendable acudir con el psicoanalista? Para aquellas personas que padecen de un síntoma, para las personas que se han topado con algún sufrimiento en su vida, para quienes sienten que han fracasado en la vida, para esas personas que se les dificulta establecer vínculos interpersonales, entre otras muchas razones. Ahora bien ¿quién se salva del padecimiento? Sólo aquél que no quisiera reconocer el lugar que ocupa en su propio malestar. Aquellos que están a gusto con su forma de ser, o que no están dispuestos a re-plantearse su vida, quizá el psicoanálisis no sea la mejor opción, ya que el psicoanálisis implica una experiencia de vida en donde se da lugar al replanteamiento de la propia existencia, a la propia estructura, a la historia de vida.

¿Qué promete el psicoanálisis? Siguiendo a Lacan, el psicoanálisis promete la cura de la ilusión, entre otras cosas. La experiencia analítica tiene que ver con conocerse uno mismo, adentrase a los laberintos del inconsciente, saber discernir ese Otro que habita en uno mismo y comenzar a ser coherente con el deseo que nos habita. Es por eso que el psicoanálisis es una apertura para el ser humano que siente la imperiosa necesidad de re-plantear su existencia, sus decisiones, su manera de pensar, su ideología y sobre todo, saber cómo ama y qué se puede hacer con eso.

Es cierto que el psicoanálisis recurre al pasado como esa fuente de donde emana el presente; sería un absurdo creer que se pudiera cambiar el pasado, nada de eso, la idea de recurrir al pasado es para apalabrar la historia de vida y dar cuenta del lugar que se ocupa en el presente; saber cómo es que las pulsiones inconscientes nos han empujado hasta el lugar que ocupamos en la actualidad.

Una de las peculiaridades del psicoanálisis es la interpretación de los sueños. Sigmund Freud postuló que el sueño tenía dos contenidos, lo manifiesto y lo latente; lo manifiesto es lo que logramos recordar y lo latente es lo que se muestra a través de la interpretación. Ahora bien, cabe la pregunta ¿y qué con eso? pues bien, es a través de la interpretación que vamos al encuentro con nuestro verdadero deseo, y ese deseo tiene que ver con nuestra propia infancia, es decir, se nos ha dicho infinidad de veces que el ser humano encontrará la dicha si es que cumple sus deseos de la infancia; cuántas veces no hemos escuchado ese re-encuentro con lo que anhelábamos en la más tierna infancia. Pues bien, la interpretación de los sueños dentro del psicoanálisis es la vía regia hacia el acceso a ese re-encuentro con el deseo que nos habita.

La interpretación del sueño indica el deseo de la infancia. Si se pone atención a los fenómenos oníricos podremos encontrar huellas que pueden guiar ese re-planteamiento de la vida cuando no se está viviendo la vida que se desea. Si no se está viviendo lo que en la infancia a uno lo colmaba de bienestar, muy probablemente se esté viviendo una existencia desdichada, una vida carente de sentido, arrojados al infinito del absurdo. El deseo de la infancia tiene que encontrar su cauce por la vía de la sublimación, el simbolismo, el desplazamiento.

Retomando la pregunta: ¿para qué un psicoanálisis? podría aseverar que, a lo largo de la experiencia clínica, en la escucha de mis pacientes, un psicoanálisis puede colaborar a que el paciente dé cuenta de su síntoma y de que ese síntoma está íntimamente ligado a sus padres. Una máxima dentro del psicoanálisis es: “los hijos son el síntoma de las padres”.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

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La cama

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

imagen de elmundo.es

imagen de elmundo.es

 “Los trabajadores, si en realidad miraran de frente

 la falta de sentido de su trabajo y su vida,

tendrían que abandonar totalmente el trabajo.”

(Günther Anders  en “La obsolescencia del hombre”)

A fin de cuentas, la existencia humana se resume a cuatro letras: cama. Es en una cama en donde la madre da a luz a su hijo. Es en una cama en donde hombre y mujer hacen un pacto de entrega y crean vida. Es en la cama en donde los amorosos practican ese juego interminable llamado amor. En la cama se descansa. La cama también puede ser utilizada para recostarse y prender la televisión y ver películas en compañía de quien se ama.

En cama se pasan los peores padecimientos del cuerpo. En cama suceden los encuentros y desencuentros con uno mismo y con el partenaire. La cama es fiel testigo de esa manifestación por antonomasia del inconsciente: el sueño.

