¿Por qué se sufre?

Tal parece que se viene al mundo a sufrir, sólo basta recordar aquella letanía que escuchábamos en diciembre: “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Ese mensaje ha quedado incrustado en lo más recóndito de nuestro ser y desde allí mueve los hilos de nuestras decisiones, preferencias, palabras, sentimientos, hábitos y demás.

Todo padecimiento del cual nos quejamos, llámese depresión, fobia, enojo, frustración, estrés, ausencia de sentido de la vida, etc. tiene un nombre: en psicoanálisis se llama “síntoma”. ¿Por qué síntoma? Porque es solamente un indicio de que algo anda mal en nuestra vida, de que no se está viviendo de acuerdo al deseo que nos habita.

El síntoma como metáfora de algo, está simbolizando algo que no se ha abordado, elaborado o simplemente está esperando salir a la consciencia, pero como no se le tiene permitido, utiliza un mecanismo como si fuera una máscara y sale a la luz trasformado, es cuando hablamos de “síntoma”, es decir, un conflicto que tenemos en nuestro ser que sale a la luz a través de una relación de compromiso.

Pongamos un ejemplo: sabemos que el ser humano es un ser que migra, que intenta trasladarse de un lugar a otro. En la actualidad escuchamos en las noticias el fenómeno de la migración y las incontables maneras de erradicarlo o de ponerle un límite. Se habla de poner bardas en las fronteras para que el migrante no pase. Algo muy similar sucede con el conflicto psíquico que atormenta al ser humano. Imaginemos que el migrante padece, y en realidad así es: padece de la realidad nacional en la que se encuentra, en donde se anula la satisfacción a sus necesidades básicas.

Lo mismo acontece con el malestar psicológico, como ese migrante que intenta salir de un país para vivir en otro país, el conflicto psicológico intentará a toda costa atravesar la frontera, y sabemos que a pesar de que se le impongan las murallas (las murallas de la frontera, así como las murallas de la censura) el migrante (y en este caso el conflicto psíquico) encontrará la manera de traspasar el límite. ¿Cómo? encontrará una manera ingeniosa y es cuando el conflicto se convierte en síntoma. Es así que el síntoma cumple la función de presentarse a la luz, a la consciencia de manera velada a través de una símbolo, a través de una máscara, de un vicio, de una depresión, de una enfermedad, pero lo que hay realmente detrás de todo síntoma es un conflicto intrapsíquico.

Otra manera de entender nuestros síntomas es saber que se está obteniendo un placer en eso de lo que tanto nos quejamos. Fue Jacques Lacan quien a través de la lectura de las obras de Sigmund Freud puso el dedo en la llaga. Sigmund Freud habló de un “componente masoquista” es decir, el ser humano sufre porque encuentra un placer insano en sentirse humillado, sentirse poca cosa, sentirse un ser insignificante ante la mirada del Otro. Encuentra satisfacción ante el lugar de la constante queja. Eso explicaría muchas cosas, como por ejemplo las relaciones interpersonales enfermizas, o el malestar constante en el trabajo o los vínculos patológicos en el amor. Lacan denominó a todo esto como “el goce”, es decir, cuando sabemos que eso que hacemos nos lleva a nuestra propia destrucción: el exceso. El  exceso en el alcohol, cigarro, en el comer, en el conducir, en el sexo. Todo eso que atente contra nuestra vida y que creemos que nos produce placer lo que realmente está produciendo es goce y eso nos conduce hacia la propia aniquilación.

¿Qué tendríamos qué hacer? ¿Todo está perdido? Quizá la propuesta del psicoanálisis es precisamente dar cuenta de todo esto, un saber hacer con eso que nos constituye. Es como si dentro de cada uno de nosotros viviera un infante problemático, un niño que intenta llamar la atención. La solución no es erradicarlo, correrlo, matarlo, mandarlo a un hospicio, no, lo que tenemos que hacer es escucharlo, comprenderlo, intentar amarlo y comenzar a ver cómo nos la vamos a arreglar para aprender a vivir con esa falta, con esa carencia, con esa “condición humana” que tiende más bien a la incompletud, al fantasma, a la inoperancia. Voltear a ver el defecto y amarlo, saber que eso que negamos es lo que somos.

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