La separación de los amantes; hasta que la muerte nos separe

 

Toda separación implica un duelo. Hay duelos sanos y duelos patológicos. ¿Cuándo podríamos estar hablando de un duelo patológico? Cuando la persona después de la separación, ya sea un divorcio, el fallecimiento de un ser querido, la pérdida de estatus laboral, y otros acontecimientos que marcan en la vida, no ha podido superar ese trago amargo por más de dos años.

La muerte de un ser amado es uno de los motivos por los cuales se recomienda que la persona comience a elaborar un proceso de duelo. No es recomendable iniciar un proceso de duelo inmediatamente después del fallecimiento del ser amado, es sano dejar a la persona que viva el sufrimiento que conlleva la separación, algunas personas ocupan seis meses o hasta un año para llorar la pérdida, pasado ese tiempo, es aconsejable iniciar un proceso de duelo, un proceso de acompañamiento para dejar ir a la persona amada.

Una situación similar acontece cuando la pareja de enamorados llega a su fin, cuando la pareja decide separarse, pasa por etapas similares del proceso de duelo que en el presente texto serán comentadas. “La separación de los amantes” un libro emblemático del psicoanalista Igor Caruso aborda dicho laberinto, en donde hace ver que la ruptura afectiva implica precisamente transitar un proceso doloroso (duelo) por la persona amada para poder seguir viviendo a través de la resiliencia. Hay rupturas amorosas que no se superan nunca precisamente porque no se dio el tiempo necesario de elaborar el duelo, es decir, dejar ir y continuar la vida; se dice fácil pero en la práctica clínica son las situaciones por las que más acuden nuestros pacientes.

Al hablar de proceso de duelo necesariamente nos remitimos al texto escrito por el Dr. Sigmund Freud titulado “Duelo y melancolía” en donde postula que la separación será dolorosa de acuerdo al grado de libido que hayamos depositado en el otro. Otro punto de referencia para realizar el abordaje del proceso de duelo es la Dra Elisabeth Kübler Ross, que se dio a la tarea de investigar a los enfermos terminales y propuso que todo proceso de duelo ocurre a través de etapas.

Todo proceso de duelo inicia con un mecanismo de defensa denominado “negación” en donde tanto el paciente ante la muerte como el amado ante la separación, trata de negar el impacto emocional; “esto no me está sucediendo a mí”, “yo no tuve la culpa en la separación” y otros pensamientos similares rodean este primer momento. Un segundo momento llega cuando la persona experimenta enojo, ira; es cuando grita, cuando la negación cumple su parte y la persona se enfrenta ante la realidad. Todo proceso de pérdida implica un desajuste y por lo tanto una incomodidad que se ve reflejada en el enojo de esta segunda etapa. Cabe señalar que las etapas pueden ser experimentadas linealmente o también pasar de la primera a la última y de ésta a la segunda y luego a la tercera y regresar a la primera, etc. Un tercer momento del proceso de duelo está marcado por el intento de negociar, en donde la persona trata de negociar con Dios por otra oportunidad ante la inminente muerte o en el caso de la separación amorosa, la persona intenta negociar con la otra parte para ver la posibilidad de reanudar el vínculo afectivo.

El cuarto momento del proceso de duelo está signado por la depresión, es cuando el paciente se resigna a su realidad, o el amoroso cae en cuenta de que ese vínculo que sostenía ya no puede seguir. La depresión ocurre y es un proceso normal, por lo tanto no hay que alarmarse o asustarse, la dificultad es cuando el proceso de duelo llega hasta ese momento y sólo se alcanza la resignación sin dar entrada al quinto momento.

Para terminar, el quinto y último momento del proceso de duelo es la aceptación, en donde, si se elaboró un buen acompañamiento a través de un proceso psicoterapéutico, la persona sale adelante, acepta y aprende a vivir con esa pérdida. La diferencia entre resignación y aceptación es precisamente el manejo de la actitud ante la vida y el tiempo que se le dedicó a elaborar la pérdida. No es lo mismo “hacerse el fuerte” y decir “aquí no pasó nada” que asumir la pérdida/separación y comenzar a sanar. Un duelo no trabajado a tiempo trae repercusiones a la larga, en donde se creía que ya se había resuelto pero los fantasmas del pasado atosigan al sujeto hasta que logran ser escuchados.

 

Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Lic. En Psicología por la UANL

Maestría en Psicoterapia

Diplomado en Tanatología por la Universidad Iberoamericana-Campus Monterrey

Catedrático universitario Universidad Vizcaya de las Américas – Campus Monclova

Amor y resiliencia

imagen tomada de derekwinnert.com

 

“Sólo el amor alumbra lo que perdura,

sólo el amor convierte en milagro el barro”

Silvio Rodríguez

 

Hay una imagen de Hulk en donde termina su rabia porque su amada lo abraza. ¿Qué sucede en una experiencia analítica? El ser humano acude a psicoanálisis porque se da cuenta de que algo en su vida no anda.

Podríamos decir que en un primer momento el paciente se da cuenta que su vida carece de sentido porque aprendió a vivir la existencia de una determinada manera que le provoca síntoma, malestar, como dijera Freud, hacemos cosas inconscientemente para arruinarnos la vida, pero uno no decide eso, es el discurso de ese Otro que nos habita. ¿Para el Psicoanálisis quién es ese Otro que nos habita? Indiscutiblemente ese Otro es el discurso introyectado de nuestros padres, las escenas de la más tierna infancia que aún perviven en nuestra memoria, las palabras escuchadas que retumban como significantes: “eres un burro” “un bueno para nada” “nunca llegarás a nada”… dicen que las palabras se las lleva el viento, en psicoanálisis no es así, las palabras se quedan impregnadas en la personalidad del sujeto, cargadas de afecto.

Es entonces ese primer momento en donde el paciente se da cuenta que ha vivido una vida prestada, que ha amado de acuerdo a cómo aprendió a amar y que su vida es el fruto de los desaguisados, del caos experimentado en su historia de vida.

El psicoanálisis trascurre y el paciente da cuenta de eso, de que su imposibilidad de amar tiene su origen precisamente en el allá y el entonces, por decirlo de alguna manera, estamos programados para amar de cierta manera, no sabemos de otra; predestinados desde la infancia.

¿Qué sucede en análisis? ¿Se puede revertir la historia? ¿Dar un giro? Si, y es precisamente cuando el paciente se da cuenta de que sus decisiones estaban siendo tomadas de acuerdo a lo predestinado en su inconsciente, que estaba viviendo una vida prestada, al servicio del deseo inconsciente de sus padres y muchas de las veces eso causa estragos ya que el ser humano no descansa hasta encontrar su propio deseo. Si esto no sucede, somos testigos de desenlaces fatales, de vidas desdichadas por no poder romper con ese discurso que lo habita.

¿Qué hacer? ¿Cuál es la propuesta del psicoanálisis? Precisamente Lacan menciona que si de algo cura el psicoanálisis es de la ilusión y vivimos en una ilusión; ¿en cuál? en la ilusión de lo imaginario, en creer que somos seres completos, en una relación simbiótica imaginaria con la madre, en donde no ha operado la castración. ¿Qué significa eso? La incapacidad de amar va de la mano del narcisismo, en donde el ser humano vive la imposibilidad de amar, de poder entregarse al otro, de saber que mucho de la felicidad consiste en poder cruzar la delgada línea de ese narcisismo, del egoísmo exacerbado.

Sigmund Freud postulaba al incesto y al parricidio como los dos deseos inconscientes que habitaban en lo más profundo de nuestra subjetividad. ¿Cómo poder entender el incesto y el parricidio en la vida cotidiana? El incesto tiene que ver con la idea que tiene el bebé de ser único para su madre y a la vez la madre tiene la fantasía de tener a su bebé solo para ella. La función del padre es la castración de esa ilusión y es cuando ocurre este segundo momento, el deseo del parricidio: “ojalá y no estuvieras para ser uno solo con mi madre”. Esa castración es necesaria para que el niño voltee a ver hacia afuera y comience a desear más allá de su madre.

Es pues el incesto y el parricidio que habitan en nuestro inconsciente y desde allí causan estragos. ¿Cómo? El incesto se manifiesta en la vida del adulto en esa incapacidad de amar porque nadie puede ocupar el lugar de su madre/padre. Elaborar ese deseo cuesta mucho tiempo, horas y horas de análisis para poder trascenderlo. Así mismo ocurre con el deseo del parricidio que nos habita; todos en potencia somos un criminal, ese deseo del parricidio es el que nos dicta la agresividad, la frustración para con el otro, desde allí se alimenta; elaborarlo implica también su tiempo, pero al final se comprende que el odio al prójimo tiene su origen en el deseo original del parricidio, poder elaborarlo nos quita la banda de los ojos y podemos ver al otro en su justa dimensión.

Tenemos pues que mucho del malestar que aqueja al ser humano es producto de situaciones inconscientes no resueltas que aún habitan en nuestra historia de vida. Comenzar a procurar entender y analizar que dicho malestar es causado por nuestra propia carencia es ya dar un gran paso hacia la vida que se desea vivir.

Durante un análisis, uno da cuenta de que la manera de relacionarse con el otro tiene mucho que ver con los fantasmas que nos atosigan, fantasmas que se construyeron en nuestros primeros vínculos amorosos. Cruzar esa línea a través del análisis de la transferencia en un proceso psicoanalítico nos hace ver que se puede amar de diferentes maneras, de maneras más sanas, que la felicidad puede estar, “a la vuelta de la esquina”. Solo el amor cura. Dejar de pagar esa deuda y hacerse responsable, en el sentido de tener la capacidad de responder al llamado de la existencia, un llamado a una vida plena.

Vínculos afectivos

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Transferencia es volver a vivir el pasado reprimido,

más exactamente, el pasado rechazado”1

Ralph R. Greenson

¿De qué se tratan los vínculos afectivos? De transferencia. En un primer momento la transferencia hace referencia a esos fantasmas con los que nos vinculamos en las relaciones interpersonales, es decir, nos dirigimos al otro como en su momento nos vinculábamos con nuestros padres. Dentro de la experiencia psicoanalítica, la transferencia también se da, como en toda relación interpersonal, con la salvedad de que dentro del consultorio esa transferencia (depositar en el otro los fantasmas de la infancia) se analizan.

En la experiencia analítica el movimiento de la transferencia implicaría un des-vincularse de una relación inicial (con padre/madre) para luego hacer un vínculo con el analista; ese vínculo es similar al vínculo inicial, muchas cosas se pondrán en juego, muchos fantasmas se harán presentes, se repetirá esa manera de amar al padre/madre. El resultado final de llevar a cabo ese vínculo con el psicoanalista nos recuerda que no se puede andar por la vida haciendo vínculos afectivos de los cuales se espera la redención,  sin embargo, sabemos que es el vínculo transferencial es necesario para establecer el principio de la cura.

Al final del análisis el paciente da cuenta de que así como es posible desapegarse del vínculo inicial con el padre/madre, que posteriormente lo re-editó en el consultorio a través de la transferencia con su analista, eso le permite dar cuenta de que los vínculos subsecuentes estarán alimentados por esa ilusión otorgada por el primer vínculo. Por lo tanto, la cura analítica implica un saber vincularse con el otro ya no más a través del fantasma ¿qué quiere decir esto? Que el vínculo se establece con el otro tal cual es.

Muchas de nuestras relaciones afectivas están predeterminados por un vínculo primario e intentamos que ese vínculo se repita, por eso constantemente estamos demandando amor a personas que no lo pueden propiciar. El análisis permite eso, dar cuenta que detrás de cada vínculo se esconde un fantasma y que es preciso atravesarlo para poder acceder al otro en lo que es y no en lo que proyectamos de nosotros mismos en él.

Si de algo cura el psicoanálisis, escribió Lacan, es la cura de la ilusión, y precisamente qué mayor ilusión que la de creer que el otro proveerá la felicidad tan preciada. El psicoanálisis como ese dispositivo que permite ver al otro no como el producto de un conglomerado de introyecciones y proyecciones. El psicoanálisis abre la puerta para poder apreciar al otro tal cual, sin los restos que inconscientemente deseamos que se encarnen en él o ella.

Los vínculos afectivos tienen mucho de esto. Mucho de los pleitos, desacuerdos, desavenencias en las relaciones de pareja tiene que ver con lo que aquí se comenta, la pareja espera que la felicidad provenga del otro, como alguna vez la felicidad provino de ese vínculo que se estableció con el padre/madre. También sucede que los reclamos dentro de la relación de pareja obedecen a conflictos no resueltos con el vínculo primario establecido con el padre/madre. ¿Qué hacer? Precisamente el psicoanálisis permite ese paso necesario para elaborar la ilusión del Edipo y poder acceder a un vínculo afectivo con mayor plenitud.

1 Greenson, Ralph. Técnica y práctica del psicoanálisis. ed. Siglo XXI, tercera reimpresión, 2014, p. 182

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El síntoma y el deseo  

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Pero estos elementos (los de la infancia) se han ordenado en una nueva trama

y se han transferido a otras personas”

S. Freud

¿Cómo podemos leer el síntoma del paciente? ¿Cómo leer el propio padecimiento que atraviesa la subjetividad y crea el malestar por el cual nos quejamos? Sigmund Freud en su libro la Interpretación de los sueños, escribe lo siguiente: “pero estos elementos (los de la infancia) se han ordenado en una nueva trama y se han transferido a otras personas”,1 haciendo referencia a que las vivencias de la infancia se vuelven a presentar en la vida adulta en tramas similares en donde lo único que cambia son los personajes.

¿Cuál es la relevancia de esto? Es importante saber que el malestar que nos aqueja (depresión, fobia, obsesión, estrés, angustia, relaciones interpersonales fallidas, etc.,) tiene su modelo precisamente en los vínculos afectivos de la más tierna infancia, es por eso que la “compulsión a la repetición” tiene su lugar, en donde lo que hacemos es repetir una escena, una vivencia que se ha quedado fijada en nuestro inconsciente y desde allí intenta manifestarse.

Sigmund Freud en el mismo libro ya citado líneas arriba, escribe: “El psicoanálisis demuestra que también los sueños de displacer son cumplimientos de deseo”.2 Toda conducta se lleva a cabo porque está al servicio de un deseo, es una máxima dentro del psicoanálisis; por lo tanto, habrá que analizar eso de lo que tanto nos quejamos al servicio de qué está, es decir, qué deseo se está cumpliendo en eso de lo que tanto nos quejamos. ¿Cuál es el deseo oculto detrás de esas conductas que llamamos autodestructivas? ¿Al servicio de qué deseo inconsciente es que llevamos a cabo acontecimientos que van en contra de la pulsión de vida?

La experiencia analítica da cuenta de ello; el proceso analítico visto como esa elaboración en tres momentos: quejarse del otro, quejarse de uno mismo y saber qué hacer con eso que se revela para poder dar paso a otro momento: poder bien-decir.