En la cama los niños brincan y juegan a ser acróbatas, la cama es su circo o juegan a ser astronautas que llegan a conquistar algún planeta desconocido.

Quizá la evolución filogenética tuvo un error y en lugar de que el ser humano estuviera en una posición erguida, deberíamos andar por el mundo en una posición horizontal, acostados, en la cama, descansando, disfrutando de la vida, viendo películas, durmiendo, haciendo el amor.

En el consultorio hay un familiar muy cercano a la cama: el diván. En el diván el sujeto se analiza, se escucha a sí mismo, se conoce, se enoja, se enamora. Va construyendo su propia vida. Es en el diván (un dispositivo similar al de la cama) en donde el sujeto se confronta con ese Otro que le habita y comienza a descifrar su existencia.

Al final de la vida llega el momento de despedirnos, y lo hacemos precisamente en esa posición, una posición horizontal, como un tributo a lo mejor de la vida que se llevó a cabo en ese lugar, en la cama. Llegamos al mundo en una cama y nos retiramos de este mundo en otra.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

El Sentido y el Nihilismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que tiene sentido, viene hacia mí, me golpea, me desplaza, me provoca”

Jean-Luc Nancy

 

Lo que cura, lo que sana, lo que da sentido a la vida, lo que salva al ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en el psicoanálisis, en la ciencia, en la familia, en el arte, el deporte, en alguna ideología, una ética, etc. Pero existe una condición: que esa creencia sea firme, con vehemencia, que uno esté convencido de eso, de que ese es el camino hacia su propia salvación. ¿Salvación de qué? salvarse de venir al mundo y desperdiciar la única oportunidad de existir. Esa creencia será el pilar de su sentido de la vida. Esa creencia se enmarca dentro de un contexto socialmente aceptado, quizá no en el camino sinuoso de la otredad, pero sí en la ética minimalista de intentar no hacer daño al prójimo.

¿Por qué tendríamos que optar por una opción de vida en donde no se fastidie la existencia al prójimo? Precisamente porque en eso está sustentada la civilización, en el respeto al límite del otro. Dentro del ser humano existe una “voz” (en psicoanálisis esa voz se llama superyó [Freud], discurso del Otro [Lacan] o en la filosofía de Kant “imperativo categórico”) que impone los límites propicios para poder vivir en sociedad.

La angustia, la intranquilidad, esa falta de “paz interior” se debe precisamente a que el ser humano trasgrede los límites establecidos por su “voz interior”. Muchas de las veces esa voz interior se vuelve demandante, castrante, punitiva y hace sentir mal al ser humano, es cuando el síntoma deviene en inhibición, angustia y más allá, en depresión. Es por eso que Sigmund Freud postuló dentro del psicoanálisis un reconocimiento de las pulsiones que constituyen al ser humano y tratar, en la medida de lo posible, hacer un acto de reconciliación; saber cómo estamos constituidos (ello, yo, superyó) y reconocer qué cosas podríamos seguir conservando y qué otras es necesario replantear, y en caso de ser necesario, hacer ese “cambio de piel” o quitar la posible losa que se carga en la espalda, es decir, saber poner a un lado la herencia patológica de los padres.

Al principio del texto menciono la palabra “salvar”. ¿Salvarse de qué? quizá salvarse de una vida mediocre. Dentro del discurso judeocristiano existe la idea de venir al mundo y vivir una vida plena, una vida en abundancia. Por su parte el psicoanálisis trabaja con el deseo del analizante (paciente). Es decir, ambas propuestas (religión judeocristiana y psicoanálisis) tienen dentro de sus principales postulados saber aprovechar el breve momento porque el atravesamos en nuestra historia de vida en la tierra. Otra de las características en común entre el pensamiento judeocristiano y el psicoanálisis es que la vía regia hacia la “salvación” es precisamente el amor, amor a uno mismo, amor a la familia, a la pareja.

El que “medio cree” obtiene como resultado una vida mediocre. No solamente se habla de creer en Dios, no, también se puede creer en uno mismo, en el amor, en la vida misma, en la familia, en un proyecto. A fin de cuentas lo que sustenta la capacidad de “andar” es esa creencia, ese apostar y arriesgar por un proyecto aquí en este tránsito por el mundo.

La creencia implica una entrega a un ideal, a un proyecto, a una fe. Creer en algo implica apasionarse por ello, como escribiera Charles Bukowski: “Encuentra aquello que amas y deja que te mate”.

