Deseo y Civilización

 

En el inconsciente está la verdad y la verdad nos hará libres
Carlos Gustavo Jung

 

Lo aberrante, lo que no queremos saber, lo que no queremos darnos cuenta de nosotros mismos, los deseos primigenios, la naturaleza animal, el incesto, la atracción por la popó, el juego con la “pipí”, todo eso fue reprimido para poder vivir en sociedad.

Freud decretó que todas las manifestaciones naturales, aberrantes por antonomasia propias del reino animal tuvieran una expresión meramente cultural, “allí donde se lee ello debe leerse yo”, es decir, allí donde existe la bestia debe existir el hombre.

Por ejemplo de pequeños teníamos la inclinación natural de succionar todo lo que se pusiera frente a nosotros, eso nos sirvió para poder sobrevivir, pero como todo en esta vida eso tuvo un límite, allí donde adquiríamos placer vino la coerción, vino el destete. Ya no más teta. La personalidad cobraba forma por medio de la regla básica de “exceso de frustración o exceso de satisfacción” según como haya sido el caso. Ese deseo de satisfacción oral se reprimió y se guardó en el inconsciente, y como todas las cosas allí guardadas esperaría el momento oportuno de salir, ya sea por medio de un síntoma o una actividad socialmente bien vista. Y así el deseo de “mamar” se convirtió ya de adulto en la acción de fumar, de embriagarse (como antes se embriagaba del seno materno) de “mamar sabiduría”, de traer una tutsi en la boca, de ser muy parlanchín, etc.

El hombre no puede manifestar sus deseos tal cual, sería tachado de loco, ¿imaginan a un adulto succionando leche del pecho materno? No, eso sería una aberración, por eso, en un intento de encajar en la sociedad, el adulto mama el pecho de su amada, que eso si está socialmente bien visto, así cumple dos deseos a la vez, que no sería más que la realización inconsciente del primero, de amar a la madre en la figura de su esposa.

Otro deseo original del ser humano es el jugar con sus heces fecales, manipularlas, tocarlas, embarrar, ensuciar. Pero por cuestiones de salud eso tuvo que ser reprimido hasta transformarlo en lo contrario, en repulsión, en asco, por eso dicen los adolescentes: “guácala que rico” a manera de chiste, manifestando así lo que trae en su inconsciente que es el deseo de reencontrarse con su popó del allá y el entonces.

Cuando uno es pequeño tiene una fascinación natural por su propia popó, primero causa asombro el saber que somos capaces de construir algo, de hacer algo, la convertimos en regalo, en presente. Muy contentos gritábamos a nuestra madre o a nuestro padre “mira, popó”. Después, esa fascinación por ver nuestra creación llegó un momento en que queríamos jugar con ella, manipularla, embarrar, tenerla entre las manos, pero como eso no está bien visto socialmente nuestros padres decidieron reprimir ese deseo. Y quedó allí guardado en nuestro inconsciente. Pero ya de grandes ese deseo se vuelve a manifestar, en unos aparece cuando se convierten en artistas, sobre todo pintores o escultores, puede manipular la pintura o el barro como si fuese aquella popó que se les negó, otros se convierten en adultos muy sucios, como intentando traer aquella popó esparcida en sus ropas, otros, por medio del mecanismo de transformación en lo contrario convierten su deseo en lo opuesto y se vuelven demasiado pulcros, limpios, ordenados, entre más se es así, pulcro y ordenado, más es la atracción que se siente por la popó del allá y el entonces. Pero estos son casos extremos.

De lo que no nos salvamos todos es de la relación simbólica que existe entre el popó y en dinero, por un extraño juego inconsciente (porque así lo quiso Freud) la popó se transformó en dinero, en tener, en poseer, queremos retener el dinero (popó) o expulsar, y por eso hay gente muy tacaña que siente la atracción de ir a “depositar” el dinero o por el contrario también hay gente muy “suelta”, que derrocha el dinero, que le picha a los compadres las cervezas, expulsa a manos llenas el dinero. O también ya de adultos tenemos un lenguaje “coprolálico” y hay algunos que dicen “Dentro de unos meses me voy… me marcho de este país de mierda que me da náuseas… punto y basta” como dijo Berlusconi.

Otro deseo natural es jugar con nuestras “partes íntimas”, primero por curiosidad, después porque se siente placer. Ese acto placentero no tiene una connotación pecaminosa, ya que el pecado lo dicta el adulto. Esa atracción sincera por el pene también se tiene que reprimir,  y es cuando inteligentemente el padre de familia pone a su hijo a correr para que se le agoten esas “energías libidinosas”, para que el pequeño no esté acostado manipulando libremente su pipí. El adulto opta por que el infante canalice esa energía, lo pone a correr, lo inscribe en un equipo deportivo y así el muchacho se convierte en un atleta, en un deportista, en algo socialmente bien visto. Es cuando subyuga su felicidad en aras de la civilización. Es cuando tenemos ya un sujeto amaestrado, socializamos a la bestia. Allí donde se lee “ello”, debe leerse “yo”.

La Cultura está cimentada en deseos naturales encubiertos, deseos que están vivos, latentes en nuestro inconsciente listos para emerger, eso nos hace ser “sujetos artificiales”, que preferimos sucumbir lo que somos para poder vivir en sociedad, pero poco a poco, lentamente, el juego de la “civilización” se está viniendo al traste, tanto el Eros como el Tánatos están encontrando vías libres de acceso, es bueno que se libere el Eros, así tendríamos una Cultura del Amor, pero desgraciadamente vienen en combo, en paquete, se libera el Eros pero también estamos viendo que se está liberando el Tánatos, el odio, la muerte, la destrucción. ¿Será tiempo de replantearnos las reglas del juego?

@CarlosDasein

 

 

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2 pensamientos en “Deseo y Civilización

  1. Muy interesantes (como siempre) tus aseveraciones, como para volverse a leer y encontrar esas represiones que pueblan nuestra mente y así encontrar el meollo del asunto en muchas de nuestras actitudes como seres sociales saludos!!!

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