En eso consiste la resiliencia como la concibe el psicoanalista Boris Cyrulnik; no todo está perdido, es cierto que en la infancia se estructura la personalidad (“Lo que llamamos nuestro carácter se basa en las huellas mnémicas de nuestras impresiones; y por cierto las que nos produjeron un efecto más fuerte, las de nuestra primera juventud, son las que casi nunca devienen conscientes”.)2 pero precisamente el psicoanálisis apuesta a que el sujeto puede hacer consciente todos esos elementos inconscientes y hacer algo con ello, quizá comenzar a construir una existencia de acuerdo al propio deseo y no tanto de acuerdo al mandato del Otro.

El síntoma como el resultado de una relación de compromiso entre el deseo y el deber.

Al síntoma se le puede abordar como si fuera un sueño, es decir, el paciente acude a psicoanálisis o cualquier otra denominación psi en busca de alivio, de lo que debe enterarse es de que ese síntoma obedece al inconsciente. Muchas de las veces el paciente se sorprende diciendo: “es que no sé por qué me sucede esto” o “no sé por qué no puedo dejar de hacer esto”, precisamente hasta ese lugar debemos de acudir para encontrar el origen del malestar. El síntoma como un sueño que requiere de interpretación. El psicoanálisis intenta revelar el deseo oculto detrás del síntoma.

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Los estragos del inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“En el inconsciente a nada pude ponerse fin, nada es pasado ni está olvidado” 

S. Freud

Somos el resultado de los deseos que nos habitan. Vivimos la existencia de acuerdo al deseo que habita en nuestro inconsciente. Como escribiera Sigmund Freud en su libro La interpretación de los sueños: “En el inconsciente a nada pude ponerse fin, nada es pasado ni está olvidado1, es decir, líneas más arriba, en la misma página Freud escribe: “Los deseos inconscientes permanecen siempre alertas”,2 y yo añadiría, alertas esperando manifestarse, y así lo hacen, se manifiestan a través de los sueños y del síntoma en general, claro, en este último, el deseo se topa con una contrafuerza que le obliga a utilizar una máscara, precisamente lo que conocemos como síntoma.

El deseo en psicoanálisis ha sido un referente constante para poder desentrañar la condición humana. “Sujeto deseante” pareciera ser la definición quiditativa del ser humano. ¿Por qué deseamos? Porque vivimos en la constante y eterna carencia, en la falta consustancial.

¿Qué implicaciones tiene el deseo en la vida cotidiana? Freud explica que precisamente es el deseo el motor de nuestras acciones, por ejemplo, si aceptamos el deseo que nos constituye quizá podemos encontrar algo de bienestar, sin embargo, si no se acepta el deseo que nos habita, muy probablemente surja un mecanismo que lo sofoque, un mecanismo que lo trasforme en lo contrario, con esto podemos comprender mejor los casos de homofobia, en donde el sujeto al sentir un deseo homosexual, no lo acepta y lo transforma en su contrario. Lo mismo puede ser en los seres humanos que hacen de su vida una constante lucha por algún ideal, etc. Mismo caso sucede con las madres sobreprotectoras que su proceder se pudiera explicar de la siguiente manera: al sentir el deseo de muerte hacia su hijo, lo transforman en lo contrario y se convierten en madres que sobreprotegen, ¿por qué? no vaya a salir el demonio que se lleva dentro y el cual ya dio señales de que allí está, listo para emerger.

El mismo mecanismo opera en las ideas obsesivas o delirantes, en donde el sujeto ya se percató de que le brotan pensamientos que son mal vistos por la sociedad; “opta” por reprimirlos, y en el intento de negarlos es cuando surge como resultado de la disputa un compromiso: las ideas obsesivas, que nos estarían indicando que se está tratando de ocultar lo que realmente se piensa.

Cuanto más empuje el deseo, mayor será la defensa: entre mayor sea el deseo, mayor gasto se tendrá que hacer para sofocarlo, eso provocará en el sujeto una inhibición y por lo tanto un síntoma que se vivirá como angustia. “Contra un deseo desenfrenado se eleva una poderosa moción de defensa.”3

Por lo tanto, ¿en qué consisten esos estragos del inconsciente? escribe Freud: “solamente un deseo puede impulsar a trabajar a nuestro aparato anímico4, es decir, con esto se comprende que todo síntoma, toda decisión, la vida misma está sustentada en el deseo que nos habita y que desde allí dirige nuestro proceder. Vivimos la vida que deseamos, no hay de otra, y si esa existencia que se vive es tormentosa, hasta allá habrá que ver por qué se desea vivir así.

¿Qué nos queda? Quizá tratar de comprender el deseo que habita a cada uno y ver la manera de darle cumplimiento, y si no se puede tal cual, encontrar la manera de sublimar; “un rodeo para el cumplimiento de deseo.5

¿Y qué es ese deseo que nos habita? “Es el intento de restablecer la situación de la satisfacción primera. Una moción de esa índole es lo que llamamos deseo6

Nadie escapa al deseo que le habita.

1 Freud, S. La interpretación de los sueños, 1900, AE, V, p. 569

2 ídem, p. 569

3 ídem, p. 561

4 ídem, p. 559

5 ídem, p. 558

6 ídem, p. 557

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Dime lo que sueñas y te diré quién eres

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“El estado del dormir posibilita la formación del sueño por cuanto rebaja la censura endopsíquica”.

(S. Freud)

 

“Dime lo que sueñas y te diré quién eres”. ¿Qué nos puede aportar la interpretación de los sueños al conocimiento propio? “Conócete a ti mismo” decía Sócrates. Sigmund Freud postula en su libro La interpretación de los sueños que tanto un síntoma como un sueño nos dicen mucho de nuestra condición humana. En el prefacio del libro “Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción” podemos leer: “Sólo mediante las formaciones del inconsciente (sueño, acto fallido, síntoma) sabemos quiénes somos. Si no atendemos a lo que estas revelaciones nos anuncian, estamos destinados a vivir como ignorantes de nuestra verdadera naturaleza (condición humana). Es por eso que la vía regia al inconsciente se convierte también en la vía regia al conocimiento de nosotros mismos. El sueño, lo mismo que la locura, nos desenmascara, nos arranca la careta de la “normalidad” y nos muestra tal como somos.” 1

El ser humano es un perverso, sólo que a través de la cultura se ha convertido en sujeto, en persona capaz de sublimar, reprimir, desplazar su perversión; sin embargo, la condición humana se manifiesta constantemente durante el sueño. Lo que el neurótico sueña el perverso lo lleva a cabo. Quizá será por eso el odio que el neurótico tiene al perverso, porque el neurótico no se permite el goce al cual el perverso tiene acceso. El neurótico sólo tiene acceso al goce a través de la fantasía.

El epígrafe que utilizo para el presente texto, el aforismo freudiano: “El estado del dormir posibilita la formación del sueño por cuanto rebaja la censura endopsíquica”,2 ciertamente nos plantea que el ser humano necesita de una autocensura para poder acceder a la cultura, pero que es durante el sueño en donde se muestra tal cual, sin filtro. Será en el dispositivo psicoanalítico donde se desentrañan los deseos inconscientes reprimidos que se esconden detrás de la “figurabilidad” que se nos presenta como sueño manifiesto.

El psicoanalista Carlos Gaos escribe en el prólogo al libro Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción: “Freud propuso una nueva fórmula que inscribía el relato de esa experiencia insensata en las coordenadas de un historial ominoso, irreconocible para el propio narrador”.3 Precisamente eso fue lo que le llamó la atención a Freud, que dentro de cada uno de los seres humanos habita algo que aterra, pero que a la vez encanta.

Continuando con lo que escribe Carlos Gaos: “había una historia que hablaba por él, a través de él e incluso en su contra”. Es así como resulta el encuentro con el propio inconsciente, muchas de las veces no se está de acuerdo con el deseo que a uno le habita, pero ¿qué se le va a poder hacer a eso? ¿Ha usted actuado en conformidad con el deseo que lo habita?4 pregunta Lacan, para después rematar: “La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo.”,5 es decir, saber y reconocer la propia condición humana, de qué se está hecho y tratar, en la medida de lo posible vivir de acuerdo al propio deseo tomando en cuenta la ética y la responsabilidad. ¿Qué hago con esto que tanto me aterra? Quizá aterra porque encanta.

Por lo tanto, la interpretación de los sueños, siguiendo con el discurso de Carlos Gaos: “Se trata de descender a los infiernos, de desentrañar la maligna podredumbre humana tras sus disfraces de insensatez o inocencia”.6 Nadie se salva de eso.

Por último, recurro una vez más al prologo escrito por el psicoanalista Carlos Gaos (Miembro fundador del Taller de Investigaciones Psicoanalíticas A.C.): “La interpretación de los sueños tiene la característica de que deja al humano en el desamparo ante las demoníacas fuerzas que lo habitan”,7 es decir, el inconsciente traza nuestro destino, como la tragedia de Edipo, así esa historia que se nos presenta como una “historia alterna” a la propia que vamos viviendo. Poner atención a los propios sueños y su interpretación desde el psicoanálisis, puede dar luz para poder comprender el propio malestar que aqueja.

¿Por qué la importancia de interpretar el sueño? Porque precisamente es allí donde nos topamos con nuestro verdadero deseo, que está íntimamente ligado a nuestra infancia.

Conforme el sujeto vaya adentrándose al análisis de su inconsciente, en esa medida podrá tener acceso a esa parte de sí mismo que no ha explorado, quitará poco a poco la censura y por consiguiente vivir en la apertura de dejar de engañarse a sí mismo.

1 España, Pablo y Alquicira, Mario. Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción, ed. CPM, 2001, p. 18

2 Freud, S. La interpretación de los sueños, 1900, AE, tomo V, p. 520

3 Carlos Gaos en prólogo al libro Tres grandes sueños de pasión, locura y seducción, CPM, 2001, p. 13.

4 Lacan, J. El Seminario VII, p. 373

5 Lacan, J. El Seminario VII, p. 382

6 Gaos, Carlos, ídem, p. 13

7 Gaos, Carlos, ídem, p. 14

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Rectificación subjetiva

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que Lacan llamaba rectificación subjetiva es pasar del hecho de quejarse de los otros para quejarse de sí mismo.”

(Jacques-Alain Miller en Introducción al método psicoanalítico, p. 69)

 

¿De quién habla el paciente cuando se queja? Dentro de la experiencia analítica podríamos encontrar un primer momento en donde el paciente dirige su malestar hacia el Otro, ese Otro encarnado en su pareja, en su trabajo, autoridades, hijos, familia, etc., en donde el paciente da cuenta de que su malestar es provocado por el otro, sin darse cuenta de que él o ella ha decidido no moverse de ese lugar.

En un segundo momento, si el paciente decide continuar con su análisis, da cuenta de que esa “queja” dirigida al sujeto del aquí y el ahora, no iba dirigida a él o ella, sino más bien representaba una queja no vertida en su momento, y muchas de las veces esa queja no dicha, tiene que ver con el vínculo con sus padres, es decir, el malestar del cual el paciente se queja surge en su presente como un fantasma que aún vive y se alimenta de las vivencias de su pasado.

Un tercer momento del proceso analítico tiene que ver con la “rectificación subjetiva” es decir: “¿cuál es tu propia parte en el desorden del que te quejas?”1 como escribiera Lacan en su lectura del caso Dora2 analizado por S. Freud. Es decir, hacerse cargo de la propia vida. Cito a Jacques-Alain Miller: “el acto analítico consiste en implicar al sujeto en aquello de lo que se queja, implicarlo en las cosas de las cuales se queja.3

El tercer momento en un análisis es un acontecimiento muy relevante, no se da durante las primeras sesiones, no se obtiene por arte de magia, se requiere de tiempo, dar tiempo al sujeto del inconsciente, saber qué hacer con eso que se va descubriendo a lo largo del análisis. Saber qué hacer con ese goce que nos constituye. Saber qué hacer con ese deseo que le habita. Implica un nuevo nacimiento. Un psicoanálisis es eso, nacer de nuevo, ver la vida con una nueva visión. Una paciente de S. Freud, cuando analizaban un sueño que implicaba agua, ella misma responde: “¿A caso por la cura no soy como nacida de nuevo”?4

Una paciente se queja de la “maldad” de su patrón, de la maldad de su pareja, de la maldad en la sociedad. Ya sabemos hacia dónde se está dirigiendo; hacia la propia maldad que le constituye pero que por el momento decide no ver.

Hasta que el sujeto no reconozca que su demanda tiene un origen más atrás y que no se origina en su situación actual, hasta ese momento el paciente puede comenzar a ver las cosas con mayor claridad, mientras no suceda ese acontecimiento, seguirá colgando medallitas en personas que no le corresponden; su malestar seguirá alimentándose de ese núcleo que se encuentra en su más tierna infancia. Lo demás es un eterno repetir.

La familia es lo que marca, es lo que troquela, y vamos por la vida amando, queriendo, odiando, decidiendo de esa única manera que ha quedado cincelada en nuestro inconsciente. Es por eso la importancia de resignificar el pasado, es por eso la importancia de la historia de vida dentro de un psicoanálisis. Habrá pacientes que no recuerden su pasado, quizá no es necesario que lo recuerden, ya que en el presente lo están viviendo.

El mandato del inconsciente no descansa, desde su lugar ordena las cosas, desde su lugar toma las decisiones más trascendentales y las más triviales (a través de errores, lapsus, olvidos) es decir, qué conveniente resulta olvidar algún evento, o cambiar un nombre por otro, cometer un acto fallido, etc., son y seguirán siendo manifestaciones del inconsciente.

Es por eso que si solamente en la psicoterapia se aborda el presente se deja de soslayo lo más importante. El discurso del inconsciente siempre encontrará la manera de manifestarse, de salir a la luz, ya sea a través de un síntoma, un malestar, un sueño, etc.