Creer implica necesariamente una decisión, una apuesta, arriesgarse sabiendo que se puede ganar pero también es posible perder. “¿has vivido de acuerdo al deseo que te habita?” nos recuerda J. Lacan.

Dentro del discurso religioso podemos ver la vida de los monjes del budismo zen o dentro del pensamiento judeocristiano están los jesuitas que a través de su creencia mantienen un estado de vida diferente, apuestan por un ideal, una entrega a algo en lo que ellos creen y eso se ve reflejado en su rostro, en su manera de platicar, sus hábitos, etc. Creer, por lo tanto implica una “metanoia”, una conversión, ese “poder ver la vida con otros ojos”. Ese “hombre nuevo” que aparece tanto en el discurso judeocristiano como en el discurso psicoanalítico así como en el discurso marxiano.

Vivir la existencia, apostar por algo que apasione, creer en eso con vehemencia y dejarse llevar por ello. Encontrar el lugar de nuestro ser-en-el-mundo. De esa manera se estará apostando por una vida con sentido. Lo contrario sería caer en el nihilismo, filosofía que, de acuerdo a Jean Luc Nancy, es lo que impera en estos tiempos posmodernos.

Contacto psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

El goce no tiene memoria

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

El goce: un exceso intolerable de placer,

una manifestación del cuerpo

más próxima a la tensión extrema, al dolor y al sufrimiento.

(N. Braunstein 2006 en “El goce, un concepto lacaniano”, p. 14)

 

Existe un experimento con ratones en donde el animalito al tocar una palanca obtenía placer. Eso provocó que el animalito se olvidara de otras cosas hasta morir a cambio de un monto desmesurado de placer.

Para cuestiones prácticas vamos a definir eso como “goce”, en donde el animal  procuraba el placer a costa de su deterioro que a la postre lo llevó a la muerte. Lo mismo sucede con el ser humano y su atracción hacia los vicios, llámese el alcohol, el tabaco, el exceso en la comida, el sexo desmedido, situaciones en donde el ser humano lleva al extremo la experiencia y trasciende el límite del placer, lo que lo lleva a “más allá del principio del placer” es decir, al exceso, al goce mortífero.

El goce no tiene memoria. ¿Qué significa eso? significa que muchas de las veces el ser humano está consciente del mal que se está auto produciendo al caer en conductas de riesgo, en donde lleva más allá el placer que proporciona una cerveza, la comida, el sexo, pero no se conforma con eso y quiere más, insiste, hasta caer en el hartazgo, la borrachera, la adicción a la droga, el robo para obtener sustancias, la promiscuidad sin protección que lo conduce a la enfermedad.

El goce no tiene memoria, es decir, cuántas veces no hemos escuchado al alcohólico arrepentido decir que “ya no más”, que dejará el vicio por los que más ama, o el adicto a los estupefacientes también arrepentirse y optar por enclaustrarse para sanar, o al que se da atracones decir que “es la última vez”. El goce no tiene memoria. Pronto se olvida el ridículo que se hace, se olvidan las promesas, y el sujeto vuelve a las andadas. El goce no recuerda el padecimiento sufrido y opta por ese camino del exceso, quiere más, nada le llena. Objetivo final: la autodestrucción, la aniquilación, la saciedad final, el hartazgo existencial.

¿Por qué se cometen los mismos errores? ¿por qué estamos empecinados en reiterar el mismo daño? ¿Al servicio de qué está ese intento de autodestrucción? Una obediencia ciega. El goce no recuerda. No sabe de límites. Por ejemplo, la campaña de salud en donde ponen imágenes horribles en las cajetillas de cigarro como un intento de disuadir al adicto y que sepa las consecuencias de sus actos. Al contrario, todos sabemos que “fumar mata”. ¿Qué tanto esas imágenes son un incentivo para esa pulsión de muerte que vive e insiste en cada uno de nosotros?

La experiencia analítica precisamente intenta hacer un rastreo y dar cuenta de esa pulsión de muerte que nos habita. Reconocer nuestra condición humana, saber de qué estamos hechos y, lo más importante, qué estamos dispuestos a hacer con esa verdad que se descubre.

El goce no tiene memoria. Por más que el ser humano “sepa” el mal que se está haciendo a sí mismo y a los que le rodean, no va a parar, no va a ceder hasta que haga un intento por reconciliarse con ese “monstruo” que le habita y que no va a dejar de insistir hasta ser escuchado.

