El laberinto del inconsciente

 

Cuando se acude por primera vez a la consulta con el psicólogo, psicoterapeuta o psicoanalista, es normal tener muchas dudas, preguntas, inquietudes, interrogantes y hasta puede provocar miedo a lo desconocido, saber cómo seremos tratados durante la sesión que se ha solicitado y otras emociones que se mueven en torno a esa decisión tan trascendente que se toma en la vida. Desde la psicoterapia psicoanalítica se le hará la invitación, después de las entrevistas iniciales, a que en la medida de lo posible acate la regla fundamental, ¿cuál es? “diga todo cuanto se le ocurra”, es como “piense en voz alta”, o como dijo una paciente: “hablar sin filtro.”

La intención de que en la sesión analítica se diga todo cuanto pasa por la mente, cualquier ocurrencia, es para semejar un poco lo que sucede en el fenómeno onírico, en el sueño. Es decir, sabemos que es a través del sueño que el inconsciente se manifiesta: ¿qué soñamos? soñamos lo que traemos en nuestro inconsciente, entendiendo como inconsciente a esa historia de vida que todos tenemos y que ha quedado guardada en algún lugar de nuestra alma y nuestra mente. Por lo regular soñamos lo que deseamos. El sueño es muy similar a lo que llega a ocurrir en una sesión de psicoterapia ante la invitación de “diga todo cuanto se le ocurra”, así poco a poco silenciamos al consciente y cedemos la voz al inconsciente; ese inconsciente que constantemente desea manifestarse pero que se le reprime, se le oculta, se le niega.

Sabemos que el ser humano está estructurado para convivir a través de la coherencia, el raciocinio, etc. pero lo que sucede en análisis tiene que ver con otra cosa. El discurso del paciente, la queja, la demanda, eso que tanto molesta en la vida, se tiene que escuchar desde esta otro lugar, como quien fuera partícipe de un sueño, en donde nada tiene sentido, pero es a través de la interpretación que la cosa va andando; lo mismo ocurre con el síntoma; el síntoma aparece como un fenómeno emergente, como algo que sale, emerge como resultado de un conflicto intrapsíquico en donde el sujeto ya no pudo contener más, en donde la persona ha cedido a las pulsiones, a los mandatos superyóicos, ha sido avasallado por el fantasma, es decir, hay recuerdos de nuestra infancia y de nuestra vida que son muy fuertes y que no podemos más con ellos. Eso es lo que hace neurótica a las personas.

Es por eso que no debemos quedarnos solamente y simplemente con el discurso manifiesto a lo largo de la intervención dentro del consultorio, es decir, con lo que se dice. “Estamos ahí para conseguir que sepa todo lo que no sabe sabiéndolo. Esto es el inconsciente” señaló Lacan en El Seminario 17. La labor del psicoanalista es saber escuchar cuál es el origen del malestar, qué es lo que está fastidiando la existencia de nuestros pacientes. Es muy importante que el analizante se comprometa a ser sincero consigo mismo, para que así pueda contribuir al encuentro con su deseo.

Muchas de las veces lo que el paciente nos platica, lo que en realidad nos está contando es otra historia, es su historia de relaciones interpersonales, dice una cosa pero intenta decir otra o dice una cosa para no decir otra cosa. Eso lo conocemos como “compulsión a la repetición”, es decir, muchas veces nos encontramos cometiendo los mismo errores, ya sea en el amor, en el trabajo, en la familia.

 ¿Qué es lo que realmente subyace bajo el discurso del paciente? ¿Qué se esconde detrás del síntoma? Esa es la labor del psicoanálisis: intentar desentrañar los enredos, intentar saber cuáles son los mecanismos que utiliza el ser humano para no desbaratarse y que lo reprimido no salga a la consciencia pero en ese intento de represión ha dado a luz un síntoma, un malestar, algo que le aqueja, y más aún, hay casos sorprendentes en donde el ser humano pone el escenario perfecto para ser la víctima y vivir su vida como un acto de sacrificio. A eso se le llama “goce masoquista”. Es por eso que la experiencia analítica comienza a tomar rumbo cuando se cae en cuenta que la pregunta ya no es ¿por qué mi marido es así? o ¿por qué mi jefe del trabajo me fastidia tanto? Cuando la pregunta cambia a ¿qué tanto soy responsable de eso de lo que tanto me quejo? El análisis da un giro de 180 grados y se comienza a asumir la propia existencia, esa pregunta es un buen inicio para comenzar a realizar los cambios pertinentes y comenzar a vivir la vida que se desea vivir.

 

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