1 Lacan, J. Escritos 1, 1951, p. 213

2 Freud, S. Fragmento de un análisis de un caso de histeria (Dora) 1905, AE, volumen VII

3 Miller, Jacques-Alain. Introducción al método psicoanalítico. 1997. Ed paidos, p. 70.

4Freud, S. La interpretación de los sueños, segunda parte, 1900, AE, volumen V, p. 402

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Los mandatos del inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“He hallado que las personas que se saben los preferidos o favorecidos por su madre dan pruebas en la vida de aquella particular confianza en sí mismos, de aquel inconmovible optimismo, que no rara vez aparecen como heroicos y llevan a un éxito real”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE V, p. 401)

Dentro de la experiencia clínica, en el consultorio, el paciente plantea una problemática actual, ya sea con su pareja, en su trabajo, con sus hijos, consigo mismo, etc., sin embargo, a lo largo de la escucha va apareciendo el fantasma producto de la interacción que ha sostenido con sus padres, sus hermanos, su núcleo familiar más allegado durante sus primeros años de vida. Por lo tanto lo que el paciente cuenta en el consultorio de su problemática actual, tiene mucho que ver con cómo fue la relación, el vínculo afectivo con su padre/madre. S. Freud escribe en su libro la interpretación de los sueños lo siguiente: “Mis calurosas amistades como mis enemistades con personas de mi edad se remontan al trato que tuve en la niñez con un sobrino un año mayor que yo, en el que él era el que triunfaba y yo muy temprano debí aprender a defenderme; éramos inseparables y nos amábamos, pero entretanto, según lo sé por el testimonio de personas mayores, reñíamos y nos acusábamos. Todos mis amigos son en cierto sentido encarnaciones de esta primera figura que «antaño se mostró a mis opacos ojos»; son resucitados.” 1

La manera en que el ser humano intenta solucionar sus problemas o toma decisiones importa poco comparado con el deseo inconsciente de la madre, es decir, por mucho que el ser humano se aferre en trazar su propio camino, su propio destino, ese destino ya está predestinado desde la más tierna infancia, y sólo haciendo consciencia de eso (al más puro estilo de Edipo) se podrá comenzar a construir una historia alterna, ya no bajo la mirada del deseo del Otro, sino de acuerdo al propio deseo que le habita.

El síntoma que se viene arrastrando en la vida tiene que ver con eso que la madre/padre ha depositado en el hijo, lo que representaba. El hijo como significante. El paciente que se queja de algún malestar es que precisamente está llevando al pie de la letra el síntoma heredado por sus padres. Claro que ese “destino” se puede esclarecer y con ello comenzar a escribir un guion diferente, el primer paso es dar cuenta de que el malestar que lo paraliza no es propio, es una herencia.

¿Cómo se va constituyendo el deseo del padre/madre hacia sus hijos? Desde la más tierna infancia de los propios padres, es decir, cuando el padre/madre en la infancia recreaba las escenas al jugar ser papá o mamá, desde allí se iba estructurando ese deseo, desde allí se comenzaba a gestar la función paterna. Con el mismo esmero, pasión, dedicación que la niña juega a cuidar, amar, proteger a sus muñecas, será la misma entrega en su deseo de ser madre, lo mismo pasaría con el varón. Ahora bien, habrá casos en que el niño/niña renuncie al juego, quizá con ello está renunciando a su posible función paterna y con ello las consecuencias en la vida adulta.

El lugar que ocupaban los hijos en la fantasía de los padres en su propia infancia se cumplirá tal cual cuando crezcan y vean en sus hijos plasmados esos juegos que llevaban a cabo en su infancia. Es por eso la importancia de escuchar a los niños en sus juegos de fantasía sobre todo los que tienen que ver con los de rol padre/madre: “yo quiero tener tres o cuatro hijos”, es en ese momento, en el discurso del niño, que está comenzando a nacer el hijo en su fantasía.

Por lo tanto, irremediablemente, la vida del paciente, de quien acude al consultorio, es un reflejo de dichos acontecimientos de la primera infancia de sus propios padres.

1 Freud, S., La interpretación de los sueños, (1900), AE, volumen V. p. 479

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La verdad está en el inconsciente

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Atribuimos a la cultura y a la educación una gran influencia sobre el despliegue de la represión, y suponemos que sobreviene en la organización psíquica una alteración, a consecuencia de la cual lo que antes se sentía agradable aparece ahora desagradable y es desautorizado con todas las fuerzas psíquicas”

(S. Freud en El chiste y su relación con lo inconsciente, AE VIII, p 95)

El trabajo en un psicoanálisis consiste en desvelar -quitar el velo- que cubre el deseo del ser humano. ¿Por qué es necesario esto? Porque precisamente ese conflicto que se da entre lo que sucede en el interior del ser humano y lo que se le ha impuesto trae consigo el malestar.

La experiencia analítica encuentra su lugar cuando el paciente se permite decir todo cuanto se le ocurra, de esa manera el paciente se convierte en un analizante, es decir, en una persona que se va escuchando poco a poco y va construyendo un sujeto del inconsciente. ¿Cuál es la función del analista? El analista está allí para ser testigo de que se está llevando a cabo un análisis. La atención flotante del analista escucha lo que el inconsciente intenta trasmitir, ya sea a través de un lapsus, un olvido, un chiste, un sueño, que son propiamente las manifestaciones del inconsciente.

¿Por qué podríamos estar tan seguros de que en el inconsciente está la verdad? Recientemente leyendo el libro “El chiste y su relación con lo inconsciente” (1905) de Sigmund Freud, en donde escribe el famoso chiste del “famillonarmente”, un juego de palabras en donde se mezcla “familiar” con “millonario” es decir, a un sujeto lo trataron familiarmente por confundirlo con un millonario. Tratando de comprender el chiste, recurro a otra fuente: “El sur como disculpa” de Federico J. C. Soriguer Escofet, en donde nos cuenta que él había leído el chiste en una edición que por error había traducido la palabra “famillonarmente” por “familiarmente” perdiendo con ello el chiste.

Lo que llama la atención es la analogía que ocurre de ese error de edición. Así trabaja nuestra estructura psíquica. Dentro del ser humano existe una instancia que se va a encargar de censurar, corregir, borrar, reprimir, editar, etc. El Yo y lo que se desprende a la postre de él, el Superyó, hacen la función, entre otras cosas, de ser un “corrector de estilo” en donde dedica gran parte de su fuerza a corregir los “malos pensamientos y deseos” del sujeto, hasta en muchos casos hacerlo sentir miserable.

El yo cumple la función de editar el deseo que habita al ser humano. Se encarga de traducirlo, otras censurarlo, desplazarlo, sustituirlo, suplirlo, etc., pero muchas de las veces se le escapa y es allí donde el analista pone atención; el material que la razón desdeña, el analista lo recupera para ir construyendo junto con el paciente en su devenir como sujeto del inconsciente.

Por lo tanto, podríamos decir que el ser humano es un ser auténtico cuando se equivoca, cuando olvida algo, cuando cambia una palabra por otra, cuando está enojado y dice lo que siente. El ser humano es auténtico cuando duerme y sueña su deseo. El ser humano deja ver su parte auténtica cuando cuenta un chiste y deja entrever por dónde es que anda su inconsciente. El error, el olvido, el lapsus, el acto fallido nos dicen más de la persona que cualquier otra cosa.

El chiste, el sueño, el error, el acto fallido, un lapsus, un olvido, peculiaridades que son inservibles para el sistema, forman la piedra angular para el psicoanálisis. No hay lugar para la verdad en un sistema que se ufana de ser la sociedad del espectáculo, la cultura de la vacuidad, la civilización líquida.

La verdad está en el inconsciente. Diga todo cuanto se le ocurra, que tarde o temprano el inconsciente hará de las suyas.

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La felicidad ¿a la vuelta de la esquina?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Los trabajadores, si en realidad miraran de frente

 la falta de sentido de su trabajo y su vida,

tendrían que abandonar totalmente el trabajo.”  

(Günther Anders  en “La obsolescencia del hombre”)

 

La sociedad actual está estructurada y constituida de tal manera para que el ser humano no alcance el máximo grado de bienestar posible, ya que la “felicidad” implicaría una involución, un retroceso que iría en contra de la civilización actual, de la cultura que como humanidad hemos construido hasta el momento en donde el acceso a la felicidad se da a través de la posición económica. En la actualidad la felicidad se compra, es lo que nos han hecho creer. La hipótesis actual de la felicidad es que solamente se puede alcanzar a través del dinero, como en su momento lo dijera el profeta MC Dinero (un DJ adolescente muy popular en México por sus rimas en donde reitera constantemente el significante dinero). Por lo tanto, la llave que abre el acceso a la felicidad en los tiempos actuales es el dinero, en un sistema capitalista neoliberal.

La sociedad actual arraigada en los más profundos apotegmas del capitalismo no va a permitir que un ser humano alcance la felicidad si no produce. Es por eso que las reglas del juego están establecidas: mínimo ocho horas de trabajo diario (mal pagado), dejar agotado al trabajador, esfumar sus aspiraciones, sueños, anhelos, deseos, que no tenga tiempo para pensar en una “insulsa revolución”, que quede incapacitado e imposibilitado para cuestionar el sistema o la manera de cómo se están dando las cosas. Distraer al ciudadano para que los perversos, esos que gustan de llenarse los bolsillos de dinero, sigan dictando las leyes, sigan practicando la corrupción, en un país en donde nunca pasa nada y en donde la amnesia es un síntoma crónico que se ha aprendido a vivir con eso.

Al sistema en turno no le conviene que el ser humano sea un hedonista. Es por eso que le vende la idea de vivir bajo los valores más sublimes y si no vive consecuente con eso, cargará la culpa por el resto de su vida. El hedonista no produce, es por eso que es mal visto, los jóvenes de los años sesenta se dieron cuenta de la grieta del sistema y optaron por una vida de “amor y paz”, fue un momento de quiebre en el sistema pero pronto se recuperó y dio a luz a los yuppies que son ahorita los jóvenes empresarios en donde el estatus se valora por la producción económica. La película “psicópata americano” es un muy buen ejemplo de la generación perversa que actualmente mueve los hilos del sistema en turno.

Actualmente la humanidad cada vez intenta negar lo que existe de bestialidad en nuestra condición. Se rige por los mandatos del superyó, (lacaniano, no tanto freudiano), un superyó que manda al sujeto a gozar, ese goce mortífero, una vida en exceso que le conducirá a la autodestrucción. El goce está íntimamente ligado con los estándares del consumismo. Tanto tienes tanto vales. Aquí cabe hacer una distinción: el ser humano tiende al placer (ello) pero es el superyó, sobre todo el descrito por Lacan, el que obliga al ser humano al exceso, es decir, el placer llevado a su punto más álgido. La exageración, la muerte.

El sistema actual está configurado de tal manera que el ser humano no se entere de que un día ha de morir, es por eso que quizá el anciano ocupa un lugar en la demencia senil, ya que le carcome la angustia de saberse mortal. Si supiéramos que un día hemos de morir, quizá no estaríamos haciendo muchas de las cosas triviales en las que se nos va la vida. El sentido de la vida, afirmaba en su momento el Dr. Víctor Frankl, está precisamente en la muerte, es decir, saber que un día hemos de morir y desde allí, desde esa perspectiva voltear a ver la propia existencia, algo así como lo que Heidegger afirmaba con su “Dasein propio”. Es la consciencia de la propia muerte lo que da sentido a la propia existencia.

El discurso de la ciencia nos enseña que la vida es efímera. ¿Qué relevancia tiene Juan, que vivió en el siglo XVIII? ¿Cuál es la trascendencia de su legado? ¿Cuál Juan? Es por eso que tomamos muy en serio la vida, tan en serio que nos olvidamos de lo más importante. ¿Y qué es lo que importa? Cada uno podrá encontrar la respuesta en su inconsciente. No existe un “único sentido”, cada uno deberá responder esa pregunta partiendo de su propia historia de vida, abrazando el deseo que le habita.

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La herencia maldita

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Quizá los niños alcanzarán lo que al padre le fue denegado”

(S. Freud en “La interpretación de los sueños” AE, V, p. 453)

El hijo hereda lo que el padre reprime. Desde el psicoanálisis sabemos que los hijos son el síntoma de los padres. Cuántas veces no hemos escuchado que los padres depositan en sus hijos los sueños frustrados jamás alcanzados, la gloria que les quedó vedada. Hacen que sus hijos practiquen deportes que al niño no le interesan, o le exigen la perfección en resultados académicos como un desplazamiento de ese resabio de angustia que ha quedado a través del cúmulo de frustraciones que viene acarreando a lo largo de su existencia.

Dentro de la clínica psicoanalítica, en el consultorio y sobre todo en el diván, uno da cuenta, cuando el paciente (analizante) comienza a asociar libremente y dice todo cuanto se le ocurra, va atando cabos del síntoma que padece y da cuenta de que ese síntoma no le pertenece, que más bien es una “herencia maldita” de un conflicto no resuelto por su padre/madre, un síntoma con el cual luchó toda su vida, en donde no lo asimiló y no lo hizo parte de su vida, siempre negándolo, siempre rechazándolo y, como dice la sabiduría popular: “lo que no has de ver, en la casa lo has de tener”, es decir, cuántas veces no vemos casos en donde el padre autoritario, que tiende a la perfección, que vive bajo la bandera de la obediencia y proclama un mundo ordenado, su hijo resulta ser anarquista, contestatario, que no respeta límites y reglas. O está el caso del padre/madre que son creyentes y su hijo ateo, no quiero decir que esto último sea un síntoma, más bien es para ejemplificar por dónde van los caminos del inconsciente.

Por lo tanto, conflictos no resueltos por parte del papá y la mamá tendrán un cultivo propicio en el inconsciente del hijo. Podríamos parafrasear el conocido refrán: “dime lo que no aceptas y tu hijo lo heredará”. Lo que se reprime en los adultos, los niños lo actuarán, y, en el peor de los escenarios, el “hijo devorado” por el padre/madre surgirá a través de una estructura psicótica.

La perversión del padre/madre que nunca se habló, que nunca se confrontó, que no se analizó, que se mantuvo reprimida, que no fue “exorcizada”, se convierte en el fantasma que ha de perseguir la existencia de los hijos. Es por eso que en la clínica psicoanalítica el hijo muy probablemente no esté padeciendo un síntoma original, sino, siguiendo el discurso analítico, los hijos son el síntoma de los padres, tanto de los conflictos internos propios de cada individuo como los conflictos propios surgidos a partir de las desavenencias que implica el convivir con el otro gran parte de la vida.

Uno podría pensar con esto que entonces todo está perdido, todo está determinado, pero nada más alejado que eso, el psicoanálisis da cuenta de ello: “Un análisis es un tratamiento que actúa sobre síntomas en la medida en que estos se manifiestan en el sujeto por medio de inhibiciones del deseo; es un tratamiento que modifica estructuras en particular esas que se denominan neurosis” nos recuerda el psicoanalista Luciano Lutereau citando a J. Lacan.

El paciente deberá recorrer ese laberinto llamado síntoma en donde tendrá que saber qué le corresponde a él (qué tanto es responsable de eso de lo que tanto se queja) y qué tanto de ese síntoma es heredado. Muchas de las veces el síntoma heredado incomoda, no deja andar, un buen comienzo de análisis es cuando se detecta el origen de dicho síntoma (heredado) y se comienzan a replantear las cosas, sobre todo a re-significar, historizar y saber qué se puede hacer con ese material que poco a poco va saliendo a la luz a través del propio discurso y recorrido de la historia de vida, como bien afirma el psicoanalista Eduardo García Dupont: “el acto analítico apunta al despertar para que el sujeto sepa hacer con su angustia y produzca sus actos singulares”.