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Narcisismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Un fuerte egoísmo preserva de enfermar,

pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo,

y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”

(S. Freud, Obras Completas, tomo XIV, en “Introducción al narcisismo” p. 82)

 

Sigmund Freud escribe en su obra “Introducción al Narcisismo” (1914) que los psicóticos no son candidatos a un psicoanálisis ya que han perdido el contacto con la realidad, así mismo los neuróticos han distorsionado sus vínculos con la realidad. La pregunta hoy en día es cómo nos vinculamos con la realidad, con los objetos de amor, con las personas. El fetiche llamado “virtual” ha impuesto una nueva manera de vincularnos. Ahora bien, no podemos afirmar que exista una “norma”. ¿En qué consistirá fomentar unos vínculos sanos? ¿Cómo poder andar por la vida sin proyectar nuestros propios demonios en las personas? Es decir, mucho de la estabilidad emocional o de la “madurez afectiva” como la llama Michel Onfray1, se pone en juego cuando se sabe reconocer “la propia viga en el ojo” y no andar endilgando en el ojo ajeno.

Sigmund Freud en la misa obra señalada líneas arriba (Introducción al narcisismo) que se encuentra en el tomo XIV de la Obra Completa editada por Amorrortu, plantea que el vínculo erótico que se pueda sostener con el otro es lo que nos puede alejar de una “enfermedad”. La posibilidad de amar al otro es quizá lo que puede abrir la puerta a la salvación.

¿Qué es el narcisismo? Es la incapacidad de amar al otro. Freud escribe: “La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo2

El vínculo de amor, la posibilidad de amar hace que el ser humano pueda encontrar su salvación, su salud emocional. Ese vínculo de amor puede ser amando a su pareja, a sus hijos, a su familia. ¿Por qué el destino de nuestro amor tiene que ser una persona del exterior? ¿Por qué no solamente amarse uno mismo? Quizá porque la plenitud del hombre esté encaminada hacia ese paso, dejar el egoísmo que nos caracteriza y voltear a ver al prójimo, la ética de la otredad. ¿Encontraremos la salvación amando al otro?

Amar significa ser responsable del prójimo encarnado en el hijo, en el cónyuge, en la esposa, en el prójimo distante y no tan distante. Escuchar es una manera de amar. Reconocer la singularidad, la individualidad, la historia de vida del otro es una manera de amar.

El narcisismo nos impide voltear a ver al otro. El narcisismo impide hacer vínculos afectivos con el otro. El narcisismo obliga al sujeto a ver por él mismo. La cultura posmoderna ha hecho un culto al narcisismo, los síntomas del narcisismo es la guerra, la injustica, la pobreza. El narcisismo se puede ver no solamente a nivel individual sino también como ese sistema que opera y desvincula con el otro. La brecha que existe en la sociedad es producto del narcisismo, es decir, del egoísmo.

Quizá el narcisismo es la vía regia hacia la autodestrucción, hacia vivir una existencia vacía, sin sentido, cada vez más angustiante.

Sobre la capacidad de amar: ¿ama el que puede desplazar su libido del yo hacia el objeto externo? O ¿es en la medida en que podamos amar que encontremos ese bienestar tan preciado? O en otras palabras: ¿Se podrá amar cuando se sufre? Sigmund Freud plantea la dificultad de amar como el sujeto que sufre un dolor de muelas y toda su energía se canaliza hacia esa preocupación. Lo mismo sucede en los vericuetos del amor; no se puede amar al otro si antes no se ha podido trascender la “enfermedad” que implica el narcisismo exacerbado. Es cierto que no se puede amar si uno no se ama a sí mismo, pero también es cierto que el narciso se esconde tras esa bandera y su libido queda agotada en ese primer intento (amarse a sí mismo) sin poder llegar a la pulsión de objeto, es decir, amar al otro.

Ahora bien, ¿por qué el psicoanálisis postula que amar al prójimo es indicio de salud emocional? Quizá porque trasciende ese amor narcisista que se instaura en la primera infancia. ¿Podríamos estar hablando de un amor maduro? Poder amarse a sí mismo pero también poder amar al prójimo. Esa es la cuestión. En eso se juega la vida toda.

