Ese niño es un “desmadre”

 

-“Oiga, ¿Usted es Psicólogo verdad?, necesito que me diga cómo regañar a mi hija, no me hace caso y ya no se qué castigo ponerle.”

Recuerdo que entre broma y veras un conocido insistía en un dicho: “no lo regañes, mejor edúcalo”.

Educar (decía Freud) es una tarea imposible, al igual que gobernar y psicoanalizar. Estoy de acuerdo que educar a los peques en plena era de la posmodernidad se ha convertido en un “Deporte Extremo”, bien nos lo dijo el Cura “Gofo” cuando bautizó a nuestro segundo hijo; “hay que pedirle a Dios que les de pilas renovadas para aguantar el ritmo de los chamacos de hoy”.

¿Qué significa educar? Educar no solamente es una tarea de cualquier Institución Educativa, la etimología de “educar” lleva implícito el acto de guiar, conducir, así como formar e instruir. A mí me gusta más decir que Educar es “domar a la bestia” o para que no se escuche tan feíto: “socializar a la bestia”. Educar implica el aforismo freudiano: “allí donde se lee “Ello” debe leerse Yo”. Que se traduce en: “allí donde nace una bestia debe instaurarse (o estructurarse) un ser humano”.

El hombre nace siendo un animal, un cachorro. Afirmaba Piaget que solo venimos a este mundo con los reflejos como herramienta en potencia. Sabemos que un recién nacido llora, duerme, come y hace sus necesidades fisiológicas, se rige por el principio del placer; imagina (o fantasea) que él y su madre “son uno mismo”. Conforme pasa el tiempo va diferenciando la realidad de la fantasía y se da cuenta de que él y su madre son dos entes diferentes, separados, haciendo realidad aquello que Melanie Klein denominó el “pecho bueno y el pecho malo” que a la postre nos hará sentir culpables irredentos por portarnos mal con ese pecho al cual defecamos y mordisqueamos creyendo que era “el pecho malo” porque no nos satisfizo a la hora que nosotros queríamos. Nos dimos cuenta de que en realidad no era uno un pecho bueno y el otro un pecho malo, que en realidad eran parte de un mismo objeto, el Objeto de amor denominado “la madre”.

El pequeño se desarrolla y crece bajo el manto de la protección de la madre (y en el mejor de los casos también del padre). ¿Quién no recuerda el primer regaño, la primera nalgada, el primer pellizco, el primer “no”, la primera advertencia o la primera mirada “fea” dirigida a su primogénito? ¿En qué momento ese amor romántico, esa simbiosis entre madre e hijo se rompió, se fue al traste? Precisamente ese es el momento exacto de la génesis del proceso que conlleva a “socializar a la bestia” ya que no es posible que el bebé siga con los mismos patrones de egocentrismo; tiene que saber que existe otra realidad, que existen otras personas y es allí cuando termina la felicidad y comienza la neurosis, el conflicto, la realidad.

¿Qué implica educar? Es dejar de pertenecer al pequeño grupo de los “hedonistas a perpetuidad” para pertenecer al mundo real. Sometimos nuestros deseos más preclaros en aras de una civilización. El proceso de educar a los niños es un asunto en donde la represión es el acto que rige la agenda, “pórtate bien”, “no digas eso”, “ahí deja”, “cállate”, “no corras”, “no le pegues”. La idea es reprimir al niño y que ya de grande acuda con un psicoterapeuta o un psicoanalista y destrabe lo que se haya quedado fijado.

Educar es difícil, es complicado, es una tarea ardua, consiste en explicar a detalle cada acto, cada conducta, cada exigencia, no quedarnos simplemente en esa etapa de reprimir, existe otra opción, pero cuesta más trabajo, es lo que han denominado “Educación por consecuencias”, educar al hijo instruyéndolo en que su conducta tendrá una consecuencia. El proceso implica la escucha, el diálogo, pero sobre todo implica una “pedagogía en el amor”.

Educar en consecuencias significa que si alguien violenta las reglas internas estipuladas en la familia esa conducta tendrá su consecuencia y la tendrá que acatar, por eso es necesario desde un principio que en el Hogar exista un reglamento interno y que se mencionen las sanciones a las que se pude sujetar sus conductas, pero sobre todo (y aquí viene lo bueno) debe de existir la figura de autoridad que se encargue de vigilar que la consecuencia de la conducta se lleve a cabo. ¿De qué sirve poner un reglamento si no vamos a estar ahí precisamente para hacer efectiva la consecuencia de sus actos?

El problema más frecuente con el que nos hemos topado en la consulta psicológica es el “Síndrome de Peter Pan”, en donde los papás no se han dado cuenta (o no se quieren dar cuenta) de que ya no son ellos nada más; quieren seguir viviendo la vida que vivían cuando eran jóvenes, solteros, guapos, amigables, dicharacheros. Quieren seguir “agarrando la jarra”. Quieren seguir viéndose los “miércoles de amigos” o los “jueves de generación”. Los hijos como mera extensión de sus cuerpos, los hijos como un estorbo, los hijos como causantes de estrés. Y es allí cuando la madre o la maestra dicen “ese niño es un desmadre”, pues sí, precisamente es eso, su hijo no tiene madre, tiene nana, tiene tele, tiene amigos imaginarios pero madre no, ella anda en el Casino, en los pocitos, en el spa, o con sus amigas tomándose un daiquirí.

De lo que escribo aquí ya comenzamos a observar los primeros síntomas de esa enfermedad. El sistema económico en turno nos vendió la idea de “no importa la cantidad sino la calidad” y ya somos testigos silenciosos de los resultados.

La familia es el núcleo de la sociedad en donde se forman los futuros médicos, profesores, héroes del deporte, filántropos, altruistas, músicos, pero también allí, en la familia, es en donde se forja el carácter de un futuro psicópata, que le valga “madres” el otro. Ya estamos viviendo las primeras consecuencias de eso, esperemos que no sea demasiado tarde.

@CarlosDasein

 

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