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El síntoma es un chiste

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“El sueño se vuelve chistoso

porque tiene bloqueado el camino más directo e inmediato

para la expresión de sus pensamientos:

se ve forzado a ser chistoso”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE IV, p. 304)

El síntoma hace del ser humano una caricatura. El síntoma por definición es un mal chiste; es contar una cosa con otra cosa. El síntoma es un intento de hablar de algo, pero como no se puede hablar de eso (un trauma, un deseo, un enojo, un conflicto, etc.,) el inconsciente hace de las suyas y fragua todo un plan para escabullirse hacia la consciencia. El síntoma (depresión, exceso en alcohol y tabaco, anorexia, bulimia, fobias, estrés, angustia, etc.,) es un “acto fallido” y por lo tanto un acto logrado en el sentido en que el inconsciente encuentra esa manifestación como válvula de escape.

El síntoma aparece en la vida del ser humano arrojándolo al absurdo. El síntoma es un mal chiste en donde uno siempre es el protagonista. El inconsciente es un hacker, es un trolleador, un niño sin malicia que goza haciendo travesuras con el fin de ser tomado en cuenta.

La cura psicoanalítica opera allí donde la medicina fracasa. El paciente ha recorrido ya varios consultorios de médicos y ninguno encuentra el origen orgánico del malestar del paciente. “Ha de ser psicológico” le dicen y le recetan una visita al psicoanalista.

El ser humano es un conjunto de variables culturales, sociales, educativas, familiares, individuales, singulares, bioquímicas, psicológicas, espirituales, cognitivas, etc. Para poder comprender el sufrimiento de la persona es necesario interrogar cada aspecto de su vida, de su historia de vida, de lo que él está consciente, de lo que sabe, pero también y más importante es el abordaje que se lleva a cabo en lo latente, en lo que no está en el discurso manifiesto, en el motivo oculto desde donde empuja e insiste su inconsciente.

Muchas de las veces el malestar que aqueja al ser humano sólo se entiende como una re-edición de un malestar anterior. Es decir, la queja que cuenta la esposa contra su marido no es más que una queja de años atrás, muchos años atrás, desde la infancia, sólo que ahora transfiere en su marido el malestar del allá y el entonces que nunca pudo expresar al destinatario correcto. Es por eso que el síntoma aparece como un mal chiste, un humor muy absurdo en donde el ser humano sufre por algo de lo que no da cuenta pero a la vez en eso encuentra regocijo. ¿Por qué? precisamente porque ese síntoma le conecta con su más tierna infancia, es la única manera en la que puede hacer conexión con su pasado, un pasado perdido, ominoso al cual no puede acceder a través de la simbolización y se conforma con actuarlo constantemente.

El malestar en el ser humano proviene de asumir el discurso del Otro, de apropiarse algo que no le pertenece. El cuerpo es una metáfora del conflicto psicológico que habita a la persona. El síntoma es un chiste que se impregna en el cuerpo del ser humano como un tatuaje que cumple la función de no recordar algún suceso traumático de la más tierna infancia, que se presenta una y otra y otra vez, obedeciendo a esa compulsión a la repetición que mantiene maniatado al ser humano sin poder andar ese laberinto llamado deseo.

La propuesta del psicoanálisis es un acompañamiento a través de la experiencia analítica en donde se intenta que el ser humano encuentre oros caminos de expresión menos tortuosos. Que “mi ser hable” para dejar atrás una vida “miserable”.

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El malestar en el ser humano

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Los padres desempeñan el papel principal en la vida anímica infantil

de todos los que después serán neuróticos”

(S. Freud en La interpretación de los sueños, AE, Tomo IV, p. 269)

Mucho del malestar en el ser humano tiene que ver con el conflicto que se da a nivel intrapsíquico y a su vez con el conflicto que existe en la vida cotidiana con la realidad. Cuando se menciona “conflicto intrapsíquico” se hace referencia a las instancias psíquicas que habitan nuestro ser, a saber, el Ello, el Yo y el Superyó; en otras palabras, el conflicto que atraviesa al ser humano radica entre lo que desea hacer y el deber ser, además, añadiendo el conflicto propio con la realidad en la que se desenvuelve.

El ser humano propiamente es un “esquizofrénico” partiendo de la definición etimológica (cerebro dividido) y no tanto desde la definición psicopatológica. El ser humano es un sujeto artificial que se encuentra dividido entre lo que desea y lo que debe hacer. En cambio el animal solo sigue su instinto, no hay división, no hay conflicto de intereses, por el contrario, en el ser humano habita ese conflicto instaurado por la cultura en donde el deseo sufre una represión pero sale a la consciencia a través de una negociación; llega, por decirlo así, a un acuerdo y es lo que conocemos como “manifestaciones del inconsciente”, a saber: el sueño, el lapsus, el olvido, acto fallido, el chiste y sobre todas las cosas, el síntoma, eso de lo cual el ser humano se queja pero que desde el inconsciente alimenta con tanto ahínco.

Quizá mucha de la neurosis contemporánea se vería disminuida si tan solo diéramos cuenta de ese conflicto que nos habita. Saber reconocer las instancias en pugna y comenzar a reconciliarse con los fantasmas que aterran.

Cuando un paciente acude al consultorio psicoterapéutico va dando cuenta de ese otro discurso que lo habita y poco a poco se va deshaciendo de lo que no le toca y asumiendo lo que le corresponde.

Mucho del proceso psicoterapéutico tiene que ver con ese esclarecimiento del discurso interno que desde allí sigue imponiendo las directrices a seguir, como un trazo planeado, un destino manifiesto, pero ese destino incomoda, ese destino se ha convertido en síntoma, un síntoma que el ser humano padece y que no da cuenta de ello porque es inconsciente, como cuando Edipo Rey supo su destino, la revelación fue tan insoportable que tuvo que arrancarse los ojos. Así el psicoanálisis, el paciente se encuentra con ese discurso que lo ha mantenido maniatado, imposibilitado, paralizado, y cuando da cuenta de eso, arranca los ojos con los que veía su historia de vida y comienza a ver la realidad con otros ojos. A diferencia de Edipo, el paciente (analizante) no queda ciego, al contrario, comienza a afrontar su vida desde su propio deseo y no desde el deseo del Otro.

Por lo tanto, el malestar en el ser humano tiene mucho que ver con ese discurso introyectado, con ese deseo de los padres, con las palabras que perviven en el inconscientes y desde allí empujan, calan, orillan, insisten.

Saber hacer un corte es necesario, ese cambio de piel que implica comenzar a vivir la existencia que se desea.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

 

¿Para qué un psicoanálisis?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

“Hay que saber que el método psicoanalítico

favorece la reviviscencia de recuerdos a veces dolorosos,

único medio de deshacerse de los síntomas que obstaculizan la existencia”

(Juan David Nasio en Un Psicoanalista en el diván, p. 36)

¿Para qué pudiera servir acudir con un psicoanalista? ¿Quién necesita psicoanálisis? De entrada tendríamos que re-plantearnos el término “sirve o no sirve” ya que tiene una connotación utilitarista, muy ajena al discurso psicoanalítico. Salvado ese laberinto, podremos abordar lo que aquí se interroga.

¿Para quién es recomendable acudir con el psicoanalista? Para aquellas personas que padecen de un síntoma, para las personas que se han topado con algún sufrimiento en su vida, para quienes sienten que han fracasado en la vida, para esas personas que se les dificulta establecer vínculos interpersonales, entre otras muchas razones. Ahora bien ¿quién se salva del padecimiento? Sólo aquél que no quisiera reconocer el lugar que ocupa en su propio malestar. Aquellos que están a gusto con su forma de ser, o que no están dispuestos a re-plantearse su vida, quizá el psicoanálisis no sea la mejor opción, ya que el psicoanálisis implica una experiencia de vida en donde se da lugar al replanteamiento de la propia existencia, a la propia estructura, a la historia de vida.

¿Qué promete el psicoanálisis? Siguiendo a Lacan, el psicoanálisis promete la cura de la ilusión, entre otras cosas. La experiencia analítica tiene que ver con conocerse uno mismo, adentrase a los laberintos del inconsciente, saber discernir ese Otro que habita en uno mismo y comenzar a ser coherente con el deseo que nos habita. Es por eso que el psicoanálisis es una apertura para el ser humano que siente la imperiosa necesidad de re-plantear su existencia, sus decisiones, su manera de pensar, su ideología y sobre todo, saber cómo ama y qué se puede hacer con eso.

Es cierto que el psicoanálisis recurre al pasado como esa fuente de donde emana el presente; sería un absurdo creer que se pudiera cambiar el pasado, nada de eso, la idea de recurrir al pasado es para apalabrar la historia de vida y dar cuenta del lugar que se ocupa en el presente; saber cómo es que las pulsiones inconscientes nos han empujado hasta el lugar que ocupamos en la actualidad.

Una de las peculiaridades del psicoanálisis es la interpretación de los sueños. Sigmund Freud postuló que el sueño tenía dos contenidos, lo manifiesto y lo latente; lo manifiesto es lo que logramos recordar y lo latente es lo que se muestra a través de la interpretación. Ahora bien, cabe la pregunta ¿y qué con eso? pues bien, es a través de la interpretación que vamos al encuentro con nuestro verdadero deseo, y ese deseo tiene que ver con nuestra propia infancia, es decir, se nos ha dicho infinidad de veces que el ser humano encontrará la dicha si es que cumple sus deseos de la infancia; cuántas veces no hemos escuchado ese re-encuentro con lo que anhelábamos en la más tierna infancia. Pues bien, la interpretación de los sueños dentro del psicoanálisis es la vía regia hacia el acceso a ese re-encuentro con el deseo que nos habita.

La interpretación del sueño indica el deseo de la infancia. Si se pone atención a los fenómenos oníricos podremos encontrar huellas que pueden guiar ese re-planteamiento de la vida cuando no se está viviendo la vida que se desea. Si no se está viviendo lo que en la infancia a uno lo colmaba de bienestar, muy probablemente se esté viviendo una existencia desdichada, una vida carente de sentido, arrojados al infinito del absurdo. El deseo de la infancia tiene que encontrar su cauce por la vía de la sublimación, el simbolismo, el desplazamiento.

Retomando la pregunta: ¿para qué un psicoanálisis? podría aseverar que, a lo largo de la experiencia clínica, en la escucha de mis pacientes, un psicoanálisis puede colaborar a que el paciente dé cuenta de su síntoma y de que ese síntoma está íntimamente ligado a sus padres. Una máxima dentro del psicoanálisis es: “los hijos son el síntoma de las padres”.

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La cama

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

imagen de elmundo.es

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 “Los trabajadores, si en realidad miraran de frente

 la falta de sentido de su trabajo y su vida,

tendrían que abandonar totalmente el trabajo.”

(Günther Anders  en “La obsolescencia del hombre”)

A fin de cuentas, la existencia humana se resume a cuatro letras: cama. Es en una cama en donde la madre da a luz a su hijo. Es en una cama en donde hombre y mujer hacen un pacto de entrega y crean vida. Es en la cama en donde los amorosos practican ese juego interminable llamado amor. En la cama se descansa. La cama también puede ser utilizada para recostarse y prender la televisión y ver películas en compañía de quien se ama.

En cama se pasan los peores padecimientos del cuerpo. En cama suceden los encuentros y desencuentros con uno mismo y con el partenaire. La cama es fiel testigo de esa manifestación por antonomasia del inconsciente: el sueño.

En la cama los niños brincan y juegan a ser acróbatas, la cama es su circo o juegan a ser astronautas que llegan a conquistar algún planeta desconocido.

Quizá la evolución filogenética tuvo un error y en lugar de que el ser humano estuviera en una posición erguida, deberíamos andar por el mundo en una posición horizontal, acostados, en la cama, descansando, disfrutando de la vida, viendo películas, durmiendo, haciendo el amor.

En el consultorio hay un familiar muy cercano a la cama: el diván. En el diván el sujeto se analiza, se escucha a sí mismo, se conoce, se enoja, se enamora. Va construyendo su propia vida. Es en el diván (un dispositivo similar al de la cama) en donde el sujeto se confronta con ese Otro que le habita y comienza a descifrar su existencia.

Al final de la vida llega el momento de despedirnos, y lo hacemos precisamente en esa posición, una posición horizontal, como un tributo a lo mejor de la vida que se llevó a cabo en ese lugar, en la cama. Llegamos al mundo en una cama y nos retiramos de este mundo en otra.

Contacto: psicologocarlosmoreno@gmail.com

 

 

El Sentido y el Nihilismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Lo que tiene sentido, viene hacia mí, me golpea, me desplaza, me provoca”

Jean-Luc Nancy

 

Lo que cura, lo que sana, lo que da sentido a la vida, lo que salva al ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en el psicoanálisis, en la ciencia, en la familia, en el arte, el deporte, en alguna ideología, una ética, etc. Pero existe una condición: que esa creencia sea firme, con vehemencia, que uno esté convencido de eso, de que ese es el camino hacia su propia salvación. ¿Salvación de qué? salvarse de venir al mundo y desperdiciar la única oportunidad de existir. Esa creencia será el pilar de su sentido de la vida. Esa creencia se enmarca dentro de un contexto socialmente aceptado, quizá no en el camino sinuoso de la otredad, pero sí en la ética minimalista de intentar no hacer daño al prójimo.

¿Por qué tendríamos que optar por una opción de vida en donde no se fastidie la existencia al prójimo? Precisamente porque en eso está sustentada la civilización, en el respeto al límite del otro. Dentro del ser humano existe una “voz” (en psicoanálisis esa voz se llama superyó [Freud], discurso del Otro [Lacan] o en la filosofía de Kant “imperativo categórico”) que impone los límites propicios para poder vivir en sociedad.

La angustia, la intranquilidad, esa falta de “paz interior” se debe precisamente a que el ser humano trasgrede los límites establecidos por su “voz interior”. Muchas de las veces esa voz interior se vuelve demandante, castrante, punitiva y hace sentir mal al ser humano, es cuando el síntoma deviene en inhibición, angustia y más allá, en depresión. Es por eso que Sigmund Freud postuló dentro del psicoanálisis un reconocimiento de las pulsiones que constituyen al ser humano y tratar, en la medida de lo posible, hacer un acto de reconciliación; saber cómo estamos constituidos (ello, yo, superyó) y reconocer qué cosas podríamos seguir conservando y qué otras es necesario replantear, y en caso de ser necesario, hacer ese “cambio de piel” o quitar la posible losa que se carga en la espalda, es decir, saber poner a un lado la herencia patológica de los padres.

