El día después de las elecciones.

Se sienten identificados, creen formar parte de toda la maquinaria, creen formar parte de una ideología, creen que tienen bien puesta la camiseta y eso les da sentido de pertenencia. Las elecciones sirven para eso, para divertir, para hacer apuestas, para rayarle la madre al enemigo porque perdió, para celebrar la victoria, para ufanarse de que su partido ganó, pero hasta ahí, a lo mucho podrán decir “que padre ganamos, ya Doña Cholita, la lideresa, andará bien contenta y ahora si nos arreglará el drenaje que tiene pendiente desde hace cinco años”. U otros podrán decir “ahora sí, ya tengo mi plaza docente segura”.

Hacer elecciones en México implica millones y millones de pesos, obvio, elecciones que nosotros pagamos con nuestros impuestos y al final de cuentas los que salen beneficiados son los candidatos y sus más allegados. En campaña te prometen “el sol, la luna y las estrellas” pero una vez que llegan al poder se olvidan de la “democracia” y optan por la oligarquía, por el elitismo, por la aristocracia, siguen con sus bravuconerías, sus lisonjas entre ellos, su demagogia insana. Están como los amantes que seducen a su víctima y ya una vez entregado el tesorito ni le hablan, ni se acuerdan de ella: “Si te vi ni me acuerdo”.

El ciudadano de a pie sigue con su trabajo, va a su lugar de trabajo con el pecho henchido, con la frente en alto: “que padre, ganamos”, acompañado de un suspiro; y espera con ansias las siguientes votaciones, para formar parte de esa maquinaria que sin él no hubiese sido posible.

“Ganamos”, dice el ciudadano de a pie, se sienta en su mecedora, suspira y se queda viendo el horizonte, viendo la gente pasar, viendo la vida pasar, mientras llegan las siguientes elecciones en donde él se siente pieza fundamental de la maquinaria de su partido, sin él no podrán ganar, él definió la tendencia, su voto contó y más porque se siente líder y anduvo invitando a los de la colonia y gracias a él muchos cambiaron su inclinación de voto. “Soy un chingón” le dice a su vieja, y ella solo alcanza a voltear y sigue fregando los trastes, pensando para sus adentros: “ah que esposo mío, pobrecito, pero qué le vamos a hacer, es su única diversión, bueno, eso y el futbol, pobre, es lo único que le queda.”

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