Cuando el ser humano se convierte en padre/madre, va implícito un desprendimiento de narcisismo hacia el producto, es decir, el padre/madre puede reconocer en el otro a alguien a quien amar. Es por eso las dificultades de amar al otro cuando el hijo no ha sido fantaseado, anhelado, imaginado. No hay un corte en el narcisismo, el hijo no implica algo en el imaginario de ese padre/madre. No hay compromiso. Esto podría explicar el fracaso en las relaciones de pareja, cuando no se es posible trascender el propio narcisismo.

1 Onfray, Michel (2008) La fuerza de existir. ed Anagrama. España. p. 37

2 Freud, Sigmund (1914) Introducción al Narcisismo. Obras Completas, Tomo XIV. Ed Amorrortu, p. 72

 

Creer

Escribe Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

 

“El carácter neurótico es el reflejo, en la conducta individual,

del aislamiento del grupo familiar”

(J. Lacan en Escritos 1, p. 137)

Lo que cura, lo que salva, lo que da sentido a la vida del ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en una ideología, un proyecto de vida, una propuesta, una ética, en su propio análisis en busca de su verdad. Puede creer el ser humano en la ciencia, en la familia. Quizá la única condición es creer firmemente en eso que va a dar sentido a la vida. La sublimación como ese camino hacia el lugar que ocupa el ser humano en una cultura determinada. Esa creencia tiene que estar en plena comunión con lo “socialmente aceptado” es decir, para que el ser humano pueda acceder a la paz interior tan anhelada, el conflicto intrapsíquico tendría que encontrar cierta relación de compromiso que deje en equivalencia a las partes, ya que no podemos andar por la vida haciendo caso solamente a las pulsiones bestiales que nos habitan o su contrario, no podemos andar por la vida viviendo en la inhibición que tortura y lacera.

El ser humano se encuentra sujeto a una cultura determinada que le hace ver la delgada línea entre el bien y el mal. A eso comúnmente le hemos llamado “la voz de la conciencia” que es la trasmisión de la cultura de generación en generación para perpetuar la civilización. Cuando dicha línea se ve difuminada, el ser humano comienza a experimentar sentimientos de culpa que pueden ser excesivos a tal grado de padecer una depresión, angustia o, en casos más severos, andar por la vida “sin dios y sin diablo” trasgrediendo los límites establecidos por la ley.

El ser humano encuentra su “salvación” (recurriendo al constructo utilizado por la religión judeocristiana que aquí tomaré como metáfora) precisamente en la búsqueda y encuentro de eso que da sentido a su vida, cuando es capaz de sublimar y encontrar su lugar en el mundo; su ser en el mundo. ¿De qué se salva? Se salva precisamente de vivir una existencia en la mediocridad, cuando el ser humano abraza su deseo, se salva de andar viviendo la vida del Otro, comienza a construir su propia historia de vida (y no una “historia debida”). La creencia en algo o en alguien nos puede salvar de una vida mediocre. El que “medio-cree”, cree a medias y se le va la vida en ello, no apuesta por su deseo. La diferencia radica en la entrega a ese proyecto de vida, a la propia escucha en el camino del encuentro con el propio deseo.

Saber discernir el propio deseo del deseo del Otro implica toda una trayectoria de vida. Es necesario que el ser humano se estructure bajo la mirada del Otro (entiéndase “Otro” como el padre/madre que estuvieron allí en la primera infancia del sujeto) pero con el paso del tiempo el sujeto es convocado a cambiar de piel, a ir tras su propio deseo, ya que si no “vive de acuerdo con el deseo que le habita” (Lacan) puede caer en los estragos del silencio (Alejandro Salamonovitz) y con ello en una profunda depresión.

El camino hacia el encuentro del propio deseo es un camino sinuoso, lleno de contrastes, de soledad, de silencios prolongados, de angustia, de terror; pero en ese caminar, el ser humano va naciendo a otra cosa, va dando cuenta de su propio deseo y lo más importante, saber qué hacer con eso (ética).

El proceso de salvación (entendida como ese tránsito de una vida vacía hacia una vida plena) implica pues una creencia, llámese religión, educación, vocación o psicoanálisis. Es ese encuentro con la propia verdad. La salvación no es un proceso de la noche a la mañana. La “metanoia” (conversión) hacia una vida con sentido, hacia ese “hombre nuevo” que existe en la idea judeocristiana, pero también en el marxismo y en el psicoanálisis. “Devenir la descendencia de los propios acontecimientos, y entonces renacer, nacer otra vez más, y romper con nuestro primer nacimiento carnal” (Deleuze). El paso de un sujeto alienado a un sujeto conducido por su propio deseo.