Al principio del texto menciono la palabra “salvar”. ¿Salvarse de qué? quizá salvarse de una vida mediocre. Dentro del discurso judeocristiano existe la idea de venir al mundo y vivir una vida plena, una vida en abundancia. Por su parte el psicoanálisis trabaja con el deseo del analizante (paciente). Es decir, ambas propuestas (religión judeocristiana y psicoanálisis) tienen dentro de sus principales postulados saber aprovechar el breve momento porque el atravesamos en nuestra historia de vida en la tierra. Otra de las características en común entre el pensamiento judeocristiano y el psicoanálisis es que la vía regia hacia la “salvación” es precisamente el amor, amor a uno mismo, amor a la familia, a la pareja.

El que “medio cree” obtiene como resultado una vida mediocre. No solamente se habla de creer en Dios, no, también se puede creer en uno mismo, en el amor, en la vida misma, en la familia, en un proyecto. A fin de cuentas lo que sustenta la capacidad de “andar” es esa creencia, ese apostar y arriesgar por un proyecto aquí en este tránsito por el mundo.

La creencia implica una entrega a un ideal, a un proyecto, a una fe. Creer en algo implica apasionarse por ello, como escribiera Charles Bukowski: “Encuentra aquello que amas y deja que te mate”.

Creer implica necesariamente una decisión, una apuesta, arriesgarse sabiendo que se puede ganar pero también es posible perder. “¿has vivido de acuerdo al deseo que te habita?” nos recuerda J. Lacan.

Dentro del discurso religioso podemos ver la vida de los monjes del budismo zen o dentro del pensamiento judeocristiano están los jesuitas que a través de su creencia mantienen un estado de vida diferente, apuestan por un ideal, una entrega a algo en lo que ellos creen y eso se ve reflejado en su rostro, en su manera de platicar, sus hábitos, etc. Creer, por lo tanto implica una “metanoia”, una conversión, ese “poder ver la vida con otros ojos”. Ese “hombre nuevo” que aparece tanto en el discurso judeocristiano como en el discurso psicoanalítico así como en el discurso marxiano.

Vivir la existencia, apostar por algo que apasione, creer en eso con vehemencia y dejarse llevar por ello. Encontrar el lugar de nuestro ser-en-el-mundo. De esa manera se estará apostando por una vida con sentido. Lo contrario sería caer en el nihilismo, filosofía que, de acuerdo a Jean Luc Nancy, es lo que impera en estos tiempos posmodernos.

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El goce no tiene memoria

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

El goce: un exceso intolerable de placer,

una manifestación del cuerpo

más próxima a la tensión extrema, al dolor y al sufrimiento.

(N. Braunstein 2006 en “El goce, un concepto lacaniano”, p. 14)

 

Existe un experimento con ratones en donde el animalito al tocar una palanca obtenía placer. Eso provocó que el animalito se olvidara de otras cosas hasta morir a cambio de un monto desmesurado de placer.

Para cuestiones prácticas vamos a definir eso como “goce”, en donde el animal  procuraba el placer a costa de su deterioro que a la postre lo llevó a la muerte. Lo mismo sucede con el ser humano y su atracción hacia los vicios, llámese el alcohol, el tabaco, el exceso en la comida, el sexo desmedido, situaciones en donde el ser humano lleva al extremo la experiencia y trasciende el límite del placer, lo que lo lleva a “más allá del principio del placer” es decir, al exceso, al goce mortífero.

El goce no tiene memoria. ¿Qué significa eso? significa que muchas de las veces el ser humano está consciente del mal que se está auto produciendo al caer en conductas de riesgo, en donde lleva más allá el placer que proporciona una cerveza, la comida, el sexo, pero no se conforma con eso y quiere más, insiste, hasta caer en el hartazgo, la borrachera, la adicción a la droga, el robo para obtener sustancias, la promiscuidad sin protección que lo conduce a la enfermedad.

El goce no tiene memoria, es decir, cuántas veces no hemos escuchado al alcohólico arrepentido decir que “ya no más”, que dejará el vicio por los que más ama, o el adicto a los estupefacientes también arrepentirse y optar por enclaustrarse para sanar, o al que se da atracones decir que “es la última vez”. El goce no tiene memoria. Pronto se olvida el ridículo que se hace, se olvidan las promesas, y el sujeto vuelve a las andadas. El goce no recuerda el padecimiento sufrido y opta por ese camino del exceso, quiere más, nada le llena. Objetivo final: la autodestrucción, la aniquilación, la saciedad final, el hartazgo existencial.

¿Por qué se cometen los mismos errores? ¿por qué estamos empecinados en reiterar el mismo daño? ¿Al servicio de qué está ese intento de autodestrucción? Una obediencia ciega. El goce no recuerda. No sabe de límites. Por ejemplo, la campaña de salud en donde ponen imágenes horribles en las cajetillas de cigarro como un intento de disuadir al adicto y que sepa las consecuencias de sus actos. Al contrario, todos sabemos que “fumar mata”. ¿Qué tanto esas imágenes son un incentivo para esa pulsión de muerte que vive e insiste en cada uno de nosotros?

La experiencia analítica precisamente intenta hacer un rastreo y dar cuenta de esa pulsión de muerte que nos habita. Reconocer nuestra condición humana, saber de qué estamos hechos y, lo más importante, qué estamos dispuestos a hacer con esa verdad que se descubre.

El goce no tiene memoria. Por más que el ser humano “sepa” el mal que se está haciendo a sí mismo y a los que le rodean, no va a parar, no va a ceder hasta que haga un intento por reconciliarse con ese “monstruo” que le habita y que no va a dejar de insistir hasta ser escuchado.

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Narcisismo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Un fuerte egoísmo preserva de enfermar,

pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo,

y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”

(S. Freud, Obras Completas, tomo XIV, en “Introducción al narcisismo” p. 82)

 

Sigmund Freud escribe en su obra “Introducción al Narcisismo” (1914) que los psicóticos no son candidatos a un psicoanálisis ya que han perdido el contacto con la realidad, así mismo los neuróticos han distorsionado sus vínculos con la realidad. La pregunta hoy en día es cómo nos vinculamos con la realidad, con los objetos de amor, con las personas. El fetiche llamado “virtual” ha impuesto una nueva manera de vincularnos. Ahora bien, no podemos afirmar que exista una “norma”. ¿En qué consistirá fomentar unos vínculos sanos? ¿Cómo poder andar por la vida sin proyectar nuestros propios demonios en las personas? Es decir, mucho de la estabilidad emocional o de la “madurez afectiva” como la llama Michel Onfray1, se pone en juego cuando se sabe reconocer “la propia viga en el ojo” y no andar endilgando en el ojo ajeno.

Sigmund Freud en la misa obra señalada líneas arriba (Introducción al narcisismo) que se encuentra en el tomo XIV de la Obra Completa editada por Amorrortu, plantea que el vínculo erótico que se pueda sostener con el otro es lo que nos puede alejar de una “enfermedad”. La posibilidad de amar al otro es quizá lo que puede abrir la puerta a la salvación.

¿Qué es el narcisismo? Es la incapacidad de amar al otro. Freud escribe: “La libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo2

El vínculo de amor, la posibilidad de amar hace que el ser humano pueda encontrar su salvación, su salud emocional. Ese vínculo de amor puede ser amando a su pareja, a sus hijos, a su familia. ¿Por qué el destino de nuestro amor tiene que ser una persona del exterior? ¿Por qué no solamente amarse uno mismo? Quizá porque la plenitud del hombre esté encaminada hacia ese paso, dejar el egoísmo que nos caracteriza y voltear a ver al prójimo, la ética de la otredad. ¿Encontraremos la salvación amando al otro?

Amar significa ser responsable del prójimo encarnado en el hijo, en el cónyuge, en la esposa, en el prójimo distante y no tan distante. Escuchar es una manera de amar. Reconocer la singularidad, la individualidad, la historia de vida del otro es una manera de amar.

El narcisismo nos impide voltear a ver al otro. El narcisismo impide hacer vínculos afectivos con el otro. El narcisismo obliga al sujeto a ver por él mismo. La cultura posmoderna ha hecho un culto al narcisismo, los síntomas del narcisismo es la guerra, la injustica, la pobreza. El narcisismo se puede ver no solamente a nivel individual sino también como ese sistema que opera y desvincula con el otro. La brecha que existe en la sociedad es producto del narcisismo, es decir, del egoísmo.

Quizá el narcisismo es la vía regia hacia la autodestrucción, hacia vivir una existencia vacía, sin sentido, cada vez más angustiante.

Sobre la capacidad de amar: ¿ama el que puede desplazar su libido del yo hacia el objeto externo? O ¿es en la medida en que podamos amar que encontremos ese bienestar tan preciado? O en otras palabras: ¿Se podrá amar cuando se sufre? Sigmund Freud plantea la dificultad de amar como el sujeto que sufre un dolor de muelas y toda su energía se canaliza hacia esa preocupación. Lo mismo sucede en los vericuetos del amor; no se puede amar al otro si antes no se ha podido trascender la “enfermedad” que implica el narcisismo exacerbado. Es cierto que no se puede amar si uno no se ama a sí mismo, pero también es cierto que el narciso se esconde tras esa bandera y su libido queda agotada en ese primer intento (amarse a sí mismo) sin poder llegar a la pulsión de objeto, es decir, amar al otro.

Ahora bien, ¿por qué el psicoanálisis postula que amar al prójimo es indicio de salud emocional? Quizá porque trasciende ese amor narcisista que se instaura en la primera infancia. ¿Podríamos estar hablando de un amor maduro? Poder amarse a sí mismo pero también poder amar al prójimo. Esa es la cuestión. En eso se juega la vida toda.

Cuando el ser humano se convierte en padre/madre, va implícito un desprendimiento de narcisismo hacia el producto, es decir, el padre/madre puede reconocer en el otro a alguien a quien amar. Es por eso las dificultades de amar al otro cuando el hijo no ha sido fantaseado, anhelado, imaginado. No hay un corte en el narcisismo, el hijo no implica algo en el imaginario de ese padre/madre. No hay compromiso. Esto podría explicar el fracaso en las relaciones de pareja, cuando no se es posible trascender el propio narcisismo.

1 Onfray, Michel (2008) La fuerza de existir. ed Anagrama. España. p. 37

2 Freud, Sigmund (1914) Introducción al Narcisismo. Obras Completas, Tomo XIV. Ed Amorrortu, p. 72

 

Creer

Escribe Carlos Arturo Moreno De la Rosa 

 

“El carácter neurótico es el reflejo, en la conducta individual,

del aislamiento del grupo familiar”

(J. Lacan en Escritos 1, p. 137)

Lo que cura, lo que salva, lo que da sentido a la vida del ser humano es la creencia en algo o en alguien. Puede el ser humano creer en Dios, en la vida, en el amor, en una ideología, un proyecto de vida, una propuesta, una ética, en su propio análisis en busca de su verdad. Puede creer el ser humano en la ciencia, en la familia. Quizá la única condición es creer firmemente en eso que va a dar sentido a la vida. La sublimación como ese camino hacia el lugar que ocupa el ser humano en una cultura determinada. Esa creencia tiene que estar en plena comunión con lo “socialmente aceptado” es decir, para que el ser humano pueda acceder a la paz interior tan anhelada, el conflicto intrapsíquico tendría que encontrar cierta relación de compromiso que deje en equivalencia a las partes, ya que no podemos andar por la vida haciendo caso solamente a las pulsiones bestiales que nos habitan o su contrario, no podemos andar por la vida viviendo en la inhibición que tortura y lacera.

El ser humano se encuentra sujeto a una cultura determinada que le hace ver la delgada línea entre el bien y el mal. A eso comúnmente le hemos llamado “la voz de la conciencia” que es la trasmisión de la cultura de generación en generación para perpetuar la civilización. Cuando dicha línea se ve difuminada, el ser humano comienza a experimentar sentimientos de culpa que pueden ser excesivos a tal grado de padecer una depresión, angustia o, en casos más severos, andar por la vida “sin dios y sin diablo” trasgrediendo los límites establecidos por la ley.

El ser humano encuentra su “salvación” (recurriendo al constructo utilizado por la religión judeocristiana que aquí tomaré como metáfora) precisamente en la búsqueda y encuentro de eso que da sentido a su vida, cuando es capaz de sublimar y encontrar su lugar en el mundo; su ser en el mundo. ¿De qué se salva? Se salva precisamente de vivir una existencia en la mediocridad, cuando el ser humano abraza su deseo, se salva de andar viviendo la vida del Otro, comienza a construir su propia historia de vida (y no una “historia debida”). La creencia en algo o en alguien nos puede salvar de una vida mediocre. El que “medio-cree”, cree a medias y se le va la vida en ello, no apuesta por su deseo. La diferencia radica en la entrega a ese proyecto de vida, a la propia escucha en el camino del encuentro con el propio deseo.

Saber discernir el propio deseo del deseo del Otro implica toda una trayectoria de vida. Es necesario que el ser humano se estructure bajo la mirada del Otro (entiéndase “Otro” como el padre/madre que estuvieron allí en la primera infancia del sujeto) pero con el paso del tiempo el sujeto es convocado a cambiar de piel, a ir tras su propio deseo, ya que si no “vive de acuerdo con el deseo que le habita” (Lacan) puede caer en los estragos del silencio (Alejandro Salamonovitz) y con ello en una profunda depresión.

El camino hacia el encuentro del propio deseo es un camino sinuoso, lleno de contrastes, de soledad, de silencios prolongados, de angustia, de terror; pero en ese caminar, el ser humano va naciendo a otra cosa, va dando cuenta de su propio deseo y lo más importante, saber qué hacer con eso (ética).

El proceso de salvación (entendida como ese tránsito de una vida vacía hacia una vida plena) implica pues una creencia, llámese religión, educación, vocación o psicoanálisis. Es ese encuentro con la propia verdad. La salvación no es un proceso de la noche a la mañana. La “metanoia” (conversión) hacia una vida con sentido, hacia ese “hombre nuevo” que existe en la idea judeocristiana, pero también en el marxismo y en el psicoanálisis. “Devenir la descendencia de los propios acontecimientos, y entonces renacer, nacer otra vez más, y romper con nuestro primer nacimiento carnal” (Deleuze). El paso de un sujeto alienado a un sujeto conducido por su propio deseo.

La salvación está a la vuelta de la esquina. La familia salva.

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¿De qué se trata la existencia?

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Freud mostró una arraigada adhesión a la ética judaica

como práctica milenaria de la otredad”

(Betty B. Fuks en “Freud y la judeidad, la vocación del exilio” p. 92)

 

¿Qué es la existencia? ¿Qué es vivir? ¿Qué entendemos por “existir”? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cómo podríamos intentar responder al por qué y para qué estamos aquí en este mundo, en este lugar, en este espacio y en este preciso momento? Muchas voces se han lanzado intentando dar lugar a dicha interrogante, sobre todo los dos discursos que han acompañado a lo largo de la instauración cultural de la humanidad, a saber, la filosofía y la religión.

