El efecto del ataque de tiburón

Mucho se ha hablado sobre el hombre salvaje y su lugar privilegiado en la conquista de la felicidad, estadísticas nos confirman lo que sospechábamos: el que más sabe, el que más conoce es el que más se va arruinando su propia existencia; “Parece que a los sabios les está llegando el momento de la angustia” dijo Jaques Lacan, o dicen que dijo Borges: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer… no he sido feliz”, o cuando Vicente Fox fue a un pueblito y le preguntó a una señora que qué opinaba de su mandato y la señora le respondió “no pues no se leer”, a lo que nuestro querido ex – presidente, (el arquetipo del hombre bragado) le contestó: “pues que bien, está mejor, así va a ser más feliz”.

El conocimiento nos da la infelicidad. ¿Qué pasa con el individuo que por un chequeo de rutina le diagnostican un padecimiento? cuando no sabía que lo padecía su existencia era de lo más normal, pero un día se le ocurrió realizarse un chequeo médico de rutina, le diagnosticaron cáncer y al momento de saberlo, de conocerlo, se deprimió.

O ¿qué pasa en los matrimonios enraizados en el posmodernismo?, sabemos que antiguamente la mujer permitía al hombre departir con sus amigos hasta altas horas del día siguiente y ella ni se enteraba de lo que hacía o simplemente fingía amnesia y la vida seguía su derrotero, pero qué vemos ahora, la mujer ha apostado por un rol más activo dentro del matrimonio, le da permiso de salir a su marido pero no se queda contenta con eso, hurga en su celular, en su cartera, le hace llamadas, entra a su facebook, hasta que se entera de que su pareja le está siendo infiel. Sabemos que eso de la infidelidad no es nuevo, a lo largo de los tiempos ha existido, tal vez con otras epifanías, pero la diferencia es que ahora la mujer sabe, la mujer conoce y por eso la ruptura en le matrimonio. Una vez más, el conocer nos fastidia la vida.

¿Qué fenómeno sustenta lo que aquí asevero? Leyendo el libro “Freakonomics” escrito al alimón por Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, me entero de un fenómeno que los medios de comunicación se han encargado de compartir a la sociedad, este fenómeno casi siempre escatológico  lo podemos aplicar a cualquier acontecimiento que si lo vemos desde el punto de vista que aquí comento tendrá su razón y su justificación, me estoy refiriendo a lo que en los pasillos de cualquier medio o escuela de comunicación se conoce como el “efecto del ataque de tiburón”.

¿En qué consiste el efecto del ataque del tiburón? El libro lo define afirmando lo siguiente: “Los ataques de tiburones permanecen más o menos constantes, pero el temor a éstos aumenta drásticamente cuando los medios de comunicación deciden informar acerca de ellos”.

Así que antes de querer saber algo o conocer “algo” acerca de “algo” es mejor pensarlo dos veces, no nos vaya ese conocimiento a amargar la existencia, mejor sigamos distrayendo nuestras conciencias y rindamos tributo al dios Baco, con un aquelarre, una guarapeta o ya de perdis conectarnos al televisor y ver programas que lo anestesian a uno, salirnos de la realidad aunque sea por un momento, ya que la realidad, según la conocemos, no está como para adentrarnos en ella, eso dejémoselo a los políticos, con sus caras de seriedad, o a los intelectuales con sus diatribas, eufemismos, exégesis y hermenéuticas,  yo mejor me voy a ver el programa de “Muévete”, a ver si con tanto confeti me distraigo de esa “epistemología como antítesis del eudemonismo”, o lo que es lo mismo, el conocimiento te fastidia la existencia.

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