La salvación está a la vuelta de la esquina. La familia salva.

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¿De qué se trata la existencia?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Freud mostró una arraigada adhesión a la ética judaica

como práctica milenaria de la otredad”

(Betty B. Fuks en “Freud y la judeidad, la vocación del exilio” p. 92)

 

¿Qué es la existencia? ¿Qué es vivir? ¿Qué entendemos por “existir”? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo podríamos intentar responder al por qué y para qué estamos aquí en este mundo, en este lugar, en este espacio y en este preciso momento? Muchas voces se han lanzado intentando dar lugar a dicha interrogante, sobre todo los dos discursos que han acompañado a lo largo de la instauración cultural de la humanidad, a saber, la filosofía y la religión.

Dentro de las posibles posturas que encontramos frente a la vida, frente al lugar que ocupamos en el mundo, está la ética, como esa fundamentación que da lugar a nuestra responsabilidad de existir. La ética precisamente retoma el concepto de la “otredad”, es decir, se vive siendo libre pero también siendo responsable del otro, llámese familia, prójimo, hijos, esposa o esposo, madre y padre, extranjero, etc.

Si se quisiera simplificar las cosas se podría afirmar que el lugar que ocupa el ser humano en el mundo se resume a cuidar de su salud, ya sea haciendo ejercicio o alimentándose de sustancias nutritivas, procurando la salud física y también la salud del alma.

Otra de las características que se debería de tomar en cuenta para intentar dar razón de nuestro lugar en el mundo es la búsqueda de la verdad, esa verdad que los filósofos aman o que los religiosos cultivan con tanto ahínco. La búsqueda de la verdad también es un acto propio de la experiencia analítica, en donde el paciente acude al consultorio porque está cansado de mentirse a sí mismo o porque simplemente va en busca de su verdad, de su infancia, de su historia.

El encuentro con la verdad tiene que replantearse con la ética que existe para la sana convivencia en sociedad. La instauración de la ley obedece a una necesidad del ser humano de respetar el contrato social. No podemos andar por el mundo viviendo como unos salvajes, como diría Sigmund Freud, preferimos sacrificar parte de nuestra felicidad en aras de la civilización. Respetar al prójimo sería también un buen indicio de que se está dentro del juego de la existencia de acuerdo a las reglas establecidas.

Es por eso la importancia de la función paterna, ya que son los papás los encargados de la trasmisión de la cultura en los hijos. La salud de los seres humanos se juega en gran parte en ese proceso de socialización que implica la educación en el hogar. Si el hijo se ha convencido de que lo que se le invita a creer, a vivir, a anhelar, eso dará sentido a su vida, es un gran comienzo, ya después quizá el hijo crecerá y tendrá la posibilidad de re-plantear su jerarquía de valores, pero si la voz de la conciencia se ha instaurado a través del amor, tendrá mayor seguridad en optar por las bondades de la cultura como lo es el arte, la escritura, la poesía, la música, la danza, la lectura, el deporte, en fin, todo aquello que ennoblece al ser humano y hace de él un ser en potencia hacia la sublimación.

Otro de los puntos básicos que intentan responder al para qué de nuestra existencia en la tierra lo podremos encontrar quizá haciendo caso a lo que llamamos “vocación”. Saber para qué se está convocado, para qué se está llamado; encontrar una actividad en donde se pueda sentir feliz, realizado, haciendo lo que le agrada, una profesión, una labor, una actividad y encontrar satisfacción, bienestar y paz interior en la elección.

Por último y no menos importante, en lo que coincide la filosofía, la religión y el psicoanálisis es que el paso por este mundo se disfruta más amando. Amar en lo concreto, una pareja, unos hijos, una vocación, una comunidad. Amar a Dios. Amar una profesión. Amarse uno mismo.

Es pues este breve recorrido que hacemos en nuestro paso por este mundo. Procurar nuestra salud física y mental, saber a qué queremos dedicar nuestra existencia, vivir una vida observado la ética del contrato social y amar.

Saber que la vida se nos va de las manos, en un abrir y cerrar de ojos, somos finitos. No esperar a tener la muerte tan cerca para comenzar a vivir la vida que se desea. Dar cuenta de que un día habremos de morir indica la pauta para comenzar a vivir una vida con sentido.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com