Dentro de las posibles posturas que encontramos frente a la vida, frente al lugar que ocupamos en el mundo, está la ética, como esa fundamentación que da lugar a nuestra responsabilidad de existir. La ética precisamente retoma el concepto de la “otredad”, es decir, se vive siendo libre pero también siendo responsable del otro, llámese familia, prójimo, hijos, esposa o esposo, madre y padre, extranjero, etc.

Si se quisiera simplificar las cosas se podría afirmar que el lugar que ocupa el ser humano en el mundo se resume a cuidar de su salud, ya sea haciendo ejercicio o alimentándose de sustancias nutritivas, procurando la salud física y también la salud del alma.

Otra de las características que se debería de tomar en cuenta para intentar dar razón de nuestro lugar en el mundo es la búsqueda de la verdad, esa verdad que los filósofos aman o que los religiosos cultivan con tanto ahínco. La búsqueda de la verdad también es un acto propio de la experiencia analítica, en donde el paciente acude al consultorio porque está cansado de mentirse a sí mismo o porque simplemente va en busca de su verdad, de su infancia, de su historia.

El encuentro con la verdad tiene que replantearse con la ética que existe para la sana convivencia en sociedad. La instauración de la ley obedece a una necesidad del ser humano de respetar el contrato social. No podemos andar por el mundo viviendo como unos salvajes, como diría Sigmund Freud, preferimos sacrificar parte de nuestra felicidad en aras de la civilización. Respetar al prójimo sería también un buen indicio de que se está dentro del juego de la existencia de acuerdo a las reglas establecidas.

Es por eso la importancia de la función paterna, ya que son los papás los encargados de la trasmisión de la cultura en los hijos. La salud de los seres humanos se juega en gran parte en ese proceso de socialización que implica la educación en el hogar. Si el hijo se ha convencido de que lo que se le invita a creer, a vivir, a anhelar, eso dará sentido a su vida, es un gran comienzo, ya después quizá el hijo crecerá y tendrá la posibilidad de re-plantear su jerarquía de valores, pero si la voz de la conciencia se ha instaurado a través del amor, tendrá mayor seguridad en optar por las bondades de la cultura como lo es el arte, la escritura, la poesía, la música, la danza, la lectura, el deporte, en fin, todo aquello que ennoblece al ser humano y hace de él un ser en potencia hacia la sublimación.

Otro de los puntos básicos que intentan responder al para qué de nuestra existencia en la tierra lo podremos encontrar quizá haciendo caso a lo que llamamos “vocación”. Saber para qué se está convocado, para qué se está llamado; encontrar una actividad en donde se pueda sentir feliz, realizado, haciendo lo que le agrada, una profesión, una labor, una actividad y encontrar satisfacción, bienestar y paz interior en la elección.

Por último y no menos importante, en lo que coincide la filosofía, la religión y el psicoanálisis es que el paso por este mundo se disfruta más amando. Amar en lo concreto, una pareja, unos hijos, una vocación, una comunidad. Amar a Dios. Amar una profesión. Amarse uno mismo.

Es pues este breve recorrido que hacemos en nuestro paso por este mundo. Procurar nuestra salud física y mental, saber a qué queremos dedicar nuestra existencia, vivir una vida observado la ética del contrato social y amar.

Saber que la vida se nos va de las manos, en un abrir y cerrar de ojos, somos finitos. No esperar a tener la muerte tan cerca para comenzar a vivir la vida que se desea. Dar cuenta de que un día habremos de morir indica la pauta para comenzar a vivir una vida con sentido.

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La máquina del tiempo

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

Máquina del Tiempo

“Lo inconsciente, más que existe, insiste”

Carlos Gaos

 

Uno de los deseos del ser humano es que existiera una máquina del tiempo que nos regresara al pasado y poder enmendar los errores o poder aprovechar las oportunidades. Una máquina del tiempo que nos dijera qué nos depara nuestro futuro. Esa máquina del tiempo existe; se llama diván y el espacio propicio es el psicoanálisis.

Quizá el psicoanálisis sea un método eficaz para poder esclarecer la propia infancia. ¿Y por qué querer saber la infancia? Porque es allí donde se instaura la vida toda, el destino. Uno como padre de familia debería de poner mucha atención a cómo son sus hijos para saber cómo es que serán en su vida adulta, su manera de relacionarse, sus sueños, sus proyectos, cómo afronta las diversas situaciones de la vida. Todo está allí, la clave está allí, en la infancia.

El psicoanálisis como esa máquina del tiempo que permite integrar las diversas percepciones que se tiene de los hechos del pasado. El psicoanálisis como ese dispositivo que intenta explicar ese “saber no sabido”, es decir, existe “algo” (Inconsciente, “La Cosa”) que vive en nosotros y que desde allí “insiste” hasta lograr su propósito, como bien dijera el psicoanalista Carlos Gaos: “lo inconsciente más que existir, insiste”.

Reconocer la propia historia de vida puede ayudar a comprender por qué actuamos de determinada manera. Muchas de las veces las relaciones interpersonales están determinadas por la transferencia, es decir, por lo que se pone en juego en el preciso momento cuando estamos frente a una persona. Es por eso que muchas de las veces un adolescente se comparta de determinada manera con una persona y es distinto con otra persona. La transferencia es la que está en juego, es decir, lo que a ese adolescente le evoca la persona con la que está manteniendo un diálogo. Lo mismo ocurre con los adultos, muchas de las veces la queja que se escucha dentro del consultorio psicoterapéutico es que “él se comporta diferente cuando está con sus amigos”. Esta queja adquiere sentido si lo vemos a la luz de la transferencia.

¿Por qué reaccionamos de determinada manera con ciertas personas y con otras no? ¿Qué es lo que sucede para que una persona sea agradable a nuestros ojos? Lo que Sigmund Freud puso a discusión es precisamente este fenómeno que denominó “transferencia”, como eso que le pertenece a otro pero es depositado en otro, es decir, los recuerdos, las imágenes, los vínculos interpersonales que se establecieron en la más tierna infancia, tienden a repetirse, y lo que se calló en su momento, tiende a salir a la luz con mayor ímpetu. Es por eso que en los primeros años de matrimonio las parejas atraviesan este fenómeno, la transferencia, en donde a quien se le grita, se le reclama, se le exige no es precisamente al cónyuge o a la esposa; es más bien a esas figuras que han quedado introyectadas y que desde allí dictan el guion a seguir.

El psicoanálisis ha sido un dispositivo muy apropiado para poder esclarecer esos fantasmas con los que convivimos diariamente y que no nos permiten conocer a la persona que tenemos en frente. La experiencia analítica es una cura de amor, es decir, la gran enfermedad del ser humano es por esa imposibilidad de amar. El psicoanálisis se acerca a ese esclarecimiento e intenta desentrañar los motivos inconscientes del por qué se ha quedado algo atorado. Algo no fluye, algo no anda, y muchas de las veces ante esa imposibilidad de saber qué es lo que fastidia la existencia, alcanzamos a decir un simple “no sé”. Cuando aparece ese “no sé” es un buen momento de replantearnos el lugar en el mundo y comenzar a hacer realidad eso que dijo Sócrates hace tantos años: “Conócete a ti mismo”. El dispositivo analítico como ese lugar propicio para dejar de engañarse uno mismo.

El diván como esa máquina del tiempo en donde podemos historizar nuestra vida, atravesar el discurso imaginario que pervive en nuestro ser y exponerlo a través de la palabra, ese encuentro simbólico liberador, ya que como escribe el psicoanalista Alejandro Salamonovitz, el enfermo del alma lo está porque no ha podido hablar.

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El lado oscuro de las redes sociales

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“De vez en cuando, la comedia se convierte en horror y acaba en relatos, seguramente bastante verídicos, cuyo humor macabro sobrepasa el de cualquier imagen surrealista.”

(Hannah Arendt “Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal” p. 35)

Cuando recibí la invitación por parte de una conductora de un programa radiofónico para participar en el foro sobre el lado oscuro de las redes sociales no quedé muy convencido con el título, de bote pronto no me parecía estar de acuerdo con ese “lado oscuro” de las redes sociales ya que mi experiencia en las redes sociales ha sido todo lo contrario: he visto “la luz” en las redes sociales, en Facebook por ejemplo puedo estar en contacto con colegas psicólogos y psicoanalistas o en Twitter y sus trolls que afirman: “no te tomes demasiado en serio lo que sucede en Twitter”, recuerdo que en mi juventud decíamos lo mismo de la vida: “No te tomes tan en serio la vida que nunca saldrás vivo de ella”.

Más tarde en la noche, después de haber recibido la invitación, y dándole vueltas al asunto encontré un punto de convergencia con el título del foro que aquí nos convoca y mi postura desde el psicoanálisis.

Partamos de la premisa freudiana: todos tenemos una pulsión de muerte, es decir, todo ser humano ha heredado a lo largo de la filogenética y de la ontogenética esa pulsión de muerte, esa agresividad que en su momento nos ayudó a sobrevivir, pero en la actualidad se ha convertido en algo que está de más.

La pulsión de muerte, el destruir, el matar quizá ya no se lleva a cabo por medio de un acto real, ahora, con la evolución de las especies, esa “pulsión de muerte” se desplaza hacia lo imaginario y es allí en donde las redes sociales son propicias para el desahogo de esa pulsión de muerte del ser humano que se esconde detrás del anonimato, que desata las más “bajas pasiones” y convierte al fraile en bestia, al joven estudiante en un secuestrador o al padre de familia en un voyerista.

El lado oscuro de las redes sociales viene a desenmascarar lo que por mucho tiempo se consideró las buenas costumbres.

Las redes sociales como síntoma de la enfermedad de la civilización actual, claro, con esto no quiero satanizar a las redes sociales, como dije al principio, pero el uso que se le da por parte de algún sector de la población para llevar a cabo atrocidades no es más que un síntoma de algo que se está echando a perder, algo putrefacto; muchos dicen que es por la falta de valores, otros dicen que todo esto se vino al traste con la llegada del reggaetón, pero una cosa sí nos debe quedar claro, el uso de las redes sociales vino a desenmascarar una sociedad que se tambaleaba en su jerarquía axiológica, una civilización que hace cien años declaró la muerte de Dios y a partir de allí todo estaría permitido, llegamos a la era de posmodernidad en donde todo vale, todo está permitido, cualquier discurso es válido.

También se podría hablar sobre “El lado oscuro de las redes sociales” en lo que está sucediendo en el núcleo familiar, específicamente en las relaciones de pareja, en ese vínculo afectivo. Hay casos en donde el marido deja la computadora y su esposa bien intencionada está limpiando la mesa, por descuido empuja el ratón y la pantalla se ilumina, a ella le llama la atención un foquito rojo en los mensajes, lo abre y comienza la discusión.

Otro lado oscuro de las redes sociales, específicamente en Facebook y lo digo desde la escucha dentro del consultorio psicoterapéutico, es ese maleficio que invade en las parejas. Es muy frecuente que el amor entre las parejas se vea afectado por un “inbox”, por un comentario mal interpretado o por un “like” que a la postre desencadena discusiones interminables.

¿Existe el lado oscuro de las redes sociales? La respuesta estaría encaminada a reconocer la pulsión de muerte que nos constituye y que encuentra un desahogo tras el anonimato. Las redes sociales como un cultivo propicio para desatar las pasiones más bajas que constituyen la condición humana. Cosas buenas propician las redes sociales, pero no hay que estar siempre “con los ojos bien cerrados” a lo que acontece a nuestro alrededor. Nada es bueno, nada es malo, todo depende del cristal con que se mire y añadiría con el grado de “civilización” que una cultura pueda otorgar a sus agremiados.

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La Ciencia y sus demonios

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“Durante gran parte de nuestra historia

teníamos tanto miedo del mundo exterior,

con sus peligros impredecibles,

que nos abrazábamos con alegría a cualquier cosa

que prometiera mitigar o explicar el terror.”

Carl Sagan

 

Escribe Carl Sagan: “Puede haber nuevas circunstancias nunca examinadas antes sobre los agujeros negros, por ejemplo, o dentro del electrón, o acerca de la velocidad de la luz.” Pero eso no implica que adjudiquemos fuerzas “sobrenaturales” “espíritus” “fantasmas” dentro de un electrón, eso sería hacer uso de un sofisma, llegar a una conclusión falsa, en donde no hay método científico, simplemente afirmar algo inexplicable aduciendo a “fuerzas sobrenaturales”. Inferir una síntesis de un silogismo malogrado.

Pensar en la actualidad en la existencia de los fantasmas va en contra de todo el proceso de evolución del cerebro humano que ha llegado a ser un “homo sapiens”, creer en fantasmas como la única manera de asirse a la existencia.

¿Cuál es el estado de la cuestión de la educación actualmente en México? ¿Cuál es el peso de la ideología dentro del proceso de enseñanza aprendizaje? El artículo tercero de la Constitución indica que la educación es “laica, democrática y gratuita, obligatoria”. Desde tiempos de Benito Juárez se instituyó una educación laica en donde el método de la duda fuera el método por el cual se pudiera alcanzar el conocimiento, luego Gabino Barreda propuso una educación con corte positivista.

Las ideas preconcebidas acerca de la existencia de Dios y sus designios nos mantenían como en una Aldea, vivíamos seguros, nada nos faltaba, vivíamos felices, pero atormentados, con miedo, temíamos la ira de Dios. Hubo alguien que decidió retar ese misterio, se le ocurrió dudar del dogma, salió de la Aldea y trajo la ciencia, siguió el camino para conseguir la ciencia, intentar descifrar lo que parecía tan obvio, no se conformó con lo que le decían sus ancestros, arriesgó su vida. En ese intento de querer encontrar una explicación racional declaró la muerte de Dios, pero con ello trajo la peste, con ello declaró la autonomía del ser humano; se vinieron las catástrofes existenciales; si no había Dios todo estaba permitido.

Hoy somos testigos de que aún existe gente que vive en esa Aldea y que afirman que su lucha es erradicar de la faz de la tierra al hereje o derrumbar el sistema hedonista que regula las mentes de los jóvenes.

Muchos viven en esa Aldea y no quieren salir de ella, también hay los que se aprovechan de eso y se dedican a explotar las ideas más fantasiosas, las reminiscencias de la gente que se niega a creer que solo tenemos esta vida y en ese intento de asirse  a la vida misma aseguran que han visto un fantasma, como escribiera S. Freud: “La creencia en los espíritus, en los fantasmas y en los aparecidos, a la que todos nosotros estuvimos apegados al menos en la infancia, no ha desaparecido en absoluto. Quien ha adquirido una mente fría y se ha vuelto incrédulo regresa por un instante a la creencia en los espíritus cuando la emoción y la alteración se encuentran en él” (S. Freud, AE, IX, p. 59-60).

La educación está fallando, no estamos cumpliendo lo estipulado en el artículo tercero de nuestra constitución, aún hay gente que cree vivir rodeada de espíritus chocarreros, fantasmas, ángeles y demonios, un mundo en donde si hay lugar para la “parapsicología”.

Vivíamos en La Aldea, todos éramos felices, había una “paz social”, no podíamos salir de nuestra Aldea. Dejamos de creer en Dios, nos sometimos al poder de la ciencia, avanzamos mucho, pero junto a ello, junto a la muerte de Dios, acarreamos los sinsabores de vivir sin él. Con la muerte de Dios se inaugura la posmodernidad. Todo vale. Todo está permitido.

“Una persona puede ir a ver a un brujo para que le quite el sortilegio que le provoca una anemia perniciosa, o puede tomar vitamina B12.” (Carl Sagan)

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La compulsión a la repetición

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

 

“El sujeto está unido con el objeto perdido por una nostalgia, y a través de ella se ejerce todo el esfuerzo de su búsqueda. Dicha nostalgia marca el reencuentro con el signo de una repetición imposible, precisamente porque no es el mismo objeto.” (J. Lacan, El Seminario 4: La relación de objeto. p. 15)

El descubrimiento de Freud tiene mucho que ver con la compulsión a la repetición. En su libro La interpretación de los sueños, Sigmund Freud postula lo siguiente: “Los elementos [de la infancia] se han ordenado en una nueva trama y se han transferido a otras personas”. Es un eterno repetir.

La “primera edición” de nuestra vida ya se ha escrito en los primeros años de nuestra existencia, lo demás es un eterno repetir de las primeras situaciones de nuestra infancia. “Infancia es destino”. Ya todo está escrito.

Nuestro destino ha quedado escrito en nuestros primeros años de vida. Esto cobra sentido cuando nos preguntamos de por qué cometemos los mismos errores o por qué nos relacionamos con gente “enfermiza”. Quizá el comienzo para dejar de repetir y no saber el porqué de nuestras acciones, el motivo o el elemento latente oculto detrás de nuestras conductas,  está precisamente en hablar de eso que nos constituye; no ignorarlo ni mucho menos reprimirlo, ya que como bien señala el psicoanálisis: “lo que no se habla, se actúa” y esa actuación es lo que conocemos comúnmente como el síntoma, ese malestar del cual nos quejamos constantemente.

La vida del adulto por lo tanto se entiende como ese “sustituto de la escena infantil alterado por transferencia a lo reciente” (S. Freud, Obras Completas, tomo 5, p. 540). ¿Cuál es la relevancia de esto que acá se comenta? Precisamente el punto importante es que constantemente estamos re-editando escenas de nuestra más tierna infancia en nuestro presente que comúnmente tienen que ver con situaciones no resueltas.

¿Qué tanto el alcoholismo está al servicio de una carencia en la más tierna infancia? ¿Qué tanto ese eterno pleito con los compañeros de trabajo tiene que ver con lo experimentado en la casa con los hermanos cuando se era más joven? ¿Ese constante discutir en la pareja se podrá encontrar la raíz en los primeros vínculos de amor con sus padres?

Si podemos lograr comprender el verdadero significado de nuestro malestar que está íntimamente relacionado con nuestra infancia, con lo que ha quedado enterrado (vivo) en nuestro inconsciente y es desde allí que opera y nos dicta la toma de decisiones como por ejemplo la elección de carrera, la elección de pareja, situaciones tan trascendentales en nuestra vida pero también es desde el inconsciente en donde se fragua el próximo pleito con la esposa o el marido, la discusión acalorada con el jefe en el trabajo o los errores que constantemente cometemos como lo son cambiar una palabra por otra, un olvido, un accidente, etc.

Para saber cómo está constituido nuestro inconsciente tendríamos que poner atención a los sueños y su interpretación. El sueño es un elemento que está íntimamente ligado con los recuerdos de la infancia. El sueño hace uso del material que ha quedado impregnado en nuestro inconsciente. Muchas de las veces el sueño aprovecha situaciones de la vida cotidiana para esconderse y no revelar el verdadero motivo, pero más allá de saber interpretar un sueño, lo importante es reconocer que hasta ese recuerdo del sueño, que tiene que ver con algún acontecimiento del presente, está íntimamente ligado con un acontecimiento del pasado, del allá y el entonces. Es algo de lo cual no podemos escapar.

El inconsciente se posesiona de la vida toda del ser humano. Por más que se quiera evadir, reprimir, desplazar, negar, etc., El inconsciente encontrará la manera de hacerse reconocer. Es preferible hacerse escuchar, hacer valer su derecho a manifestarse, porque de lo contrario, puede comenzar una lucha interminable a través de los mecanismos de defensa que tendrían al sujeto en una constante lucha, manteniéndolo agotado, cansado, fastidiado y muchas de las veces terminando en una depresión o cualquier otro síntoma.

El síntoma avisa cuando las cosas no andan. El síntoma es una muy buena señal de que el ser humano está agonizando, que su deseo está feneciendo. El primer paso que se sugiere dar es reconocer ese conflicto por el cual se está atravesando y en segundo lugar intentar escuchar eso que empuja y que no cesará hasta ser simbolizado, es decir, apalabrado.

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La función paterna

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

¿Qué es lo que sucede cuando un padre o madre de familia decide trasgredir la norma y sus hijos son testigos de dicho acto? Analicemos la fenomenología del acto de trasgresión por parte de los padres partiendo del caso de una familia tradicional, es decir, una familia constituida por un padre, una madre y los hijos; estoy consciente de que existen otros tipos de familias pero para ejemplificar lo que ahora expongo me permito delimitar el universo a una familia tradicional.

Supongamos como ejemplo de trasgresión el acto en donde uno de los cónyuges decide romper el pacto de fidelidad en la monogamia, o dedicarse al hurto, ser un político perverso, o más aún, trasgredir las normas establecidas por la Ley.

 Detengámonos un momento en ese ejemplo real, de la vida cotidiana, de la consulta cotidiana, cuando el hijo se da cuenta de que en su casa el encargado de imponer las reglas, las normas, la moral, la conciencia y en cierta manera la ética, se encarga a su vez de transgredirlas. El padre de familia que actúa con semejante actitud, es decir, no es coherente con su decir y su hacer causará en el hijo una ruptura en su jerarquía de reglas y normas de urbanidad, en su compromiso con su pareja y en su diario vivir.

Sabemos que el padre de familia tradicional es el que en los últimos años se ha encargado de “criar” al hijo bajo reglas, normas, leyes etc. y omito voluntariamente a la madre porque si de entrada digo que es la madre la que se encarga de las reglas es que hay ausencia de la función del padre, pero para este caso supongamos que sí hay tal, (recordemos que el caso que aquí se comenta se instaura en una “familia tradicional”).

Enfoquémonos en un acontecimiento por el cual la pareja acude a psicoterapia. Por lo regular solicitan la consulta para intentar reanudar el matrimonio, sin embargo, hay una cuestión de peso que se ha dejado de soslayo: ¿qué se puede esperar de un hijo que se da cuenta de que su padre o su madre ha decidido romper el vínculo pactado? El hijo va a crecer con una consciencia laxa; en su diálogo interno siempre habrá lugar para: “si mi padre lo hizo y era el que me decía que no lo hiciera, qué más da que yo también lo haga”. Se instaura un Superyó débil. El hijo que vio que su padre trasgredió las normas sociales en turno va a tener más permisividad en sus conductas que aquél hijo que vive bajo el yugo de un padre (instauración del Superyó) que fue coherente hasta el último minuto de su existencia, en donde la operación de la “castración simbólica” se instauró a la letra.

¿Qué repercusiones puede haber cuando un hijo da cuenta de que el padre trasgrede la ley? Quizá podríamos ser testigos de una sociedad en donde la ley ya no se respeta, en donde los pactos contraídos no implican gran cosa, vemos en la sociedad cada vez más jóvenes y adolescentes que trasgreden la norma quizá porque viven con el ejemplo en su propia casa. Se les hace fácil acceder a la trasgresión como el paso lógico dentro de un camino ilógico; si él lo hizo yo también lo haré. Hay escuela en el hogar.

Ser padre o madre implica dejar un legado cultural a los hijos. Quizá el malestar en la cultura lo tendríamos que buscar precisamente en la dinámica que sucede dentro de las familias, esas reglas no establecidas o cuando sí se ha establecido el primero en violentarlas son los mismos padres de familia. La función del padre implica un compromiso. No hay que perder de vista que el matrimonio es un acto que conlleva la pérdida de individualidad para ganar en un “nosotros”. O como bien dijera Lacan en El Seminario IV: “Todo matrimonio lleva con él la castración”.

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Psicoanálisis y educación

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

¿Qué hacer cuando los padres de familia aceptan que han fracasado en la educación de sus hijos? ¿Qué implica educar? ¿qué implica guiar? Educar, guiar, controlar, moldear, etc., son términos que se remiten a un común denominador: el amor. Lo que realmente están diciendo los padres de familia cuando dicen que ni ellos pueden con la conducta de sus hijos, con la disciplina, con los límites y reglas, con proponer una estructura, realmente están aceptando su imposibilidad de amar. ¿Qué hacer? Esa es la pregunta que ronda constantemente en las instituciones educativas, por su parte los maestros se encuentran ante la realidad del abandono familiar; hijos arrojados al mundo, viviendo la angustia propia y la angustia de sus padres de no saber qué hacer ante los acontecimientos que confrontan constantemente su lugar en el mundo.

            El conflicto del docente de educación básica es un conflicto que se ha venido incrementando. En el siglo pasado la profesión docente tenía que ver más con una vocación que con un oficio. La opción de ser maestro se fue convirtiendo en un trabajo seguro, bien remunerado y con un lugar socialmente encumbrado. Con el paso del tiempo la educación básica en México estuvo bajo discusión con el fin de mejorar los niveles educativos, aunado a la petición que hace la OCDE y la caída de la maestra Elba Esther Gordillo; el docente se sintió desamparado, además la actual reforma educativa en el sexenio de Enrique Peña Nieto que en su primer etapa vino a remover la angustia del docente ante tanta desinformación.

            Educar, gobernar y psicoanalizar son los tres acontecimientos imposibles según Sigmund Freud. La educación en México se ha convertido en un trabajo impuesto, en donde el deseo ha quedado fuera de las aulas, aunado a las situaciones emocionales que atraviesan el proceso de enseñanza aprendizaje.

            ¿Qué es lo que sucede en la actualidad en la educación en México? El docente se enfrenta ante la demanda de sus directivos, así como la exigencia de las estadísticas que requiere el sistema. Tal parece que la educación se resume a números, resultados, competencias, olvidándose de que dentro del aula hay un encuentro entre seres humanos.

            La prioridad del docente era que sus alumnos tuvieran acceso a la escritura y a la lectura así como el manejo del pensamiento matemático. En tiempos actuales el desafío se ha convertido en otra cosa, la problemática emocional ha jugado un papel importante dentro de las instituciones educativas, tanto por parte de los alumnos como por parte de los docentes. Los maestros se enfrentan a realidades que los rebasan como lo es la desestructuración familiar en la que sus alumnos se desenvuelven, eso hace que el docente recurra a los especialistas de la salud mental. Problemas de disciplina, falta de atención, hiperactividad, violencia, faltas de respeto, etc., y lo más lamentable es que el docente se encuentra muchas de las veces sólo ante ese desafío. Eso repercute en el factor emocional del docente, hay cada vez más casos de docentes que presentan problemas de inestabilidad emocional, estrés, ansiedad, depresión, ocasionando el consumo de medicamentos con la intención de recuperar el equilibrio.

            La propuesta psicoanalítica hoy en día tiene muchas cosas que aportar, principalmente la escucha que sucede en ese lugar, en el dispositivo analítico, en donde el paciente se permite decir todo lo que le angustia. Muchas de las veces el profesionista ha decidido hacer algo con eso que le viene complicando la vida y es cuando comienza a escuchar qué es eso que más le lastima; ese síntoma que aparece por el desgaste que implica la labor docente no es más que un detonante de algo que estaba allí y no se había tomado en cuenta.

            ¿El psicoanálisis es la panacea? No precisamente, pero ayuda a re-pensar el lugar en el que se está. Tanto el docente como el padre de familia pueden hacer algo ante ese “grito desesperado” que representa el “alumno problema”. El alumno es un síntoma del malestar en el que vivimos, la atención al alumno implica una colaboración tanto de los padres de familia como del docente, sobre todo la intervención tiene que estar dirigida hacia los fenómenos inconscientes que están detrás de esa problemática, ya que es con ese discurso “no sabido”, con lo no tangible, con lo que no se ve, eso es lo que está incomodando la existencia.

Esto no es cuestión de voluntad, de razón, de esfuerzos, hay algo más allá que trasciende, eso es lo que se tiene que escuchar en el consultorio, y ya una vez abordado, poder intentar comprender al alumno (al hijo) con otra escucha, con una visión diferente.

El control del videojuego

Escribe: Carlos Arturo Moreno De la Rosa

imagen de redpotions1.rssing.com

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“Si llegáramos a “saber demasiado”,

a perforar el verdadero funcionamiento de la realidad social,

esta realidad se disolvería”.

Slavoj Zizek

 

Hace poco vi una imagen en donde aparecen dos niños jugando con los controles de un video juego, un niño más grande que el otro. El niño más grande se veía concentrado, tenso, como si la vida se le fuera en ello. El niño más pequeño, de aproximadamente dos o tres años se le veía sonriente, sin preocupación, como quien tiene todo bajo control, ganando juego tras juego. Viendo detenidamente la imagen uno se percata de que el control del video juego que está utilizando el niño más pequeño ¡no está conectado!

Muchas de las veces nos sucede lo mismo, creemos tener el “control” en nuestras manos y aseguramos que somos responsables de nuestra propia existencia, que sabemos tomar decisiones como adultos que somos, que formamos parte importante en nuestra comunidad, que nuestras acciones trascienden, pero analizando bien la vida, nos damos cuenta que somos igual al pequeño infante que cree estar jugando aunque su control del video juego no está conectado, como el de nosotros.

Se podría decir que es nuestro inconsciente el que actúa por nosotros desde un punto de vista psicoanalítico, pero también podríamos aseverar que gran parte de nuestra existencia está maniatada por los hilos del Sistema en turno que nos hace pensar y creer que nosotros somos “arquitectos de nuestro propio destino” siendo que somos una pieza más del gran engranaje llamado ideología, la que impere en su momento, que nos invita a jugar ese juego llamado “libertad” y se nos consume la vida en intentar responder a los roles que se nos asignan. Precisamente esa es la función de cualquier ideología: “que los individuos no sepan lo que están haciendo”.

En la actualidad cada vez el síntoma neurótico tiene que ver con “la vida cansada”, el ser humano ve sus sueños, anhelos e ilusiones volar y ya no es capaz de ir tras ellos, existe un conformismo apesadumbrado en donde todos jugamos el juego de “todo está bien” cuando en realidad se nos va la vida intentando satisfacer el deseo del otro, olvidándonos del propio.

No dejamos de ser niños, nunca. Jugamos a ser adultos cuando en realidad nuestras decisiones las toma nuestro propio inconsciente (psicoanálisis) o lo que es peor, jugamos a ser “adultos responsables” cuando en verdad somos títeres del Gran Titiritero llamado Sistema que ejerce el poder para que siga imperando la vida neurótica a la que poco a poco el ser humano se ha ido acostumbrando.

El control del video juego desconectado, como nosotros, ante la vida misma.

La interpretación de los sueños

 

“Los buenos son los que se conforman con soñar

 aquello que los otros, los malos, hacen realmente”

Platón

 

El inconsciente no conforme con hacernos pasar algunos momentos incómodos durante la vigilia (un lapsus lingüe, un acto fallido, un error, un olvido, un chiste, una decisión, una profesión, un matrimonio…) es insaciable, quiere más; aprovecha cuando el sujeto está dormido para también manifestarse. Durante el sueño somos títeres de nuestro inconsciente, es cierto que somos los protagonistas de nuestros propios sueños pero también es cierto que seguimos un guion predeterminado; ese guion está dictado por el inconsciente que quizá salvajemente ultraja al sujeto a su capricho y le hace experimentar alucinaciones y delirios, todo en un contexto que para el sujeto es tan real que lo deja pasmado, con sentimiento de angustia o muchas de las veces con esa sensación de incompletud, con esa sensación de que faltó algo, de que algo no se completó. Ese es el laberinto del inconsciente.

Hemos dicho hasta el cansancio que en el inconsciente se encuentra la verdad. ¿De qué verdad estamos hablando? De esa verdad que nos constituye y que tiene que ver con nuestra condición humana (Eros y pulsión de muerte) así como de deseo que habita en nuestro inconsciente.

Fue Sigmund Freud quien abordó la interpretación de los sueños de una manera diferente a la que se venía estableciendo, ya que anteriormente la interpretación de los sueños tenía que ver con premoniciones o con luchas metafísicas entre ángeles y demonios o desprendimiento del alma. Freud abordó la interpretación de los sueños y postuló el pilar en el cual se sustenta el fenómeno onírico: todo sueño es la realización de un deseo inconsciente reprimido y que está estrechamente ligado a nuestra infancia.

¿Qué podemos encontrar en una interpretación de sueños? ¿por qué es necesario interpretar los sueños? Freud comprendió que el sueño utiliza máscaras para no dejar a la intemperie el verdadero deseo, además de los mecanismos básicos de condensación y desplazamiento, en donde primero estamos soñando con un personaje y luego ya no es él o ella sino otra persona etc.

Lo que deseo señalar dentro del trabajo de la interpretación de los sueños siguiendo los postulados de Freud es que al momento de querer interpretar no hay que quedarse con el discurso manifiesto, es decir, el sueño como tal no es tan relevante ya que oculta al contenido latente y ese es el que nos interesa. Al momento de llegar al contenido latente es importante tomar en cuenta que “hay que ser mal pensados”, es decir, eso que soñamos qué tiene que ver con el deseo que nos habita, y saber que el deseo que nos habita está alimentado por nuestra condición humana, en donde el amor es un amor salvaje, bestial, y en donde el odio es un odio a muerte. Hasta esas profundidades es necesario llegar para poder reconocer de qué estamos hechos, saber cómo estamos constituidos. Por eso es necesario que un sueño sea contado a otro, en este caso a un psicoanalista, ya que uno mismo se podría quedar con el discurso manifiesto y no poder avanzar más allá.

La premisa fundamental del psicoanálisis es que somos sujetos deseantes y como tal siempre vamos a estar insatisfechos, deseando algo, carentes, constituidos por la falta. El deseo es testarudo, no tiene miramientos ni complacencias, no sabe de reglas ni de moral, va más allá de lo socialmente establecido, empuja hasta manifestarse y encuentra el lugar propicio, en este caso, en el sueño. Es por eso que durante el sueño siempre somos los protagonistas, el deseo nos pone en primerísimo lugar y todo lo que acontece a lo largo de un sueño tiene que ver con uno mismo. Es por eso que Lacan afirmaría que el Yo tiene una estructura paranoica, ya que en la fantasía creemos que todo gira alrededor de uno mismo. Y para muestra un botón: el sueño.

 

El inconsciente que nos habita

 

Una de las grandes aportaciones del psicoanálisis al estudio del ser humano es el reconocimiento de que nuestra vida está regida por nuestro inconsciente. ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué implicaciones tiene el descubrimiento de Freud en la vida cotidiana?

Muchas de las veces creemos que nuestras decisiones son tomadas tras largo tiempo de pensarlas, sopesarlas, ver opciones, puntos a favor y puntos en contra, pero lo que ha demostrado el psicoanálisis es que las decisiones las tomamos desde nuestro inconsciente, las decisiones más trascendentales tienen que ver con esa parte que escapa a la conciencia. ¿Qué tipo de decisiones? Decisiones trascendentales como el lugar en donde uno va a vivir, con quién se va a casar, el número de hijos, la profesión etc. Es la propia historia de vida la que nos empuja a tomar esas decisiones, por eso no en balde sufrimos por las decisiones que se toman, como por ejemplo la esposa que se queja del marido no alcanza a darse cuenta de que esa decisión tiene mucho que ver con su propia historia de vida, con su inconsciente; el profesionista que llega agotado a su casa por trabajar en un empleo que no le agrada, no sabe que fue su inconsciente quien lo orilló a tomar esa decisión. Creemos vivir de acuerdo a nuestra voluntad pero no sabemos que es el inconsciente quien se manifiesta en cada paso que damos.

Jacques Lacan tiene una muy precisa manera de explicar lo que acá intento comunicar: “Creemos que decimos lo que queremos, pero es lo que han querido los otros, más específicamente nuestra familia, que nos habla”. ¿Qué significa esto? Significa que muchas de nuestras preferencias, ocurrencias, síntomas, deseos, anhelos y demás, están arraigadas en las más profundas inquietudes y motivaciones de nuestra más tierna infancia, “creemos que vivimos nuestra vida pero es el cúmulo de normas, exigencias y deseos de nuestros padres hacia nosotros lo que se manifiesta”.

Es por eso que cuando somos adultos la felicidad se puede conquistar siempre y cuando las actividades que hagamos tengan alguna conexión con lo que hacíamos de pequeños. Por ejemplo Freud comenta que lo que podría acercarnos al concepto de felicidad es el cumplimiento de los deseos, ya sea de manera postergada, simbólica, sublimada, etc., pero que tuviera algún tipo de conexión con lo que de infantes encontrábamos satisfacción, por ejemplo si un niño en su infancia quería ser “luchador” muy bien podría realizar su sueño siendo luchador profesional o, desplazando su deseo, simbólicamente podrá encontrar algo de dicha al ser “luchador social”. El deseo en la infancia es lo que va a constituir la personalidad del sujeto, es por eso que de pequeños los infantes si juegan a ser papá o mamá y prodigan cariño y cuidado, muy probablemente se esté gestando una estructura que les permitirá algún día poder ejercer la paternidad con menos conflictos.

Por lo tanto, si una persona joven o adulta está teniendo conflicto con su vida, tendría que recordar qué era lo que le hacía feliz en su infancia y ver la manera de cumplir en lo real o en lo simbólico esos deseos del pasado, recordar los lugares en donde se sentía contento, seguro, recordar qué era lo que le apasionaba y en la medida de lo posible intentar hacer una conexión que ligue su pasado con su presente.

Somos hablados por el discurso de nuestra familia. El deseo de nuestra familia nos habita. La propuesta del psicoanálisis es poder reconciliarse con esa parte que nos habita, saber que los momentos más satisfactorios en nuestra vida tienen que ver con ese encuentro de nuestro deseo arraigado en la más tierna infancia y empujará hasta conseguirlo con o sin nuestra colaboración. Infancia es destino.

Los hijos son el síntoma de los padres

 

El gran descubrimiento que hace Sigmund Freud es que en la infancia se gesta la estructura de personalidad del ser humano, es decir, lo que se haya vivido, experimentado en la más tierna infancia, los vínculos de amor y las experiencias de odio van a marcar el destino del ser humano.

Muchas de las veces nos encontramos a nosotros mismos quejándonos de la vida que llevamos. Lo que no hemos caído en cuenta es de que el síntoma que venimos arrastrando no es más que el deseo inconsciente de nuestros padres, o, como me gusta decirlo: “nadie puede traicionar el deseo inconsciente de su madre”.

Por ejemplo, vemos caminar por la calle a una persona con obesidad mórbida y él o ella cree que está así porque ha comido en exceso, pero si esa persona acudiera a un análisis se daría cuenta de que lo que trae cargando en su cuerpo no es grasa acumulada, son emociones, resentimientos y sobre todo el deseo inconsciente de sus padres de que él fuera miserable el resto de su vida.

Lo mismo aplica en el caso de las personas que toman la “decisión” de suicidarse, entrecomillo “decisión” ya que a través del discurso psicoanalítico también se llega  a la conclusión de que el que se suicida no lo hace por un divorcio, un desempleo, la muerte del ser amado, una desilusión amorosa u otro argumento que alcanzamos a leer en los diarios, no. Encontramos las raíces del suicidio precisamente en la no-representación a alguien, en el no-deseo del otro, es decir, el que se suicida no encontró un lugar afectivo en el otro, no se sintió perteneciente al amor de su madre y su padre.

Cuántas veces no hemos visto o nos hemos topado con adolescentes que van transitando por la calle con la mirada extraviada, perdida, renegando de su existencia, con el rostro desencajado, con la tristeza que lo carcome, pensando que la vida no tiene sentido o que la “autoridad” es la culpable de todas sus desdichas. ¿Qué hay detrás de ese retrato que acá comento? Llevemos a análisis a ese adolescente y también lograremos encontrar que su malestar obedece a otra cosa, que hay una parte de su ser que intenta disfrutar de la vida pero hay otra parte dentro de su ser que lo jala, que lo coarta hacia una existencia de queja y pesadumbre.

Sigmund Freud al comienzo de sus investigaciones terapéuticas dio con lo inconsciente como ese lugar en donde se guardaba lo reprimido, los complejos y traumas, posteriormente, a través de la escucha de sus pacientes, va dando cuenta de que existe en la condición humana una compulsión muy fuerte hacia la repetición y que estamos atravesados por la pulsión de muerte, “más allá del principio del placer”, es decir, dio cuenta de que el ser humano no solamente tiende a la salud, al bienestar, a la felicidad, si no que dentro de la condición humana existe esa Cosa que empuja hacia la propia autodestrucción. Lacan llamará a eso “goce”, en donde el ser humano se siente atraído por maneras “insanas” de vivir la vida como lo es el exceso, el exceso en la droga, en la comida, en la bebida, etc., conductas autodestructivas que tienen su origen precisamente en la más tierna infancia y que se fueron moldeando por el deseo corrosivo de los padres.

¿Qué hacer? Lo primero es dar cuenta de que el padecimiento de nuestro síntoma se debe mucho a los fenómenos inconscientes con los cuales estamos constituidos, es decir, es cierto que mucho de la infelicidad del ser humano se debe al vínculo que pudo o no pudo hacer con sus padres en la infancia, pero también es cierto que la perpetuación del síntoma tiene mucho que ver si se decide continuar bajo el yugo del deseo de los padres o si se toma la decisión de comenzar a explorar la propia vida y comenzar a vivir la existencia de acuerdo al propio deseo que nos habita.

 

Manifestaciones del inconsciente

 

¿Cómo saber qué es lo que tenemos en nuestro inconsciente? y más importante aún: ¿para qué nos podría servir saber qué es lo que tenemos en nuestro inconsciente?

Sigmund Freud al intentar comprender ese rostro oculto de nuestro ser denominado “inconsciente” se dio cuenta de que se manifestaba a través de los sueños, específicamente a través de la interpretación de los sueños, “la vía regia para acceder al inconsciente”, el sueño como la realización de un deseo inconsciente y que tiene mucho que ver con nuestra infancia. Es a través del sueño que se nos revelan nuestros deseos más arcaicos, nuestra condición humana, de lo que estamos hechos, de pulsión de vida y también pulsión de muerte.

Otra de las vías de acceso para saber por dónde anda nuestro inconsciente es el chiste; Freud escribió todo un texto para analizar cómo es que el inconsciente se manifiesta a través del chiste, de la genialidad, de la curiosidad. Es a través del chiste como podemos expresar lo que muchas veces intentamos decir pero decidimos callar, lo decimos a través del chiste “que al cabo es un chiste”, lo mismo sucede en el sueño, nos atrevemos a decir lo soñado “que al cabo es un sueño y no tiene nada que ver con nuestra vida real”, sin embargo, el chiste y el sueño revelan mucho de nuestra propia vida y específicamente de nuestro deseo.

Otra manera de manifestarse nuestro inconsciente es a través del “lapsus lingüe” en donde decimos una cosa por otra; en donde comúnmente se dice “me traicionó el inconsciente”, por ejemplo al decir “vete a morir” cuando se quería decir vete a dormir, o “ya no aguanto a mi madre” cuando se quería decir no aguanto a mi esposa, o “es que yo cedí” cuando en realidad se quería decir yo decidí, y así muchos otros ejemplos en donde el inconsciente hace de las suyas y utiliza el lenguaje como vía para salir a la luz.

El inconsciente está estructurado como un lenguaje, diría Lacan. Con el tiempo nos damos cuenta de que en realidad el consciente es quien está constantemente traicionando al inconsciente, ya que en el inconsciente está la verdad y constantemente se le intenta reprimir, que no salga a la luz porque lastima.

Otra de las vías para acceder al inconsciente es la asociación libre, en donde el paciente (analizante) sigue la regla básica fundamental de todo análisis: diga todo cuanto pase por su cabeza, toda ocurrencia, por más disparatada o incoherente. Pensar en voz alta. Hablar sin filtros, sin censura. Es por eso que en psicoanálisis se le denomina “analizante” y no paciente, ya que es él mismo quien se hará responsable de su propia cura y no esperar “pacientemente” la solución de parte de su psicoanalista.

Por último, tenemos el caso de los “actos fallidos”, en donde el ser humano comete un acto que va en contra de su voluntad, como por ejemplo un olvido, un accidente, extraviar o perder algo. En estos casos del acto fallido imaginemos el diálogo interno de nuestro inconsciente: “así que quieres mucho eso eh, sería una lástima que lo perdieras” o este otro: “mira qué conveniente es que olvidaras esa fecha tan “importante para ti”… por lo tanto, ese “acto fallido” se ha convertido certeramente en acto logrado, es decir, el inconsciente ha logrado su cometido.

Las manifestaciones del inconsciente. ¿Por qué entonces es importante saber qué tenemos en nuestro inconsciente? Porque allí está nuestro verdadero deseo, allí se encuentra nuestra verdad.